Cuando Aquiles atravesó con su espada el torso de Pentesilea y la giró – como es debido- tres veces en la herida- , vio de repente que la reina de las Amazonas era bella. La tendió cariñosamente sobre la arena, le quitó el casco pesado, le acomodó el cabello y con delicadeza le cruzó las manos sobre los pechos. No tuvo el valor para cerrarle los ojos.
La miró una vez más, despidiéndose y como si estuviese obligado por una fuerza exraña, lloró – como ni él ni ningún otro héroe de esa guerra había llorado – con la voz baja, hechizada, desamparada, en el que se repetía la queja impropia para un hijo de Tetyda – la cadencia del arrepentimiento. Sobre el cuello, los pechos, las rodillas de Pentesilea caían como las hojas del árbol, las sílabas prolongadas de esta elegía, cobijaban su cuerpo, entibiándose.
Ella misma se preparaba para una Cacería Eterna en los bosques incomprensibles. Sus ojos, todavía sin cerrar, miraban de lejos a su vencedor, azulosos, obstinados, con odio.
Bravísimo!