Brian Soko
El Doctor Jekill y mi amigo Mister Hyde merece ser contado como ejemplo de los abismos que oculta el alma humana, y todas esas cosas. Mister Hyde y yo nos encontrábamos regularmente nos dedicábamos a esas sesiones de terapia y desahogo que llaman los más bajos placeres les pegábamos a nuestras queridas bebíamos y luego nos dedicábamos a caminar por Londres decíamos palabrotas y de vez en cuando le dábamos un empujón a un transente o a una niña y eso causaba la indignación de la muchedumbre y había que ver qué cara ponían y qué diversión.
De repente comenzó Mister Hyde a ausentarse por largas temporadas y a comportarse extrañamente y como avergonzado y ante esa insólita mudanza un día lo seguí y lo vi entrar en un sótano y por una rendija observé que tomaba un bebedizo y de inmediarto sufría una transformación aterradora. Mi amigo ponía rostro de mosquita muerta sonreía sus maneras eran un trasunto de fineza como un rayo comprendí la verdad: mi amigo se transformaba clandestinamente en esa bestia espantosa que llaman un ciudadano respetable, mientras duraba la metamorfosis se aprovechaba de su aspecto inofensivo y cobraba honorarios profesionales daba conferencias recibía homenajes percibía rentas hacía negocios movilizaba influencias escribía para la prensa seria manejaba latifundios cenaba con los militares apoyaba el envío de tropas se proponía como ejemplo a la juventud fundaba un hogar.
Aterrado comprendí que la transformación era irreversible y huí, hui, es lo único que se puede hacer cuando se extravía el alma humana, cuando se apodera de ella la potencia oculta maligna e irresistible de la respetabilidad.