La canción de la sirena

Noviembre

El evangelio en el nombre del hijo

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Tampoco era fácil lograr comunión con la madera. Ninguno de nosotros podía olvidar que las manzanas del árbol del Edén habían poseído el conocimiento del bien y del mal; a veces parecía que el bien y el mal todavía estaban en la madera. Una pieza trabajada cinco días podía traicionar tu herramienta al menor error, y a menudo parecía que la tabla se rompía sola en dos partes. Llegué a creer que hasta una simple tabla puede actuar con conocimiento del bien y el mal (y mucho deseo de hacer lo último).Sin embargo, un hombre malo no puede pasar junto a un buen árbol sin que se le entristezcan las hojas.

Norman Mailer

Noviembre

Víspera de difuntos

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robert mapplethorpe

Robert Mapplethorpe

Por la calleja triste y solitaria pasan ráfagas zumbadoras. El polvo se arremolina y penetra en las habitaciones por los cristales rotos y a través de los tableros de las puertas desvencijadas. El crepúsculo envuelve con su parda penumbra tejados y muros y un ruido lejano, profundo, llena el espacio entre una y otra racha: es la voz inconfundible del mar. En la tiendecilla de pompas fúnebres, detrás del mostrador, con el rostro apoyado en las palmas de las manos, la propietaria parece abstraída en hondas meditaciones. Delante de ella, una mujer de negras ropas, con la cabeza cubierta por el manto, habla con voz que resuena en el silencio con la tristeza cadenciosa de una plegaria o una confesión. Entre ambas hay algunas coronas y cruces de papel pintado. La voz monótona murmura: -…Después de mirarme un largo rato con aquellos ojos claros empañados ya por la agonía, asiéndome de una mano se incorporó en el lecho, y me dijo con un acento que no olvidaré nunca: “¡Prométeme que no la desampararás! ¡Júrame, por la salvación de tu alma, que serás para ella como una madre, y que velarás por su inocencia y por su suerte como lo haría yo misma!” La abracé llorando, y le prometí y juré lo que quiso. (Una ráfaga de viento sacude la ancha puerta, lanzan los goznes un chirrido agudo y la voz plañidera continúa:) -Cumplía apenas los doce años, era rubia, blanca, con ojos azules tan cándidos, tan dulces, como los de la virgencita que tengo en el altar. Hacendosa, diligente, adivinaba mis deseos. Nunca podía reprocharle cosa alguna y, sin embargo, la maltrataba. De las palabras duras, poco a poco, insensiblemente, pasé a los golpes, y un odio feroz contra ella y contra todo lo que provenía de ella, se anidó en mi corazón. Su humildad, su llanto, la tímida expresión de sus ojos tan resignada y suplicante, me exasperaba. Fuera de mí, cogíala a veces por los cabellos y la arrastraba por el cuarto, azotándola contra las paredes y contra los muebles hasta quedarme sin aliento. Y luego, cuando en silencio, con los ojos llorosos, veíala ir y venir colocando en su sitio las sillas derribadas por el suelo, sentía el corazón como un puño. Un no sé qué de angustia y de dolor, de ternura y de arrepentimiento subía de lo más hondo de mi ser y formaba un nudo en mi garganta. Experimentaba entonces unos deseos irresistibles de llorar a gritos, de pedirle perdón de rodillas, de cogerla en mis brazos y comérmela a caricias. (Unos pasos apresurados cruzan delante de la puerta. La narradora se volvió a medias y su perfil agudo salió un instante de la sombra para eclipsarse en seguida.) -…La enfermedad -aquí la voz se hizo opaca y temblorosa- me postraba a veces por muchos días en la cama. ¡Era de ver entonces sus cuidados para atenderme! ¡Con qué amorosa solicitud ayudábame a cambiar de postura! Como una madre con su hijo, rodeábame el cuello con sus delgados bracitos para que pudiese incorporarme. Siempre silenciosa acudía a todo, iba a la compra, encendía el fuego, preparaba el alimento. De noche, a un movimiento brusco, a un quejido que se me escapara, ya estaba ella junto a mí, preguntándome con su vocecita de ángel: -¿Me llamas, mamá; necesitas algo? Rechazábala con suavidad, pero sin hablar. No quería que el eco de mi voz delatase la emoción que me embargaba. Y ahí, en la oscuridad de esas largas noches, sin sueño, asaltábame tenaz y torcedor el remordimiento. El perjurio cometido, lo abominable de mi conducta, aparecíaseme en toda su horrenda desnudez. Mordía las sábanas para ahogar los sollozos, invocaba a la muerta, pedíale perdón y hacía protestas ardientes de enmienda, conminándome, en caso de no cumplirlas, con las torturas eternas que Dios destina a los réprobos. (La vendedora, sin cambiar de postura, oía sin desplegar los labios, con el inmóvil rostro iluminado por la claridad tenue e indecisa del crepúsculo.) -Mas la luz del alba -prosigue la enlutada- y la vista de aquella cara pálida, cuyos ojos me miraban con timidez de perrillo castigado, daban al traste con todos aquellos propósitos. ¡Cómo disimulas, hipócrita!, pensaba. ¡Te alegran mis sufrimientos, lo adivino, lo leo en tus ojos! Y en vano trataba de resistir al extraño y misterioso poder que me impelía a esos actos feroces de crueldad, que una vez satisfechos me horrorizaban. Parecíame ver en su solicitud, en su sumisión, en su humildad, un reproche mudo, una perpetua censura. Y su silencio, sus pasos callados, su resignación para recibir los golpes, sus ayes contenidos, sin una protesta, sin una rebelión, antojábanseme otros tantos ultrajes que me encendían de ira hasta la locura. -¡Cómo la odiaba entonces, Dios mío, cómo! (En la tienda desierta las sombras invaden los rincones, borrando los contornos de los objetos. La negra silueta de la mujer se agigantaba y su tono adquirió lúgubres inflexiones.) -Fue a entradas de invierno. Empezó a toser. En sus mejillas aparecieron dos manchas rojas y sus ojos azules adquirieron un brillo extraño, febril. Veíala tiritar de continuo y pensaba que era necesario cambiar sus ligeros vestidos por otros más adecuados a la estación. Pero no lo hacía… y el tiempo era cada vez más crudo… apenas se veía el sol. (La narradora hizo una pausa, un gemido ahogado brotó de su garganta, y luego continuó:) -Hacía ya tiempo que había apagado la luz. El golpeteo de la lluvia y el bramido del viento, que soplaba afuera huracanado, teníanme desvelada. En el lecho abrigado y caliente, aquella música producíame una dulce voluptuosidad. De pronto, el estallido de un acceso de tos me sacó de aquella somnolencia, crispáronse mis nervios y aguardé ansiosa que el ruido insoportable cesara. Mas, terminado un acceso, empezaba otro más violento y prolongado. Me refugié bajo los cobertores, metí la cabeza debajo de la almohada; todo inútil. Aquella tos, seca, vibrante, resonaba en mis oídos con un martilleo ensordecedor. No pude resistir más y me senté en la cama y, con voz que la cólera debía de hacer terrible, le grité: -¡Calla, cállate, miserable! Un rumor comprimido me contestó. Entendí que trataba de ahogar los accesos, cubriéndose la boca con las manos y las ropas, pero la tos triunfaba siempre. No supe cómo salté al suelo y cuando mis pies tropezaron con el jergón, me incliné y busqué a tientas en la oscuridad aquella larga y dorada cabellera y, asiéndola con ambas manos, tiré de ella con furia. Cuando estuvimos junto a la puerta comprendió, sin duda, mi intento, porque por primera vez trató de hacer resistencia y procurando desasirse clamó con indecible espanto: -¡No, no, perdón, perdón! Mas yo había descorrido el cerrojo… Una ráfaga de viento y agua penetró por el hueco, y me azotó el rostro con violencia. Aferrada a mis piernas, imploraba con desgarrador acento: -¡No, no, mamá, mamá! Reuní mis fuerzas y la lancé afuera y, cerrando en seguida, me volví al lecho estremecida de terror. (La propietaria escuchaba atenta y muda, y sus ojos se animaban, bajo el arco de sus cejas, cuando la voz opaca y velada disminuía su diapasón.) -Mucho tiempo permaneció junto a la puerta lanzando desesperados lamentos, interrumpidos a cada instante por los accesos de tos. Me parecía, a veces, percibir entre el ruido del viento y de la lluvia, que ahogaba sus gritos, el temblor de sus miembros y el castañeteo de sus dientes. Poco a poco sus voces de: -¡Ábreme, mamá, mamacita; tengo miedo, mamá! -fueron debilitándose, hasta que, por fin, cesaron por completo. Yo pensé: se ha ido al cobertizo, al fondo del patio, único sitio donde podía resguardarse de la lluvia, y la voz del remordimiento se alzó acusadora y terrible en lo más hondo de la conciencia: -¡La maldición de Dios -me gritaba- va a caer sobre ti…! ¡La estás matando…! ¡Levántate y ábrele…! ¡Aún es tiempo! Cien veces intenté descender del lecho, pero una fuerza incontrastable me retenía en él, atormentada y delirante. ¡Qué horrible noche, Dios mío! (Algo como un sollozo convulsivo siguió a estas palabras. Hubo algunos segundos de silencio y luego la voz más cansada, más doliente, prosiguió:) Una gran claridad iluminaba la pieza cuando desperté. Me volví hacia la ventana y vi a través de los cristales el cielo azul. La borrasca había pasado y el día se mostraba esplendoroso, lleno de sol. Sentí el cuerpo adolorido, enervado por la fatiga; la cabeza parecíame que pesaba sobre los hombros como una masa enorme. Las ideas brotaban del cerebro torpes, como oscurecidas por una bruma. Trataba de recordar algo, y no podía. De pronto, la vista del jergón vacío que estaba en el rincón del cuarto, despejó mi memoria y me reveló de un golpe lo sucedido. Sentí que algo opresor se anudaba a mi garganta y una idea horrible me perforó el cerebro, como un hierro candente. Y estremecida de espanto, sin poder contener el choque de mis dientes, más bien me arrastré que anduve hacia la puerta; pero, cuando ponía la mano en el cerrojo, un horror invencible me detuvo. De súbito mi cuerpo se dobló como un arco y tuve la rápida visión de una caída. Cuando volví estaba tendida de espaldas en el pavimento. Tenía los miembros magullados, el rostro y las manos llenos de sangre. Me levanté y abrí… Falta de apoyo, se desplomó hacia adentro. Hecha un ovillo, con las piernas encogidas, las manos cruzadas y la barba apoyada en el pecho, parecía dormir. En la camisa veíanse grandes manchas rojas. La despojé de ella y la puse desnuda sobre mi lecho. ¡Dios mío, más blanco que las sábanas, qué miserable me pareció aquel cuerpecillo, qué descarnado: era sólo piel y huesos! Cruzábanlo infinitas líneas y trazos oscuros. Demasiado sabía yo el origen de aquellas huellas, ¡pero nunca imaginé que hubiera tantas! Poco a poco fue reanimándose, hasta que, por fin, entreabrió los ojos y los fijó en los míos. Por la expresión de la mirada y el movimiento de los labios, adiviné que quería decirme algo. Me incliné hasta tocar su rostro y, después de escuchar un rato, percibí un susurro casi imperceptible: -¡La he visto! ¿Sabes? ¡Qué contenta estoy! ¡Ya no me abandonará más, nunca más! (La ventolina parecía decrecer y el ruido del mar sonaba más claro y distinto, entre los tardíos intervalos de las ráfagas.) -Le tomó el pulso y la miró largamente (gime la voz). Lo acompañé hasta el umbral y volví otra vez junto a ella. Las palabras hemorragia… ha perdido mucha sangre… morirá antes de la noche, me sonaban en los oídos como algo lejano, que no me interesaba en manera alguna. Ya no sentía esa inquietud y angustia de todos los instantes. Experimentaba una gran tranquilidad de ánimo. Todo ha acabado, me decía y pensé en los preparativos del funeral. Abrí el baúl y extraje de su fondo la mortaja destinada para servirme a mí misma. Y, sentándome a la cabecera, púseme inmediatamente a la tarea de deshacer las costuras para disminuirla de tamaño. Más blanca que un cirio, con los ojos cerrados, yacía de espaldas respirando trabajosamente. Nunca, como entonces, me pareció más grande la semejanza. Los mismos cabellos, el mismo óvalo del rostro y la misma boca pequeña, con la contracción dolorosa en los labios. Va a reunirse con ella, pensé ¡Qué felices son! Y convencida de que su sombra estaba ahí, a mi lado, junto a ella, proferí: -¡He cumplido mi juramento, ahí la tienes, te la devuelvo como la recibí, pura, sin mancha, santificada por el martirio! Estallé en sollozos. Una desolación inmensa, una amargura sin límites llenó mi alma. Entreví con espanto la soledad que me aguardaba. La locura se apoderó de mí, me arranqué los cabellos, di gritos atroces, maldije del destino… De súbito me calmé: me miraba. Cogí la mortaja y, con voz rencorosa de odio, díjele, mientras se la ponía delante de los ojos: -Mira, ¿qué te parece el vestido que te estoy haciendo? ¡Qué bien te sentará! ¡Y qué confortable y abrigador es! ¡Cómo te calentará cuando estés debajo de tierra; dentro de la fosa que ya está cavando para ti el enterrador! Mas ella nada me contestaba. Asustada, sin duda, de ese horrible traje gris, se había puesto de cara a la pared. En vano le grité: -¡Ah! ¡Testaruda, te obstinas en no ver! Te abriré los ojos por la fuerza. Y echándole la mortaja encima, la tomé de un brazo y la volví de un tirón: estaba muerta. (Afuera el viento sopla con brío. Un remolino de polvo penetra por la puerta, invade la tienda, oscureciéndola casi por completo. Y apagada por el ruido de las ráfagas, se oye aún por un instante resonar la voz:) -Mañana es día de difuntos y, como siempre, su tumba ostentará las flores más frescas y las más hermosas coronas. En la tienda, las sombras lo envuelven todo. La propietaria, con el rostro en las palmas de las manos, apoyada en el mostrador, como una sombra también, permanece inmóvil. El viento zumba, sacude las coronas y modula una lúgubre cantinela, que acompañan con su frufrú de cosas muertas los pétalos de tela y de papel pintado: -¡Mañana es día de difuntos!

