La canción de la sirena

12 Agosto 2008

El amor de los robots

Archivado en: Aventuras hormonales... — Ea Pozoblock @ .
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kazuhiko Nakamura

Aunque nadie se ha preocupado de escribir sobre el te­ma, es evidente que los robots, como tantos seres animados que pueblan el mundo, están dotados de vida amorosa. Si no tuvieran vida amorosa –o sexual, si ustedes quieren, aun­que no sé para qué van a quererlo–, los robots no se multi­plicarían. Jamás se ha sabido de un robot que haya surgido de la nada.

Sentada la anterior premisa, veamos ahora algunos de los aspectos más interesantes de la vida sexual –o amorosa, si ustedes prefieren, aunque no veo por qué van a preferir­lo– de esos extraordinarios entes que son los robots:

La libido.– Los robots están dotados de libido, lo mis­mo que otros muchísimos seres vivientes. La libido de los robots, según las últimas investigaciones efectuadas al res­pecto, se puede situar en un punto equidistante entre los globos de percepción exterior (oculares) y la pantalla de traducción de imágenes en la masa positrónica (cerebro). A dicha libido, en el caso de los robots machos, la excitan la visión de las superficies pulimentadas y brillantes de los ro­bots hembras (robotas), así como el ronroneo de sus circui­tos interiores y el olor del lubricante que engrasa sus juntas de locomoción. La libido de las robotas no se excita tanto por la percepción de los fornidos tubos, tuercas y tornillos de los robots machos, sino más bien por los roces y frota­mientos que éstos les hacen, así como por los zumbidos que les resoplan muy cerca de los auriculares. Si por añadidura el robot le pasa la punta del instrumento prolongado y mó­vil que le sirve para la gustación y deglución (lengua) por el borde de los citados auriculares, la libido de la robota se dis­para hacia arriba y adelante.

El celo.– El robot es un mecanismo de celo perpetuo. No se rige por ciclos astronómicos o meteorológicos. En cualquier momento en que su libido reciba la suficiente excitación, entrará en celo y empezará su cortejo para pro­piciarse a la robot hembra (lo de robota siempre suena feo, así que lo eliminamos); al entrar en celo, el robot ma­cho emite una serie de sordos ronquidos, muy parecidos a los silbatos de las locomotoras diesel, lo cual ha motivado extrañas confusiones, como aquella en que un robo macho se lió a bofetadas con el tren de cuernavaca, creyendo que éste venía a disputarle su hembra.

El cortejo.– El cortejo prenupcial entre robots de dife­rente sexo es sumamente curioso (cuando ocurre entre ro­bots del mismo sexo no es cortejo ni es prenupcial, sino una simple aberración sólo permitida en inglaterra); mientras la robot hembra permanece estática, el robot macho despliega notable actividad: dilata sus planchas, hace funcionar cuan­tas luces posee, compone e interpreta con sus mecanismos raras melodías, eludiendo los programas científicos y la pro­paganda que lleva impresos en su memoria: exhibe los cono­cimientos adquiridos en su existencia (afirmación de la personalidad) y hasta compone epigramas satíricos contra el hombre (afirmación de la virilidad) todo esto mientras ro­dea una y otra vez a la robot hembra con movimientos cir­culares, envolviéndola en una lluvia de fichas perforadas que emite por las ranuras correspondientes. El cortejo cesa cuando la robot hembra le vuelve la espalda y le dispara una patada (rechazo) o bien cuando eyecta una sustancia aromá­tica cuyo origen aún se desconoce (aceptación).

Multiplicación.– Si la robot hembra acepta al macho, se pasa a la consumación del rito amoroso. Los dos robots, cogidos por la mano, acuden a la planta central de la cibernetic and electronic universal corporation (inc.), donde presentan un cheque con el importe de sus ahorros y encar­gan uno o varios robotcitos con una fórmula conjugada que lleve el cincuenta por ciento de los circuitos del padre y otro cincuenta por ciento de la madre. El sexo de los nue­vos robots se determina por computadora, a efecto de man­tener y asegurar un sano equilibrio demográfico, o robográfico, si ustedes desean, aunque en realidad no alcanzo a vis­lumbrar para qué iban a desearlo.

Como dato adicional y pintoresco, mencionaremos que, hasta hace relativamente poco tiempo, la moda entre los ro­bots era la de hacer estos encargos a las fábricas de parís. En la actualidad ya no practican tal hábito, pues las nuevas ge­neraciones de pequeños robots se muestran reacias a tragar­se el cuento.

Marco A. Almazán

1 comentario »

  1. Hola Ea Pozoblock: Yo creo que ya es hora de que nos digámos algo ¿no crees? Te espio desde hace siglos. Me gusta lo que cuelgas. Tenemos gustos muy similares. Me tienes enlazado, te tengo enlazado/a. Luchamos por dignificar este espacio de la literatura… Un saludo afectuoso. JUAN

    Comment por Juan Yanes Glez — 12 Agosto 2008 @ .


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