Brassai
Las riñas amorosas raramente acaban en una paz verdadera; normalmente se trata de un simple armisticio que se conceden mutuamente las partes para enterrar a sus muertos. Luego, cuando se reanuda la batalla, vuelven a sacar a la luz hasta a los muertos, y continúan luchando envueltos en vapores de descomposición.
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El sentirnos atados y anhelar constantemente la libertad, y el hecho de que intentemos atar a otras personas sin estar convencidos de tener derecho a ello: eso es lo que hace tan problemática toda relación amorosa. ¿Has comprendido? ¿Has perdonado? ¿Has olvidado? ¡No te confundas! Lo que pasa es que has dejado de amar.
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Una regla para las deudas de amor: mejor dejarlas prescribir que cobrarlas demasiado tarde.
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Un destino tragicómico: saber que nuestra vida está arruinada y querer llorar esa desgracia precisamente en el pecho del causante de la ruina.
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En toda relación erótica, los amantes intuyen siempre la verdad y, sin embargo, se empecinan en creerse todas las mentiras.
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Nunca creas poder confiar tanto en la mujer a la que amas, como para confesarle tus sentimientos más secretos. Si lo haces, no dudes de que se vengará, sea confesándote a ti los suyos, sea ocultándotelos.
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El anhelo más doloroso: el que sientes por una persona que se cree tuya, pero que tú, en tu fuero interno, sabes que no te pertenece del todo. Y la tristeza más dolorosa: la de ver a una persona que deambula viva a tu lado pero para ti hace tiempo que ha muerto, sin saberlo ella.
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En las relaciones amorosas hay dos fases que se suceden casi sin solución de continuidad: una, en la que después de las discusiones es mejor reconciliarse de inmediato, ya que al fin y al cabo el reencuentro no puede aplazarse demasiado; y otra en la que conviene aprovechar la primera discusión que se tercie como pretexto para la ruptura, ya que ésta es inevitable.
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Las disputas en las relaciones amorosas siempre surgen, en el fondo, de los fundamentos en que éstas se basan.
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Cuando poco a poco un ser al que aún amas empieza a perder para ti la magia sexual, puede suceder acaso un nuevo prodigio: que halles ante ti a la niña que fue esa persona antes de que la abrazases como mujer. Y entonces la querrás aún más que antes.
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Una mujer inteligente me dijo una vez: “Los hombres saben muy bien, sin tener que pensárselo dos veces, lo que han conseguido de nosotras; pero normalmente ni se imaginan todo lo que no han conseguido”.
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A las mujeres las hiere más nuestra confianza que nuestra desconfianza. Esta última sólo ofende su honestidad, mientras que el exceso de confianza es una afrenta a su capacidad de seducción y a su sensibilidad.
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La mezcla de sinceridad y mentira siempre da como resultado una mentira; la mezcla de fuerza y debilidad, siempre debilidad, y la de bondad y maldad, siempre maldad. Pues el signo que se impone es siempre el negativo. La diferencia entre el álgebra y la psicología consiste en que en ésta dos signos negativos nunca dan un resultado positivo.
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El verdadero cumplimiento del deber está a veces en hacer más y a veces en hacer menos de lo que el deber nos exige. Ese es el problema al que nos enfrentamos en todas las situaciones difíciles de la vida.
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Al igual que en la vida del individuo, en las relaciones entre personas no existe ninguna fase de reposo. Hay un comienzo, un desarrollo, un cenit, un declive y un final, y como en el individuo, dolencias de las más diversas clases: molestias, enfermedades congénitas, estados de agotamiento, achaques de la vejez; muchas veces no falta tampoco un toque de hipocondría. Muchas relaciones sucumben a enfermedades de la infancia, incluso a algunas que podrían prevenirse con atenciones y cuidados, es decir, mediante una higiene razonable; otras expiran en la flor de la edad a causa de las secuelas de antiguas enfermedades; otras mueren tarde o temprano debido a males congénitos que raramente se diagnostican a tiempo. Algunas envejecen de prisa, otras despacio, y las hay que están aparentemente muertas, pero las puede devolver a la vida con paciencia, medios adecuados y buena voluntad. Pero hay otra cosa en que las relaciones humanas coinciden con el ser humano: pocas saben resignarse a lo inevitable, arrostrar con dignidad el sufrimiento y la vejez y morir con belleza.
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A la hora de traicionar, la mayoría de la gente es más puntual que a la hora de demostrar su felicidad. Y es que traicionar demasiado tarde puede costarle a uno más caro que ignorar las exigencias de la felicidad.
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Cuando el odio se acobarda, sale a la calle enmascarado y se hace llamar justicia.
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Desde el punto de vista de la economía de las relaciones humanas, es preferible unirse a una persona poco de fiar pero tierna que a una persona fría pero digna de confianza. Contra las personas poco fiables hay un remedio: conocer a los seres humanos; en cambio, la frialdad acaba congelando irremediablemente todo vínculo hasta condenarlo a la esterilidad.
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Toda relación amorosa atraviesa tres estadios que se suceden imperceptiblemente: el primero, en el que somos felices estando juntos en silencio; el segundo, en el que nos aburrimos estando juntos en silencio; y el tercero, en el que el silencio se hace carne y habita entre los amantes como un enemigo maligno.
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La mayoría de las personas viven en el entresuelo de la casa de su vida, donde se han instalado holgadamente, con buenas estufas y todas las demás comodidades. Raramente bajan al sótano, donde intuyen la presencia de fantasmas que podrían helarles la sangre; tampoco suelen subir a la torre, pues sienten vértigo al mirar hacia abajo y a lo lejos. Pero también hay algunos que prefieren vivir precisamente en el sótano, porque se sienten más a gusto en la penumbra y el estremecimiento que bajo la luz y la responsabilidad, y otros disfrutan subiendo a la torre, para dejar perderse la vista en lejanías insondables que jamás alcanzarán. Pero los más desgraciados son aquellos que se pasan la vida corriendo del sótano a la torre sin parar, mientras las estancias habitables de la casa se llenan de polvo y de abandono.
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¿Quién será capaz de comprender del todo estos tres hechos inconcebibles: que existe, que es él y no otro y que antes no existía y un día dejará de existir?
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El matrimonio es la escuela de la soledad, pero nunca se aprende lo suficiente.
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Entre las dos verdades igualmente crueles: vida y muerte, hemos insertado la mentira confortante de la inmortalidad.
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Ama a quien te sea lejano y no toleres a quien te sea cercano, finalmente asistirás al triunfo de la paz en el mundo.
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En la vida ser inteligente quiere decir considerar importante cada cosa, pero no tomar ninguna en serio.
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¿Dios es el sueño de la humanidad? Sería demasiado bello. ¿La humanidad es el sueño de Dios? Sería demasiado horrible.
Excelentes!!! para conservar