Baldomero Lillo

Octubre

La duración de un imperio

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“Es una falsa religión y error necio” dice Covarrubias; y el Diccionario de Autoridades define la superstición como “culto que se da a quien no se debe con modo indebido”. Superstición es lo contrario de religión como la fábula lo es de la verdad. Los romanos tuvieron muchas e hicieron caso de agüeros y de portentos y vivían en angustia por lo que habría de sobrevenirles. Hay autores que sostienen que las supersticiones hoy son la sobrevivencia de los antiguos cultos a los lares y penates o de ceremonias de apaciguamiento a sus horribles hadas. Toda superstición quiere ser vista como señal, o barrunto, de futuro. Uno no mantiene ninguna: ni el gato negro que se cruza, ni el listón rojo para evitar el mal, ni la escalera que ha de rodearse, ni la sal que supónese ha de tomarse de la mesa y no de otra mano, ni el no sobarse cuando te diste un golpe en una articulación, ni las limpias con jarilla y ramas de pirul, ni los amuletos, ni cruzar los dedos, ni siquiera ir a enseñarle mi vacía cartera a san Juditas. Acaso las dos únicas que me interesan, y de las cuales me declaro reo, sean dos que tienen que ver con la duración de un imperio, porque se dice que cuando se extingan los monos de Gibraltar, únicos monos europeos, se acabará el dominio que sobre el peñón tiene el leopardo; y cuando huyan o se acaben los cuervos que graznan en la Torre de Londres, habrá de derrumbarse esa monarquía. Pero eso no lo sabemos.

Pablo Soler Frost

Octubre

Es allí a donde voy

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Evgen Bavcar

Evgen Bavcar

Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espalda magia: es allí a donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy. ¿ O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy. En la punta de la palabra está la palaba. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a dónde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después de todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien me dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta . Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, cachorro, ¿dónde esta tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

Clarice Lispector

Septiembre

En el insomnio

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Andres Serrano

El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarro. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormirse. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que enseguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.

Virgilio Piñera

Septiembre

Desde la oscuridad

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André de Dienes

Andre de Dienes


Se acercan.

La frase se propagó como una corriente de electrones.

El primer hombre hubiera tenido ya dos mil años. El segundo, mil. El tercero que la pronunció, apenas si fue escuchado.

Dos puntas galácticas, lechosas, avanzaban. Hacía más de dos mil años que se movían y desaparecían y luego volvían a la oscuridad.

Se acostumbraron. El cosmos era un instrumental pre­ciso, de relojería, un mecanismo perfecto, demoníaco. El choque jamás se produciría. Sobre esta idea el hombre había elaborado toda su ciencia.

A los que veían algo más que dos puntas galácticas se les consideraba enfermos. El planeta era una esfera. Se lo podía recorrer en un instante. Las estrellas no dejarían de brillar desde el otro lado, en esa misma zona oscura en que aparecían y desaparecían las puntas galácticas.

Los hombres se movían. Que unos murieran y otros nacieran, significaba muy poco en la Tierra. Los cementerios tenían menos posibilidades de existencia que las nurserys. Pero de este lado se alzaba el amor, se construían ciudades y nuevos seres poblaban la superficie. Del otro lado, las guerras parían monstruos, proyectaban una gangrena que erosionaba la corteza terrestre. De pronto sentían un temblor, un extraño choque subterrá­neo. Es un terremoto cuyo epicentro está en NN. Los que se atrevían a contradecir esa verificación, pasaban a categoría de alienados.

