La canción de la sirena

Noviembre

Abuso de conciencia

Hans Hofmann

Esta casa en que vivo se asemeja en todo a la mía; disposición de las habitaciones, olor del vestíbulo, muebles, luz oblicua por la mañana, atenuada a mediodía, solapada por la tarde; todo es igual, incluso los senderos y los árboles del jardín, y esa vieja puerta semiderruida y los adoquines del patio.

También las horas y los minutos del tiempo que pasa son semejantes a las horas y a los minutos de mi vida. En el momento en que giran a mi alrededor, me digo: “parecen de veras. ¡Cómo se asemejan a las veraderas horas que vivo en este momento!”

Por mi parte, si bien he suprimido en mi casa cualquier superficie de reflexión, cuando a pesar de todo el vidrio inevitable de una ventana se empeña en devolverme mi reflejo, veo en él a alguien que se me parece. ¡Sí, que se me parece mucho, lo reconozco!

¡Pero no se vaya a pretender que soy yo! ¡Vamos! Todo es falso aquí. Cuando me hayan devuelto mi casa y mi vida, entonces encontraré mi verdadero rostro.

Jean Tardieu

Noviembre

Caìda libre

Richard Drew

Richard Drew

Saltó. Y no cae todavía.

José Víctor Martínez Gil

Noviembre

Circunvalación

Juan Barjola

Juan Barjola

El explorador llegó al extremo más alejado del continente desconocido y descubrió que el paisaje era igual que el de su tierra, las montañas eran iguales, los valles y los ríos también. Se internó en una ciudad igual que la suya, atravesó calles iguales que las que había atravesado antes de partir, se cruzó con las mismas caras que lo habían despedido, se paró ante una casa que reproducía la suya ladrillo por ladrillo y que tenía el mismo número de portal, abrió la puerta con su propia llave, se sentó en su sofá preferido, se sirvió una copa de su licor y después se miró al espejo.

El hombre que veía reflejado en el espejo no se parecía a él en nada.

Entonces supo que había llegado al país en el que nos vemos con los ojos de otros. También supo que nunca podría viajar más lejos y que ya nunca podría volver al punto de partida

Miguel Ibáñez

Noviembre

La cabeza del perro

Sherlock Holmes

Estoy arrellanado en el sillón junto a la chimenea en que crepita el fuego. Tengo la copa de coñac en la mano derecha. Con la mano izquierda, caída descuidadamente, acaricio la cabeza de mi perro… hasta que descubro que no tengo perro.

Arthur Conan Doyle

Octubre

Vampiro

Francis BaconFrancis Bacon

No se hablaba en el país de otra cosa. ¡Y qué milagro! ¿Sucede todos los días que un setentón vaya al altar con una niña de quince?

Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la sobrina del cura de Gondelle, cuando su propio tío, en la iglesia del santuario de Nuestra Señora del Plomo -distante tres leguas de Vilamorta- bendijo su unión con el señor don Fortunato Gayoso, de setenta y siete y medio, según rezaba su partida de bautismo. La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el santuario; era devota de aquella Virgen y usaba siempre el escapulario del Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de poder, malpocadiño!, subir por su pie la escarpada cuesta que conduce al Plomo desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco sostenerse a caballo, se discurrió que dos fornidos mocetones de Gondelle, hechos a cargar el enorme cestón de uvas en las vendimias, llevasen a don Fortunato a la silla de la reina hasta el templo. ¡Buen paso de risa!

Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos, digámoslo así, de Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y sacristías de las parroquiales, se hubo de convenir en que Gondelle cazaba muy largo, y en que a Inesiña le había caído el premio mayor. ¿Quién era, vamos a ver, Inesiña? Una chiquilla fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como rosas; pero qué demonio, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, caudal como el de don Fortunato no se encuentra otro en toda la provincia. Él sería bien ganado o mal ganado, porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimos miles de duros, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; solo que…. ¡pchs!, ¿quién se mete a investigar el origen de un fortunón? Los fortunones son como el buen tiempo: se disfrutan y no se preguntan sus causas.

Que el señor Gayoso se había traído un platal, constaba por referencias muy auténticas y fidedignas; solo en la sucursal del Banco de Auriabella dejaba depositados, esperando ocasión de invertirlos, cerca de dos millones de reales (en Cebre y Vilamorta se cuenta por reales aún). Cuantos pedazos de tierra se vendían en el país, sin regatear los compraba Gayoso; en la misma plaza de la Constitución de Vilamorta había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas y alzando sobre los solares nuevo y suntuoso edificio.

-¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? -preguntaban entre burlones e indignos los concurrentes al Casino.

Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al saberse que don Fortunato, no sólo dotaba espléndidamente a la sobrina del cura, sino que la instituía heredera universal. Los berridos de los parientes, más o menos próximos, del ricachón, llegaron al cielo: hablóse de tribunales, de locura senil, de encierro en el manicomio. Mas como don Fortunato, aunque muy acabadito y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y discurría y gobernaba perfectamente, fue preciso dejarle, encomendando su castigo a su propia locura.

