Me sabe a)mar

Secretos sin palabras, Ingmar Bergman

Cuando era niño había una tienda de juguetes donde se podían comprar pedazos de película de nitrato. El metro costaba cinco centavos. Sumergía 30 o 40 metros de película en una solución de sosa concentrada y dejaba remojando los pedazos durante media hora. La emulsión se disolvía entonces y desaparecían las imágenes. El pedazo de película quedaba blanco, transparente, inocente. Sin imágenes. Entonces podía dibujar nuevas imágenes con tintas de diferentes colores.

Me imagino un pedazo de película blanco, lavado hasta más no poder. Pasa a través del proyector y poco a poco se dibujan palabras en la banda sonora (que quizá entre un poco en la imagen). Poco a poco aparece justo la palabra que me imagino. Después un rostro que se vislumbra casi disuelto entre tanta blancura.

Mis padres hablaban de devoción, amor y humildad. Yo me esforcé de verdad. Pero mientras hubo un Dios en mi mundo, ni siquiera pude acercarme a mis metas. Mi humildad no era lo bastante humilde. Mi amor era en todo caso menor al amor de Cristo o hasta el de mi madre. Y a mi devoción la envenenaban siempre dudas profundas. Ahora que Dios ha desaparecido siento que todo eso es mío: la devoción por la vida, la humildad ante mi destino absurdo, el amor por los otros niños, asustados, atormentados, crueles.

Vivo continuamente en mi infancia, deambulo por los cuartos obscuros, paseo por las calles silenciosas de Uppsala, me mantengo delante de la casa veraniega escuchando el inmenso abedul. Me desplazo en cuestión de segundos. En realidad vivo constantemente en mi sueño y sólo hago visitas a la realidad.

Uno de mis primeros recuerdos infantiles tiene que ver con mi necesidad de exhibir mis habilidades: mi facilidad para el dibujo, el arte de golpear una pelota contra la pared, las primeras brazadas.

Recuerdo que tenía una fuerte necesidad de captar la atención de los mayores en estas manifestaciones de mi presencia en el mundo de los sentidos. Jamás me parecía suficiente la atención que me prestaban mis prójimos. Y cuando la realidad no bastaba, comenzaba a fantasear y entretenía a mis coetáneos con mis hazañas secretas. Eran mentiras incómodas que de forma inevitable se estrellaban contra la rígida incredulidad de mi ambiente. Así que al final me marginé de la comunidad y guardé mi mundo onírico para mí. Un niño en busca de puntos de contacto y obsesionado con la fantasía se había transformado con bastante rapidez en un soñador herido y astuto.

Pero un soñador sólo es artista en sus sueños.

Resulta lógico pensar que el cine se convirtiera en mi forma de expresión. Era un modo de que me entendieran en un idioma que hacía a un lado la palabra, que me faltaba, la música, que no dominaba, la pintura, que me dejaba indiferente. De pronto tenía la posibilidad de relacionarme con el mundo en un idioma que literalmente habla de alma a alma en giros que, de manera casi voluptuosa, se sustraen al control del intelecto.

Con el hambre tanto tiempo reprimida por el niño, me abalancé sobre mi medio de expresión y por 20 años he transmitido, sin descanso, en una especie de frenesí, sueños, vivencias, fantasías, ataques de locura, neurosis, conflictos de fe y mentiras. Mi hambre se ha renovado sin descanso. Dinero, fama y éxito han sido consecuencias sorprendentes, aunque en el fondo sin importancia, de mis correrías. Con lo dicho no subestimo lo que haya podido llevar a cabo. El arte como autosatisfacción puede, claro está, tener su importancia. Sobre todo para el artista.

En consecuencia, si quiero ser completamente sincero, tengo que considerar el arte, y no sólo el cine, como algo intrascendente.

Literatura, pintura, música, cine y teatro se procrean y se dan a luz a sí mismos. Surgen y se aniquilan nuevas mutaciones, nuevas combinaciones, el movimiento visto desde fuera parece nerviosamente vital. Pero en realidad no es más que el extraordinario afán de los artistas por proyectar, para sí mismos y para un público cada vez más distraído, la imagen de un mundo que ya no se preocupa de sus gustos o sus ideas. En unos cuantos sitios los artistas son castigados, el arte es considerado peligroso y digno de ser reprimido o dirigido. No obstante, en líneas generales el arte es libre, desvergonzado, irresponsable y, como ya dije, el movimiento es intenso, casi febril, hasta adquirir la apariencia, creo, de una piel de serpiente llena de hormigas. La serpiente lleva ya mucho tiempo muerta, devorada, sin su veneno, pero la piel se mueve, llena de vida en ebullición.

