La canción de la sirena

El cautivo

Ansel Adams

Jorge Mejía Prieto. En aquel planeta situado en un confín de la galaxia, hubo preocupación, por haberse detectado rudimentarias explosiones atómicas, originadas más allá de Marte. Se decidió, por tanto, enviar una nave con la misión de capturar un ser tipificado de aquella probable y peligrosa civilización.

Después de larga travesía la nave arribó, sigilosamente, a las cercanías de una gran ciudad. Y tras cuidadosa observación fue capturado, al amparo de la noche, uno de aquellos seres tan parecidos a los mismos expedicionarios y que pululaban constantemente por la urbe.

El regreso tuvo lugar.

Hasta la fecha, los sabios de aquel planeta ubicado en el lindero de la galaxia, no han podido determinar el coeficiente mental ni la verdadera naturaleza e intenciones del Volkswagen rojo que fue secuestrado de un estacionamiento de la tierra, cierta vez, como a las dos de la mañana.


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La aventura

Emil Schldt

Sonó el teléfono de mi despacho. Era Ana. Me causó gran extrañeza porque jamás me había requerido directamente para nada. Era su marido quien trataba siempre conmigo. Una amistad íntima, fraterna, surgida hacia muchos años, que su posterior matrimonio no truncó ni enfrió. Ana estaba nerviosa, excitada… y yo no supe detenerla a tiempo. Tenía necesidad de desahogarse con alguien. Eso supuse al oir sus primeras frases. Luego, la confesión, de improviso, se tornó más íntima, más personal, más alusiva, más directa… ¿Estaba loca? Con cuatro hijos a su cuidado y me proponía una huida… “¡Compréndelo Ana! No es posible… “ Pero Ana no quiso comprender nada y colgó. Aquella misma tarde hablé con su marido, le conté todo y no pareció sorprenderse. “ Escucha– me dijo–, ¿por qué no aceptas?” Mi asombro fue tan grande que no pude replicar ni decir nada… “ Pero si… “ El insistió: “ Escúchame con calma. No dramaticemos. Ella necesita una aventura, un escape. Está harta de mí, del hogar, de los hijos… Sus nervios están deshechos. Tú eres mi mejor amigo, tengo confianza en tí… Si no fuera así no me atrevería a decirte que, por supuesto, todos los gastos que ocasione vuestro viaje… — por cierto, ¿a dónde irías?– los pagaría yo… ¿Qué me dices a esto?”.

No sé—balbucí–. Tendré que consultarlo con mi mujer… “

Alonso Ibarrola.

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