Lo que no se evitó fue la cencerrada monstruo. Ante la casa nueva, decorada y amueblada sin reparar en gastos, donde se habían recogido ya los esposos, juntáronse, armados de sartenes, cazos, trípodes, latas, cuernos y pitos, más de quinientos bárbaros. Alborotaron cuanto quisieron sin que nadie les pusiese coto; en el edificio no se entreabrió una ventana, no se filtró luz por las rendijas: cansados y desilusionados, los cencerreadores se retiraron a dormir ellos también. Aun cuando estaban conchavados para cencerrar una semana entera, es lo cierto que la noche de tornaboda ya dejaron en paz a los cónyuges y en soledad la plaza.

Entre tanto, allá dentro de la hermosa mansión, abarrotada de ricos muebles y de cuanto pueden exigir la comodidad y el regalo, la novia creía soñar; por poco, y a sus solas, capaz se sentía de bailar de gusto. El temor, más instintivo que razonado, con que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo, se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano marido, el cual sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor, los incesantes cuidados que necesita la extrema vejez. Ahora se explicaba Inesiña los reiterados «No tengas miedo, boba»; los «Cásate tranquila», de su tío el abad de Gondelle. Era un oficio piadoso, era un papel de enfermera y de hija el que le tocaba desempeñar por algún tiempo…, acaso por muy poco. La prueba de que seguiría siendo chiquilla, eran las dos muñecas enormes, vestidas de sedas y encajes, que encontró en su tocador, muy graves, con caras de tontas, sentadas en el confidente de raso. Allí no se concebía, ni en hipótesis, ni por soñación, que pudiesen venir otras criaturas más que aquellas de fina porcelana.

¡Asistir al viejecito! Vaya: eso sí que lo haría de muy buen grado Inés. Día y noche -la noche sobre todo, porque era cuando necesitaba a su lado, pegado a su cuerpo, un abrigo dulce- se comprometía a atenderle, a no abandonarle un minuto. ¡Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió: no habiendo conocido padre, se figuró que Dios le deparaba uno. Se portaría como hija, y aún más, porque las hijas no prestan cuidados tan íntimos, no ofrecen su calor juvenil, los tibios efluvios de su cuerpo; y en eso justamente creía don Fortunato encontrar algún remedio a la decrepitud. «Lo que tengo es frío -repetía-, mucho frío, querida; la nieve de tantos años cuajada ya en las venas. Te he buscado como se busca el sol; me arrimo a ti como si me arrimase a la llama bienhechora en mitad del invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido más».

Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el especialista curandero inglés a quien ya como en último recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de fuerzas debían reanimar a don Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de éste se comunicarían a aquélla, transmitidos por la mezcla y cambio de los alientos, recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura y absorbiendo la doncella un vaho sepulcral. Sabía Gayoso que Inesiña era la víctima, la oveja traída al matadero; y con el feroz egoísmo de los últimos años de la existencia, en que todo se sacrifica al afán de prolongarla, aunque sólo sea horas, no sentía ni rastro de compasión. Agarrábase a Inés, absorbiendo su respiración sana, su hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de los blancos dientes; aquel era el postrer licor generoso, caro, que compraba y que bebía para sostenerse; y si creyese que haciendo una incisión en el cuello de la niña y chupando la sangre en la misma vena se remozaba, sentíase capaz de realizarlo. ¿No había pagado? Pues Inés era suya.

Grande fue el asombro de Vilamorta -mayor que el causado por la boda aún- cuando notaron que don Fortunato, a quien tenían pronosticada a los ocho días la sepultura, daba indicios de mejorar, hasta de rejuvenecerse. Ya salía a pie un ratito, apoyado primero en el brazo de su mujer, después en un bastón, a cada paso más derecho, con menos temblequeteo de piernas. A los dos o tres meses de casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida de billar, quitándose la levita, hecho un hombre. Diríase que le soplaban la piel, que le inyectaban jugos: sus mejillas perdían las hondas arrugas, su cabeza se erguía, sus ojos no eran ya los muertos ojos que se sumen hacia el cráneo. Y el médico de Vilamorta, el célebre Tropiezo, repetía con una especie de cómico terror:

-Mala rabia me coma si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes hablan los periódicos.

El mismo Tropiezo hubo de asistir en su larga y lenta enfermedad a Inesiña, la cual murió -¡lástima de muchacha!- antes de cumplir los veinte. Consunción, fiebre hética, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un organismo que había regalado a otro su capital. Buen entierro y buen mausoleo no le faltaron a la sobrina del cura; pero don Fortunato busca novia. De esta vez, o se marcha del pueblo, o la cencerrada termina en quemarle la casa y sacarle arrastrando para matarle de una paliza tremenda. ¡Estas cosas no se toleran dos veces! Y don Fortunato sonríe, mascando con los dientes postizos el rabo de un puro.

