La canción de la sirena

Las amigas

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César Castro Fernández. Los vientres como olas los ojos como ciegos los muslos como yunques los labios como fuegos los pubis como crines los dedos como vientos los pechos como lanzas los sexos como cuencos: nada hay ambiguo entre nosotras.


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Es todo lo que se

Publicado en Versos anversos, conversos, transversos, inversos, perversos por Ea Pozoblock en Agosto

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Harry Callahan

Es todo lo que se. ( Que es casi nada )

Ella tenía una estrella entre los senos.

O así lo veía él, porque la amaba.

No se exigieron boletos en la entrada

Pues cada uno andaba en su terreno.

Es todo lo que se. ( Que es casi nada )

En una cama angosta ambos quemaban

Su historia y el temor; o cuando menos

Así lo creía él, porque la amaba.

Los dos sabían muy bien la pendejada

Que es insistir en un amor del bueno;

Es todo lo que se. ( Que es casi nada )

Marzo moría otra vez; y ya se daban

Café con leche mezclado con veneno.

O así lo sentía él, porque la amaba.

Supongamos que un día ella se enfada

Y se borra la estrella de los senos.

¿Qué más saben los dos? ¿No queda nada ?

Así se dolía él, porque la amaba.

Luis Miguel Aguilar

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Amor gay

Robert Mapplethorpe

Arturo Pérez Reverte.    Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios.

Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verde-gris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los vi cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.

Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adolescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad. La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag-queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se auto-confine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.

A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura. Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.

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Juan y El Ganso

Publicado en Canciones de la costra nuestra por JCPozo en Agosto

Philip Guston

¡Cuidado muchachos!
¡Cuídense!, que las malas influencias son como el mar diáfano e inmóvil que gradualmente va subiendo su marea invadiendo poco a poco la playa hasta arrastrar las arenas al fondo de sus entrañas; parece que duerme, pero es abierto y te invita a empaparte en sus seductoras aguas; te hace creer que te respeta, que puedes confiar en él; una vez en sus aguas, empieza a hinchar su torso y cuando menos te lo esperas te aprisiona y te convierte en juguete de sus olas, empujándote mar adentro donde deambulas en su infatigable turbulencia.
Así que… ¡Cuídense muchachos
!

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Llega Juan a primer periodo, con semblante de emperador,
orgulloso de ser su nombre y preparado para la ocasión.
Me saluda con su sonrisa, de pan dulce bañado en sol,
gotas claras de un cielo negro, tiemblan fijas en su atención.
x
Los zapatos brillantes como el copete,
y camisa impecablemente planchada,
hace toda labor con gran dedicación, le pregunto y nunca me falla.
x
Ese es Juan con su alma que viene del sur, encendida de tierra, justicia y de luz, de lo fuerte y lo noble de su tradición,
de Independencia y Revolución
x
Pero en quinto el que llega es otro, ya no es Juan sino un animal;
es decir, le dicen “el ganso” y viene con ganas de pelear.
Entra caminando torcido y saluda con la señal,
ésa que si tira al otro barrio, lo pueden matar.
Como un loco circula por el salón, mira a todos y a nadie sin sonreír.
Que lo vean matón, espinoso y entrón, que se gane el respeto de todos.
Es el ganso feroz como un perro guardián,
que no muestra temor para esconder su miedo real;
deambulando en un mar que lo arrastra hasta el fondo de donde no puede escapar.
x
La esperanza se ve muy poco, sólo en ráfagas de ilusión.
Juan intenta esconder al ganso en el fondo del corazón.
Pero el ganso es más agresivo y Juan acaba por sucumbir.
Juan es cada vez más del quinto, al del primero lo ve morir.
x
¡Qué batalla el muchacho tendrá que librar
dentro del laberinto de la identidad.
Pasa el tiempo y nomás, no se puede escapar y sus padres… caramba! quién sabe.
Que batalla encontrar la salida final, todo el mundo lo observa
y no quiere ayudar. Para que el ganso se vaya y que se quede Juan.
Sólo es Juan quien lo puede lograr.
x
JCPozo

El mundo antiguo

Dávid Koronthály
Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquel?

