Tamara de Lempicka
Como tantos desalmados oriundos de un reino oriental, les diré que soy lo mismo pero no soy igual. Yo soy un vampiro de emociones. Procuro las sustancias que de las almas buenas extraigo para llenarme de bien. Me encuentro con una sonrisa, con una voz de miel y absorbo… y allá va la vida pasando fugaz y gentil, como voltio de seda, como viento de abril, baja y un poco se enreda en el umbral del corazón hasta que en mi vientre se entierra, ahí, donde se alojan todos los te quiero y mis razones para seguir siendo lo que soy.
Optimista y crédulo incurable y siempre con la esperanza de sentir fluir por mis arterias un río bueno y sereno, constantemente caigo en espejismos que me dejan confundido por lo menos. Y es que propio de nosotros, muertos vivientes, es que con el tiempo confundimos lo bueno con lo ruin hasta que poco a poco se nos desaparecen los opuestos. Ahora, el alma no tiene opuestos, pero es una fuente de infinitas sensaciones; y yo que soy, aunque de almas, vampiro al fin, natural en mí es la tendencia a ser adicto a las trasmutaciones. Así que he bebido con deleite la savia de almas no tan buenas, almas que causan daño, almas que me embriagan o me envenenan y he pasado noches de fiebres violentas, sí, pero hasta ahí. Las almas también envejecen y eventualmente acaban por sucumbir. Además, ¿quién aguanta el fuego de una digestión eterna?
¿Mi adicción mayor? Las almas liberadas que viajan siempre adelantito de sus cuerpos. Sus sustancias me rejuvenecen y me vuelven un pájaro de plumas ligeras y corazón de fuego. Y esa gula es precisamente la causa del embrujo que ahora padezco.
En mi última aventura, me prodigó un trago letal un alma nada terrenal que parecía venir de la luna. Nunca había sentido algo igual. Tenía una luz diferente, el brillo agorero de un alma profunda y perdidamente enamorada. Tan pronto la vi de frente, hizo que me pusiera en guardia, a mí, que he absorbido de las almas de ninfas y sirenas; y aunque al instante supe que se me vendría una terrible condena, aun así absorbí, ávido por tenerla adentro de mis venas.
Sólo un sorbo le di. Sólo uno dejó que le diera. Un pequeño haz de la luz cruzó mi corazón partiéndolo en dos. Pasó por mi vientre devorando y ocupándolo todo. Quedé como un árbol con la vida hirviendo por dentro y sin poderme mover. ¿Qué fue? No lo sé. La vi alejarse y no la he vuelto a ver.
Mi historia entera se escribía a partir de entonces y hasta ese entonces.
Ya no quiero sorber nada pues nada me sirve. Me ha dejado inmune a las almas que tanto deseaba, pero adicto a su perfume, a su sangre de enamorada. Ya nada me devolverá la juventud si no la veo. Ya nada me calmará mi bien si no regresa. Es lo único que quiero, a lo único que mi devoción le reza, lo que ocupa todas mis razones, todos los segundos en todos los lugares.
¡Ay, vida! Necesito llenarme de ella.
JCPozo
Muy bueno!!!