Emilia Pardo Bazán

Octubre

Sobre las olas

Charles CamoinCharles Camoin

La anciana me encargó la compostura del reloj: pagaría el triple si yo lo entregaba en unas horas. Era un mecanismo muy extraño, al parecer del siglo XVIII. En la parte superior un velero de plata navegaba al ritmo de los segundos. No me costó trabajo repararlo. Por la noche toqué en la dirección indicada. La misma anciana salió a abrirme. Tomé asiento en la sala. La mujer le dio cuerda al reloj. Y ante mis ojos su cuerpo retrocedió en el tiempo y en el espacio. Recuperó su belleza —la hermosura de la hechicera condenada siglos atrás por la Inquisición—, subió al barco de plata que zarpó de la noche y se alejó del mundo.

José Emilio Pacheco

Octubre

Se habla en el Sur del cielo

Yo había protestado cuando me destinaron a Galilea. Pero no hubo caso; un tribuno, Próculo, me tenía entre ojos y se empeñó en que a mí, justo a mí, me necesitaban imperiosamente en Nazaret.

Aquella tarde íbamos de patrulla por las calles de este miserable pueblo, Iulio, Máximo, Marcelo y yo, que como decurión, comandaba el grupo. No sé de qué nos reíamos a las carcajadas, cuando Marcelo, que se había quedado atrás, nos hizo gestos para que nos calláramos.

Estaba asomado sigilosamente a la ventana de una casa e indicaba con la mano que nos apuráramos.

Debe de haber sido gracioso vernos, a nosotros, miembros del ejército más poderoso del mundo, espiando como chicos el interior de aquella vivienda.

Al principio, yo sólo distinguí a la mujer que con ojos muy abiertos miraba hacia una luz intensa. Cuando me fijé bien, entre la luz se acomodaba la forma de un hombre, que le hablaba en un dialecto incomprensible para mí. Eso no tenía nada de asombroso; hay muchos idiomas en el mundo y desconozco la mayoría. Lo especial de este hombre consistía en que desde su espalda le salían dos alas. Las alas, esa extraña lengua que profería y la mujer que lo contemplaba como si estuviera escuchando quién sabe qué noticia, hicieron que mentalmente me reputeara dos veces por no haber dejado la legión cuando me trasladaron a Oriente. En ese momento habría podido estar tranquilo, ayudando a mi hermano en su herrería de Neápolis.

¿Por qué, cuando el ser alado desapareció de nuestras humanas vistas transformándose en una bolita de luz y empezó a rebotar por las paredes de la habitación, por qué, digo, a mí me vino aquel ridículo deseo? La mujer se atajaba con las manos para que la luz no la golpeara, lo mismo que si estuviera defendiéndose de una abeja. Y yo, que sabía lo que iba a hacer antes de pensarlo. Si lo hubiera pensado, me habría dado cuenta de que era algo estúpido y ni siquiera lo habría intentado.

Por Júpiter. ¿Qué demonio me ordenó que me sacara el casco y lo interpusiera en el camino de la luz cuando quiso salir por la ventana? Pegué un grito porque el metal se calentó tanto que tuve que soltarlo. La luz también cayó y empezó a extenderse sobre el suelo como un charco de agua. En pocos instantes se convirtió otra vez en el hombre con alas, sólo que ahora parecía desmayado y había perdido su resplandor.

Sin hablar, como si hubiéramos planeado todo de antemano, lo alzamos, Iulio y Máximo por las piernas; Marcelo y yo por los hombros y lo llevamos fuera del pueblo. El trayecto fue penoso, sobre todo para Marcelo y para mí, porque a cada paso nuestros pies tropezaban con las alas que iban rameando y nos caíamos. Además era pesadísimo, así que cuando nos detuvimos, estábamos completamente bañados por el sudor y con llagas en las piernas y en los brazos.

Lo contemplamos detenidamente, como si en esa contemplación pudiéramos calmar nuestra ansiedad. Todos queríamos hacer algo con él, guardarlo, esconderlo, devorarlo, no sabíamos muy bien qué.

En la legión nos preparaban para combatir, para decidir rápidamente ante situaciones más o menos parecidas. ¿Qué se debía hacer cuando uno cazaba un hombre alado?

Iulio fue hasta una vertiente cercana y recogió un poco de agua para lavarle la frente. Sobre la ceja, junto a la sien, le había salido un gran chichón, como consecuencia del impacto contra mi casco.

Los cuatro nos peleamos por limpiarlo. Estábamos alrededor de él, en cuclillas, como frente a una partida de dados.

Máximo y yo queríamos desertar, pero Iulio y Marcelo tenían miedo de que nos atraparan y nos tiraran a los leones con ser alado y todo.

Marcelo propuso contarle nuestro secreto al tribuno Publio y buscar su complicidad; pero yo lo conocía y no confiaba en él: era demasiado bruto, hasta para un soldado. Probablemente terminaríamos siendo el hazmerreír del campamento.

Anochecía y debíamos volver.

