Cada falta es un calabozo que se abre. Los malvados, ignorando a qué misterio están sometidos, las criaturas del furor, de la sangre y de la traición, construyen su cárcel con sus actos; el bandido, cuando la muerte le toca el hombro y lo despierta, vuelve desesperado a encontrarse en la prisión, que su delito, arrastrándose detrás de él, edificó. Tiberio está encerrado en una roca y Sejano es una serpiente. El hombre camina sin saber lo que hace, en el abismo. El asesino palidecería si viera a su víctima: es él. Al golpear sin lástima sobre todos, el opresor vil, el tirano loco y sombrío, forja el clavo que lo clavará en la sombra, en el fondo de la materia… Todo malvado engendra, al morir, el monstruo que su vida compuso. El horror sigue al horror. Nemrod ruge encerrado en la montaña escarpada. Cuando Dalila baja a la tumba, un áspid sale de los pliegues de la mortaja, con el alma traidora; el escorpión que duerme bajo una piedra, es Clitemnestra en brazos de Egisto, su amante… El monstruo está encerrado en su horror viviente; por más que quiera despojarse del espanto, seguirá siendo horrible y castigado. ¡Qué misterio! Tal vez el tigre tiene lástima. El tigre lleva sobre el lomo la sombra de los barrotes de la jaula eterna. Un hilo invisible ata al negro patíbulo el negro cuervo, cuyas alas tienen la forma de la hoz.
Caminos de la culpa, Víctor Hugo
24 may
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