La canción de la sirena

La mujer del cuadro

Publicado en Versos anversos, conversos, transversos, inversos, perversos por Ea Pozoblock en Junio

erica chappuis

Erica Chappuis

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Lo empiezas a saber,

tu amor va enseñando sus sales de baño, sus fiestas de

guardar, sus cenas sin nadie;

a veces, el esqueleto de tu ángel de la guarda

baila en tus ojos,

ciertas avecillas silvestres amanecen temblando en tus

manos,

ya el tufo de la crucifixión

no te hace taparte la nariz de niña “que no sabe nada”,

que no entiende nada”.

x

Ya cruzas la puerta,

ya sabes que el dolor es un mensajero servil del infinito,

en tus ojos aquello que miras despierta en ti misma como

pequeños niños

que se sientan al borde de sus camas

esperando que vengan a vestirlos.

x

Ya asumes tu cuerpo, ya viajas en todo lo que te rodea,

a veces en tu sonrisa todavía aparece

aquella niña larguirucha “tan bien educada”,

pero tu esperanza enflaquece llamándote con voz cada vez

más débil

cuando ya no te dignas escucharla.

x

Extrañamente hermosa eres ahora tu propio fantasma,

en tu alma han entrado la carne del mundo y la tuya

confundidas,

apiñadas por el mismo placer, revueltas por el mismo dolor.

Desnuda, la ropa que te acabas de quitar

ya no reaparece en tus ojos,

tu mirada y tu voz entonces también se quedan desnudas,

te quedas desnuda,

y por tu desnudez pasan los templos antiguos, las

oraciones, los heridos de guerra y los cánticos de guerra,

los mares lejanos y también la vida posible en otros

planetas.

Ya tu cuerpo comprende lo que significa ser tu cuerpo,

lo que significa que tú seas él;

tu cuerpo extendido a lo largo de tu amor, a lo largo de

tu alma,

y todos los barcos que zarpan de tu corazón llevan ahora

las luces apagadas.

x

Ya te has probado en ti

y un hombre no es el extraño invasor que conocías,

el esposo prudente, el hombrecito que cariñosamente te

mataba un momento

por unas cuantas caricias, por unas cuantas monedas.

x

Pero sabes también que no existe el triunfo que alguna vez

deseaste,

por eso en tu mirada puede oírse

el ruido del mar golpeando las costas solitarias y a veces

el chillido de un pájaro detrás de la niebla o la llovizna

pertinaz.

x

Ven aquí con tu colección de mariposas, con tus antiguos

juguetes que ya no existen

y que parecen burlarse de ti desde ciertos rincones,

ven aquí con tus segmentos de niña asombrada.

x

Ven a mirar mis osos polares.

Ven, ahora que sabes que también en los labios aparece

sin que nos demos cuenta—

el beso monstruoso y bello

de aquello que todavía llamamos el alma.

xJosé Carlos Becerra

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la loba

Marcel Gromaire

Marcel Gromaire

Era alta, flaca, pero con los senos firmes y vigorosos, aunque ya no era joven; era pálida, como si tuviera encima la malaria, y en esa palidez chicos ojotes y dos labios frescos y rojos, devoradores.

En la aldea la llamaban La Loba porque nunca se hartaba con nada. Las mujeres hacían la señal de la cruz al verla pasar, sola, como perra roñosa, con el paso sospechoso y vagabundo de loba hambrienta. Con sus labios colorados despulpaba a sus hijos y a sus maridos en un abrir y cerrar de ojos, y se los traía al trote con una sola mirada de satanás, como si estuvieran ante el altar de Santa Agripina. Por fortuna, La Loba jamás venía a la iglesia en Pascua ni en Navidad, ni a oír misa ni a confesarse. El padre Angelito de Santa María de Jesús, un verdadero siervo de Dios, perdió su alma por ella. La pobre Mariquita, tan buena muchacha, lloraba a escondidas porque era hija de La Loba y ninguno quería casarse con ella, a pesar de tener un buen ajuar y su buena tierra soleada como cualquier otra muchacha de la aldea. Una vez La Loba se enamoró de un hermoso joven que había sido soldado y segaba el heno con ella en las tierras del notario; pero lo que se llama enamorarse, sentir que las carnes le ardían bajo el fustán del corpiño, y sentir, mirándolo a los ojos, la sed que se siente en las horas calientes de junio en el fondo de las llanuras. Pero él seguía segando tranquilamente, viendo los montes y le decía:

-¿Qué le pasa, doña Pina?

