Aquel tipo tenía dentro de sí un escritor bueno y un escritor malo que trabajaban a horas distintas. Aún así en los textos del malo se percibía finalmente un aliento de bondad, mientras que en los del bueno sonaba, cuando menos falta hacía, un estertor agónico procedente de la respiración del malo. Estaban tan cerca, en fin, que no podían dejar de influirse. Los lectores, segun se colocaran en uno o en otro lado de la identidad de aquel tipo, pensaban que se trataba de un mal escritor con aciertos geniales, o de un genio que se estaba echando a perder. Nadie, excepto el propio sujeto, advirtió nunca que aquel conflicto era el rsultado del choque entre dos individuos diferentes que vivían en el mismo cuerpo y escribían con el mismo bolígrafo.
A ambos era preciso alimentar, así que el propietario del cuerpo leía bazofia para saciar el hambre del escritor malo y proteíana pura, sin grasa, para mantener la línea del bueno. De este modo, el malo estaba cada día más gordo, mientras que el bueno se transformaba en pura fibra. Eso empeoró las cosas, pues si bien el aliento de bondad empezó a resultar más patente en los escritos del malo, los del bueno llegaban al público manchados de grasa, de manera que perdió a sus lecores o los sustituyó por meros consumidores. El malo, sin embargo, conquistaba día a dia lectores de verdad, interesados en el proceso místico por er que la grasa aspiraba a convertirse en músculo.
El tipo habitado por estos dos artistas incompatibles veía con tristeza declinar el lado más noble de sí mismo y se sentía fracasado. Entonces dejó de leer estupideces para matar al malo de hambre y escribir una obra maestra. Pero el bueno, al perder ese estertor agónico, cayó en profundo abatimiento y se dio a la lectura de páginas con hidratos de carbono que destruyeron su gusto. Al poco, dejó de escribir
Juan Jose Millas

El genio originalísimo de Millás, no podía ser de otra forma.