Francesca Woodman.
Lo maté porque no pude acordarme cómo se llamaba. Usted no ha sido nunca subjefe de Ceremonial, en funciones de Jefe. Y el Presidente a mi lado, y aquel tipo, en la fila, avanzando, avanzando…
Era bizco y yo creì que me miraba feo. ¡Y me miraba feo!. A poco aquì a cualquier desgraciado muertito lo llaman cadáver…
Yo no tengo voluntad. Ninguna. Me dejo influir por lo primero que veo. A mì me convencen en seguida. Basta que lo haga otro. Èl matò a su mujer, yo a la mìa. La culpa, del periòdico que lo contò con tantos detalles
Le olìa el aliento. Ella misma dijo que no tenìa remedio… Y como buen católico no creo en el divorcio.
Entró en aquel preciso momento. Había esperado la ocasión desde hacía un mes. Ya la tenía acorralada, ya estaba vencida, dispuesta a entregarse. Me besó. Y aquel sombrío imbécil, con su cara de idiota, su sonrisa de pan dulce, su facultad de meter la pata cada día, entró en la recámara, preguntando con su voz de falsete, creyendo hacer gracia:
-¿No hay nadie en casa?
Para matarlo. El primer impulso es siempre el bueno.
La verdad es que me porté mal con él. Me dejé llevar por un arrebato y lo insulté. El tenía la razón, pero yo soy así.
No hubo más. Nos seguimos viendo, sin hablarnos. Pero, para mí, era muy molesto. Claro está que podía haberle pedido perdón, y todo hubiese seguido como antes. Pero yo no soy de esos. Él no me hacía caso; como si no existiera. Pero estaba ahí. Había que acabar. Lo dejé seco. No dijo ni ¡ay!. Estoy seguro que ni le dolió. Los dos hemos quedado tranquilos.
Lo maté porque me dolía el estómago