
Por las mañanas, si despierto en mi casa de Barcelona, lo primero que hago es mirar por la ventana, confirmar que se ha hecho o se hará de día. A continuación, le pongo una vela a Gombrowicz, renuevo mi culto. Después, me santiguo, hago la señal de la cruz, tranquilizo al Dios cristiano. Acto seguido, toco una varita mágica que compré en Colonia en compañía de Cristina Fernández Cubas, calmo a los dioses paganos. Esa varita está en mi escritorio desde hace once años, y cualquiera se atreve a desplazarla a otro lugar de la casa. Por si usted no lo sabía, Cristina tiene magia, tiene extrañas relaciones con el mundo de las cosas que ya no existen, se dice que tiene poderes y una gran capacidad para captar lo extraordinario en lo normal. Cuando compramos en Colonia mi varita (ella se compró otra igual), me dijo que no la perdiera de vista, por eso toco esa varita cada mañana.
Muchas noches, cuando salgo de mi casa de Barcelona en dirección a alguna extraña cita (todas las citas para mí lo son), la varita a veces parece entrar en mi mente y me avisa que será mejor que vuelva a entrar en la casa. Allí me santiguo, y espero a que me llegue la orden de que ya puedo realmente salir. Suelen ser cinco o diez segundos de espera hasta que llega la señal. Siento siempre, cuando me pasa esto, que esos cinco o diez segundos que voy a llegar tarde a la cita van a convertir a la noche en algo bien distinto de lo que me esperaba de haber salido cuando he salido demasiado pronto. Yo creo que todo en nuestra vida depende en realidad de un hilo, es pura zozobra y azar. Por eso a veces, cuando me llega desde el escritorio la señal de la varita, doy unos pasos hacia atrás para dominar mi destino.