En los campos inmensos, donde sólo restellaba el vuelo de los grillos, cuando el sol caía a plomo. La Loba hacinaba montón tras montón, gavilla sobre gavilla, sin cansarse jamás, sin erguirse un solo momento, sin acercar sus labios a la garrafa a fin de no alejarse ni un instante de Nanni, que segaba y segaba, preguntándole de cuando en cuando:

-¿Qué quiere, doña Pina?

Una noche se lo dijo,mientras los hombres dormitaban en la era, cansados de la larga jornada, y los perros aullaban por el vasto campo negro:

- ¡Te quiero a ti! A ti, que eres hermoso como el sol y dulce como la miel. ¡Te quiero a ti!

-En cambio, yo quiero a su hija, que es soltera -respondió Nanni, riendo.

La Loba se llevó las manos a la cabeza, rascándose las sienes sin decir palabra, y se fue. No volvió a aparecerse en la era. Pero en octubre volvió a ver a Nanni, el mes en que se extrae el aceite, porque él trabajaba junto a su casa y el rechinar de la prensa no la dejaba dormir durante toda la noche.

-Toma el costal de aceitunas y ven conmigo -le dijo a la hija.

Nanni empujaba las aceitunas con una pala para que éstas cayeran bajo la muela, gritando‘’¡Arre!” a la mula, a fin de que no se detuviera.

-¿Quieres a mi hija Mariquita? -le preguntó doña Pina.

-¿Qué le va a dar usted a su hija Mariquita? -respondió Nanni.

-Tiene lo que le dejó su padre; además le doy mi casa. A mí me bastará con un rincón en la cocina, donde pueda tenderme en un jergón.

-De ser así, ya hablaremos de eso en Navidad -dijo Nanni.

Nanni estaba totalmente sucio y embarrado de aceite y aceitunas puestas a fermentar, y Mariquita no lo quería bajo ningún aspecto; pero su madre la agarró por los cabellos frente al fogón, y le dijo rechinando los dientes:

-¡O te casas con él o te mato!

La Loba estaba casi enferma, y la gente andaba diciendo que cuando el diablo envejece se vuelve ermitaño.Ya no andaba en todas partes, ya no se paraba bajo el umbral de su casa, con aquellos ojos de endemoniada. Cuando lo miraba cara a cara, su yerno se echaba a reír y sacaba el trajecito de la Virgen y se santiguaba. Mariquita se quedaba en la casa amamantando a los hijos, y su madre se iba al campo a trabajar con los hombres, como cualquier hombre, a escardar, a escarbar, a arrear las bestias, a podar las parras, aunque soplara el cierzo en enero o el siroco en agosto, cuando los mulos andaban con la cabeza gacha y los hombres dormían de bruces al abrigo de los muros. En las horas que van de la víspera a la nona, en las cuales ninguna mujer es buena, La Loba era la única alma que se veía vagar por el campo, sobre los guijarros ardientes en los senderos, entre los rastrojos requemados en la inmensa llanura que se perdía en el bochorno, lejos, lejos, hacia el Etna caliginoso, donde el cielo se apesantaba en el horizonte.

-¡Despierta!- le dijo La Loba a Nanni, que dormía en una zanja, junto a un matorral polvoriento, con la cabeza entre los brazos-. Despiértate, que te traigo vino para que te refresques la garganta.