Cargamos al hombre pájaro y fuimos a la casa de Levina, una prostituta romana que visitábamos con frecuencia. Vivía en las afueras del pueblo. Atravesamos las primeras calles en silencio. Por suerte era temprano y aún no había clientes. Le explicamos que nuestro amigo se sentía mal y que sabríamos agradecerle su ayuda.

Después de los primeros insultos, Levina accedió a que lo pusiéramos en una piecita que tenía en el fondo. Pero cambió de idea cuando pasamos frente a la lámpara y lo vio con claridad.

Ustedes no me dijeron que tenía alas —repuso terminantemente—. No quiero cosas raras en mi casa. Las cosas raras atraen a las autoridades.

Argumenté, no muy convencido, que nosotros éramos las autoridades allí y que nadie más sabía nada.

Levina decía cosas como: “Ya mismo se me van de acá”. “Tengo que trabajar, yo; qué tal si se aparece en mi cuarto cuando esté con un cliente.”

Pero yo estaba seguro de que al final iba aflojar a cambio de una compensación por las molestias. Le pagamos el equivalente a dos jornadas de atención corrida, para que no hiciera pasar a nadie (supimos después por Iulio, quien permaneció de guardia, que Levina había trabajado lo mismo; por suerte el ser alado no recobró el conocimiento hasta el día siguiente).

A la mañana fuimos a verlo temprano. Estaba despierto. Se había incorporado sobre el respaldo del catre y tenía buen semblante, pero aún no brillaba.

Levina trataba de hacerle tomar una tisana de hierbas. A su lado había una pequeña fuente llena de migas de pan.

Se levantó con hambre —dijo ella—. Acabó en pocos instantes con mi provisión de tortillas.

Por el tono de su voz, sospeché que tenía intención de cobrarnos las tortillas aparte.

El hombre alado nos miraba y sonreía. Hablaba largas frases en su idioma, que sonaba como una letanía de gárgaras.

Máximo era el viejo del grupo y había viajado por todo el mundo. Comprendía el griego, el germano, el celta y algo del hebreo.

¿Qué dice? —pregunté.

No tengo idea.

Fue así que aquella misma tarde conocimos a Isacar, un profeta revolucionario que había sido expulsado del templo por sacerdotes conservadores. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, calvo, regordete y de grandes cachetes colorados. Lo trajo Levina; según ella, Isacar era experto en asuntos del más allá y podía interpretar siete dialectos celestiales.

Nos saludó ceremoniosamente y nos preguntó cómo habíamos obtenido al ser alado. Le referí la historia; él atendía entornando los ojos y movía la cabeza de un lado a otro. Cuando terminé, me pidió que lo condujera hasta nuestro huésped.

El hombre pájaro continuaba con la espalda apoyada contra la pared y las piernas extendidas sobre el catre. Una de las alas estaba recogida, pegada a su cuerpo, y la otra caía blandamente al piso. Nos sonrió con amabilidad y comenzó a mascullar sus ruidos incomprensibles. Isacar lo escuchó un rato.

Es barsat —dijo al fin—. Muy frecuente en la zona sur del Cielo. No lo hablo bien, pero lo entiendo.

Para mí era suficiente, así que le pedí que empezara a traducir.

El ser alado charlaba sin cesar y la voz de Isacar se superponía a su discurso:

Dice que debe volver pronto. De lo contrario, Jehová dejará ciegos a quienes lo atraparon y hará que tengan hijos con cuernos y patas de chivo. Y miles de ojos por toda la cabeza.

Nos miramos los cuatro aterrorizados.

Por la noche, cuando se cumplió el segundo día de cautiverio del hombre alado, nos reunimos en el campamento para tomar una decisión.

Unánimemente coincidimos en que había que dejarlo en libertad. Ninguno quería soportar las calamidades con las que nos había amenazado. Además, los gastos en el hospedaje de Levina, en el traductor de barsat y en dos bolsas de tortillas diarias estaban acabando con nuestros pocos ahorros.

Al amanecer, busqué a Isacar y lo llevé a lo de Levina.

Pasamos directamente al cuartito del fondo.

Quiero que trates de decirle algo —le pedí—. Vamos a soltarlo. Enseguida.

Con dificultad, Isacar imitó los sonidos del hombre pájaro.

Éste respondió, e Isacar tradujo:

Dice que está de acuerdo, pero que se siente muy débil para volar, necesita que lo ayuden.

No hay problema —concedí—. Ahora sólo quiero saber una cosa. Preguntale qué hacía en la casa de la mujer donde lo agarramos.

Isacar y el hombre pájaro murmuraron algunas gárgaras más.

Dice que no te importa —contestó Isacar—. Que son asuntos entre Jehová y la mujer.

Recuerdo que el hombre alado nos dirigió unas últimas palabras sobre las colinas que están al este del pueblo. El sol pegaba como un garrote en nuestros cascos y ya empezábamos a sentir la maldición del Señor.

La voz de Isacar se escuchaba apenas. Había mucho viento, pero eso era bueno.

