Me sabe a)mar

Maestro de la nostalgia, JCPozo

Nadja Wehrwein

¡Ah… y una botella de ron!

“Heme aquí, robándole inspiración a la tristeza”, decía mi buen amigo Raúl, de sangre boricua y conguero de gran prosapia con más años de viejo que de vida y en cuyo corazón había hecho nido toda la nostalgia del pájaro de San Juan a quien arrullaba con sus suaves latidos en clave.

Y aquí estoy yo, que de pronto me he quedado mirando fijamente en el recuerdo con esa serenidad de estatua que él había cultivado y elevado hasta la virtud…

añorando…

…su temple siempre impecable: todo un maestro de la inmovilidad fugaz.

Sus hélices de ébano podían caer prontísimas sobre el galope de un merengue al tiempo que su ecuánime mirada navegaba sin prisa en el apacible viento de la tarde, añorando… siempre añorando: un olor… un sabor… una piel;

…cuando sus implacables palmas avivaban el fuego de una rumba, quemando y derritiendo los cuerpos de una multitud en éxtasis, sus ojos reflejaban un sol perezoso metiéndose entre sábanas de mar, añorando… siempre añorando: un bolero… dos enamorados… una botella de ron.

Ahora el recuerdo me trae el hormigueo que nos corre cada vez que se van las voces y los ritmos del terruño y volvemos solos a nuestro cuarto a esperar el día. Momentos en que se queda fija la mirada, el ruido se esconde y nos salimos del tiempo; escuchamos a nosotros mismos y a nuestro absoluto silencio; la piel se enchina y una presión agradable, que quién sabe de donde viene, se siente aquí en el esternón y baja hasta el vientre, ahí, donde la presión aprieta.

Sí, eso seguramente sentía Raúl cuando le caía la posibilidad de cantar, en un bar de California, el danzón que más quería, el del amor perdido, el que le desquebrajaba su ya de por sí peregrina voz y en el que las pieles de los tambores, tensadas por sus propias manos, aullaban con la parábola de su pulgar.

“Heme aquí, como el naranjero”, me decía, “pelando para que otro chupe”.

¿Habrá cierta recriminación en sus palabras?

¡No, qué va! No en un venerador de la tristeza como Raúl; un artista de la nostalgia; El gesto del naranjero es bondadoso, tiene el corazón tierno, hecho para alegrar y propio de un espíritu noble. Él era así: humilde ante su entorno y aprovechaba la serenidad que extraía de la nostalgia para cortejar al arte. Entre más añoraba estar allá, en su tierra, más se intensificaba el ser él, aquí, en la ajena. Un auténtico bohemio de vida entera.

Yo sólo tengo mis ratos. Heme aquí, recordando su color, su tristura, como diría de su flauta el Negro Nayo; y mientras el recuerdo se va desvaneciendo poco a poco en un solo de oboe y a mitad de una canción de amor, mis ojos van reflejando un sol perezoso metiéndose entre sábanas de mar, añorando… siempre añorando.

This entry was written by JCPozo and published on 28, 2011 at .. It’s filed under En la noche eterna, sufrir puede ser una patria and tagged . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 98 seguidores