Un día Sussy se desnudó y esperó a Roberto. Un espejo sobre el lateral izquierdo proyectaba su imagen hacia otro espejo en frente del cual trabajaba tecleando en su máquina de escribir. Roberto miró la desnudez de Sussy y se levantó para cruzar las habitaciones. En ese instante oyó un susurro, una voz cautelosa que se acer­caba al cuerpo de Sussy. Extrañas ideas le sacudieron la sangre. Había llegado el momento de medir su lealtad. Aseguró la puerta y miró detenidamente el espejo para descubrir al invasor. La voz seguía susurrando y el cuer­po de Sussy, en reposo un minuto antes, comenzaba a retorcerse sobre el lecho. Temblando, Roberto corrió a la habitación de su mujer y observó que en ese instante ella comenzaba a recuperar el equilibrio.

La habitación estaba intacta, con sus puertas y ven­tanas cerradas herméticamente. No siendo ellos dos, nadie había llegado al lecho de Sussy. Pero Roberto tam­bién había observado que al aproximarse a Sussy el susu­rro se apagaba lentamente mientras ella se recuperaba.

Sentí como un fuego —dijo Sussy—. Atravesó el vidrio. Fue una mancha que me envolvía.

Roberto abrió la ventana sobre la avenida. La noche estaba oscura, cruzada por las constelaciones. La cerró.

Se acercan —murmuró—.

Mil años después en otra escena similar, con otra Sussy y otro Roberto, se repitieron los mismos hechos. Y Roberto pensó: Los ángeles tuvieron acceso carnal con las mujeres. Y subrayó el versículo 2 del capítulo VI del Génesis: “Viendo los hijos de Dios la hermosura de las hijas de los hombres, tomaron de entre ellas por mujeres a las que más les agradaron”. Lo mismo hizo en el 4: “En aquel tiempo había gigantes sobre la Tierra; porque después que los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres y ellas concibieron, salieron a luz esos valientes de la antigüedad que fueron varones de nom­bre”. Luego anotó: “Estoy seguro. Son los Grandes Antiguos de Lovecraft (At The Mountaines of Maaness, VII”).

En otro avatar Roberto abrió la ventana y miró hacia las estrellas. Si los ángeles eran seres asexuados —pensó en voz alta—, no podían tener acceso carnal con las mujeres. Luego, esos ángeles eran seres extraterrestres.

Se acercan.

Transcurrieron siete mil años. Los edificios habían cre­cido como termómetros hacia las galaxias. Los hombres se desplazaban por el espacio con eyectores atómicos, ajustados a la espalda. Las mujeres, desnudas, se con­trolaban mediante píldoras de colores. Cada color sig­nificaba una función distinta. Roja la del amor. Azul la del alimento. Los cementerios también crecían bajo las luces calcinadas. Las ciudades se sumergían y buscaban espacios subterráneos. Nadie leía. Nadie sabía nada. Pero tenían una computadora portátil que les suminis­traba la sabiduría, la inteligencia de los siglos. (Había una limitación: los pobres no podían adquirir su compu­tadora. Se hacinaban en los portones, en frente de los comercios electrónicos, para intercambiar ideas y detec­tar noticias lejanas).

Para escribir, Roberto utilizaba una máquina de microcircuitos. Hablaba y la voz quedaba inscripta, dibujada en el papel. Un día, sobre la lámina del espejo, vio el cuerpo desnudo de Sussy, una imagen que se retorcía. Corrió hacia el dormitorio y abrió la puerta. El susurro no había desaparecido. Se hacía más intenso. Sussy gritaba. Cuando quiso avanzar giraron los objetos y dos puntas lechosas, aceradas, penetraron en el edificio.

¡Se acercan! ¡Se acercan!

Apenas pudo pensarlo. El susurro era tan fuerte como una carcajada. Acaso fuera una carcajada y no un su­surro. Después giró todo, el edificio, las calles, las esta­ciones subterráneas. El mundo comenzó a resquebrajarse y las computadoras enmudecieron. Después se sintió una explosión y el planeta se hizo añicos. Pero un segundo antes, desde ese mismo susurro (posiblemente dentro de esa carcajada), alguien dijo:

Se multiplicaban y se devoraban dentro de una cabecita de alfiler. En siete millonésimas de segundo pusieron piedra sobre piedra, construyeron ciudades microscópicas y juguetes infinitesimales por donde subían y bajaban. Después aprendieron a volar. Cuando tuvieron alas y penetraron los secretos de la materia, se “arrojaron hacia arriba”. Entonces apreté con mis dos uñas la cabecita de alfiler.

Juan-Jacobo Bajarlia

Agosto

Edén Eterno

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Marc Riboud

Marc Riboud

Anuncio publicado en el El Diario de Los Ángeles, el 30 de noviembre de 2094:

¿Sabía usted que, según datos proporcionados por la Iglesia Absoluta, cometemos más de un millón de pecados a lo largo de la vida? ¿Que el 70% de éstos tienen lugar entre los 25 y los 60 años? ¿Que basta con menos del 1% del total para condenar irremediablemente nuestras almas al fuego eterno? Los métodos salvíficos tradicionales han demostrado ser poco efectivos. Del total de personas que recurren a ellos, sólo el 5,2% logran salvarse por medio de la penitencia, el 3,1% con la abstinencia y apenas un 0,9% por la vía de la continencia.

En Trans-Ánima™ sabemos que la mayor preocupación de nuestros clientes es la salvación de sus almas como las de sus seres queridos. Por ello, tenemos el gusto de ofrecer “Edén Eterno” ™, el único servicio en el mercado que garantiza el acceso inmediato del alma al empíreo sin importar los valores cualitativos ni cuantitativos de los pecados y de las omisiones cometidos en vida.

Al contratar “Edén Eterno” ™ usted podrá diseñar el paraíso en el que descansará a perpetuidad. Por si ello fuera poco, el funcionamiento es sencillo. Basta conectar su cuerpo al Transmigratón™ para que sea saturado con Bellmoris, nuestra sustancia exclusiva que provoca una intensa y beatífica sensación de placer celestial al tiempo que suspende, poco a poco, las funciones cerebrales. Cuando el alma logra liberarse, es aprehendida en un campo energético que la transforma en impulsos eléctricos, los que son almacenados en nuestros potentes servidores para que usted empiece a disfrutar su vida eterna.

¡No corra riesgos y visítenos! Nuestros ejecutivos lo atenderán con gusto. Y recuerde que el lema de Trans-Ánima™ es: “A Dios honrando y la salvación comprando”.

Iñigo Fernández

Agosto

Antígona o la elección

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Killnoir

Killnoir

¿Qué dice el mediodía profundo? El odio se cierne sobre Tebas como un espantoso sol. Desde que murió la esfinge, la innoble ciudad no tiene secretos: todo acaece de día. La sombra baja a ras de las casas, al pie de los árboles, como el agua insípida al fondo de las cisternas: las habitaciones ya no son pozos de oscuridad, almacenes de frescor. Los transeúntes parecen sonámbulos de una interminable noche blanca. Yocasta se ha estrangulado para no ver el sol. La gente duerme de día, ama de día. Los durmientes acostados al aire libre parecen suicidas; los amantes son como perros que copulan al sol.

Los corazones están tan secos como los campos; el corazón del nuevo rey está tan seco como la roca. Tanta sequedad llama a la sangre. El odio infecta las almas; las radiografías del sol roen las conciencias sin reducir su cáncer.