Dice que es un ángel celestial, que no se lo debe confundir con una criatura del infierno, que no proviene tampoco de la Atlántida, ni de las tierras allende los mares. Lo manda Yaveh para advertirnos que el Tiempo está cerca y debemos prepararnos. Acontecerá pronto que Balaam pondrá obstáculos a los hijos amados de Israel. Y estos serán los signos: el toro ya no conocerá a la vaca y buscará a la oveja; por huir, la oveja caerá en las fauces del león. El cielo se teñirá de sangre y todos adorarán a los ídolos y fornicarán. Entre las nubes aparecerá un carro tirado por siete caballos alados; sobre este carro estará el Señor, lanzando rayos por sus ojos y cada rayo matará una serpiente (porque antes habían aparecido tres mil serpientes, que olvidé traducir). Entonces surgirá de las entrañas de la Tierra, Satanás, convertido en el dragón de diez cabezas, con ojos en las patas y uñas en las orejas, vomitando excremento, y se enfrentará a Yaveh, el que vive por los siglos de los siglos.

Creo que los cuatro legionarios presentes nos sentimos felices de ser devotos del bueno y viejo Júpiter.

Esperamos respetuosamente un rato, creyendo que iba a continuar; pero Isacar agachó la cabeza y permaneció en silencio.

Eso es todo —anunció cuando se dio cuenta.

El “ángel” aún hablaba y sonreía con su cara levemente luminosa. Volvía a resplandecer, por primera vez desde que lo atrapamos.

¿Qué dice ahora? —le pregunté.

Isacar parecía agotado.

Repite lo mismo.

Lo miré con desconfianza.

Está bien —suspiró—. Agradece los cuidados y la amabilidad con que lo han distinguido. Te perdona el golpe que le diste con el casco y promete regresar a visitarnos.

Di la señal a Marcelo y a Iulio, quienes amarraron unas sogas a las alas del “ángel” con fuertes nudos. Cuando acabaron, Máximo y yo tomamos los extremos opuestos y tanteamos su firmeza. Entonces nos lanzamos a correr hacia el barranco tirando de ellas, con toda la velocidad que daban nuestras piernas. Después de algunos tumbos, nuestro ángel comenzó a elevarse.

Nos quedamos parados, siguiendo con la mirada el vuelo. Levina se hallaba más atrás, junto a unos chicos que se habían acercado.

Por momentos, el ángel caía unos metros en el aire y volvía a subir. Estaba ya muy lejos de nosotros, parecía un mosquito.

Fue entonces que le dije a Isacar:

La verdad, ¿comprendías su lengua?

Él volvió la cabeza hacia mí.

Lo observé. Escupió contra el tronco de un olivo.

Me di cuenta de lo sencillo que le había resultado engañarnos. Cuatro tontos con un hombre alado entre sus manos son capaces de creer cualquier cosa.

Era una vergüenza que un enviado del cielo bajara a la tierra y nadie pudiera descifrar su mensaje —concluyó Isacar.

Cuando miramos otra vez al frente, ya no lo vimos.

¿Y todo eso del hombre que tira rayos por los ojos y las serpientes y el dragón vomitando excremento? —le pregunté.

Una de las profecías que no me dejaron terminar en el templo, con ligeras modificaciones. Me pareció oportuna para la ocasión.

Llevé mi mano a la espada. Podría haberlo decapitado de un solo golpe; pero no sé por qué, me sentía como aliviado de un enorme peso que había cargado por casi tres días.

Quizá Isacar tuviera razón: a nosotros qué nos importaba.

Sin embargo, ya no éramos los mismos cuatro legionarios de antes. Algo como un gusano de luz emanado de las alas del hombre pájaro nos corroía.

En ese instante, revisando en el fondo de los cielos, tuve el presentimiento de que iban a pasar todavía muchas cosas inexplicables. Ignoro si fue por eso o por el viento de la tarde, que me dio un escalofrío en la espalda.

Y les dije a los muchachos que volviéramos al campamento

Jorge Accame

Octubre

Ciudad ajena

Lyonel Feininger

Lyonel Feininger

Si quieren llámenlo intuición femenina, o locura, o como quieran llamarlo, porque lo que es yo ni lo pienso calificar y son ustedes los que necesitan una etiqueta para cada cosa. Aquí y ahora no tengo por qué darle un nombre a nada, y menos aún tratar de explicarlo; tan sólo quiero ir tragando el miedo a grandes bocanadas mientras espero que él vuelva.

