Roberto Hutinski
Torturadas, vejadas, adoctrinadas a la vez en el nacionalsocialismo y el nado sincronizado, las últimas sirenas decoraban las mejores fuentes y albercas berlinesas. Nadaban en línea rectísima, acompañadas por rudas marchas reproducidas en gramófono. El efecto era curioso, además, porque decían imitar a Esther Williams en Escuela de sirenas (Hitler y Goebbels eran fans secretos) pero vestían como Charlotte Rampling en Portero de noche.
No eran más de diez o doce al final y se suicidaron cuando ya se acercaba el Ejército Rojo: se echaron en un tanque de agua sucia, se tomaron de las manos para hacer una florecita, una humilde y breve figura, e hicieron estallar muchas granadas de mano.
Su esclavitud (decía la nota suicida) las había expulsado del territorio de la leyenda y amenazaba con encerrarlas en el de una mera historia, o peor, una historia morbosa, pisoteada, que se volvería materia de libros ridículos y chistes infectos.
Excelente!