Ya había supermercados pero no televisión, radio tan sólo: Las aventuras de Carlos Lacroix, Tarzán, El llanero Solitario, La Legión de los Madrugadores, Los Niños Catedráticos, Leyendas de las calles de México, Panseco, El Doctor I.Q., La Doctora Corazón desde su Clínica de Almas. Paco Malgesto narraba las corridas de toros, Carlos Albert era el cronista de futbol, el Mago Septién transmitía el beisbol. Circulaban los primeros coches producidos después de la guerra: Packard, Cadillac, Buick, Chrysler, Mercury, Hudson, Pontiac, Dodge, Plymouth, De Soto. Íbamos a ver las películas de Errol Flynn y Tyrone Power, a matinés con una de episodios completa: La invasión de Mongo era mi preferida. Estaban de moda Sin ti, La rondalla, La burrita, La múcura, Amorcito Corazón. Volvía a sonar en todas partes un antiguo bolero puertorriqueño: por alto esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo, no habrá una barrera en el mundo que mi amor profundo no rompa por ti.

Fue el año de la poliomelitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos; de la fiebre aftosa: en todo el país fusilaban por decenas de miles reses enfermas; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lanchas. Dicen que con la próxima tormenta estallará el canal del desague y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda.

La cara del Señorpresidente en dondequiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubícuas, alegorías del progreso con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos. Adulación pública, insaciable maledicencia privada. Escribíamos mil veces en el cuaderno de castigos: Debo ser obediente con mis padres y con mis maestros. Nos enseñaban historia patria, lengua nacional, geografía del DF: los ríos ( aún quedaban ríos ), las montañas ( se veían las montañas ). Era el mundo antiguo. Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos.

Decían los periódicos: El mundo atraviesa por un momento angustioso. El espectro de la guerra final se proyecta en el horizonte. El símbolo sombrío de nuestro tiempo es el hongo atómico. Sin embargo había esperanza. Nuestros libros de textos afirmaban: visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia. Para el impensable 1980 se auguraba – sin especificar cómo íbamos a lograrlo – un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna y aerodinámica ( palabras de la época ). A nadie la faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada.

Mientras tanto nos modernizábamos, incorporábamos a nuestra habla términos que primero habían sonado como pochismos en las películas de Tin Tan y luego insensiblemente se mexicanizaban: tenquíu, oquéi, uasamara, sherap, sorry, uan móment pliis. Empezábamos a comer hamburguesas, páys, donas, jotdogs, malteadas, áiscrim, margarina, mantequilla de cacahuate. La cocacola sepultaba las aguas frescas de jamaica, chía, limón. Únicamente los pobres seguían tomando tepache. Nuestros padres se habituaban al jaibol que en principio les supo a medicina. En mi casa está prohibido el tequila, le escuché decir a mi tío Julián. Yo nada más sirvo whisky a mis invitados: Hay que blanquear el gusto de los mexicanos.

José Emilio Pacheco

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La chica que se convirtió en sidra

Lynda Lester

Lynda Lester

Jorge, Eduardo, Ernesto, Alfredo, Alberto, uf, y tantos otros. Tengo 27 novios y un manzano. Eso quiero que dure: los frutos colorados. Es tan fácil así. Llamo a un muchacho, le doy una manzana y al mismo tiempo le pregunto ¿querés ser mi novio? Si dice que no, le quito la manzana aunque ya esté mordida (prefiero tirarla a la basura). Pero si me dice que sí ¡qué alegría! anoto enseguida un nombre nuevo en mi lista. Trato en lo posible de que sean todos nombres diferentes: es una buena colección, no quisiera estropearla repitiéndome. Yo les doy la manzana que les abre la sed y ellos son insaciables. Después me piden la prueba de amor para sellar el pacto y yo no soy quién para negarme.

El resultado es de lo más agradable, poco a poco voy sintiendo fermentar mis partes interiores y eso me hace cosquillas. Con el tiempo que pasa -y pasan los muchachos- me voy descubriendo un olor dulce que me viene de adentro, un perfume a manzanas, y mi manzano sigue dando sus frutos y los muchachos llegan ya de los barrios alejados a pedírmelos. Primero tienen que comerse la manzana -ya se sabe- si no, no son mis novios. Después nos revolcamos un ratito entre los pastos altos al fondo de mi casa y cada vez me siento más licuada entre sus brazos, efervescente y pálida. Por eso mismo me mandé a fabricar el tonel grande: por si un día se me ocurre retirarme a terminar el proceso ¿podrá seguir sin ellos, sin mis novios? Y segunda pregunta ¿quiero realmente cambiar tan a fondo? Preferiría seguir repartiendo manzanas, pero ése es el problema: siempre se conoce lo que se da, nunca las transformaciones que se pueden sufrir con lo que se recibe a cambio.