Espero, estoy seguro al respecto, que otros tengan una opinión más objetiva y equilibrada, al menos en apariencia. Si ahora saco a colación toda esta miseria y a pesar de ello afirmo que quiero seguir haciendo arte es porque hay una razón muy sencilla —prescindo de lo puramente material.

La razón es la curiosidad. Una insoportable curiosidad, sin límites, jamás sosegada, en renovación constante, que me lleva hacia delante, que jamás me da descanso, que sustituye por completo el hambre de comunidad del pasado.

Me siento como un preso que tras muchos años de haber permanecido tras las rejas, de pronto aparece tambaleándose en medio del estrépito y los alaridos de la vida. Se apodera de mí una curiosidad indomable. Anoto, observo, ando con los ojos como platos porque todo es irreal, fantástico, aterrorizador o ridículo. Si atrapo una mota de polvo en el aire, puede ser una película. ¿Importa? No, pero para mí es interesante y por lo tanto sostengo que esto es una película. Me paseo con mi objeto, que es sólo mío, capturado con mis propias manos, y estoy alegre o melancólicamente ocupado. Ando a empujones con las otras hormigas, realizamos un trabajo colosal. La piel de la serpiente se mueve. Esto y sólo esto es mi verdad. No pido que sea verdad para otra persona, lo cual como consuelo para la eternidad naturalmente es muy poca cosa, pero como base de una actividad artística para el porvenir es por completo suficiente, por lo menos para mí.

El ser artista por su propio bien no siempre es muy agradable. Pero tiene una ventaja extraordinaria: el artista comparte sus circunstancias con cada ser vivo, que también existe únicamente por su bien. El conjunto será tal vez una cofradía bastante grande, que de esta forma existe formando una comunidad egoísta en la cálida y sucia tierra bajo un cielo frío y vacío.

La abrumadora ventaja y desventaja de ser director es que en verdad uno no tiene a nadie a quien echarle la culpa. Casi todos tienen algo o a alguien a quien hacer responsable. Pero los directores no. Los directores tenemos la increíble oportunidad de dar forma a nuestras realidades, destinos, vidas o como se llamen. Con frecuencia he hallado consuelo en esta idea, un consuelo áspero y enfadoso.

Imagino que uno de los impulsos más fuertes que llevan a la realización de Fresas silvestres estaba justamente ahí: me retrataba a mí mismo en la figura de mi padre y buscaba explicaciones a las amargas peleas con mi madre. Creía comprender que era un niño no deseado, cuyo desarrollo en una matriz fría culminó en un parto causante de una crisis física y psíquica. Más tarde el diario de mi madre ha confirmado mi intuición: mi madre se sentía ambivalente hasta la violencia frente a su miserable hijo moribundo.

Buscaba a mi padre y a mi madre, pero no podía encontrarlos. En consecuencia, la escena final de Fresas silvestres lleva una fuerte carga de añoranza y anhelo: Sara coge a Isak Borg de la mano y lo lleva hasta un claro del bosque iluminado por el sol. Desde ahí puede ver a sus padres que en la otra orilla del estrecho le hacen señas con la mano.

A través de la historia fluye un solo tema, con mil variaciones: carencias, pobreza, vacío, el perdón ausente. Hoy no sé, y en aquel entonces tampoco lo sabía, cómo les suplicaba a mis padres a través de Fresas silvestres: “Mírenme, entiéndanme y, si es posible, perdónenme”.

A pesar de ser una persona neurótica, mi vínculo con la profesión ha sido siempre y sorpresivamente poco neurótico. He sido capaz de atar los demonios delante del carro de combate, obligándolos a ser útiles. Ellos, a su vez, se han dedicado a torturarme y a avergonzarme en mi vida privada. Como se sabe, el director del circo de pulgas permite a sus artistas que le chupen la sangre.

Cuando uno escribe un guión, enfrenta también los problemas técnicos. Escribe, por decirlo así, la partitura. Después no hay más que colocarla en el atril para que la orquesta toque.

Yo no puedo llegar al estudio o a exteriores e imaginarme que “esto siempre tiene arreglo”. No se puede improvisar sobre una improvisación. Sólo me atrevo a improvisar si sé que puedo volver al plan minuciosamente establecido. No puedo confiar en la inspiración cuando estoy en el rodaje.

Si uno lee el texto de Persona, puede parecer una improvisación; pero está planificado hasta el más mínimo detalle. A pesar de ello jamás he hecho tantas tomas durante ningún otro rodaje. Y al decir tomas no me refiero a tomas de la misma escena repetidas el mismo día, sino a tomas que son una consecuencia de haber visto las pruebas del día y no haber quedado satisfecho.

