El paraíso perdido, dice Cecil Manning, está en la imaginación angustiada de algunos monos amazónicos que lloran día y noche la desgracia de llegar alguna vez – en la imparable declinación de las especies – a ser homínidos. Las señas maliciosas y torpes que se intercambian en ciertas peleas parecen referirse a la condición de hombre. Muchos de estos simios se niegan a reproducirse, languideciendo en una apática sucesión de amaneceres y ocasos a los que son indiferentes, en tantos otros observan cuidadosos a sus crías, a las que dan muerte al primer destello de inteligencia.
Rafael Pérez Estrada