
Auschwitz
Cuando se hace con la imaginación un recuento del cúmulo enorme de muertes a ritmo acelerado que, aparte de las causadas por las operaciones militares propiamente dichas, ocurrieron en el territorio polaco, el sentimiento más intenso que se experimenta, además del horror, es el del asombro. Masas innumerables de personas fueron asfixiadas y quemadas, con refinamiento inaudito, con un método más que minuciosamente concebido, llevado a cabo racionalmente y perfeccionado. Esto, sin renunciar por ello a los procedimientos libres de los aficionados, a quienes se los dictaba el gusto personal. No fueron decenas ni centenares de miles, sino millones de seres humanos los que en los campos de la muerte polacos fueron transformados en materias primas y mercancías. Además de los famosos, como Majdanek, Auschwitz, Birkenau y Treblinka, de vez en cuando se descubren otros, menos conocidos. Ocultos en medio de los bosques y de las colinas cubiertas de verdor, a veces retirados de las vías férreas, esos campos permitían el empleo de sistemas más simples y económicos. Así, por ejemplo, se han encontrado yacimientos enormes de cadáveres enterrados, en Tuszynek y en Wiaczyn, cerca de Lodz. En los alrededores de Chelmno, bastó un viejo palacio situado en una colina, con una vista magnífica sobre un paisaje de jardines y trigales, un viejo granero en ruinas, y un amplio claro en un joven pinar cuidadosamente cercado, para alcanzar la cifra de un millón de víctimas. Fue suficiente un pequeño edificio de ladrillo rojo, junto al Instituto de Anatomía de Wrzeszcz, en las afueras de Gdansk, para transformar en jabón la grasa de los asesinados y su piel en pergamino. Los alemanes prometían a los judíos detenidos en Italia, Holanda, Noruega y Checoslovaquia excelentes condiciones de trabajo en los campos de Polonia, y a los sabios se les garantizaba que ocuparían puestos en los institutos de investigaciones; igualmente ofrecieron en propiedad a un grupo de judíos la rica ciudad industrial de Lodz, recomendándoles que llevaran consigo sólo los objetos de mayor valor. Cuando un transporte de prisioneros llegaba al lugar de destino, se les hacía apearse de los vagones por un lado de la vía, y sus maletas eran arrojadas por el otro lado. Luego, en las barracas a donde se los conducía, les ordenaban desnudarse para ir a los baños y poner en orden la ropa. Cuando salían de allí, ninguno volvía a recibir sus vestidos. Unos eran precipitados desnudos en las cámaras de gas o en camiones herméticamente cerrados donde morían asfixiados por los gases de escape durante el viaje al crematorio. Otros recibían en cambio unos harapos con los que se les conducía a los campos de trabajo. En Auschwitz, igual que en los otros campos, se acumularon en los almacenes enormes depósitos de ropa, calzado, joyas y objetos de uso personal de las víctimas. Trenes cargados de mercancías salían rumbo al Reich. Los brillantes desmontados de los anillos y sortijas eran transportados en botellas cerradas. Cajones llenos de gafas, relojes, polveras, cepillos de dientes colmaban los vagones. Todo tenía un valor específico. Los huesos calcinados eran utilizados en la fabricación de fertilizantes, la grasa se convertía en jabón, la piel en objetos de cuero, el pelo en colchones. Pero éstos no eran sino subproductos de aquella enorme empresa estatal que, en el transcurso de unos cuantos años, rindió beneficios incalculables. Estos beneficios constantes provenían del suplicio y el terror de los hombres, pero también de su envilecimiento y sus crímenes, y constituían la base económica de todo el sistema de los campos. El postulado ideológico de la aniquilación de razas y naciones enteras servía a este objetivo, constituía su justificación. Los prisioneros que regresan ahora a Polonia, de los campos alemanes de Dachau y Oranienburg, nos suministran nuevos datos, que