Me sabe a)mar

El otro sueño americano, Sabina Berman

Anne-Laure House

Uno

El lunes Felipe, su marido, sufrió un ataque de asma porque no pudo encontrar sus calcetines favoritos, los negros con una coronita bordada en amarillo a dos centímetros del ribete elástico.
—Puta madre —se le escuchó gritar desde adentro de su clóset, y luego se oyó un tiradero de cajones.
—Puta madre —gritó desde el clóset de Nora con la consiguiente caída de cajones.
Y puta y reputa y la lluvia de cajones desde los clósets de su hijo y de su hija. En la lavandería del sótano arrancó el cajonzote de la ropa sucia de su repisa, furioso, y ya jadeando.
En la cocina Nora servía de un sartén huevos estrellados y tocino a los platos de sus hijos cuando lo vieron llegar en bóxers y camiseta ensopados de sudor, como un pugilista en el round quince, y con la cara congestionada y la boca abierta como un pescado agonizando, jalando aire ruidosamente. Se tendió en el piso frío de mosaicos blancos a morir, como un pugilista vencido, como un pescado que se asfixia, pero Nora había ya corrido por el respirador y se lo metió entre los labios.
Cuando su respiración se normalizó un poco, Felipe murmuró, entre resuellos:
—Es que esta puta casa es. Irrespirable. Llevas veinte años llenándola. De cosas.
—Sí —le dijo Nora— pero acuérdate —y volvió a meterle el respirador entre los labios.
Hace veinte años se habían detenido en el umbral de la casa, asombrados, cada cual cargando una maleta en cada mano: la sala era amplia como una capilla, en su duela se encendía la luz que entraba por los ventanales, filtrada por la celosía verde de las frondas del bosque. Recién casados, recién llegados de México a la Universidad de Columbia, no podían sentirse más bendecidos: el director del departamento de español les había asignado esta casa de sueño en un suburbio de Nueva York, a media hora en tren de la universidad.
Pero cuando terminaron de recorrer los tres pisos del caserón (un piso de sótano, dos sobre la superficie: quince habitaciones), se reencontraron frente a frente en el último dormitorio del último piso, desolados: todavía con las maletas en las manos se supieron para entonces profundamente pobres.
—¿Cómo vamos a amueblar esta cosa enorme? —le preguntó Felipe.
—Ahorrando —dijo Nora—. Supongo.
—¿Vamos a trabajar toda una vida para amueblarla?
No era una pregunta, era una condena.
O eso les pareció, hasta que Nora descubrió la actividad comunitaria principal de Scarsdale, Nueva York, a decir: las ventas de garaje. Cada domingo había por lo menos una venta donde algún vecino ofertaba las cosas que le sobraban. Y dado que Scarsdale era el suburbio más rico del país más rico del mundo, las cosas que les sobraban a los vecinos solían estar en perfecto estado y le parecían a Nora las más bellas y sofisticadas del planeta.
—¿Pero para qué putas necesitamos dos pianos de cola? —Felipe, todavía en el piso de la cocina, hizo otra de sus falsas preguntas.
El domingo siguiente en la madrugada Nora les sirvió a su marido y a sus hijos huevos estrellados y salchichas doradas. Desde el quicio de la puerta les dijo adiós con la mano, viéndolos subir al Mercedes de segunda mano, la canoa para remar en el techo del auto, también de segunda mano, las cañas de pescar asomando las puntas por una ventana. Pero ni Felipe ni los niños le contestaron el adiós, apenas y le regresaron una mueca. Estaban aún castigándola por haber llenado durante veinte años la casa de cosas.
—Desquiciada —anoche en la cama Felipe se lo había murmurado al oído—. Eres una maníaca depresiva desquiciada, y no quieres ir al psiquiatra.
Tranquila, Nora colocó la escalera de tijera ante la puerta del garaje y la trepó para colocar el anuncio: GARAGE SALE, en letras rojas.

