Me sabe a)mar

Historia de la eternidad

El nombre es ilusorio y desmedido como desmedida e ilusoria es la eternidad. ¿Pero quién no la ha soñado? No morir nunca. ¿A quién no le ha sobrecogido el gran miedo, ese pavor? El título desmesurado tiene algo que ver con la idea central de las religiones, o sea, asegurarse la vida en el más allá. Interroga al tiempo infinitamente sumado que compondría esa abstracción contenida en el concepto de eternidad. De algún modo la busca. Tal vez una página suya sobreviva. Y con ella sobreviva Borges, vale decir su nombre. Para darse ánimos hurga en libros de la antiguedad o más modernos tras las búsquedas que otros hombres antes hicieron persiguiendo la aclaración del enigma. Sólo se sobrevive en la memoria, mientras ésta no se esfume. No se si Borges pensó en compartir la lista de los tiempos con sus autores idolatrados. Por vía de ejemplo citó a Zungli ( 1523 ) expresando su anhelo de compartir el cielo con Hércules, Teseo, Sócrates, Arístides, Aristóteles y Séneca. Rápidamente llega a una constatación mitad gozosa, mitad dolida. «La eternidad es un juego o una fatigada esperanza. Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad». Después de tanto proclamar el mundo como irrealidad, sueño, cosa mental, Borges tiene que rendirse a una evidencia: «… Para nosotros, la última y firme realidad de las cosas es la materia – los electrones giratorios que recorren distancias estelares en la soledad de los átomos».

El hombre quiere también eternizarse a través del amor y así ir de generación en generación, no terminar nunca. Habrá casos en que la sucesión se interrumpe. Faltará un eslabón en la cadena. El no dejará hijos, pero dejará libros, que también son hijos. No hijos del sexo sino del alma y la memoria. Rechaza el sexo como único camino para alcanzar la eternidad. Ella no se logra exclusivamente a través de la continuidad física de la especie. El sexo no sólo es la ilusión del instante. Es la trampa tendida para que el hombre finito pretenda aspirar a la eternidad a través del semen esparcido en la mujer a lo largo de las edades. Borges no entra en ese juego quizá porque no está habilitado para hacerlo. Espigará citas hermosas y temerosas poniendo al descubierto el magno engaño. El titiritero mueve la bella cabeza de la quimera y las caderas de la seducción, llamando a ahogarse en el pozo del deseo como un modo de salir de sí mismo, de proyectarse en la unidad de Ella y El. ‘ Centella del infinito’ llamaría al acto un poeta. Después del relámpago, el desencanto, «la pequeña muerte» que sintió un adolescente llamado Borges. Solo entra en la eternidad lo que no se olvida. «No he olvidado tampoco – reitera – un atardecer en un primer piso de una casa no lejos del Ródano». Es discreto. Se trata de una experiencia frustrada. El sexo no es su fuerte. Ilustra su alegato con aquel pasaje de Lucrecio sobre la falacia del coito:

Como el sediento que en el sueño quiere beber y agota formas de agua que no lo sacian y perece abrasado por la sed en el medio de un río: así Venus engaña a los amantes con simulacros, y la vista de un cuerpo no les da hartura, y nada pueden desprender o guardar, aunque las manos indecisas y mutuas recorran todo el cuerpo. Al fin, cuando en los cuerpos hay presagio de dichas y Venus está a punto de sembrar los campos de la mujer, los amantes se aprietan con ansiedad, diente amoroso contra diente; del todo en vano, ya que no alcanzan a perderse en el otro ni a ser un mismo ser.

Borges piensa en la unidad del uno con el todo, al estilo de Dante, idealmente, porque Beatriz fue una visión en el puente, un sueño nunca concretado. Cada uno debe ser lo que es. La eternidad como espejo de cuanto pasó por las almas. La historia universal hasta ahora no es una novelista experta en psicología. Seguramente jamás lo será. Pero tal vez registra algunos momentos, unas chispas de esa inextinguible hoguera sin que el mundo se incendie. En dicha tarea trabaja más la literatura que la historia, a menos que ésta sea la Historia de la Eternidad vista por Borges. En tal materia el gran escéptico tampoco se hace ilusiones. Se disculpa por sus especulaciones. «Sólo me resta señalar al lector mi teoría personal de la eternidad. Es una pobre eternidad ya sin Dios, y aún sin otro poseedor y sin arquetipos».

Volodia Teitelboim

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2 pensamientos en “Historia de la eternidad

  1. Muy interesante!

  2. Muy intereanste!

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