Todo empezó hace un mes, quizás, aunque a mí ya me parece que nunca ha empezado. Fue por culpa de la intuición femenina o como se hayan decidido a llamarlo los que viven del mal lado de las cosas y sólo conocen las realidades más palpables. Yo, por lo pronto, siempre tuve un mundo propio lleno de emociones y nunca me he fiado de las palabras, menos aún de su significado. Pero cuando lo escuché cantar me dije: tiene una voz como para resucitar a los muertos, y en eso las palabras no me la jugaron sucia y pude saber después que no me había equivocado. Mi mundo nada tiene que ver con la fantasía, ni siquiera con la ciencia ficción: está hecho de pequeñas cosas que los dioses tiene a bien ofrecerme cuando las merezco y que yo sé identificar entre millones de otras casi idénticas. Las piedras, por ejemplo. Sé que las piedras son mis amigas. Un día que estuve especialmente lúcida encontré un canto rodado en forma de gallina; al poco tiempo apareció otro que parecía una fabulosa mujer con un solo pecho y el ombligo que le atravesaba el cuerpo. Cosas muy menores, claro, comparadas con mi ciudad. Primero la encontré en sueños, después la fui a buscar justo donde la había soñado, del otro lado de los Andes y a pico sobre el Pacífico. Es una ciudad de ojivas y duras fortalezas moradas que la montaña, pensé por un tiempo, había fabricado para mí.

Tiene una voz como para resucitar a los muertos, me repetía mientras lo escuchaba cantar. Era ya bastante premonitorio que para llegar hasta él hubiera que bajar tantos escalones, y como la palabra casualidad no existe, la primera vez bajé impulsada por algún oscuro designio, el mismo que me había llevado hasta ese barrio de estibadores y de solapadas prostitutas.

Me molestó haberlo encontrado, saber de su existencia, poder desenmascararlo. Era la voz de otra raza que se arrancaba de sus tripas al tercer vaso de aguardiente y sólo yo lo sabía, aunque los demás que parecían tan pálidos y fantasmales al lado de su negra piel animal también intuían algo y escuchaban en un silencio que era de comunión. Volví dos, tres veces, justo al quinto toque de las doce cuando él empezaba a cantar. Llegaba para asistir al repetido rito de los parroquianos que dejaban los dados y las cartas y hasta se enjugaban los labios para no tomar más mientras él estuviera cantando. Y al tercer día decidí: voy a llevarlo a mi ciudad que cuelga sobre el mar; su voz puede hacer resucitar a los muertos y mi ciudad está llena de espíritus que bailan a mi alrededor y tratan de decirme cosas cada vez que llego hasta allí atravesando las montañas.

Sólo él era capaz de materializar a mis muertos para que yo pudiera descifrar ese pedazo de naturaleza que ayudada por el viento una vez trató de imitar la obra de los hombres. Los que murieron allí tenían que conocer ya el misterio que cuelga de los picos más altos y que nunca me ha dejado dormir en esas noches solitarias entre las rocas. Año tras año, todos los veranos, casi con devoción, dejaba atrás los volcanes para tratar de develar el secreto de mi ciudad, y en aquel momento, sentada a la mesa del rincón escuchándolo cantar, me di cuenta de que no podía hacer nada sin su ayuda y decidí llevarlo.

Pensé que la luz del día no tenía por qué borrar su existencia y volví a la mañana siguiente al boliche para preguntarle al mozo dónde podría encontrarlo. Pero él estaba allí, en la misma posición que la noche anterior. Sólo había cambiado la expresión de su cara y por el piso rodaba su botella vacía. Bajé la escalera con parsimonia, acerqué una silla a su mesa y empecé a explicar. Hablé durante una hora y no logré arrancarle ni siquiera un gesto.

Usted es el único que puede ayudarme, le dije como despedida. Me voy dentro de quince días. Véngase conmigo…

Tanta imploración de mi parte y él ni levantó la vista, así que me alejé arrastrando los pies y como vencida. Hasta que subí las escaleras y salí a la calle y por fin pensé que quizá no entendiera las palabras cotidianas y que sólo debía ser permeable a alguna oscura señal cabalística. Volví corriendo para ver si todavía se podía hacer algo, y al empujar la puerta vaivén él levantó la vista y sus ojos me mostraron un instantáneo brillo de comprensión que alcanzó para alimentar mi tenacidad. Noche tras noche llegué justo a la hora en que empezaba a cantar. Poco a poco fui abandonando mi rincón hasta ganar la triste claridad que lo rodeaba, pero él parecía no reconocerme.

La noche antes de la partida decidí jugar la última carta. Me senté a la mesa que enfrentaba la suya, dejé mi mochila sobre el piso y esperé. Estaba como dormido y sus ojos brillaron sólo cuando empezó a cantar.

Necesito que reviva a mis muertos para saber, me repetía para darme fuerzas. Por fin decidí sacar de mi bolsillo los boletos para Copahue, primera etapa del viaje. Eran dos y traté de ponerlos justo bajo sus ojos. En ese momento agachó la cabeza y al verlos dejó de cantar dejó de cantar, súbitamente. El silencio rompió la calma. Los parroquianos recuperaron sus sistemas nerviosos y me descubrieron, con sorpresa, y uno de ellos arrimó su silla a la mía y trató de abrazarme. Yo sólo lo miraba a él y noté que sus músculos se iban poniendo tensos hasta que su brazo se distendió como un resorte para golpear la mandíbula del tipo a mi lado que cayó arrastrando la silla. Y antes de que los demás pudieran empezar a asombrarse tomó los boletos y la mochila con una mano mientras con la otra me empujaba a través del salón y escaleras arriba.