Dos

A las 8 A.M. vendió lo primero: un radio con FM/AM/tocacintas: tres dólares. Besó cada billete verde, los primeros dólares de su vida ganados en una venta, y los guardó en su cinturón cangurero.
Para las 9 A.M. en el garaje se paseaban las cazadoras de gangas expertas de Scarsdale; Nora las conocía y ellas la conocían, después de todo durante veinte años se habían encontrado en ventas semejantes. Y a las 9:30 A.M. los billetes pasaban a sus manos con una alegre ritmo mientras sus cosas salían del garaje cargadas o empujadas por manos ajenas. La cortadora vieja de césped, tres tostadoras de pan, cinco mantequilleras, una mezuzah en forma de avestruz, diez juegos de tenedorcitos para bocadillos de coctel (cinco juegos en ébano y cinco en marfil, para un posible coctel multitudinario que Nora nunca hizo), la colección de discos en acetato, las vergonzantes copas de coñac con orejas de Mickey Mouse (el regalo para Andy Warhol que nunca le envió), un hacedor de crepas accionado por energía solar, un montón de ensaladeras.
Las cazadoras se iluminaban al pagar y ella al cobrar. Nora filosofó que Marx se equivocó de cabo a rabo: el comercio no es una actividad parasitaria que media entre quien produce y quien usa, el comercio es una actividad en esencia ligera y por lo tanto feliz.
A las 11 A.M. las últimas cosas del garaje volaban, es decir, que pasaban por la salida del garaje rumbo a otras casas mientras ella atrapaba al vuelo billetes y billetes, los guardaba en su cangurera. Un Buda bañado en oro (Nora nunca se animó a negar su judaísmo en su propia sala), una vajilla para doce en tres cajas jamás abiertas, una televisión de bolsillo, una cama para un gato (gato que Nora nunca compró), un juego para realizar la ceremonia china de preparación del té (que Nora nunca supo cuál era). Nora observó a los compradores que se movían por el garaje decepcionados revisando las últimas y poco atractivas cosas y entonces sintió una suerte de deseo de alegrarlos y a continuación entendió, por fin, que Felipe, a pesar de sus odiosos insultos, tenía la razón: ¿para qué putas había comprado un segundo piano de cola, excepto porque le había parecido que no comprarlo por mil dólares era una tontería? Cierto, eran más las cosas que le sobraban.
Entre la penca de llaves que colgaba de su cinturón cangurero eligió la de la puerta del fondo del garaje y luego de abrir su cerradura se volvió para invitar a los compradores a pasar a su sala.
—Cada cosa pequeña se va por diez dólares, las cosas grandes, como los muebles, por cien, y el piano café Kawai por mil ochocientos.
—Por mil seiscientos —gritó un tipo vestido para jugar golf, que ni siquiera había pasado a la sala para ver el Kawai.
—Vendido —gritó Nora, calculando que le ganaba sesenta por ciento al precio que había pagado hace cinco años, es decir, que seis por ciento por año, es decir, que no perdía si hubiera tenido esos dólares en el banco a las tasas usuales.
Colocó su mesa de cobradora junto a la puerta principal de la casa. Las personas salían con una cosa pequeña (ceniceros, libros, lámparas, floreros, las esferas platinadas mexicanas, una pipa de Felipe, una de las decenas de cajitas de rapé, etcétera) y pagaban diez dólares. Salían cargando un mueble o un espejo o un biombo plegado o etcétera, y pagaban cien. Nunca había hecho tanto dinero tan aprisa y le dio miedo su propia euforia: tal vez sí era una demente, pensó, quizá tanta felicidad sólo podría terminar con un ataque al corazón.
A las 3 P.M. el golfista volvió con un camión remolque en cuya plataforma había trepado al lado masculino de su familia, tres hijos y seis sobrinos, dispuesto a llevarse el piano Kawai. Los jóvenes le desmontaron las patas en la sala. Nora vio el alma del Kawai cruzar el jardín frontal de la casa sobre el lomo de los muchachos, y pensó en un ataúd llevado a cuestas por los deudos de un muerto, un ataúd de madera en forma de corazón que a cada pesado paso del cortejo por la banqueta de la calle lanzaba un zumbido musical. Se asomó a la sala ya vacía, donde solamente el Steinway negro brillaba, y su pensamiento se completó. Me saqué un corazón falso del cuerpo, se dijo. Por fin solo en la amplia sala el Steinway brillaba en su propia majestad. Dos señoras pasaron a su lado cargando el rollo de un tapete imitación de persa que siempre abochornó a Nora.
Era una buena imitación, pero era una imitación al fin, y Nora siempre tragó saliva antes de responder a la pregunta de algún invitado sobre si era un persa auténtico o no: cuando decía que sí, padecía mentir, cuando respondía que no, padecía no tener un persa verdadero.
—Felicidades —dijo al despedir a las señoras que se llevaban cargando el largo rollo del falso persa—. Gran compra, felicidades.
A las 4:15 P.M. otra familia sacó las doce sillas de su comedor y la mesa desmantelada en tres tercios. A las 4:20 vendió las obras completas de William Shakespeare en papel Biblia, empastado en piel, por el precio de un mueble grande (cien dólares) bajo el argumento de que todos los libros se iban por diez excepto éste, que nadie podría juzgar como poca cosa. A las 4:22 un señor le extendió un cheque de dos mil dólares por los tomos de la Enciclopedia Británica y a las 4:26 otro señor flaco y delgado en un impermeable Burberry le extendió un billete de diez por un marco laqueado en negro, con la fotografía de ella misma y sus hijos y Felipe posando en el sofá de una sala que ya no existía.
—¿Lo quiere con la foto? —preguntó Nora.
—Da igual —dijo, seco, el hombre.
Nora pasó la mano por el envés del marco buscando un pasador o alguna saliente que descubriera la manera de abrirlo para sacar la foto, pero no lo encontró. Así que le regresó al hombre el marco con la foto tras el vidrio y con un poco de tristeza lo miró ponerlo bajo su brazo e irse alejando por la banqueta de la calle.
Nora volvió la vista a la sala donde los compradores se paseaban de nuevo con la lentitud melancólica de la decepción, levantando cosas, volviéndolas a su lugar con un suspiro de insatisfacción, y fue a abrir la puerta que dejaba pasar a la escalera que daba al tercer piso, el piso de los dormitorios de sus hijos y del dormitorio matrimonial.
—Los mismos precios —anunció—. Diez las cosas pequeñas, cien las grandes, y la ropa se va por diez cada prenda.
Fue a sentarse en el banquillo ante el Steinway. ¿Hace cuánto no tocaba sus teclas de marfil? Desde que su hija Heidi entró al conservatorio de Julliard, siendo una chiquilla chimuela. ¿Había dejado de tocar el piano porque resultó que su hija tenía un talento excepcional? ¿O era porque su hija tenía un talento excepcional y ella se comprometió a llevarla diario al conservatorio, lloviera o nevara, en el Mercedes o en tren, y así había sacrificado las últimas dos horas no programadas de sus días de madre y profesora y esposa? Un momento, reflexionó, y cuando Heidi pudo ya ir por sí misma al conservatorio, ¿dónde quedaron esas dos horas? Dejó caer sus dedos sobre las teclas: un acorde inarmónico. ¿Cómo putas se tocaba el piano? No se acordaba.
Los dedos torpes, rígidos, siguieron tocando, Chopin, Polonesa número quince, una pieza que pedía brío, y mientras el brío le venía del fondo del alma, Nora puso atención también a las pisadas que sonaban sobre su cabeza, la gente caminando por los dormitorios, por el pasillo, entrando al baño, al otro baño, el chasquido de las puertas al abrirse, el chirrido de los goznes al girar, pero sobre todo los pasos briosos de la multitud de extraños entrando a los dormitorios, y recordó las imágenes en blanco y negro de una vieja película cuyo nombre no recordó, las imágenes de una soldadesca bolchevique entrando a las habitaciones del último zar de Rusia para destruir a cachazos de rifle los espejos y los jarrones de cerámica. Nora se rió mientras sus dedos elevaban la melodía de la Polonesa al entusiasmo: la mente es una máquina prodigiosa de imágenes que cifran el significado de lo que uno vive, pero lo cifran metafórica y enredadamente, ¿qué putas coños significaba para su vida la soldadesca bolchevique destruyendo a cachazos el palacio del zar? La Polonesa surgía de los dedos de Nora entusiasmada y su cabeza con los ojos cerrados penduleaba de un lado a otro, de la gloria de un compás de la Polonesa a la gloria más alta del compás siguiente.
El zar de mi vida, mi tirano, han sido las cosas.
Nora cayó en esa certeza al momento en que sus manos cayeron en las teclas del último y maravilloso acorde de la Polonesa número quince a las 6:02 P.M.

