Me sabe a)mar

De qué hizo Zuo Ci, nacido en Lujiang, Gan Bao

Don Hong-Oai

Era Zuo Ci un hombre que, habiendo tenido desde pequeño comunicación con los espíritus, sabía obrar prodigios. En una ocasión en que había sido convidado a un banquete por el gran conde Cao, ocurrió que, acabada la cena y mientras pasaba la mirada por todos los invitados, exclamó este sonriendo:
–Aunque exquisitos hayan sido los manjares, ¡cómo me gustaría tomar también unos trocitos de trucha del Song!
–Señor, eso está hecho –le prometió Zuo Ci.
A continuación, pidió que le trajeran una palangana de bronce llena de agua; tomó un anzuelo, lo puso en la punta de una caña de bambú, lo metió en el agua y, al poco, la levantó con una trucha colgando; aquello arrancó un aplauso del conde y dejó a todos maravillados.
–Pero un solo pez para tantos invitados… quizá no baste –volvió a hablar el conde–, ¿no sería mejor dos?
Zuo Ci volvió a meter el anzuelo en el agua y, al poco tiempo, lo levantaba sacando otra trucha viva, tan grande y tan hermosa como la primera. El propio conde las fue cortando en pedazos, y hubo bastantes para todos los comensales.
–Bueno, bueno, y ahora que tenemos ya las truchas, ¿no es una pena no tener de ese jengibre exquisito que sólo se da en el reino de Shu?
–Señor –intervino Zuo Ci–, eso también es fácil.
Temiendo el conde que, de algún modo, lo consiguiera en cualquier mercado de por allí en vez traerlo del lejano reino de Shu, agregó:
–Sí, pero…, de paso que os hacéis con el jengibre en Shu, ¿no podríais encargar, a un criado que envié allá hace ya meses  por seda, que trajera dos balas más?
Zuo Ci envió a un mensajero que, al poco tiempo, regresaba al banquete con jengibre recién cortado.
–En el mercado de la seda en Shu encontré a su criado –le dijo al conde el mensajero–, y le transmití su encargo de que comprara dos balas más.
Al cabo del año, en efecto, tal criado regresó del reino de Shu con dos balas más de las que le habían sido encargadas al partir. Y cuando le preguntó el conde por qué, respondió que porque tal día de tal mes del año anterior un mensajero de Zuo Ci le había dado recado, estando los dos en el mercado de la seda de Shu, de que hiciera así.
Tiempo después, en cierta ocasión en que el conde había salido de viaje de placer hasta una zona extramuros con una comitiva de varios cientos de caballeros, Zuo Ci sacó una jarrita de vino y un pedazo de carne macerada y, copa a copa y caballero a caballero, a todos dio de beber y de comer, no habiendo uno solo que no quedara ahíto. Se extrañó el conde de aquello, ordenó averiguar cómo lo había hecho, y unos que fueron a indagar en la taberna hallaron que, la noche anterior, les habían desaparecido grandes cantidades tanto de vino como de carne; aquello encolerizó al conde de tal modo que decidió castigarlo con la muerte. Intentó atraparlo en un banquete al que lo había invitado con segundas intenciones, pero en el preciso instante en que iban a prenderlo, entró en la pared y en ella desapareció. A raíz de aquello el conde puso precio a su cabeza.
Una vez que lo vieron por la calle, y estando a punto de atraparlo, todo hombre que por allí andaba se volvió idéntico a Zuo Ci, dejando a los perseguidores sin saber cuál de ellos era él. Más adelante, alguien lo vio en la cima del monte Yangcheng; se dio la voz de alarma, salieron tras él y fue a meterse en medio de un rebaño de corderos convertido en uno más. Convencido el conde de que iba a ser imposible capturarlo, gritó al rebaño:
–¡Escucha, Zuo Ci! No con intención de darte muerte sino de poner a prueba tus artes he venido haciendo todo esto. Ahora ya he visto cuán prodigiosas son y todo lo que me gustaría es volver a verte.
Al punto, se levantó sobre sus patas traseras un cordero viejo y, en pie cual humano, exclamó:
–¡Pues vaya!, ¿y por eso andaba yo tan asustado?
–¡Ese es, por él!
Y cuando se adentraban en el rebaño, los doscientos o trescientos ternascos, primales y añojos que había allí se transformaron todos en corderos viejos que, levantándose sobre sus patas traseras y en pie cual humanos, exclamaban: “¡Pues vaya!, ¿y por eso andaba yo tan asustado?”, dejando a los perseguidores sin saber a cuál atrapar.
“Todas las desgracias –dijo el maestro Laozi– vienen de tener una forma física fija. Quien no la tiene, tampoco padece desgracias”. ¿No podría decirse que pertenecía Zuo Ci al mismo tipo de hombres que el Maestro, hombres de una filosofía extraordinaria, capaces de carecer de forma fija?

This entry was written by Ea Pozoblock and published on 30, 2010 at .. It’s filed under Los recuerdos del porvenir and tagged . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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