Julian Lennon
Vieja tierra, basta de mentir, la he visto, era yo, con mis ojos, es demasiado tarde. Se amontonará sobre mí, seré yo, será ella, seremos nosotros, nunca hemos sido nosotros. Quizá no sea para mañana, pero demasiado tarde. Es para pronto, cómo la miro, y qué rechazo, cómo me rechaza ella, la tan rechazada. Es éste un año de abejorros, el próximo año no habrá, ni al siguiente, míralos bien. Regreso de noche, echan a volar, abandonan mi pequeño roble y se van, ahítos, en las sombras. Triste fummo ne l’aere dolce. Vuelvo, levanto el brazo, apreso la rama, me pongo de pie y entro en la casa. Tres años en la tierra, aquellos que se liberan de los topos, después devorar, devorar, durante diez días, quince días, y cada noche el vuelo. Hasta el río, quizá, parten hacia el río. Doy la luz, la apago, avergonzado, me quedo de pie ante la ventana, voy de una ventana a otra apoyándome en los muebles. Miro el cielo un instante, los diferentes cielos, luego se hacen rostros, agonías, los diferentes amores, dichas también, también las hubo, por desgracia. Momentos de una vida, de la mía, entre otras, pues claro, a fin de cuentas. Dichas, qué dichas, pero qué muertes, qué amores, a su tiempo lo supe, era demasiado tarde. Ah, amar muriendo, y ver morir los seres pronto queridos, y ser feliz, porque ah, no vale la pena. No, pero ahora, sólo quedar ahí, de pie ante la ventana, una mano en el muro, la otra aferrada a la camisa y ver el cielo, con moroso detenimiento, pero no, hipos y espasmos, mar de una infancia, de otros cielos, otro cuerpo