Tres

A las 8 P.M. caminaba a la estación de trenes envuelta en su abrigo de mink de segunda mano y sus vaqueros gastados, la cangurera voluminosa a la cintura, la cabeza al aire perfumado de los eucaliptos que bordeaban la calle. El cielo era todavía azul, pero la luna estaba ya impresa entre una fronda verde y otra fronda verde. El tren tardó treinta minutos en llegar a la Estación Central de Nueva York, donde Nora transbordó al subterráneo que la llevó al aeropuerto. Pagó dos mil quinientos cincuenta dólares por su boleto y a las 11:15 abordó el avión.
El avión avanzó acelerando por la pista. Cuando se desprendió del suelo, Nora sintió que algo dentro de la cabeza se le reacomodaba. Heidi entraría a la Orquesta Sinfónica de Berlín a final de año, Julio entraría a la Universidad de Yale en mes y medio a estudiar psicología.
Por la ventanilla Nora vio abajo un mar de lucecitas, cada vez más diminutas. Y Felipe, reflexionó Nora, Felipe tendría que comprarse sus propios calcetines, de preferencia nuevos.
Lo que siguió fue una noche grande, sin cosas, sin números, felizmente vacía.

This entry was written by Ea Pozoblock and published on 11, 2012 at .. It’s filed under En la noche eterna, sufrir puede ser una patria and tagged . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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