
Abrí la ventana que daba a la tierra de los fantasmas errantes. Se les veía a contraluz, traspasados por la luz del sol. Existían. No eran nocturnos. Representaban escenas de los años difuntos, acompañando a sus seres queridos – producto de la elección de su mente e impulsos sentimentales – o tomando parte en escenas de caza con lebreles inexistentes o simplemente paseando y conversando filosóficamente. Por donde transitaban, crecían las hierbas que, por orden alfabético, tantas veces he relacionado. Bastaba alzar la voz para que desaparecieran. Sólo quedaban las urracas picoteando entre la menuda hierba, los musgos y los líquenes.
Juan Perucho