Edipo se ha quedado ciego de tanto manipular esos rayos oscuros. Sólo Antígona soporta las fle­chas que dispara lámpara de arco de Apolo, como si el dolor le sirviera de gafas oscuras. Abandona aquella ciudad de arcilla cocida al fuego, donde los rostros endurecidos se hallan modelados con la tierra de las tumbas. Acompaña a Edipo fuera de la ciudad cuyas puertas, abiertas de par en par, parecen vomitarlo. Guía por los caminos del exilio al padre que es, al mismo tiempo, su trágico hermano mayor: bendice la venturosa culpa que lo arrojó sobre Yocasta, como si el incesto con la madre no hubiera sido para él sino una manera de engendrar una hermana. No descansará hasta verlo reposar en una noche más definitiva que la ceguera humana, acostado en el lecho de las Furias que se transforman inmediatamente en diosas protectoras, pues todo dolor al que uno se abandona acaba por convertirse en serenidad. Rechaza la limosna de Teseo, que le ofrece vestidos, ropa blanca y un sitio en el coche público, para volver a Tebas; regresa a pie a la ciudad, que convierte un crimen lo que sólo es un desastre, en exilio lo que no es sino una partida, en castigo lo que no es más que una fatalidad. Despeinada, sudorosa, objeto de irrisión para locos y de escándalo para los cuerdos, sigue a campo traviesa la pista de los ejércitos sembrada de botellas vacías, de zapatos usados, de enfermos abandonados que los pájaros de presa toman ya por cadáveres. Se dirige hacia Tebas, como San Pedro a Roma, para dejarse crucificar. Atraviesa los sietes círculos de los ejércitos que acampan en torno a Tebas, deslizándose invisible como una lámpara en el rojo Infierno. Entra en una puerta disimulada en las murallas, coronadas de cabezas cortadas, como en las ciudades chinas. Se desliza por las calles vacías a causa de la peste del odio, sacudidas en sus cimientos por el paso de los carros de asalto; trepa hasta las plataformas en donde mujeres y niñas gritan la alegría cada vez que un disparo respeta a uno de los suyos; su cara exangüe entre las largas trenzas negras ocupa un lugar en las almenas, en la fila de las cabezas cortadas. No elige a sus hermanos enemigos, ni tampoco la garganta abierta ni las manos repugnantes del hombre que se suicida: los gemelos son para ella un sobresalto de dolor, como antes lo fueron de gozo en el vientre de Yocasta. Espera la derrota para dedicarse al vencido, como si la desgracia fuera un juicio de Dios. Vuelve a bajar arrastrada por el peso de su corazón, hacia los bajos fondos del campo de batalla; anda sobre los muerto como Jesús sobre el mar. Entre aquellos hombres, nivelados por la descomposición que comienza, reconoce a Polinice por su desnudez expuesta como una siniestra ausencia de fraude, por la soledad que le rodea como una guardia de honor. Vuelve la espalda a la baja inocencia que consiste castigar. Aun estando vivo, el cadáver oficial de Eteocles, ya frío por sus actos, se halla momificado en la mentira de la gloria. Aún estando muerto, Polinice existe igual que el dolor. Ya no acabará ciego como Edipo, ni vencerá como Eteocles, ni reinará como Creonte; no puede inmovilizarse; solo puede pudrirse. Vencido, despojado, muerto, ha alcanzado el fondo de la miseria humana, nada se interpone entre ellos, ni siquiera una virtud, ni siquiera un minúsculo honor. Inocentes de las leyes, escandalosos ya en la cuna, envueltos en el crimen como en una misma membrana, tienen en común su espantosa virginidad que consiste en no ser ya de este mundo: sus dos soledades se encuentran exactamente igual que dos bocas en un beso. Ella se inclina sobre él como el cielo sobre la tierra, volviendo a formar así en su integridad el universo de Antígona: un oscuro instinto de posesión la inclina hacia ese culpable que nadie va a disputarle. Aquel muerto es la urna vacía donde echar, de una sola vez, todo el vino de un gran amor. Sus delgados brazos levantan trabajosamente el cuerpo que le disputan los buitres: lleva a su crucificado como quien lleva una cruz. Desde lo alto de las murallas, Creonte ve llegar a aquel muerto sostenido por su alma inmortal. Se abalanza unos pretorianos, que arrastran fuera del cementerio a esta gárgola de la Resurrección: sus manos acaso desgarren en el hombro de Antígona una túnica sin costuras, se apoderan del cadáver que empieza a disolverse, que se derrama como un recuerdo. Cuando se ve libre de su muerto, aquella muchacha que baja la frente parece soporta el peso de Dios. Creonte se enfurece al verla, como si sus harapos cubiertos de sangre fueran una bandera. La ciudad sin compasión ignora los crepúsculos: el día oscurece de golpe, como una bombilla fundida que deja de dar luz. Si el rey levantara la cabeza, los faroles de Tebas le ocultarían ahora las leyes inscritas en el cielo. Los hombres no tienen destino, puesto que el mundo no tiene astros. Sólo Antígona, víctima por derecho divino, ha recibido como patrimonio la obligación de perecer y ese privilegio puede explicar el odio que se le tiene. Avanza en la noche fusilada por los faros: sus cabellos de loca, sus harapos de mendiga, sus uñas de ladrona muestran hasta dónde puede llegar la caridad de una hermana. A pleno sol, ella era el agua pura sobre las manos sucias, las sombra en el hueco del casco, el pañuelo en la boca de los difuntos. Su devoción a los ojos muertos de Edipo resplandece sobre millones de ciegos; su pasión por el hermano putrefacto calienta fuera del tiempo a miríadas de muertos. Nadie puede matar a la luz; sólo pueden sofocarla. Corren un velo sobre la agonía de Antígona. Creonte la expulsa a las alcantarilla, a las catacumbas. Ella regresa al país de las fuentes, de los tesoros, de las semillas. Rechaza a Ismena, que no es más que una hermana en la carne; al apartar a Hemón evita la horrible posibilidad de parir vencedores. Parte de la búsqueda de su estrella situada en las antípodas de la razón humana, y no la puede alcanzar a no ser pasando por la tumba. Hemón, convertido a la desgracia, se precipita tras su pasos por los negro pasillos: este hijo de un hombre ciego es el tercer aspecto de su trágico amor. Llega a tiempo para ver cómo ella prepara el complicado sistema de chales y poleas que le permitirán evadirse hacia Dios. El mediodía profundo hablaba de furor; la medianoche profunda habla de deses­peración. El tiempo ya no existe en aquella Tebas sin astros; los durmientes tendidos en el negro absoluto ya no ven su conciencia. Creonte, acostado en el lecho de Edipo, descansa sobre la dura almohada de la razón de Estado. Algunos descontentos, dispersos por las calles, borrachos de justicia, tropiezan con la noche y se revuelcan al pie de los hitos. Bruscamente, en el silencio estúpido de la ciudad que duerme su crimen como una borrachera, se precisa un latido que proviene de debajo de la tierra, crece, se impone al insomnio de Creonte, se convierte en su pesadilla. Creonte se le­vanta, y palpando a ciegas encuentra la puerta de los subterráneos, cuya existencia sólo él conoce; descubre las huellas de su hijo mayor en el barro del subsuelo. Una vaga fosforescencia que emana de Antígona le permite reconocer a Hemón, col­gado del cuello de la inmensa suicida, impulsado por la oscilación de aquel péndulo que parece me­dia la amplitud de la muerte. Atados uno a otro como para pesar más, su lento vaivén los va hun­diendo cada vez más en la tumba y ese peso palpi­tante vuelve a poner en movimiento toda la maquinaria de los astros. El ruido revelador traspasa los adoquines, las losas de mármol, las paredes de barro endurecido, llena el aire reseco de una pulsación de arterias. Los adivinos se tienden en el suelo, pegan a él el oído, auscultan como médico el pecho de la tierra sumida en su letargo. El tiempo reanuda su curso al compás del reloj de Dios. El péndulo del mundo es el corazón de Antígona.

Marguerite Yourcenar

Julio

El juego de las decapitaciones

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Andres Serrano

Wang Lung era mago y odiaba al Emperador; amaba en doblegada distancia a la Emperatriz. Codiciaba una piedra de imanes siberianos, un zorro azul; acariciaba también la idea de sentarse en el Trono. Poder así, por su sangre recostada en la Costumbre, convertir sus baratijas, sus bastones y sus palomas hechizadas, en quebradizas varas de nardo y nidos de palomas salvajes, liberando sus ejercicios de los círculos concéntricos. Recorría las aldeas del norte disfrazado de agente del apio, trasponía El Amarillo, penetrando en los puertos. En las posadas mientras él dormía, Cenizas del molino frente al río, vigilaba, jorobadita y huérfana, los baúles. Ponía en sus baúles, en el piso superior, las maderas olorosas y la pólvora, madre de las flores voladoras. En el piso secreto guardaba los candelabros, las cintas de las patas de su paloma favorita y el Tao Te King. Vigilaba con doble ceño cuando llegaban a la corte, por el gran número de cortesanos arruinados y por sus hijos más jóvenes que tenían extrañas amistades entre los bandidos de las cordilleras.

Había llegado a la corte, y después del primer día de recuperarse, entró por la noche en la sala principal del palacio imperial. Lo esperaban el Emperador y los altos dignatarios; cuando entró sorprendió risitas ceremoniosas. La magia no lo había liberado de que los altos dignatarios a escondidas, lo vieran con inferioridad. Como buen mago era ceremonioso, era lento; no obstante, al penetrar en la sala, no pudo evitar una nieve en su memoria, vaciló. Lo que al principio había entrado por sus ojos como una cigüeña de seda, ahora, más saboreado, se mostraba en un dibujo de perlas que daba varias vueltas a una casaca, en el detalle puesto en una manga para hincharla, mejor que en una cadera para ceñirla. Desde los remotos fríos habían venido señores para contemplar la magia, desprendiéndose ese sólido cuchicheo que se evapora de los chinos cuando están reunidos. Un poco más alejados del cuadro espeso de los dignatarios se situaba la pareja imperial. El Emperador, inmutable, como si contemplase una ejecución. La Emperatriz, mutable, como si observara una mariposa posada en la gran espada, reposada en un ángulo del salón, de la época del Veedor del silencio.