Luisa Valenzuela

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Baudolino e Hipatia

Antonella Fabiani

Umberto Eco. El le acariciaba casi con violencia los cabellos, ella le había puesto las manos detrás de la nuca, luego había empezado a darle toquecitos en la cara con la lengua, lo estaba lamiendo como si fuera un cabritillo, luego se reía mirándole de cerca a los ojos y decía que sabía a sal. Baudolino nunca había sido un santo, la apretó contra sí y buscó con los labios sus labios. Ella emitió un gemido de susto y sorpresa, intentó retirarse, luego cedió. Su boca sabía a melocotón, a albaricoque, y con su lengua le daba pequeños golpecitos a la de él, que probaba por vez primera.

Baudolino la empujó hacia atrás, no por virtud sino para liberarse de lo que lo cubría, ella le vio el miembro, lo tocó con los dedos, sintió que estaba vivo y dijo que lo quería: estaba claro que no sabía cómo y por qué lo quería, pero alguna potencia de los bosques o de las fuentes le estaba sugiriendo qué tenía que hacer. Baudolino volvió a cubrirla de besos, descendió de los labios al cuello, luego a los hombros, mientras le iba quitando lentamente la ropa; descubrió sus senos, hundió en ellos la cara, y con las manos seguía haciendo que el vestido se deslizara hacia las caderas, sentía el pequeño vientre terso, tocaba su ombligo, notó antes de lo que esperaba lo que debía ser el vello que le ocultaba su bien supremo. Ella susurraba, llamándolo: mi Eón, mi Tirano, mi Abismo, mi Ogdóada, mi Pléoroma…

Baudolino metió las manos bajo el vestido que todavía la velaba, y sintió que aquel vello que parecía anunciar el pubis se tupía, le cubría el principio de las piernas, la parte interior del muslo, se extendía hasta las nalgas…

__ Señor Nicetas, le arranqué la túnica y vi. Desde el vientre para abajo, Hipatia tenía formas caprinas, y sus piernas acababan en dos cascos color marfil. De golpe entendí por qué, cubierta con la túnica hasta el suelo, no parecía caminar, como quien apoya los pies, sino que transcurría ligera, casi como si no tocara el suelo. Y entendí quiénes eran los fecundadores, eran los sátiros-que-no-se-ven-jamás, con la cabeza cornuda y el cuerpo de macho cabrío, los sátiros que desde hace siglos vivían al servicio de las hipatias, dándoles sus hembras y criando a los propios machos, estos con su mismo rostro horrendo, aquellas todavía testimonio de la venustez egipcia de la bella Hipatia, la antigua, y la de sus primeras pupilas.

__ ¡Qué horror!- dijo Nicetas.

__¿Horror? No, no fue eso lo que sentí en aquel momento. Sorpresa sí, pero sólo por un instante. Luego decidí, mi cuerpo decidió por mi alma, o mi alma por mi cuerpo, que lo que veía y tocaba era bellísimo porque aquella era Hipatia, y también su naturaleza animal formaba parte de sus gracias, aquel pelo rizado y sedoso era lo más deseable que nunca hubiera anhelado, tenia un perfume de musgo, aquellas extremidades suyas antes escondidas estaban dibujadas por manos de artista, y yo amaba, quería a aquella criatura olorosa como el bosque, y habría amado a Hipatia aunque hubiera tenido facciones de quimera, de icneumón, de ceraste.

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Serbia: Aforismos bélicos

Geraldine Georges

Aleksandar Baljak

  • Caín y Abel vivieron como hermanos. Especialmente Caín.

  • __ ¿Se puede vivir de escribir? __ Sí, pero no todos los días.

  • Para un gran revolucionario la muerte por causas naturales es un verdadero reto.

  • Dos y dos son cinco. Esa es nuestra última oferta.

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Aleksandar Chotris

  • Serbia está allí donde las tumbas serbias yacen. Y en ningún otro lugar.

  • ¡Empiecen de una vez por todas con la huelga de hambre! Mañana puede ser demasiado tarde.

  • No es cierto que hayamos llevado a cabo una guerra sucia. No dejamos nada a nuestro paso.

  • El régimen no ha dejado a nadie en la calle. Todos fueron ordenadamente enterrados.

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Rade Jovanovits

  • El mundo la tiene más difícil que nosotros. Nosotros sabemos lo que quiere el mundo.

  • Tenemos un contrato secreto. Nadie sabe para qué morimos.

  • Quizá ya hayamos ganado. Pero eso sólo lo sabremos cuando se den a conocer los objetivos de la guerra.

