La canción de la Sirena

… el olvidado asombro …

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La Creación

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Carl Spitzweg

Experimento alquimista. Tomad una buena cantidad, al menos diez galones, de agua de lluvia normal y conservadla en recipientes de vidrio sellados al menos diez días; entonces depositará materia y heces en el fondo. Verted el líquido claro y tomad un recipiente de madera que sea redondo como una bola; cortadlo por la mitad y llenadlo un tercio; después colocadlo al sol a medio día en un lugar secreto o recóndito.

Hecho esto, tomad una gota de vino tinto consagrado y vertedla en el agua; al instante percibiréis niebla y una densa oscuridad en la superficie del agua, como en la primera creación. Después verted dos gotas, vereís que la luz surge de la oscuridad; poco a poco, cada medio cuarto de hora, añadid tres, después cuatro, cinco, seis gotas y no más; con vuestros propios ojos veréis aparecer una cosa detrás de otra en la superficie del agua, cómo Dios creó todas las cosas en seis días y cómo ocurrió todo; tales secretos que no se pueden decir en voz alta y yo no tengo poder para revelarlos. Arrodillaros antes de comenzar esta operación. Que vuestros ojos juzguen, pues así fue creado el mundo. Dejad todo tal y como está y desaparecerá media hora después de haber comenzado.

Con esto veréis claramente los secretos de Dios que ahora se os ocultan como a un niño. Comprenderíes lo que Moisés escribió sobre la creación; veréis cómo eran los cuerpos de Adán y Eva antes y después de la Caída, cómo eran las serpientes, el árbol y qué frutos probaron; dónde está el Paraíso y qué es, y en qué cuerpos resucitarán los justos; no en este cuerpo, que hemos recibido de Adán, sino en el que alcanzamos por medio del Espíritu Santo, es decir, un cuerpo como el que nuestro Salvador trajo del Cielo.


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Mayo 13th, 2008 a 3:29 pm

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Vecinos I

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Elías Canetti

La Finolora.

La Finolora teme los olores y los rehuye. Abre la puerta con cautela y vacila antes de cruzar un umbral. Girada a medias, se detiene un momento para oler con una de sus fosas nasales y reserva la otra. Estira un dedo hacia el espacio desconocido y se lo lleva a la nariz. Luego obstruye con él una fosa nasal y olisquea con la otra. Si no sufre un desvanecimiento inmediato, espera otro poco. Después avanza de costado, introduciendo un pie por el umbral y dejando el otro afuera. Ya le falta poco y hasta podría atreverse, pero aun hay tiempo para una última prueba. Se pone de puntillas y vuelve a olfatear. Si el olor no se altera, pierde el temor a las sorpresas y arriesga también la otra pierna. Ya está dentro. La puerta por la que podría salvarse queda abierta de par en par.

La Finolora produce una impresión de aislamiento; dondequiera que esté anda envuelta en una capa de cautela, otros cuidan de su indumentaria al sentarse, ella, de su capa aisladora. Teme las frases violentas que pudieran perforarla, se dirige a la gente en voz baja y espera respuestas igualmente suaves. No sale al encuentro de nadie, desde la distancia que mantiene sigue los movimientos ajenos: es como si, separada de los demás, fuese a bailar eternamente con ellos

La distancia permanece idéntica, sabe eludir toda proximidad e incluso cualquier contacto.

Mientras dura el invierno la Finolora se siente muy a gusto al aire libre. Con inquietud ve acercarse, en cambio, la primavera. Todo empieza a florecer y a perfumar, y ella sufre torturas insoportables.

Por prudencia evita ciertos arbustos; sigue sus propios e intrincados caminos. Cuando ve a lo lejos cómo un insensible mete la nariz entre las lilas, comienza a sentirse mal. Para su desgracia es atractiva y suelen perseguirla con rosas, de las que sólo se salva sufriendo leves vahidos.

Esto se considera exagerado y, mientras ella sueña con agua destilada, sus admiradores juntan las malolientes cabezas y deliberan sobre qué perfumes de flores podrían atraerla.

La Finolora pasa por distinguida porque evita cualquier contacto. Ya no sabe qué hacer con las propuestas de matrimonio. Ha amenzado incluso con ahorcarse. Pero no lo hace, no soporta la idea de tener que oler al salvador que la descuelgue.

La Ovillapenas

La Ovillapenas carga con su pesado ovillo, nunca se separa de él, lo tiene a su lado. Es tan pesado que apenas puede arrastrarlo y su peso va en aumento. Recuerda haber cargado siempre con él, la idea de abandonarlo no cruza por su mente.

Anda muy encorvada, muchos la compadecen, pero opone una encarnizada resistencia a cuantos lo hacen. !Pobres!, no se imaginan qué mal les va, no sospechan lo que les espera. Ella se acerca y les lanza una mirada de soslayo, por lo bajo intuye la inminente degracia.

Lo sabe enseguida, no hay remedio, pase lo que pase las cosas iran de mal en peor, empeorarán de un encuentro a otro. Inclina la cabeza y piensa en su ovillo.

Ahí están todos enredados, a ella le pesa, pero más les pesa a ellos.

La Ovillapenas disfruta haciendo el bien y dice “Cuidado”. Si la gente se dignara escucharla…..

No caminar bajo los árboles, dice, hay ramas podridas.

No atravesar ninguna calle, hay coches agresivos.

No andar pegado a las casas, pueden caer tejas del techo

No darle la mano a nadie ni entrar en vivienda alguna: hierven de microbios malignos.

El aspecto de las mujeres encintas le desespera: no hay que tener hijos, dice, si no mueren al nacer mueren más tarde. Hay tantas enfermedades, más enfermedades que niños, y todas se abalanzan sobre la propia criatura y no hay razón para que sufran tanto. Mejor es que no vengan al mundo.

La Ovillapenas nunca ha estado encinta, por eso puede hablar así. Jamás ha confiado en un hombre, desvía la mirada en cuanto alguno la observa.

Ha cosido por encargo, aunque tampoco eso es seguro. Conoció gente que murió antes de que acabaran las costuras. De ellos no obtuvo un céntimo. Pero no se queja. Lo añade al ovillo.

En él sí que confìa, todo es cierto y sucede tal como aparece en el ovillo.

La Ovillapenas duerme de pie en una calleja olvidada y sin salida. El ovillo es cama y almohada para ella. Como es precavida, no dice su nombre. Nunca ha recibido una carta.

En toda carta hay siempre una desgracia. Observa a los carteros y se admira: no hacen sino repartir desgracias, y la gente, que es estúpida, las lee.

Written by Ea Pozoblock

Mayo 13th, 2008 a 3:22 pm