Mago de feria, de asociaciones impetuosas, tuvo el error provinciano de mostrar primero sus innovaciones. Su arte consistía en un gran refinamiento de la técnica manual -pasaba una moneda por todos los dedos en el tiempo en que un ejecutante recorre todo el teclado-, unido a la música y a la pólvora. En la mañana, en el reparto que había hecho de su aprendizaje secular, hacía los ejercicios de acoplamiento del músculo y el instante, bien para ocultar una anilla o para soplar vida súbita a una paloma, a dos faisanes o a un largo desfile de gansos. Por la tarde, dirigía, escrutaba su orquesta de cinco profesores de cuerda y un pífano; vigilaba el pequeño abismo rosa de uno de los compases para situar una aventura en la interrupción. Y por la noche, oculto en su más oscura cámara, preparaba sus efectos con la pólvora colorante, para provocar la gran canasta de peras multicolores que se rompe en el cielo en lluvia de manecillas, guantes y estrellas.

A pesar de sus innovaciones, su colección de sentencias lo emparentaba con el estilo de la magia de la gran época. Acostumbraba decir que la magia consiste en pasarse una moneda por todos los músculos en el tiempo en que el espectador tiene que hacer un gesto para demostrarnos y demostrarse que no es una estatua, como un cambio en la posición del brazo, extender un poco más las piernas, o pestañear, mover el cuello. Mientras tal cosa sucede, añadía con crueldad maliciosa, el mago tiene que parecer que está soplando en un pífano invisible. Invisible él también. En una ocasión desesperada en que un mandarín arruinado le espetó esta dolorosa pregunta: ¿por qué no empleas el arte de la magia en darle vida a los muertos? Wang Lung, ceremonioso, contestó: porque puedo sacar de las entrañas de los muertos una paloma, dos faisanes, una larga hilera de gansos.

Después de sus innovaciones, sabía Wang Lung que aquella masiva solemnidad reunida en el palacio querría sus vulgaridades, y ya aprestaba su juego de cuchillas para decapitar a la doncella que se aburría mientras el público aclamaba. De las doncellas de la Emperatriz se aprestaba la más delgada de todas, cuando un gesto del Emperador demostró que quería dar otro curso al final del espectáculo del mago. Indicó con frío ceremonial que quería que esa suerte, para el mago la más plebeya de todas, se ejercitase en el cuello de la Emperatriz. Los espectadores temblaron, creyendo que algunas intrigas de la corte habían coincidido para que decidiese un final en que se mezclase lo espeluznante con la alegría secreta de los cortesanos. So Ling, menuda y agilísima, interpretó rectamente el signo y se dirigió hacia Wang Lung, que ya aprestaba los espejos y las cuchillas, los ángulos de sombra y las incidencias, igualando el cuello de una rata con el de la Emperatriz. La cuchilla caía y se alzaba, alzando en cada una de esas ausencias el cuello aislado, sin gotas de sangre y convertido en una entelequia. So Ling, menuda y agilísima, se levantó después que Wang Lung hubo mostrado su última vulgar destreza, y volvió a sentarse al lado del Emperador.

El Emperador reaccionó ante la más vulgar destreza que puede realizar un mago ante el ceremonial de la corte, encarcelando a Wang Lung. Con esa decisión intentaba demostrar la superioridad de la Autoridad sobre la Magia, y además preparaba una trampa visible: que So Ling visitase de incógnito al mago y preparase la fuga hacia los fríos del norte. En el fondo, el Emperador reaccionaba ante el espectáculo del mago con otro más vulgar, y no ante la corte, sino ante el pueblo. Encarcelando al mago, el pueblo creía que el Emperador se jugaba una carta desesperada, ya que luchaba con fuerzas que él no podía detener como el rayo negro. Después, al fugarse el mago con So Ling, el Emperador se mostraba ante el pueblo en una soledad nostálgica que lo neutralizaba para ser atacado. Y así So Ling, que comenzó sus visitas al prisionero llevándole panes y almendras, pudo posteriormente allegar un trineo y doce perros voladores para escapar hacia el norte, con tan escasa persecución que pronto pudo el trineo sonar sus campanillas.

La aldea a la que se iba acercando adquiría en la noche una calidad de amarillo con lengüetas súbitas de rojo ladrillo. Los grandes faroles de las casas más ricas, al moverse soplados por el viento de otoño, parecían pájaros que transportasen en su pico nidos de fuego. Cuando el viento arreciaba y el farol chocaba con la pared, volvían a parecer pájaros que al volar se golpeasen el pecho con la medalla de las ánimas del purgatorio. Al divisar las luces, los fuegos fragmentados, Wang Lung se sintió apuñalado por deseos disímiles, sucesivos, de diversos tamaños. Las luces lo tentaban de lejos y se mostraban en innumerables rostros, en aclamaciones de fuego trastocado. Las llamas levantadas en sitios estratégicos para ahuyentar a los zorros -y el pequeño centinela rojo ladrillo que se encargaba de avivarlas-, trepaban y se fugaban por su espalda y por sus brazos, produciéndole un desperezarse multiplicado por pinchazos incesantes. Hizo un gesto despacioso, detuvo el trineo y saltó para abandonarlo. So Ling semidormida sintió cómo él la cubría con las mantas y levantaba el puño para golpear con el latiguillo a los perros. Saltó también So Ling y se le prendió del cuello, clavándole el gesto como un alfiler largo para que no se le escapase. Pero él, resuelto, la empujó dentro del trineo, y ante sus insistencias, levantó la mano como para golpear aquella mejilla que tanto se brindaba. Un latigazo dado a los perros y se alejaban las campanillas, y Wang Lung, ceremonioso, entró en la aldea, después de sacudir su malhumor.

So Ling dejó que los perros sintiesen lo interminable de ese latigazo, y durante tres días, entrecortados por la lejanía del agua y su encuentro, y por el tiempo más lento en que los perros hundían su hocico en el agua para comer peces aún vivos, mezclándose el sonido de su masticación y el de la agonía de los peces. Dormía y se despertaba sobresaltada, para volverse a dormir, mientras el trineo sobre su propia única luz nocturna se nutría de una extensión infinita. Cuando los perros sacudieron sus campanillas, So Ling creyó ingenuamente que el cansancio les doblegaba las patas, sorbiéndole el frío los tuétanos.

Las manos que sujetaban los perros del trineo se fueron reduciendo a una sola mano de tamaño mayor, que acariciaba su cuerpo con la misma lentitud que el agua elabora un coral. Así en noches sucesivas, hasta que So Ling, que ya había abierto los ojos totalmente, conoció que había pasado de un palacio a una fuga, de una fuga a un campamento. Y que quien la acariciaba, iba creciendo de caricioso a bandido y cazador, espectáculo aumentado en las sucesivas caricias hasta convertirse en el pretendiente al Imperio. Le decían El Real, y por una heráldica de peldaños rotos y reconstruidos se consideraba que su sangre era más pura que la de Wen Chiu, y que él era el hijo del cielo, y Wen Chiu un perro salido del infierno. Hasta Wen Chiu habían llegado distintas noticias de El Real, considerándolo como un bandido que sólo atacaba a los campesinos ricos que abandonaban sus granjas para pedir en alguna puerta distante algunas semillas de melocotón. Los cortesanos disimulaban, por cautelosa prudencia, que las aspiraciones de El Real fueran hasta el mismo trono; sin embargo, como operaba por el norte del imperio, Wen Chiu lo ignoraba, dejándolo por las aldeas del norte, como si dejase a un monstruo pacer en un tapiz mientras los bucolistas soplaban en sus trompillas. Como era de esperarse, la mujer que rodea a un hombre enclavado entre el bandolerismo y las pretensiones reales, tenía que ser la amante que traiciona a sorbos de té; que va de un campamento a otro para vigilar el sueño que se concentra en la tienda de los combatientes. Y colocar en la cesta, que había entrado con unas botellas de vino, una cabeza separada del tronco con tan graciosa limpidez que las gotas de sangre parecen cera mezclada con cerezas.

