Bajo del colectivo; la noche está hermosa, me digo, caminaré. De pronto tropiezo, ruedo por el suelo tras chocar con un bulto oscuro. Lo reconozco, es uno de esos que pululan y se juntan en la calle como si fueran sus dueños. Su piel negra y lustrosa se ha cortado con el accidente y de ella mana una sustancia inmunda. Siento olor a podrido. Adivino a otros en las sombras, agazapados. Aunque sé que nunca atacan a la gente, trato de incorporarme de inmediato; resbalo torpemente, el ácido o lo que sea que ha derramado cubre la vereda. Miro a mí alrededor: en silencio, como si llegaran deslizándose en el viento, me rodean. La calle está vacía, la luz del farol ilumina sus cuerpos oscuros y brillantes. Ahora se cierran sobre mí formando una muralla. Quisiera arremeter contra ellos, pero me siento entumecido; la humedad del piso se filtra por mi espalda. ¿Acaso nuestros desechos ya no les alcanzan? El viento arrecia y el muro que me rodea vacila, se tambalea; y ellos, gordos y rellenos, caen sobre mí. Se desmoronan y se rajan, se abren, vomitando mierda de pañales, huesos de pollo, envoltorios de medicamentos, cáscaras, memorias electrónicas. Otro colectivo se acerca raudamente, pero el chofer no piensa detenerse: sólo ve un montón de bolsas de basura, a unos metros de la parada vacía.
Miguel Canel