-¡No! ¡No hay mujer buena entre las víspera y la nona! – sollozaba Nanni, hundiendo la cabeza entre las hierbas secas de la zanja, mesándose los cabellos -.

¡Váyase, váyase! ¡No vuelva nunca a la era!

Y La Loba se marchaba, amarrándose las trenzas soberbias,mirando fijamente el sendero y el rastrojo caliente, con sus ojos negros como el carbón. Pero La Loba volvió a la era muchas veces, y Nanni ya nada le dijo. Más aún, cuando tardaba en llegar, en las horas que van entre vísperas y nona, él iba a esperarla en lo más alto de la vereda blanca y desierta, con la frente bañada en sudor; y después volvía a mesarse los cabellos y a gritarle de nuevo:

-¡Váyase, váyase! ¡No vuelva más a la era!

Mariquita lloraba día y noche, y se le quedaba mirando a la madre con los ojos quemados por el llanto y los celos, como una lobezna, cuando la veía regresar del campo, pálida y muda.

-¡Malvada!-le decía-. ¡Madre malvada!

-¡Cállate!

-¡Ladrona! ¡Ladrona!

-¡Cállate!

-¡Voy a ir a la policía! ¡Voy a ir!

-¡Pues ve!

Y fue de verdad, cargando a los hijos, sin miedo alguno y sin derramar una lágrima, como una loca, porque ahora ella también amaba al marido que le dieron a la fuerza, sucio y embarrado de aceitunas puestas a fermentar.

El sargento mandó llamar a Nanni; lo amenazó con mandarlo a la cárcel y luego a la horca. Nanni solamente se arrancaba los cabellos y sollozaba.

No negó nada; pero tampoco intentó disculparse.

-¡Es la tentación! – decía -. ¡Es la tentación del infierno!

Se arrojó a los pies del sargento, rogándole que lo mandara a la cárcel.

-¡Por caridad, señor sargento, líbreme de este infierno! ¡Ordene que me maten o que me manden a prisión! ¡No me deje volver a verla nunca! ¡Nunca!

-¡No! -respondió La Loba-. No tengo más que un rincón en la cocina para dormir. ¡Y la casa es mía! ¡Yo no me voy!

Poco después, una mula pateó a Nanni en el pecho, y estuvo moribundo; pero el párroco no quiso llevarle los santos óleos si La Loba no salía de la casa. La Loba se fue, y su yerno pudo prepararse entonces para irse también, como buen cristiano; se confesó y comulgó dando tantas muestras de contrición y arrepentimiento que todos los vecinos y curiosos lloraban frente a la cama del moribundo. Y más le hubiera valido morir ese mismo día, antes de que el diablo volviera a tentarlo y a clavársele en el alma y en el cuerpo cuando sanó.

-¡Déjeme en paz ! le decía a La Loba! -. ¡Por caridad déjeme en paz! ¡Ya he visto a la muerte con mis propios ojos! La pobre Mariquita está desesperada.

¡Ahora todo el pueblo lo sabe! Dejar de verla es mejor para usted y para mí…

Y hubiera querido arrancarse los ojos para no ver los de La Loba, que cuando se clavaban en los suyos lo hacían sentir que perdía el alma y el cuerpo.Ya no sabía qué hacer para zafarse del hechizo. Mandó decir misas a las almas del Purgatorio, fue a pedir ayuda al párroco y al sargento. En Pascua fue a confesarse, lamiendo seis palos del atrio, delante de todos, como penitencia. Después, dado que La Loba continuaba incitándolo, le dijo:

-¡Óigame bien! ¡No se le ocurra venir a buscarme a la era! Porque si vuelve a buscarme, como hay un Dios en los cielos, ¡la mato!

-Mátame – respondió La Loba, no me importa. Pero sin ti no quiero estar.