Retomemos de nuevo al mago Wang Lung, perdido, despreocupado gustoso por las provincias del norte. Así como en la corte se le pedía siempre al finalizar, los números de fácil virtuosismo: el de la decapitación; en esas aldeas se abandonaba a sus más peligrosos juegos en espiral, abandonando las variaciones y las seguridades anteriores, brindadas por el estilo fugado. En lugar de extraer de sus mangas el ganso o el pelícano, se adelantaba hacia el proscenio, con la mano izquierda en la cintura, y mientras la misma manga se iba agrandando a lo largo de todo el brazo, hasta adquirir la dimensión propia de la manga de campana; iba muy lentamente convocando y variando la atención de los espectadores, alzando la mano derecha, y apuntando hacia el cielo, señalaba la bandada de gaviotas, permanecía en esa posición hasta que se apartaba del grupo una que portaba en el cuello una cinta, que venía en vuelo aceitado a introducirse en la manga. Mientras la gaviota venía a guarecerse en la gruta de su manga, Wang Lung parecía cumplir una orden de Diaghilev, contrastaba su seguridad alegre con la expectación tensa, un tanto mortificada. Wang Lung, que había mantenido su vocación de mago lo mismo en la corte que en la aldea, pensaba con tristeza, que si ese número hubiera sido reemplazado por el ganso que sale de la manga impulsado por un disparo cortante y grosero, la misma expectación del público se hubiese mantenido en igualdad de frecuencia. Ese pensamiento fugazmente lo turbaba, pero él prefería ese gesto de ballet, el índice alzado con artesana altivez, y la gaviota que se apartaba de la bandada y venía a domesticarse en su manga.

Así transcurría, hasta que un capitán que en su visita a la capital, había oído el relato del mago y su fuga, decidió asistir a sus juegos, interrogarlo después, y mandarlo a la corte para que decidiesen de su suerte. Cuando estuvo en presencia del Emperador, éste permaneció indiferente, ordenando que lo recluyeran en prisión militar, pero con el mismo gesto de absentismo con que firmaría la sentencia de muerte para el ladrón del caballo favorito de uno de sus favoritos.

En el subterráneo se veía obligado a abandonar su técnica anterior; tenía necesidad de verificar, de montar sus juegos ante la imposibilidad total de espectadores. ¿Era un deseo demoníaco, o la necesidad de diseñar las excepcionales agudezas de sus tensiones, o un simple juego angélico interesado en sacarle el sombrero a los hombres los días de frío, lo que lo guiaba en su vocación de mago? Sin responder, podemos ahora añadir que se veía obligado a prescindir de su pequeña orquesta y de su delicioso jardín zoológico, teniendo que sacar de las mismas paredes sus últimas destrezas. Colocaba al borde de la mesa el plato de madera, lo presionaba con el dedo anular con fuerza giratoria hasta tenerlo elevado en el centro de la celda. Si sobre el plato, martillaba instantáneamente una impulsión giratoria, sobre el tenedor el índice al golpear con velocidad inicial y uniformemente acelerada hacía que fuese a clavarse en el centro del plato. Cuando regresaba el carcelero, se limitaba con gesto frío y malhumorado, a despegarlo, pues ya el plato de regreso, en la mesa, Wang Lung por divertissement, provocaba que la vuelta del plato hacia la mesa fuese lentísima, incrustándosele el tenedor como un jinete que despedido de la montura por un ciclón se entierra de piernas en la tierra húmeda. El carcelero tenía la indecisa visión de haber visto, paseándose por el patio, a Wang Lung, con la puerta de su celda cerrada. Para aliviarlo de esta desazón que provoca la presencia de lo extrasensorial, Wang Lung le anunció la muerte de una hija en las provincias del arroz. Al verificarse, días más tarde, esa muerte, Wang Lung consiguió una de sus más incalculables destrezas: desdivinizarse y situarse en una posición de profecía extremadamente favorable para él. Desde entonces el carcelero le traía la misma agua transparente, goteada de limón que tomaba con los soldados de posta.

So Ling iba comprendiendo que ser la amante del pretendiente después de haber sido Emperatriz, era una posición de un lirismo neblinoso y grosero. Creyó que traicionar al pretendiente, después de su fuga banal, era volver de nuevo a la clásica línea de su estirpe. Al encontrarse de nuevo frente al Emperador, no se daba cuenta que estaba desinflada, seca y sin armas. Que se había apartado de la ortodoxia y de la herejía, y que giraba como un reloj inspeccionado por una gata persa. Al principio le decía a So Ling, que El Real era un bandido, que ella lo conocía a saciedad, que no temiese. Después, cambiaba; ahora El Real había consultado con los más pacientes escribas eruditos, y le habían informado, con citas especiales y bien pagas del Libro Sagrado, que en su sangre pesaban unas gotas de oro, con más multiplicación que en las del Emperador. Después, So Ling lloraba o adoptaba la posición de quien en su silencio contraído oculta un secreto. De nada le valió, con más displicencia aún que cuando El Mago fue remitido a prisión subterránea, So Ling fue encarcelada y obligada para escarnio a llevar al cuello un collar de cuentas de madera del tamaño de un ojo de buey disecado. A quien se le acercaba para verla parecía una campesina estúpida o una emperatriz enloquecida por el alcohol.

El Real hizo una encaramuza para tantear las defensas de la ciudad. Creía que cada una de esas embestidas, que le rendían un barrio, representaban un fragmento que ya era suyo, aunque después tenía que retroceder y contar sus pérdidas. Pero ese fragmento, suyo mientras se combatía, llevaba ya la señal de la posible suma total, que se derivaría cuando ya él hubiese atacado los restantes barrios. Había logrado llegar hasta donde empezaban los mercados, y al pasar por los alrededores pobres donde estaba la prisión, pudo casi inadvertidamente poner en libertad a Wang Lung. Contrastaba el gesto furioso de El Real, pintado aún con los atributos de guerrear, que al entrar en la prisión para dar las libertades, parecía por su furor que luchaba con los soldados para que no lo encarcelaran. Wang Lung mostraba, por el contrario, una candidez irónica. Los guerreros tuvieron tiempo para constatar un asombro: de la manga de Wang Lung se iba desprendiendo una rama hasta alcanzar tres metros, surgiéndole retoños rojos. Wang Lung tiró contra el cielo la rama y apretó la mano de El Real. Cargaban con certeza las tropas del Emperador y el pretendiente tuvo que retroceder, abandonar el barrio conquistado, llevándose a Wang Lung hacia las provincias del norte.

En el campamento de El Real se tenía por Wang Lung una veneración delicada. Se le consideraba de una sustancia especial y no se le exigía la constante demostración de su poderío. Cuando un campesino, por ejemplo, le mostraba un potro fuerte, clásicamente herrado, lo hacía con ingravidez, no temía que se fuese a romper la relación que existe entre el caballo, la herradura y la delicadeza con que pellizcaba los músculos del caballo para que nos mirase artificialmente a la cara con ese metal y esos clavos. Cuando Wang se alejaba, el caballo tenía sus cuatro patas sobre la tierra y el campesino también se alejaba. Así lograba con sus poderes convivir, y no verse obligado, al habitar una lejanía, a perder la diaria distribución de sus instintos. Se deslizaba así en una intercomunicación hialina, se sentía flotar en el polvillo de la luz, observando desde lejos el fuego de toda palpitación y evitando de cerca la rumia vegetativa del aliento. Gozaba así, por la transparencia con que revertían hacia él, de un inmenso campo óptico, semejante a esos cuadros primitivos, donde unas tentaciones con cara de escorpión luchan por enceguecer a un adolescente que no se quiere abismar, percibiéndose allá en el fondo de la tela, una felicísima cocinera que al mismo tiempo se aprovecha para ver desde la ventana un espectáculo que la hace reír nerviosamente, asomando de nuevo su cabeza, dispuesta a prolongar su curiosidad hasta un cansancio que desemboca en la infinitud.

El pretendiente rehizo su ejército y embistió de nuevo contra la ciudad. Como la preparación de la defensa había sido más lenta, el ataque fue súbito. Las vicisitudes del encuentro anterior se perdieron, y la estrategia empleada se había convertido en una especie de prueba de tubas de órgano. Se presionaba una pequeña tecla, que rezaba: órgano tempestuoso (tempête), y contestaba una ramazón sonora, o contestaba a la presión flauta, una vaciedad, y nos convencíamos que el órgano estaba desinflado. Así El Real atacó un fragmento, un barrio ya escogido, y todos los puntos de defensa estaban tan ferozmente obturados que la retirada fue casi inmediata. Pero en ese barrio había una prisión, y allí So Ling pudo, muy asustada, recobrar de nuevo su libertad. El pretendiente la examinó rápidamente, y ya empezaba a caminar So Ling con lentitud, cuando fue lanzada sobre el caballo, enlazada y sacada hacia el campamento del que ella había huido.

El Real preparó en marfil su crueldad. Quería que el mago y So Ling se vieran de improviso en el acto que él había preparado para comunicarle un disfraz brillante a su derrota. Después del descanso, de las palmadas, guitarras, juegos de armas y lazos, se hizo un silencio para la acción del mago. De una a otra tienda, situadas en los extremos del tinglado, salieron Wang Lung y la Emperatriz, se saludaron, rieron, se hicieron cortesías con frialdad redondeada. Encuentro que no revelaba una fuga, el odio por el abandono estepario, reminiscencia, deseo, trineo, frialdad o calor bajo las mantas. Cada uno retrocedió y fueron a sentarse en sus sillas, la de So Ling más cerca de El Real. La multitud se tragaba su silencio y lo devolvía en forma de mosca fría. El pretendiente golpeó en un gong. Los caballos fueron sacados más allá del río que formaba el límite del campamento, para no oír el descarado ruido de sus cascos.

