Breve aportación a la taxonomía del infierno

Los que alguna vez rechazaron el verdadero amor —el de los culebrones— por pereza, cobardía o cortedad rastrera, fueron condenados a vivir en las azoteas. No pueden bajar de ellas sin exponerse a graves peligros, puesto que les fue arrebatado el hábito de vivir a ras de tierra, que en otros tiempos fue para ellos un vicio, más que una necesidad o una costumbre.
No se suelen mostrar a la vista. Se les presiente a veces —un roce, una sombra, un ligero comezón en la nuca—, si uno se toma la molestia de subir a la azotea de su casa y fingir que cuelga la ropa despreocupadamente.
A veces cantan canciones tristes de cosaco desterrado, y suenan como si el viento revolviera las páginas de un libro de Amado Nervo o de Campoamor que alguien olvidó en un parque hace muchos años.
Aunque nadie los ha visto de frente, los estudiosos de Swedenborg y de Borges deducen que tienen cara de sábana vieja, un poco amarillenta por los costados y demasiado pálida en el centro. También se les supone arrepentidos, en algunos casos; aunque lo que les sucede a la mayoría de ellos es que están atacados de vértigo, simplemente.
Yo intenté componer un relato con esos personajes, pero lo único que me salía era un cuento inglés de fantasmas del siglo XIX, escrito en un inglés noble y victoriano que a mí, francamente, no me suena familiar, y si se tiene en cuenta que yo no sé inglés aún se comprenderá mejor lo violento que llegué a sentirme.
Lo volví a intentar y me volvió a salir el mismo relato —sospecho además que ya estaba escrito—, así que me conformé con una breve descripción que enviaré a alguna revista de geografía urbana o de turismo de aventura.




















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