En el maldito hotel del Bajo descubrí que su cuerpo tenía la exacta forma que yo deseaba, pero él no quiso saber nada del mío ni de mi agradecimiento. A la mañana siguiente empezó el destartalado viaje por caminos de polvo y pampa, primero, por caminos de montaña después, días y noches con sus interminables paradas. Viajó mudo y erguido, sin ver nada, sin quejarse ni asombrarse. Le falta aguardiente, descubrí. Voy a tener que comprarle unas cuantas botellas para que pueda cantar con toda el alma cuando lleguemos a mi ciudad.

En el preciso instante en que se diluían las horas llegamos a Copahue, el valle de los volcanes con chorros de agua hirviendo que surgen del fondo de la tierra para que la montaña se convierta en el infierno. Llegamos al olor a azufre y a las nieves eternas.

Ya era una costumbre en los hoteles: los dos en la misma cama tratando de no tocarnos. Pero esa noche el termómetro marcaba bajo cero y él empezó a temblar debajo de las mantas. No iba a dejarlo sufrir, ahora que lo tenía, y casi sin pensarlo traté de pasarle un poco de mi propio calor. De golpe sus brazos revivieron, revivió cada célula de su cuerpo y no tuve más que dejarme estar para que los ritos se cumplieran.

Me desperté ya entrada la mañana y quise sentirlo cerca. Estiré la mano sobre las sábanas pero mi mano corrió sin encontrarlo y supe que me había abandonado para siempre. Rotos los designios y las claves por faltar a la pureza, por atender al deseo, justo cuando estábamos tan cerca de mi ciudad. Me vestí como pude y salí corriendo sin hacerle caso al viento que insistía en empujarme y hacerme caer, sin hacerle caso a los diminutos volcanes que nacían a mi paso y me quemaban los pies. A medida que corría me iba olvidando de él, de sus brazos, de su cuerpo negro. Mis muertos, gritaba, estoy perdiendo a mis muertos.

Creí que no iba a encontrarlo más, que se había esfumado con mi aliento, pero por fin apareció frente a la laguna de barro hirviendo: estaba mirando las burbujas gigantes que crecían y reventaban en borbotones ensordecedores. Tiritaba de frío y parecía alucinado.

Lo agarré de la mano como aun chico y lo llevé del otro lado del valle, donde estaba el mercado de los indios. Le compré un poncho bien grueso y empecé a reír al verlo tan solemne y acriollado; él también sonrió y de golpe tuvo esa expresión suave como cuando cantaba. Compramos todas las provisiones, contratamos los caballos para la madrugada siguiente y corrimos de un lado al otro siempre de la mano arreglando los pormenores de la gran aventura. No me olvidé del aguardiente, y cuando tuve que pagar vi que me estaba quedando sin plata para la vuelta, aunque la vuelta era lo que menos importaba.

Con los primeros rayos de sol nos alejamos de las casas de piedra y de las barrosas lagunas enrojecidas. Había que dejarse estar por ese camino de montañas estériles, por los desfiladeros colgando sobre el precipicio, por los troncos angostos que cruzan los torrentes. Sólo el caballo conoce el secreto para no desbarrancarse y hay que dejarlo ir sin un solo tirón de riendas. Las largas horas de marcha se aliviaron en Chanchocó, el pueblito chileno de chozas chatas e indios silenciosos. Pero no podíamos quedarnos a descansar en ese mediodía de miradas hoscas, sólo el tiempo para comer algún bocado caliente, para cambiar de monta y otra vez andando por las montañas hacia mi ciudad, a revivir a mis muertos.

El cansancio no se siente en las alturas donde todo es cansancio y apalstamiento, pero él tenía un frío quemante y desconocido que lo hacía tiritar bajo el poncho. Empezaba a arrepentirme de haber traído a este ser acostumbrado al calor y a la inercia pero la idea de saber que pronto el misterio de mi ciudad me sería develado me volvió cruel y seguí andando sin mirarlo, alcanzándole tan sólo la botella para que bebiera. Después de un trago muy largo pareció reanimarse y pudimos llegar hasta el gran corral de roca donde yo siempre largaba los caballos. Trepamos a pie por la montaña abrupta. El intuyó que ya estábamos cerca porque empezó a cantar en voz baja, jadeante, hasta que por fin aparecieron las cuevas y murallas de vivos colores ocres que formaban mi ciudad colgada sobre el mar. Me ganó la misma extraña paz de siempre y me senté junto a él en el parapeto a pique sobre el abismo, de espaldas a las aguas que se desgarraban abajo. Tuve que contenerme para no correr por entre los laberintos y me quedé muy quieta mientras él contemplaba mi ciudad como queriendo penetrarla.