  • Existe una salida para la crisis. Pero no queremos complicar la situación.

  • El crimen no paga. Lo hacemos por amor.

  • Contra la injusticia reaccionamos muy emotivamente. Cerramos los ojos.

  • La guerra continuará con pequeñas interrupciones. Pedimos disculpas por fallas técnicas ajenas a nuestra voluntad.

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Rastko Zakits

  • Resistiremos hasta el último hombre, para que él pueda vivir como un ser humano.

  • Al morir, a los musulmanes se les promete el paraíso. A nosotros, si sobrevivimos, se nos promete el infierno.

  • Los serbios son los mejores, pero la maestra nos odia.

  • El asesino fue provocado. La víctima quiso huir.

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Sueño de Federico García Lorca, poeta y antifascista

Publicado en Mundos tanáticos, oníricos, paralelos y perpendiculares por Ea Pozoblock en Agosto

Dibujo de Federico García Lorca

Antonio Tabucchi. Una noche de agosto de 1936, en la casa de Granada, Federico García Lorca, poeta y antifascista, tuvo un sueño. Soñó que se encontraba en el escenario de un pequeño teatro itinerante y que, acompañándose al piano, cantaba canciones de gitanos. Estaba vestido de frac, pero en la cabeza traía un mazantini de flecos largos. El público era de ancianas enlutadas, con una mantilla en la espalda, que lo oían extasiadas. Una voz, desde la sala, le pidió una canción, y Federico García Lorca se puso a tocarla . Era una canción que hablaba de duelos y de naranjos, de pasión y de muerte. Al terminar de cantar, Federico García Lorca se puso de pie y saludó al público. Bajó el telón y sólo entonces se dio cuenta que detrás del piano no había bastidores, sino que el teatro estaba enmedio de un campo desierto. Era de noche y había luna. Federico García Lorca se asomó por las cortinas del telón y vio que el teatro se había vaciado como por arte de magia, la sala estaba completamente sola y las luces se iban apagando. En ese instante escuchó un ladrido y a sus espaldas apareció un perrito negro que parecía esperarle. Federico García Lorca creyó que debía seguirlo y dio un paso. El perro, como a una señal convenida, comenzó a corretear poco a poco para indicar el camino. ¿A dónde me llevas perrito negro?, dijo Federico García Lorca. El perro ladró lastimosamente y Federico García Lorca sintió un escalofrío. Volteó la vista y miró hacia atrás y vio que las paredes de tela y madera de su teatro habían desaparecido. Quedaba una platea vacía bajo la luna mientras el piano, como acariciado por invisibles dedos seguía tocando él solo una vieja melodía. Un muro cortaba el campo; un largo e inútil muro blanco detrás del cual se veía otro campo. El perro se detuvo y ladró nuevamente y Federico García Lorca también se detuvo. En ese momento, de la parte de atrás del muro surgieron repentinamente los soldados que dando risas le rodearon. Iban de negro y con tricornios. En una mano traían un fusil y en la otra una botella de vino. El jefe de ellos era un enano monstruoso con la cabeza llena de excrecencias.

__ Eres un traidor – dijo el enano -, y nosotros tus verdugos.

Federico García Lorca le escupió en la cara mientras los soldados le detenían. El enano se rio obscenamente y gritó a los soldados que le bajaran los pantalones.

Eres una hembra – dijo – y las hembras no usan pantalones, deben quedarse encerradas en la casa y cubrirse la cabeza con un velo. A una señal del enano, los soldados le ataron, le bajaron los pantalones y le taparon la cabeza con una manta.

__ Asquerosa mujer que vistes de hombre – dijo el enano -, llegó la hora en que le reces a la Santa Virgen.

Federico García Lorca le escupió en la cara y el enano siguió riendo. Después desenfudó la pistola y le metió el cañón a la boca. Por el campo se oía la melodía de un piano. El perro ladró. Federico García Lorca sintió un golpe y se enderezó en la cama. Llamaban a la puerta de su casa en Granada con las culatas de los fusiles

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El cómplice

Publicado en Versos anversos, conversos, transversos, inversos, perversos por Ea Pozoblock en Agosto

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 Marek Patt

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.

 Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.

 Me engañan y yo debo ser la mentira.

 Me incendian y yo debo ser el infierno.

 Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.

 Mi alimento es todas las cosas.

 El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.

 Debo justificar lo que me hiere.

 Soy el poeta.

Jorge Luis Borges

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