Sanne Sannes
Una voz de locura se pasea por el indiferente cuerpo; sube hasta el oscuro cuarto donde duermen las culpas y las despierta, no para recriminarles nada, sino para advertirles que les ha dejado la puerta abierta.
La primera en levantarse es la más fuerte de todas, la del vivir desnudo, la que hasta entonces no quiso o no pudo sentir amor por nadie o por nada; una culpa milenaria que suele enquistarse en el alma como balazo en un muro, como una tumba en tierra sagrada.
Y a la luz que penetra por vez primera en el cuarto abierto, sale la culpa a la velocidad de un impulso y ansiosa y con miedo se acerca a la voz que la ha despertado de su sueño. Y entonces no escucha nada más que a ella. Lo único que quiere es fluir sobre sus ondas sonoras como agua en el río, como sol en la nieve, exhibiendo valiente su nueva ligereza, con la mente en blanco y el pecho abierto de sangre nueva.
Acercándose más y más… cerca y más cerca… el cuerpo pálido se enciende y por fin siente el aliento que con suavidad le quema; y como el amor en el alma y la semilla en la tierra, la culpa se pierde en la voz y se deja arrastrar por ella.
De pronto la emisaria calla; no más jarchas ni poemas; ahora sólo se ofrece, ahora sólo se entrega. Deja entreabierto el portal de flores, húmedas como el alba y lo inevitable sucede… un beso.
¡Lluvia de estrellas! ¡Explosión en el alma!
Sí, es el beso que sella el adiós para siempre de una culpa milenaria.