Su voz surgió de golpe, vibrando entre las rocas. Cantaba como nunca había cantado antes, poniendo todo lo que tenía y acompañado por la percusión de la montaña. Mientras el sol se ocultaba, su canto subía y crecía invadiendo el fondo negro de las cuevas, y yo luchaba para no escuchar su voz sino el mensaje que me vendría de mis muertos. Su canto entraba por los túneles y se arremolinaba y volvía diferente en el eco. Y de golpe la vi justo donde debía estar el remolino: era una claridad fantasmal que parecía surgir de la tierra como un vapor blanco y oscilante. En esa claridad se iba a develar el misterio, sin duda, y contuve la respiración para no ahuyentarla.

No quise ni siquiera dar vuelta la cabeza para mirarlo a él pero como su canto habría de traerme la verdad rogué que no se callara. Siguió cantando más fuerte, más hondo, y la claridad empezó a tomar muchas formas que se arrancaron de las sombras para ir ganando la luz violácea del atardecer. Surgieron nebulosas para irse armando poco a poco, hasta que mi expectativa se convirtió en espanto y quise gritar y no pude y quise retroceder pero no fui capaz de moverme. Ellos estaban allí, delante de mí, acercándose. Esperaba sus espíritus y eran sus cuerpos los que se me aparecían, huesos con pedazos de piel colgando y una siniestra sonrisa sin labios.

-¡Cállese!- grité cuando pude recuperar la voz, pero él no pareció oírme y siguió cantando mientras los muertos se me acercaban, implacables, balanceándose al ritmo distorsionado de su canto.

-¡Cállese! ¡Cállese!

En la desesperación me tapé los ojos, pero nada podía contenerlos y sus imágenes se colaban por entre mis dedos mientras ellos avanzaban. Sólo él podía hacerlos desaparecer dejando de cantar, pero parecía querer seguir cantando eternamente. No me quedaba otro remedio, y me resultó demasiado fácil. Un único empujón me bastó para hacerlo callar también eternamente. Las piedras que lo sostenían se soltaron y sin un grito lo vi precipitarse al abismo; en ese momento sólo supe que los cadáveres se habían apagado con la última nota de su canto. La viscosa sensación de terror y de asco que me dejaron tardó mucho en abandonarme pero después fue peor porque me di cuenta de lo sola que estaba en la noche y en el mundo y empecé a sentir en mí el dolor que antes fue de él, el desgarramiento de su cuerpo oscuro. Ese cuerpo que alguna vez podrá remontarse si alguien como él, con una voz capaz de resucitar a los muertos, llegara hasta mi ciudad.

Lo estoy esperando.

Luisa Valenzuela

Septiembre

El obstáculo

Richard Linder

Por el sendero misterioso, recamado en sus bordes de exquisitas plantas en flor y alumbrado blandamente por los fulgores de la tarde, iba ella, vestida de verde pálido, verde caña, con suaves reflejos de plata, que sentaba incomparablemente a su delicada y extraña belleza rubia.

Volvió los ojos, me miró larga y hondamente y me hizo con la diestra signo de que la siguiera.

Eché a andar con paso anhelado; pero de entre los árboles de un soto espeso surgió un hombre joven, de facciones duras, de ojos acerados, de labios imperiosos.

-No pasarás –me dijo, y puesto en medio del sendero abrió los brazos en cruz.

-Sí pasaré –respondíle resueltamente y avancé; pero al llegar a él vi que permanecía inmóvil y torvo.

-¡Abre camino! –exclamé.

No respondió.

Entonces, impaciente, le empujé con fuerza. No se movió.

Lleno de cólera al pensar que la Amada se alejaba, agachando la cabeza embestí a aquel hombre con vigor acrecido por la desesperación; mas él se puso en guardia y, con un golpe certero, me echó a rodar a tres metros de distancia.

Me levanté maltrecho y con más furia aún volví al ataque dos, tres, cuatro veces; pero el hombre aquel, cuya apariencia no era de Hércules, pero cuya fuerza sí era brutal, arrojóme siempre por tierra, hasta que al fin, molido, deshecho, no pude levantarme…

¡Ella, en tanto, se perdía para siempre!

Aquella mirada reanimó mi esfuerzo e intenté aún agredir a aquel hombre obstinado e impasible, de ojos de acero; pero él me miró a su vez de tal suerte, que me sentí desarmado e impotente.

Entonces una voz interior me dijo:

-¡Todo es inútil; nunca podrás vencerle!

Y comprendí que aquel hombre era mi Destino.

Amado Nervo

Septiembre

Fin de fiesta

Marc Riboud.jpg 1

Marc Riboud

La fiesta había terminado. Él la acompañó en la vereda, hasta que apareció un taxi.

La despidió con un beso casto, sin atreverse a más, como de costumbre. Ella le dio un abrazo tierno y ortodoxo, se tragó una pregunta, la habitual, y subió al auto.

Al cerrar la puerta, el alma de él tomó impulso y saltó hacia el asiento de atrás. El alma de ella hizo un esfuerzo y se lanzó a la vereda.

El taxi se alejó. Él se fue desalmado, pero acompañado.

No hay nada que hacerle; las almas siempre tienen más coraje que sus dueños.

Gabriela Villano

Entradas siguientes »

Blog de WordPress.com.