La canción de la sirena

30 Junio 2009

La mujer del cuadro

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erica chappuis

Erica Chappuis

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Lo empiezas a saber,

tu amor va enseñando sus sales de baño, sus fiestas de

guardar, sus cenas sin nadie;

a veces, el esqueleto de tu ángel de la guarda

baila en tus ojos,

ciertas avecillas silvestres amanecen temblando en tus

manos,

ya el tufo de la crucifixión

no te hace taparte la nariz de niña “que no sabe nada”,

que no entiende nada”.

x

Ya cruzas la puerta,

ya sabes que el dolor es un mensajero servil del infinito,

en tus ojos aquello que miras despierta en ti misma como

pequeños niños

que se sientan al borde de sus camas

esperando que vengan a vestirlos.

x

Ya asumes tu cuerpo, ya viajas en todo lo que te rodea,

a veces en tu sonrisa todavía aparece

aquella niña larguirucha “tan bien educada”,

pero tu esperanza enflaquece llamándote con voz cada vez

más débil

cuando ya no te dignas escucharla.

x

Extrañamente hermosa eres ahora tu propio fantasma,

en tu alma han entrado la carne del mundo y la tuya

confundidas,

apiñadas por el mismo placer, revueltas por el mismo dolor.

Desnuda, la ropa que te acabas de quitar

ya no reaparece en tus ojos,

tu mirada y tu voz entonces también se quedan desnudas,

te quedas desnuda,

y por tu desnudez pasan los templos antiguos, las

oraciones, los heridos de guerra y los cánticos de guerra,

los mares lejanos y también la vida posible en otros

planetas.

Ya tu cuerpo comprende lo que significa ser tu cuerpo,

lo que significa que tú seas él;

tu cuerpo extendido a lo largo de tu amor, a lo largo de

tu alma,

y todos los barcos que zarpan de tu corazón llevan ahora

las luces apagadas.

x

Ya te has probado en ti

y un hombre no es el extraño invasor que conocías,

el esposo prudente, el hombrecito que cariñosamente te

mataba un momento

por unas cuantas caricias, por unas cuantas monedas.

x

Pero sabes también que no existe el triunfo que alguna vez

deseaste,

por eso en tu mirada puede oírse

el ruido del mar golpeando las costas solitarias y a veces

el chillido de un pájaro detrás de la niebla o la llovizna

pertinaz.

x

Ven aquí con tu colección de mariposas, con tus antiguos

juguetes que ya no existen

y que parecen burlarse de ti desde ciertos rincones,

ven aquí con tus segmentos de niña asombrada.

x

Ven a mirar mis osos polares.

Ven, ahora que sabes que también en los labios aparece

sin que nos demos cuenta—

el beso monstruoso y bello

de aquello que todavía llamamos el alma.

xJosé Carlos Becerra

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