La canción de la sirena

Noches blancas, ¿por qué sois azules ?

Greg Williams

Otro obstáculo en la consecución del sueño es la costumbre de meditar acerca de pasados errores. En el mejor de los casos este es un pasatiempo inútil, a menos que seas de esos que se van a la cama con una sandía debajo del brazo. Durante la exhibición de Animales Locos, en 1928, ocurrió una pequeña catástrofe que me permitió disfrutar de un buen ataque de insomnio.

Una noche estaba pintándome el bigote para la representación nocturna cuando el portero me entregó una tarjeta y dijo:

-Afuera hay un tal señor Evans. Desea verle. Dice que es importante.

Cauteloso por naturaleza pregunté:

-¿Es alguacil? ¿Agente de seguros? ¿De qué se trata?

El portero se encogió de hombros.

-Parece tener dinero. Va muy bien vestido y lleva bastón.

Una descripción así no se ajustaba a la de alguien que pudiese querer pedirme un préstamo, de modo que dije.

-Muy bien, hágale pasar

El individuo entró y enseguida lo tuve catalogado. Nos estrechamos la mano y fue directo al grano.

-Señor Marx -empezó- es usted indudablemente uno de los más famosos fumadores de todo el mundo.

Acepté de buen grado ese piropo tan merecido y él prosiguió:

-Estoy aquí en representación de la agencia de publicidad de la mayor fábrica de cigarros del país. Si recomienda usted nuestra marca, le daremos mil quinientos dólares. Llevo el cheque y el contrato en el bolsillo.

El señor Evans hizo una pausa significativa y pronunció el nombre de la, efectivamente, marca de cigarros más famosa de América: Supongo que con esto tendrá usted suficiente para adivinar su nombre. Sí, era nada menos que la marca mundialmente célebre ¡ los cigarrillos Delaney !

-Señor Evans -contesté- por mil quinientos dólares encuentro indecente y desleal retirar mi apoyo a una industria a la que una y otra vez he salvado por los pelos de los abismos del caos financiero. No cabe dudas de que soy uno de los más famosos fumadores de cigarros del mundo. Tal vez el que más. Y por esa misma razón consideraría una traición a toda la industria cigarrera si recomendara algo tan repugnante como un cigarrillo.

A mitad de este ampuloso discurso, comprendí que no había dicho nada. El sujeto ignoró aquel torrente de disparates y dijo:

-Bueno, ¿se sentiría también desleal si, en lugar de mil quinientros dólares, aumentáramos la oferta hasta dos mil quinientos?

Meneé la cabeza. Por entonces me sentía bastante furioso.

-Señor Evans, mi integridad no conoce límites. No puede ser medida con algo tan grosero como el dinero. Se extiende hasta dos mil quinientos dólares, y más, mucho más lejos. Una de las pocas cosas de que un hombre disfruta en la vida -proseguí- es de un buen nombre y de una reputación de incorruptible. No tengo intención de sacrificar ninguno de ellos por dos mil quinientos mezquinos dólares. Y ahora, si me lo permite, buenas noches

El señor Evans ignoró también esta parrafada grandiosa y prosiguió, como si no hubiese oído ni una palabra.

-Suponga, señor Marx -susurró astutamente- que en lugar de dos mil quinientos dólares le ofreciese a usted un cheque por cinco mil. ¿Se avendría entonces a recomendar los Delaney?

A la mención de los cinco mil dólares, mi integridad comenzó a tambalearse un poquito. Sentí tentaciones de acceder, pero después del ampuloso discurso que acababa de pronunciar no me quedaba otro recurso que mantener mi actitud.

El dinámico señor Evans me apremiaba ahora con énfasis.

-Cinco mil dólares representan una buena suma señor Marx. Con esa suma podría comprarse dos Cadillacs.

-Señor Evans -repliqué altivamente- tal vez usted lo ignore, pero ya tengo dos Cadillacs. ¿qué haría con cuatro?

-Hum -contestó- Bueno, podría dar uno a cada uno de sus hermanos.

Irguiéndome en toda mi estatura, declaré:

-Todos los hermanos Marx tienen dos Cadillacs.

-Muy bien -dijo, capitulando- olvidémonos de los automóviles. He de reconocer que es usted un hombre muy duro como negociante. Aparentemente, no le interesa el dinero. (Estuve a punto de decir: “ya lo creo que sí!”, pero me contuve en el último momento). Ahora voy a hacerle otra oferta, y ésta es la última. Puede tomarlo o dejarlo. Le daré siete mil quinientos dólares por solo escribir su nombre en este papel, accediendo a reconocer los cigarrillos Delaney.

A la mención de siete mil quinientos dólares, me sentí desfallecer. Mi hipotensión crónica subió hasta alcanzar casi a la normalidad y el camerino empezó a dar vueltas. Mientras la codicia sustituía a la integridad, alcé vivamente la mirada y examiné la puerta del camerino, para asegurarme de que Evans no podía escaparse. Me volví y le miré fijamente la cara.

-Bueno, antes de que firme, ¿está seguro de que ésta es su oferta final?

-¡Ya lo creo que sí! -dijo- Siete mil quinientos dólares es mucho dinero a cambio de no hacer nada.

-Muy bien. Deme el contrato.

Lo firmé apresuradamente y él me entregó un cheque a nombre de Groucho Marx por valor de siete mil quinientos dólares. He de confesar de que esto me intrigó. ¿Cómo podía saber de que yo iba a rechazar las ofertas de mil quinientos, dos mil quinientos y cinco mil dólares, para aceptar por fin la de siete mil quinientos? Me guardé rápidamente el cheque, nos estrechamos la mano y lo acompañé hasta la puerta. Un momento antes de decirme adiós, se metió la mano en un bolsillo y sacó otro cheque. Me lo enseñó. Estaba extendido a nombre de Groucho Marx y su importe era de diez mil dólares. Nunca olvidaré sus últimas palabras mientras lo rompía en pedazos. Dijo:

-Señor Marx, si hubiese resistido un poco más, habría podido cobrar los diez mil.

Aquella noche, en el escenario, no estuve muy gracioso.

Groucho Marx


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Silencia

Publicado en Mundos tanáticos, oníricos, paralelos y perpendiculares por Ea Pozoblock en Febrero

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Ludwig Hoffenreich

Qué pasó con usted. Por qué tan silencia. Tan sin ninguna palabra. Como si la iguana le hubiera comido la voz. Como si le hubieran puesto algodones en el esófago. Como si mis manos le estuvieran apretando el cuello. Como si le pusieran sobre la cara una almohada. Como si la fuéramos a enterrar mañana.

Guillermo Samperio

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