Karina Marandjian
Es que no lo entienden, los silencios de los muertos me quitan el hambre. Cuando huelo sangre, siento que las tripas se me estrangulan, y es que podría comerme a mi santísima madre, porque madre sólo hay una… Y ella es la única que siempre me entendió. Nací pequeñito, enfermizo, todo me descojonaba: un mal aire, las frituras, la leche de vaca, el tomate y casi todas las frutas, pero ella pa´lante. Por eso mamé teta tantos años, y ella se aguantaba aunque la chupara tan duro que se le saliera hasta la sangre, me veía feliz y rosado, y suspiraba callada. Mami sabía cual era el remedio para mis debilidades. Ella siempre me defendía, como cuando a los diez años comenzaron a desaparecer los perros, gatos y hasta ratones de la urbanización. A la maldita chismosa de doña Lulú le dio por decir que me había visto en las madrugadas merodeando y que yo me comía las mascotas. Todo porque yo paseaba en las noches por la calle. Esa maldita bruja desapareció; papi, que en paz descanse, dijo que a lo mejor se había ido a Nueva York con las nietas. Nadie supo nada, papi tampoco se enteró. Sólo trabajaba y bebía, bebía y trabajaba. Lo extraño, pero el día de su funeral descubrí la paz de los cementerios. En la urbanización todos me miraban y en la escuela comenzaron a cuchichear sobre las misteriosas muertes y no sé qué de unos rituales satánicos donde se bebían la sangre de las víctimas. Otros decían que era el mismísimo chupacabras, y comenzaron a decirme chupacabras, por esa mierda dejé la escuela a los quince años. Sólo mami me entendía y protegía; hasta hace par de días me dio teta. Ahora estoy solo, diecisiete años y no queda nadie, tengo hambre, mami, tu lápida es humilde, me tendré que mudar, gracias mami por darme tu última gota de sangre, es que madre sólo hay una…