El Real hizo una señal de nerviosa ordenanza. Quería que el festival comenzase por el acto de la decapitación. Wang asintió, y So Ling, con gentileza, se dirigió a la mesa y se ofreció a la cuchilla. Con una gravísima limpidez se vio a su cabeza cobrar una momentánea independencia, pero después ya saludaba, y se dirigía de nuevo a ocupar su silla más cerca de El Real. Algunos distraídos que presumían de estar en el secreto, esperaban que el pretendiente hubiese dado órdenes secretas a Wang o que éste fingiese un desmayo para que la cuchilla siguiese hasta el final. Pero el mago prefirió su acto puro, su diestro artificio, interrumpiendo, aislando momentáneamente, pero sin poner un dedo siquiera en la gran obra de continuidad secreta y ajena. La cortesía encerraba sus ejercicios, y la cortesía no era para él otra cosa que la igualdad que se deriva del timor Dei.

En la corte el aplauso era un terciopelo mortal. Era siempre un final. Potenciaba tan sólo el silencio posterior. En el campamento de El Real, los aplausos, ya rítmicos, eran la introducción al frenesí. Después de haber empezado por ese número tan fastidioso para el mago, pudo aunar las destrezas que había adquirido durante su estancia en la prisión, con su clásica habilidad para hacer pasar sus dedos entre la pólvora y su orquesta invisible. Llegó a marear, se embriagó a sí mismo, y el campamento acuchillado por las hogueras vigilantes, parecía la gran piel que revienta, el cuero mayor que contiene a una inundación. Sin embargo, los situados en las últimas filas, los vacilantes, oyeron un temblor como de jinetes que se acercaban. Se limitaron a mover sus cabezas y a ser los primeros en retirarse a dormir.

Sería entrada la noche, cuando Wang Lung salió de su tienda. Un silencio frío, acompañado por las asperezas del grillo untado de rocío, se hacía más pesado a medida que adelantaba su curiosidad. Vio a So Ling que también salía de su tienda haciéndole señas, indicándole que terminaría con su curiosidad. ¿Qué pasaba? Con numerosísimo ejército el Emperador había salido a darle caza a El Real. Al avisar muy oportunamente los centinelas de la numerosidad de las huestes que se acercaban, el pretendiente levantó el campamento. Aprovechándose del aislamiento silencioso que quedó como residuo de la gran noche del mago, y que pesaba muy especialmente sobre la pareja, huyó tendido hacia el norte. Pensó que al dejar abandonados a So Ling y al mago, el furor del Emperador se calmaría. Otro error suyo. Al ver los restos del campamento abandonado, el Emperador temió alguna encerrona, y siguió la persecución con más furia. Lo persiguió hasta llevarlo de nuevo a la tierra donde viven los bandidos del norte. Desistió, pensaba que sería más conveniente tener en sus dominios un bandido más que un pretendiente ajusticiado. Inició el regreso cuando la humedad, los arneses y el búho mojado estaban dentro de un círculo.

Ya está Wang Lung en la tienda de So Ling, se extiende sobre las pieles. Wang la acaricia con precipitación incorrecta, sus gestos se van refinando mientras convergen hacia la garganta. So Ling reía con el mismo gozo con que veía avanzar la cuchilla, como quien se oculta de una oscuridad súbita que le rebana de los espectadores. Una curiosidad desatada gobernaba los dedos del mago que iban apretando incesantemente, mientras So Ling continuaba riendo, creyendo que era el juego anterior de los espejos, cuando ella aparecía para el reverso, como escindida por la cuchilla, teniendo tan sólo que retener un poco la respiración.

Después Wang Lung manteniendo la misma curiosidad que ya comenzaba a congelarlo, fue deteniendo los golpes rítmicos de su respiración hasta indiferenciarse totalmente, y así decidido invisible entró en el clarísimo laberinto. Los cadáveres del mago y de So Ling, lucían como si el hálito no se hubiese escapado, sino como si entre esas muertes fluyesen los siglos de un estilo diverso. Asomaba, en uno, la espiral incesante de su curiosidad; en el otro, la sonrisa de una total acomodación, de una confianza clásica. Al congelarse hicieron visibles sus estilos.

Las tropas del Emperador que regresaban, quedaban de frente al reverso del tinglado. Ordenó descanso, mientras él se aventuraba por la región donde no había espectadores. Penetró en la tienda, y al contemplar los cadáveres, entró de súbito en un especial tipo de locura cantable. Alzados los brazos, pasaba con rostro invariable de las canciones infantiles a los cantos guerreros. Salió de la tienda, y manteniendo el mismo canto ligero y grave, se dirigió al pozo, que es siempre la peligrosa encrucijada de todo campamento, y se precipitó. Penetraba en la oscuridad progresiva con un tono de voz hecho por las divinidades enemigas para aislar el pensamiento de la voz, y ésta a su vez de toda extensión oscura.

El Real regresaba, perseguía al ejército fiel y aumentaba sus contingentes. Perdía los pasos del ejército que él buscaba, y eso le hacía pensar que estaban dispuestos para recibirlo, y no con recepción de la corte. Cuando su ejército y el del Emperador se encontraron, pudo percibir que algo de rica expectación transcurría. Al encontrarse, el ejército del Emperador permanecía inmóvil; el de El Real, se adelantó, y con el mismo silencio se unieron los dos bandos. La petrificación del ejército del Emperador, se debía a que éste no regresaba, permaneciendo las tropas en parada descanso; así el otro ejército pudo sumársele, añadiéndole nuevas divisiones, colores, y armas. El Real, se adelantó más allá del tinglado, llegó hasta la tienda y percibió indiferente los dos cadáveres y sus incomprensibles gestos. Se adelantó más aún y llegó hasta el río que servía de límite natural al campamento. Notó que el pico de un flamenco progresaba en las entrañas de un cuerpo envuelto en unas sedas mordidas por unas insignias que tenían que ser calificadas de únicas. Mantenía las manos alzadas y la boca entreabierta se había congelado en el diseño del canto. Al sumergirse en el pozo había sido arrastrado por aguas subterráneas hasta el río que iniciaba su destrucción lenta con pájaros e insectos. Arrastró con limpia elegancia el cadáver del Emperador y lo mostró ante las tropas. Puso en el mismo trineo al mago, a So Ling y al Emperador, y ordenó marcha forzada sobre la ciudad mayor del Imperio.

La ciudad se apretaba en una concentración máxima a la vista de El Real. Los vigías contemplaron la unión de los dos ejércitos y los cuerpos que regresaban en trineo. A la vista de las murallas, el pretendiente hizo levantar un tablado inclinado, donde colocó los tres cadáveres sobre ramas y hojas, quedando como un relieve sobre fondo vegetativo. Algunos curiosos que se aventuraban más allá de las murallas podían alcanzar así ciertas precisiones que trasladaban después a los contemplativos de intramuros. Veían figuras que se desplegaban en espirales uniformemente aceleradas. El Emperador, con el agujero dejado por el pico del flamenco debajo de la tetilla izquierda, continuaba con sus brazos alzados, seguía impulsando sus romanzas. Los de intramuros pensaban que ese canto se debía a que El Real había decapitado a So Ling, cobrándole su traición; que el Emperador daba gracias por la huida de sus enemigos, cuando un horóscopo incomprensible se desató y el pico del flamenco rasgó sus entrañas. El mago quedaba como el curioso ante el retorno, la huida, el cuello de So Ling; curiosidad pasiva que cuando alcanzaba su perfección tenebrosa, podía contener la respiración y contestar a las preguntas que nos envían unos arqueros flagelados.

Después que exhibió los cadáveres durante tres días en el tablado inclinado, cogió una vara gigante rociada con resina olorosa, y le otorgó fuego a las ramas del lecho de los muertos. Cuando el fuego se extinguió, los curiosos que paseaban fuera de las murallas retrocedieron con una confusión delirante. Quedaban marcados con una complejidad que les prohibía hablar o pasear con tanta lujosa calma como hasta que habían contemplado esa destrucción de la plástica de la muerte.

El Real se acostó en el trono cincuenta años. Ningún fuego prendido con una vara resinosa señalaba un comienzo o una despedida. Los curiosos que habían visto los cadáveres sobre el tablado, cuando volvían a la ciudad, quedaban imposibilitados para llevar sus paseos más allá de las curiosidades visibles. Buscaban después soluciones domésticas, favorecían el despacioso crecimiento de sus árboles. Los que no se habían atrevido a ir más allá de las murallas les quedaba ese interior remolino secreto, dispuestos a aceptar el primer humo llegado como un presagio, como los chirridos insistentes del pájaro que transporta una voz.