complementan nuestros conocimientos sobre el estado real de cosas. Se comprueban que en el Reich, equipos enteros de especialistas se ocupaban de descoser los vestidos y calzados transportados de los campos polacos a la metrópoli. En las costuras de la ropa, en las suelas, dentro de los tacones de los zapatos, encontraban gran cantidad de monedas de oro. Eso explica que a la muerte de Himmler se descubriera en su residencia de Berchtesgaden cientos de miles de libras esterlinas en divisas de veintiséis países. Al examinar los documentos proporcionados por la deposición de los testigos y las inspecciones realizadas en los lugares mismos del drama, sobre ese fenómeno extraordinario que constituye Auschwitz, sorprende la perfección de los métodos por medio de los cuales el sistema y los reglamentos de este campo realizaban su doble tarea: política y económica, podría decirse, ideológica y práctica. La tarea política consistía en despoblar ciertas regiones para adueñarse de sus riquezas naturales y culturales. La tarea económica tenía por objetivo lograr que la realización de ese plan no sólo no produjera el menor perjuicio económico, ni ocasionara gastos, sino que, por el contrario, se convirtiera en fuente de utilidades, en primer lugar por el trabajo de los prisioneros en las fábricas de la industria bélica y en segundo, en especie, es decir, por medio de los bienes arrebatados a las víctimas. Esta empresa concebida y realizada tan cuidadosamente fue obra de hombres. De éstos, unos eran los ejecutores y otros sus objetivos. Fueron hombres quienes reservaron ese destino a otros hombres. ¿Quiénes fueron esos hombres? Numerosos ex prisioneros del campo, salvados de la muerte contra toda esperanza, testimoniaron ante la Comisión para la Investigación de los crímenes hitlerianos. Había entre ellos hombres de ciencia, políticos, médicos, profesores, gente que constituía la gloria de sus pueblos. Cada uno era, por lo general, el único sobreviviente de su familia; cada uno había sabido de la muerte de sus padres, esposa e hijos. Se salvaron sin saber siquiera cómo fue posible.
El doctor Mansfeld, profesor de la Universidad de Budapest, dijo: —Pude salvarme por no creer ni un solo instante en la salvación. Si hubiera abrigado ilusiones, habría carecido de la calma moral que me preservó la vida. Estos hombres tenían en el campo la tarea de prestar ayuda a los demás, mientras rozaban diariamente la muerte, pues sufrían igual que los otros toda clase de torturas. Como médicos eran necesarios a los alemanes en el campo y eso les permitía salvar, hasta cierto límite, a algunas de las víctimas. El doctor Grabczynski de Cracovia, por ejemplo, encargado del bloque número 22, lugar de asesinato y terror, donde se enviaba a los enfermos graves para su liquidación, lo transformó en un verdadero hospital. No sólo atendió a los enfermos en su calidad de médico y les consiguió medicinas y vendajes, sino que valiéndose de mil subterfugios, libró del gas a muchos enfermos graves, les salvó la vida, asegurando que se restablecerían al cabo de cinco días. Pero quienes llevaban a cabo con sus propias manos aquel plan preciso de asesinato y rapiña eran también hombres. Y hombres eran los que superaban el marco de los reglamentos, los que asesinaban sólo por deleite. Las declaraciones, notables por su claridad y precisión, del diputado Meyer, quien pasó doce años de su vida en los campos alemanes, nos permiten tener una idea del rostro verdadero de los verdugos de Auschwitz. El mayor criminal del campo era August Class, hombre fuerte y musculoso, quien hacía todos los días una visita a las barracas, con ágil paso de atleta. Golpeaba a las víctimas elegidas en los riñones, para no dejar ningún rastro, y la muerte sobrevenía tres días después. Otro, ponía la bota en la garganta del prisionero y le aplastaba la laringe con su peso.
