Guadalupe Dueñas. La verdadera tragedia de mi vida comienza cuando mi padre quiebra en su industria de calzado. Esto hubiera podido soportarse si no discurre separar los zapatos por número y calcular exactamente la cantidad de pares que todos los de casa deberíamos usar mientras viviéramos. Así, que, por ejemplo, si yo a los doce años calzaba del 19, a los veinte calzaría del 23 y, por lo tanto, tendría zapatos para la eternidad. Colocaron los pares destinados a mi existencia en los ángulos de mi cuarto y aquellos ataúdes levantaron su escala hasta el cielo. Yo tenía tiempo durante la noche, de contemplar la torre de grilletes que aprisionarían durante mi vida mis pies sentenciados.
Al abrir alguna caja, al azar, procurando que no se derrumbara la Babel, mi desconsuelo no tenía límite al descubrir unos choclos híbridos, de consistencia de hierro, que invariablemente, en hombre, parecían de mujer y, en mujer, se hubiera jurado que eran de hombre. Su color tornasol los acababa de hacer abominables. En otra caja descubría unas botas que soñaron ser de cabritilla y eran de lona, casi calicot, con hileras de muelas a los lados, en partes blancas y en partes con las caries de metal negro al descubierto, en donde se atoraban unas cintas kilométricas. No existía ni un solo par halagueño; eran zapatos de tropa, para pies de forajido, con cascos de hierro como criptas.
Envidié a los tarahumaras y a los niños descalzos y soñe absurdamente que un camión me triturara para que mi papá fuera la única víctima de sus fracasos. Mi consuelo era que los pies no me crecían y procuraba andar muy quedo para no destruir nunca mis mocasines rojos.
Acabar con el calzado de puntas amarillas, con todos los guaraches, con aquellos botines que tienen chiquiadores en los tobillos, arrancar de las sandalias los moños de seda y quitarles lo sinuoso con baños de agua sucia, mutilar tentáculos de chancletas y escarpines y a todo trance no dejar zapatos, ni siquiera un cacle en donde enjaularan mis pies fue la idea fija, perturbadora, alucinante, que dominó mis días.
Para conseguirlo discurrí pertrecharme de herramientas: tijeras, navajas, una lija, piedra pómez y buenas alcayatas.
Evité dormir para caminar calzada a cuatro patas por los pasillos y el corralón empedrado. Empecé a estrenar dos veces por semana. Mis amigas tuvieron regalo el santo y el cumpleaños. Calcé a los limosneros del barrio. Con frecuencia dejaba algún zapato en las visitas, pero esto no dio resultado; las familias devolvían el huerfanito y me ocasionaban regaños y castigos. Fue mejor olvidar pares flamantes, escogido el número, adecuados a los niñlos de la casa.
A las zapatillas pespunteadas les tomé tal saña que muchas fallecieron bajo las ruedas del tranvía. Fue también un buen sistema recolectar bolas de chicle de todos los pupitres; son infalibles contra el raso y el glasé.
Pero el afán es agotante. A veces camino diez y más kilómetros persiguiendo con mi tirria la dureza de estos cueros embrujados que no sufren ni se alteran y que soportan inmutables mis ampollas y mis pataleos. He inventado pasos que doblan el desgaste, pero estoy muriendo. Sus lenguetas asesinas me atormentan y las suelas se incendian con mi calentura. No hay manera de acabar con esta plaga. Inauguro seis grilletes cada día y apenas una cuantas filas desaparecen. El blanco cajerío se aprieta malicioso mientras agonizo.
Es muy duro rasparlos con lija; muy difícil que se rompan dando saltos. Las uñas se quiebran y me sangran los diez dedos en esta lucha infortunada. A una legua de distancia el olor de la vaqueta me denuncia; no es que sude, lo que pasa es que metida en estos cepos cualquiera se deshidrata. Los modelos cada instante son más viejos, me averguenzan. Hacen falta siete vidas para usarlos. No se acaban…

