Cuando volvió a divisarla, a lo lejos, en medio del sembradío verde, dejó de escardar la viña y fue por el hacha que estaba clavada en un olmo. La Loba lo

vio venir, pálido y trastornado, con el hacha que relumbraba con el sol; pero no se detuvo, ni bajó los ojos, siguió caminando a su encuentro, llevando entre sus manos un manojo de amapolas rojas y comiéndoselo con la mirada de sus ojos negros.

-¡Ay! ¡Maldita sea su alma !-murmuró Nanni.

Giovanni Verga

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La maldicion de los Hombres Triangulo

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Ábrete Sésamo

Yuliya Usacheva

Yuliya Usacheva

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¡ Ábrete Sésamo !, gritó el menor de los ladrones. Y en esa noche maravillosa, tras mil años de espera, Sésamo conoció el amor

Ea Pozoblock

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Ya tengo que ponerme a trabajar

Publicado en Canciones de la costra nuestra por JCPozo en Junio

Max Beckman 5

Max Beckman

El trabajo, ¡ah!, cómo cuesta trabajo encontrarlo; pero una vez teniéndolo, cuesta más trabajo aguantarlo. ¿Entonces?

Ya tengo que ponerme a trabajar

El Don me pidió lo que le debía
El Don me pidió lo que le debía
Yo le contesté que por ahorita no tenía
que me esperara a que empezara a trabajar.

Mas no me esperó…
y a desalojar,
me fui bajo del puente
a ladito de un canal.

Yo ya tengo que ponerme a trabajar.

Empecé a cantar hasta en los camiones.
Empecé a cantar hasta en los camiones.
Todos estaban en las mismas condiciones
pues lo que daban no alcanzaba para comer.

Y eso que cantaban;
Y aunque me aplaudían
y hasta ¡otra!, gritaban,
dinero no tenían.

Debíamos todos de empezar a trabajar.

-¿Qué sabes hacer?
- Lo que quiera le hago.
-¿Qué sabes hacer?
- Lo que quiera le hago.
Pero al parecer eso no era lo adecuado
Pues mi respuesta se llegó a malinterpretar.

Que un degenerado,
que era un pervertido
y no un hombre honrado
que no había comido

y que le urgía ya ponerse a trabajar.

Hoy ya trabajé y me siento contento.
Hoy ya trabajé y me siento contento.
Y como sé que durará sólo un momento,
estoy juntando para el invierno que vendrá;

y que no me agarre
sin otra cobija,
sin las suelas fuertes,
sin una colilla.

Ahora los dejo…
tengo que irme a trabajar.

JCPozo

El veredicto

Tamara de Lempicka

La mujer del fotógrafo era joven y muy bonita. Yo había ido en busca de mis fotos de pasaporte, pero ella no me lo quería creer

__ No, usted es el cobrador del alquiler, ¿verdad?

__ No señora, soy un cliente. Llame usted a su esposo y se convencerá.

__ Mi esposo no está aquí. Estoy enteramente sola por toda la tarde. Usted viene por el alquiler, ¿verdad?

Su pregunta se volvía un poco angustiosa. Comprendí, y comprendí su angustia: una vez dispuesta al sacrificio, prefería que todo sucediera con una persona presentable y afable.

__ ¿Verdad que usted es el cobrador?

__ Sí– le dije resuelto a todo–, pero hablaremos hoy de otra cosa.

Me pareció lo más piadoso. Con todo, no quise dejarla engañada y al despedirme le dije:

__ Mira, yo no soy el cobrador. Pero aquí está el precio de la renta, para que no tengas que sufrir en manos de la casualidad.