Otro más se divertía en hundir la cabeza de los prisioneros en un cubo y mantenerla sumergida hasta que los desdichados se ahogaban. Uno de los más sanguinarios —un asesino profesional— era muy exigente al pasar revista, y si la ropa o las botas de alguien no estaban bien limpias lo golpeaba en la cabeza con una porra de goma rematada con un trozo de plomo, con tal precisión que lo mataba en el acto. Se vanagloriaba de lograr quince víctimas diarias. Otro, de dos metros de estatura, nariz larga, cara afilada y ojos estrechos, con una nuez que le bailaba en la garganta y unas manos enormes, estrangulaba diariamente a varios prisioneros, antes de tomar el desayuno, escogiéndolos a golpe de vista en los diferentes sectores durante su paseo matinal. Indudablemente estos hombres podían actuar así; de antemano se había hecho todo lo necesario para poner en movimiento esas fuerzas, latentes en la subconsciencia del hombre, que si no son despertadas, pueden dormir sin manifestarse jamás. Una selección extraordinariamente cuidadosa y un sistema de educación bien meditado crearon aquel equipo humano, único en la historia, que desempeñó hasta el final el papel que le estaba destinado. Sabemos por el testimonio del diputado Meyer que el partido de Hitler aumentó sus miembros en la etapa inicial, reclutando a sus adeptos en los bajos fondos de la sociedad. Había criminales, asesinos y ladrones; había también explotadores de mujeres. La educación nazi cultivó sus instintos naturales con una solicitud particular. Un indicio de ello fue la ley especial promulgada en Alemania que prohibía reprochar a los miembros del partido su pasado personal. Muchas personas fueron encarceladas por infringir esta prohibición. Según las declaraciones del doctor Fisher, profesor de siquiatría en Praga, había cursos especiales, a menudo de dos años, para la formación de la juventud hitleriana, y en ellos se hacían experimentos prácticos de crueldad sádica. El mismo profesor Fischer, que durante muchos años fue perito judicial, afirma que el sadismo aún en el más bajo nivel no disminuye la responsabilidad criminal. Todos son hombres conscientes de sus actos y tienen la plena responsabilidad de ellos. Los niños en Auschwitz sabían que iban a morir. Se escogía para la cámara de gas a los más pequeños, aquéllos que todavía no podían desempeñar ningún trabajo. Se procedía a su selección, haciendo pasar a los niños, uno tras otro, bajo una barra colocada a una altura de un metro y veinte centímetros. Conscientes de la gravedad del momento, los más pequeños se enderezaban al acercarse a la barra, y marchaban sobre la punta de los pies para tocarla con la cabeza y salvar así la vida. Alrededor de seiscientos niños, condenados a la muerte por asfixia estuvieron recluidos en espera de que hubiera el número suficiente para llenar la cámara de gas. Sabían de qué se trataba. Se dispersaban por el campo y trataban de esconderse; pero los SS los conducían de nuevo al edificio. Desde lejos se podían oir sus lamentos, pidiendo socorro. —¡No queremos ir al gas! ¡Queremos vivir! Una noche llamaron a la ventana del cuarto de un médico. Cuando éste la abrió, entraron dos muchachitos completamente desnudos, transidos de frío. Uno tenía doce años y el otro catorce. Habían logrado escapar del camión en el momento en que llegaba a la cámara de gas. El médico ocultó a los niños, les dio de comer, les consiguió vestidos. Logró que un hombre de confianza que trabajaba en el crematorio anotara dos cadáveres más de los que había recibido. Exponiendo la vida a cada momento, ocultó a los dos niños hasta el momento que pudieron salir al campo sin despertar sospechas. Una hermosa mañana de verano, el doctor Epstein, profesor de Praga, iba por una calle entre los edificios del campo de Auschwitz, cuando vio a dos niños. Estaban sentados en la arena y empujaban unos palitos. Se les acercó y preguntó: —¿Qué hacen aquí, niños? Y obtuvo esta respuesta: —Jugamos a quemar judíos.
Zofía Nalkowska
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LOS ALEMANES SON
UNA PORQUERIA
AL IGUAL Q HITLER
Comment por DAMARYS — 14 Junio 2009 @ .
Damarys: Tu generalización, como todas las generalizaciones, es un tanto injusta. Un país que ha generado a personalidades como Hesse, Nietzche, Einstein, Gutenberg, Leibniz, Goethe, Schiller, Wilhelm, Mann, Grass, etc,etc,etc., no puede ser TODOS una porquería. En una cierta época el gobierno alemán cometió un brutal genocidio ( bueno, todos los genocidios lo son ) y es importante preservar la memoria histórica para que no vuelva a ocurrir. Como importante es recordar también el genocidio que cometen los chinos cotra los tibetanos día a día, por ejemplo, y no por eso decimos que TODOS los chinos merecen la muerte. Lamentablemente encontramos que prácticamente todas las culturass en algun momento de su historia les ha dado por asesinar a su prójimo.
Gracias por tus comentarios
Comment por Ea Pozoblock — 15 Junio 2009 @ .