Me sabe a)mar

Esta hora su vigilia

Ruth Bernhard

Elizabeth, gélidamente tendida,

un día de primavera, nos sorprendió

con su rígida dignidad y la serenidad

de sus manos que sujetaban una cruz negra.

Con el libro y la vela y un platillo de agua bendita

nos recibió en el cuarto con la persiana baja.

Sus ojos estaban singularmente cerrados y nos arrodillamos tímidamente

advirtiendo el manchón de su cabello sobre la almohada blanca.

Esa noche nos encontramos junto al muro derrumbado

en el campo detrás de la casa donde yo vivía

y hablamos sobre eso, pero no pudimos hallar la razón

por la que nos dejó a nosotros, a los que tanto había querido.

Muerte, sí, entendíamos: algo relacionado

con la edad y la decadencia, cuerpos decrépitos; pero aquí había uno vigoroso, distante y recatado,

que no respondía a nuestros furtivos suspiros.

A la mañana siguiente, al oír al sacerdote decir su nombre,

me escapé, ya convencido,

y lloré con mis siete años contra el muro de piedra de la iglesia.

Durante dieciocho años no pronuncié su nombre

hasta este día otoñal cuando, con un ventarrón,

un vástago cayó del otro lado de mi ventana, con sus ramas

manchando con rebeldía el verde del césped. De pronto, recordé

a Elizabeth, gélidamente tendida.

Valentín Iremonger

This entry was written by Ea Pozoblock and published on 24, 2010 at .. It’s filed under De los poetas serà el reino de los senos and tagged . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 100 seguidores