Alguna vez he dicho que Persona me salvó la vida. No es una exageración. Si no hubiese tenido fuerzas para terminarla, tal vez hubiera quedado noqueado. Fue significativo que por primera vez no me preocupara de que el resultado fuese popular o no. El evangelio de la comprensibilidad, que me metieron en la cabeza desde que sudaba como ghost-writer de guiones en Svensk Filmindustri pudo irse al infierno. (¡Donde debe estar!)

Hoy tengo la sensación de que en Persona, y más tarde en Gritos y susurros, he llegado al límite de mis posibilidades. Que en plena libertad he rozado esos secretos sin palabras que sólo el cine es capaz de mostrar, de sacar a la luz.

La primera imagen siempre volvía: la habitación roja con las mujeres vestidas de blanco. A menudo algunas imágenes vuelven a mi mente con insistencia sin que sepa lo que quieren de mí. Después desaparecen y reaparecen de nuevo, y son exactamente iguales.

Todas mis películas pueden pensarse en blanco y negro, salvo Gritos y susurros. En el guión consta que he imaginado lo rojo como el interior del alma. Cuando era niño veía el alma semejante a un fantasmal dragón azulado que volaba como un inmenso ser alado, mitad pájaro, mitad pez. Pero adentro el dragón era todo rojo.

Hoy durante el paseo han venido a hablarme estas mujeres y me han dicho con toda claridad que la verdad es que también ellas querían hablar. Que realmente querían tener oportunidades serias para explicarse y que no podemos alcanzar lo que queremos alcanzar sin palabras.

Desde que recuerdo he llevado conmigo un profundo miedo enfermizo a la muerte, miedo que durante la adolescencia y hasta los veintitantos años llegó a hacerse intolerable.

El pensamiento de que al morir iba a desaparecer, que iba a atravesar el oscuro portal, de que había algo que no podía controlar, ni preparar o prever era para mí un motivo de horror constante. Que de pronto hiciese de tripas corazón y lograse darle a la Muerte la forma de payaso blanco, un personaje que conversaba, jugaba al ajedrez y que, en realidad, no tenía secretos, fue el primer paso en la victoriosa lucha contra el miedo a la muerte.

Mi miedo a la muerte está ligado en gran medida a mis ideas religiosas. Un buen día me operaron, una intervención sencilla. Por equivocación me dieron una anestesia demasiado fuerte y desaparecí del mundo de los sentidos. ¿Adónde fueron a parar las horas? No duraron ni siquiera un microsegundo.

De pronto comprendí que así es. La idea de que uno pasa de ser a no ser es difícil de concebir. Para una persona con constante miedo a la muerte es extraordinariamente liberadora. Al mismo tiempo es un poco aburrido: uno piensa que podría ser divertido hallar nuevas experiencias cuando le tocase descansar al alma después de separarse del cuerpo. Pero no creo que sea así. Primero se es y después no se es. Resulta extraordinariamente satisfactorio.

Lo que antes era tan aterrorizador y misterioso, lo que no es de este mundo, no existe. Todo es de este mundo. Todo está dentro de nosotros, ocurre dentro de nosotros y entramos y salimos unos de otros: así es. Y está muy bien.

Soy incapaz de entender las grandes catástrofes. Dejan mi mente impasible. Tal vez pueda leer el relato de esos horrores con una suerte de voluptuosidad, una pornografía del horror. Y no obstante no puedo librarme de sus imágenes. Convierten mi arte en payasadas, en algo sin importancia, en cualquier cosa. Tal vez la cuestión sea la siguiente: ¿tiene el arte posibilidades de sobrevivir si no es como actividad del ocio?

Ver 40 años de trabajo durante un año se fue haciendo inesperadamente fatigoso, a veces insoportable. Me di cuenta, firme y brutalmente, de que había concebido la mayoría de las películas con las entrañas: con mi alma, mi corazón, mi cerebro, mis nervios, mis órganos genitales, y sobre todo con mis tripas. Un deseo sin nombre alguno las sacó a la luz. Un placer que puede llamarse como “la alegría del artesano” las materializó en el mundo de los sentidos.

Mi pieza da inicio cuando el actor baja al patio de butacas y estrangula a un crítico. De un pequeño cuaderno negro lee entonces, en voz alta, todas las humillaciones sufridas que ha anotado. Después vomita sobre el público. Y luego se va y se levanta la tapa de los sesos.

This entry was written by Ea Pozoblock and published on 7, 2011 at .. It’s filed under El otro, el mismo and tagged . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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