Se lo conté después a un amigo que me juzgó muy mal:

__ ¡ Qué fraude! Vas a condenarte por eso.

Pero el Diablo, que nos oia dijo:

__ No, se salvará


Alfonso Reyes

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Tempestad de almas

Tamara de Lempicka

Ah, si lo hubiera sabido, no nacía, ah, si lo hubiera sabido, no nacía. La locura es vecina de la más cruel sensatez. Devoro la locura porque ella me alucina calmosamente. El anillo que tú me diste era de vidrio y se quebró y el amor no terminó, pero en lugar de él, el odio de los que aman. La silla es un objeto. Inútil mientras la miro. Dime, por favor, qué hora es, para que yo sepa que estoy viviendo en esta hora. La creatividad es desencadenada por un germen y yo no tengo hoy ese germen, pero tengo una incipiente locura que en sí misma es creación válida. Nada más tengo que ver con la validez de las cosas. Estoy libre o perdida. Voy a contarles un secreto: la vida es mortal. Mantenemos ese secreto en mutismo cada uno frente a sí mismo porque conviene, si no, sería volver cada instante mortal. El objeto silla siempre me interesó. Miro ésta que es antigua, comprada en un anticuario, y estilo imperio; no se podría imaginar mayor simplicidad de líneas, contrastando con el asiento de fieltro rojo. Amo a los objetos en la medida en que ellos no me aman. Pero si no comprendo lo que escribo no es mi culpa. Tengo que hablar, pues hablar salva. Pero no tengo una sola palabra que decir. Las palabras ya dichas me amordazan la boca. ¿Qué es lo que una persona le dice a otra? Además del “Hola, ¿qué tal?”. Si tuvieran la locura de la franqueza, ¿qué se dirían las personas, unas a otras? Y lo peor sería lo que se diría una persona a sí misma, pero sería la salvación, aunque la franqueza esté determinada por el nivel consciente y el terror de la franqueza venga de la parte que está en el vastísimo inconsciente que me liga al mundo y a la creadora inconsciencia del mundo. Hoy es día de mucha estrella en el cielo, por lo menos así promete esta tarde triste que una palabra humana salvaría.

Abro bien los ojos, y no cambia: sólo veo. Pero el secreto, no lo veo ni lo siento. La victrola está rota y vivir sin música es traicionar la condición humana que está rodeada de música. Además, la música es una abstracción del pensamiento, hablo de Bach, Vivaldi, de Haendel. Sólo puedo escribir si estoy libre, y libre de censura, si no, sucumbo. Miro la silla estilo imperio y entonces es como si ella también me hubiera mirado y visto. El futuro es mío en tanto vivo. En el futuro se va a tener más tiempo de vivir, y de pso, escribir. En el futuro: si lo llego a saber, yo no hubiera nacido. Marli de Oliveira, yo no te escribo cartas porque sólo sé ser íntima. Además, sólo sé ser íntima en todas las circunstancias, por eso, soy muy callada. Todo lo que nunca se hizo, ¿se hará un día? El futuro de la tecnología amenaza destruir todo lo que es humano en el hombre, pero la tecnología no alcanza a la locura, y en ella es donde lo humano del hombre se refugia. Veo las flores en el jarrón: son flores del campo, nacidas sin ser plantadas, son lindas y amarillas. Pero mi cocinera dice: qué flores tan feas. Sólo porque es difícil de comprender y amar lo que es espontáneo y franciscano. Entender lo difícil no es mérito, pero amar lo fácil de amar es un gran paso en la escala humana. Cuántas mentiras estoy obligada a decir. Pero me gustaría no estar obligada a mentir conmigo misma. Si no, ¿qué me queda? La verdad es el residuo final de todas las cosas, y en mi inconsciente está la verdad que es la misma del mundo. La Luna está, como diría Paul Éluard, éclatante de silence. Hoy no sé si vamos a tener Luna visible, pues ya es tarde y no la veo en el cielo. Una vez miré de noche el cielo, con la cabeza echada para atrás, y me quedé tonta de tantas estrellas que se ven el campo, pues el cielo del campo es limpio. No hay lógica, si se piensa un poco, en la ilogicidad perfectamente equilibrada de la naturaleza. De la naturaleza humana también. Qué sería del mundo, del cosmos, si el hombre no existiera. Si yo pudiera escribir siempre así, como estoy escribiendo ahora, estaría en plena tempestad del cerebro que es lo que significa brainstorm. ¿Quién habrá inventado la silla? Alguien con amor a sí mismo. Inventó, entonces una mayor comodida para su cuerpo. Después los siglos se sucedieron y nadie más prestó realmente atención a una silla, pues usarla es casi automático. Es preciso tener valor para hacer un brainstorm: nunca se sabe lo que puede venir a asustarnos. El monstruo sagrado murió: en su lugar nació una niña que estaba sola. Bien sé que tengo que parar, no por causa de falta de palabras, sino porque estas cosas, y sobre todo las que sólo pensé escribir, no suelen publicarse en periódicos.

Clarice Lispector

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Intolerable Beauty

Cell phones
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Spent bullet casings,
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Boxcar
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Crushed Cars

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Gas Cylinders
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Chris Jordan

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Las manos

Jakub Wojewoda

Mi mano se encontró con la de aquella desconocida entre las paradas de Entença y Hospital Clinic. Aquejado de una vergüenza infinita no me atreví a mirarla de reojo hasta cuatro paradas después, justo en el momento en que me di cuenta de que había pasado la mía.
Me levanté de improviso pensando que la inesperada unión se truncaría, pero ella me siguió sin soltarse. Como dos colegiales, llegamos hasta la puerta y evitando el reflejo en el cristal, esperamos a que el tren se detuviera.
Tomé la iniciativa. Con un ligero apretón le indiqué que me siguiera hasta la terraza de un bar. Nos sentamos en la misma mesa. Ella pidió café, yo cerveza.
Ninguno rompió el silencio y aunque nuestras palmas permanecían unidas, nuestras miradas seguían sin cruzarse.
A la hora de pagar, y ante la ausencia de presentaciones, pedimos cuentas por separado dirigiéndonos de la misma forma al desconcertado camarero.
Fue ella la que tomó entonces el control. Me arrastró de la mano hacia un paseo por la avenida de Gaudí donde una paloma suicida hizo que lanzara mis brazos al cielo y casi provoca que rompiera nuestro enlace y el mutismo que comenzaba a parecer pactado.
Durante horas anduvimos juntos. Elegimos los mismos caminos, las mismas tiendas, el mismo restaurante.
Fue una decisión unilateral la de vivir en mi casa. Recuerdo con cariño la primera noche en que el pudor hizo que nos ducháramos por turnos; mientras uno estaba debajo del agua, el otro esperaba paciente al otro lado de la cortina.
Tenemos dos hijos. A uno le puse yo el nombre, el del otro lo desconozco.
En cuanto reúna el valor suficiente, le pediré a Carlitos que pregunte a su madre por el suyo y el de su hermano.

Gines S, Cutillas


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Mi esposo no era mimético

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Tamara de Lempicka


Mi esposo no era mimético

Seguro mencionarás los juegos de guerra de los

que me quejaba siempre al ocurrir cada noche

con los tableros extendidos y las alfombras y

las pequeñas lámparas y cigarrillos como

supongo la tienda de campaña de Napoleón,

¿quién podía dormir? De todas formas mi

esposo era un hombre que sabía más de la

Batalla de Borodino

que del cuerpo de su esposa, ¡mucho más!

Las tensiones ahogaban los muros y el techo,

en ocasiones jugaban desde el viernes por

la noche hasta el lunes al amanecer, él y sus

paliduchos resentidos amigos.

Sudaban muchísimo. Se alimentaban de su

propia hambre.

Los celos

jugaron una parte importante en mi relación con la

Batalla de Borodino.

Detesto esto.

¿En verdad?

Por qué jugar toda la noche.

El tiempo es real.

Es un juego.

Es un juego real.

¿Estás citando?

Ven.

No.

Necesito tocarte.

No.

Sí.

Esa noche hicimos el amor “como se debe”,

algo que aún no intentábamos a pesar de

llevar seis meses casados.

Anne Carson

 

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