Cuando los nuevos magos visitaban la corte, se brindaba el mismo Emperador a que el acto de la decapitación fuese elaborado en su propia cabeza. Cuando regresaba a sentarse en el trono, los cortesanos fingían un asombro helado y bien pronto recobraban su inmovilidad. Se había hecho demasiado visible el artificio del instante en que su cabeza liberada inciaba una oscura conquista, que los cortesanos no hacían coincidente, ni por el ceremonial, con el descenso horrorizado de los párpados. Los ojos de los cortesanos seguían la cabeza separada, como si, por el contrario, fijaran con exceso, molieran un insecto en una pieza de cerámica.

Consultado por los cortesanos El Claustro Imperial de Lojanes acerca de cómo remediar la espantosa sequía de espectáculos que seguían a la muerte de El Real, dictaminó que era necesario hacer las exequias en la puerta mayor, donde coincidían los pasos de los que se atrevían a ir más allá de las murallas, con los más prudentes que sólo vigilaban la verticalidad de las mismas murallas. Durante tres días su cadáver se mostró envuelto en los cueros y metales de su realeza; se mostró acompañado de rocío, de sol, y al tercer día, al llegar las lluvias, se quedó en una soledad marmórea, pues los curiosos huían… El martín pescador se obstinaba en pasar su cuerpo a través de un anillo de plata martillada. El halcón, noble dueño de su precipitarse, abría lo circular, hasta trocarlo en curso y recurso, convirtiéndolo en el espíritu estepario. El otro halcón, breve, tornasolado, raspaba con furia en un dedo de rotación incesante.

Josè Lezama Lima

Abril

El mundo de los espejos

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Camile Claudel

En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos reinos, el especular y el humano vivían en paz; se entraba y se salía por los espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Éste rechazó a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico. El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea miuy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningun otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas.

Jorge Luis Borges


Marzo

Sueño del doctor Sigmund Freud, intérprete de los sueños ajenos.

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La noche del veintidós de septiembre de 1939, el día antes de morir, el doctor Sigmund Freud, intérprete de los sueños ajenos, tuvo un sueño.

Soñó que se había convertido en Dora y que estaba cruzando una Viena bombardeada. La ciudad estaba destruida, y de las ruinas de los edificios se alzaba una nube de polvo y de humo.

¿Cómo es posible que esta ciudad haya sido destruida?, se preguntaba el doctor Freud, e intentaba sujetarse los senos, que eran postizos. Pero en aquel momento se cruzó, en la Rathausstrasse, con Frau Marta, que avanzaba con el Neue Frei Presse abierto ante sí.

Oh, querida Dora, dijo Frau Marta, acabo de leer precisamente ahora que el doctor Freud ha vuelto a Viena desde París y vive justo aquí, en el número siete de la Rathausstrasse, quizá le sentaría bien que lo visitara. Y mientras lo decía, apartó con el pie el cadáver de un soldado.

El doctor Freud sintió una gran vergüenza y se bajó el velo del sombrero. No sé por qué, dijo tímidamente.

Porque tiene usted muchos problemas, querida Dora, dijo Frau Marta, tiene usted muchos problemas, como todos nosotros, necesita confiarse a alguien, y, créame, nadie mejor que el doctor Freud para las confidencias, él lo comprende todo acerca de las mujeres, a veces parece incluso una mujer, de tanto como se ensimisma en su papel.

El doctor Freud se despidió con amabilidad pero con rapidez y retomó su camino. Un poco más adelante se cruzó con el mozo del carnicero, que la miró con insistencia y le soltó un piropo grosero. El doctor Freud se detuvo, porque hubiera querido darle un puñetazo, pero el mozo del carnicero le miró las piernas y le dijo: Dora, a ti te hace falta un hombre de verdad, para que dejes de estar enamorada de tus fantasías.

El doctor Freud se detuvo irritado. Y tú ¿cómo lo sabes?, le preguntó.

Lo sabe toda Viena, dijo el mozo del carnicero, tú tienes demasiadas fantasías sexuales, lo ha descubierto el doctor Freud.

El doctor Freud levantó los puños. Eso ya era demasiado. Que él, el doctor Freud, tenía fantasías sexuales. Eran los demás quienes tenían esas fantasías, los que acudían a hacerle sus confidencias. Él era un hombre íntegro, y aquel tipo de fantasías era un problema de niños o de perturbados.

Venga, no seas tonta, dijo el mozo del carnicero, y le pellizcó suavemente la mejilla.

El doctor Freud se pavoneó. Después de todo, no le disgustaba ser tratado con familiaridad por un viril mozo de carnicero, y después de todo él era Dora, que tenía problemas nefandos.

Continuó avanzando por la Rathausstrasse y llegó ante su casa. Su casa, su bella casa, ya no existía, había sido destruida por un obús. Pero en el pequeño jardín, que había quedado intacto, estaba su diván. Y en el diván se hallaba tumbado un palurdo con zuecos y la camisa por fuera, que estaba roncando.

El doctor Freud se le acercó y lo despertó. ¿Qué hace usted aquí?, le preguntó.

El palurdo lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos. Busco al doctor Freud.

El doctor Freud soy yo, dijo el doctor Freud.

No me haga reír, señora, respondió el palurdo.

Muy bien, dijo el doctor Freud, le confesaré una cosa, hoy he decidido asumir la apariencia de una de mis pacientes, por eso voy vestido así, soy Dora.

Dora, dijo el palurdo, pero si yo te amo. Y diciendo esto la abrazó. El doctor Freud sintió una gran turbación y se dejó caer sobre el diván. Y en aquel momento se despertó. Era su última noche, pero él no lo sabía.

Antonio Tabucchi

 

Marzo

La costa

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Roy Lichtenstein

Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las ventanas, y luces detrás de los cristales.

Esos fueron los primeros hombres.

Nadie ignoraba quiénes serían las primeras mujeres.

Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con otros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica y Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra.

Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.

Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y parecían encaminarse hacia Dios…

Ray Bradbury

Marzo

Disolución

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Helmut Newton

Un hombre escribe una historia. Se esfuerza tanto en escribirla, que muchas veces se ha quedado dormido sobre los papeles. Pronto comienza a encontrar en la historia pasajes que no recuerda haber escrito; éstos, sin embargo, responden al plan de la obra. Se dice entonces que no recuerda haberlos escrito porque lo hizo más allá del umbral de la fatiga. En esos pasajes, algunos de sus personajes defienden, y otros refutan, la existencia de un Creador Supremo. El hombre vuelve a quedarse dormido sobre los papeles en una madrugada nebulosa, pero esta vez lo hace con el corazón tranquilo. Al despertar, descubre con alegría que su historia ya está concluida. Los personajes que no creen persiguen ahora a los que sí creen. Los van exterminando. Cuando el hombre lee que el último creyente ha sido asesinado, cae muerto.

Andrew Bernal Trillos.

 

Marzo

Río arriba

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Jerry Uelsmann

Todos los ríos llevan al misterio. Del Aar al Zwetll. Del Orinoco al Deseado, pasando por el Oyapoque y por el Chuy. Del Negro al Blanco. Del Madera al Plata. Del Grande al Chico, el de las Antas, el de las Viejas, el de los Monos, el de las Muertes. El río de la vida, señoras y señores. Agárrense hasta que pasemos las pororocas. Aquí el Amazonas recibe las aguas del su mayor afluente, el Atlántico. Aquí el Nilo cambia de nombre y pasa a ser Mediterráneo. Por esta boca el Mississipi expelió Cuba, Puerto Rico y todas las islas de las Caraibas. Aquí termina el Tajo y empieza el mundo, una obra de Camões. Aquí empieza nuestro tour.

Río arriba. Observen como, desde donde estamos, vemos pasar las orillas de ambos lados… Una equivocación, somos nosotros los que pasamos. Protejan la cabeza del sol y mediten sobre la finitud humana. Se servirá un refrigerio antes de que pasemos por la fábrica de celulosa, porque después nadie podrá comer. A la izquierda, una usina nuclear. Miren los peces fosforescentes. Miren a los nadadores fosforescentes. No pongan las manos en el agua si no la quieren perder. A la derecha, flotando, algunos mendigos. Prisioneros de manos atadas. Varios fetos. Zapatos. Orinales. Llantas. Señales de civilización.

Una nota personal, señoras y señores. Aquella casa en la orilla derecha es mía. Tenía una palmera al lado que, pobrecita, de nostalgia, se murió. Y el videoshop al otro lado, claro, es nuevo. Aquella es mi familia, y aquél niño con agua hasta la cintura, saludándonos, soy yo. Pero esto también ya pasó.¡Río arriba!

El niño abandonado en aquél barco es Huckleberry Finn. Saluden, saluden. Aquella figura que acaba de lanzarse al río desde un árbol es Tarzán. Miren como se le acerca un cocodrilo. Los dos se atracan. No se preocupen, Tarzán vencerá. Al margen derecho, un lobo y un cordero conversando. Desde el margen izquierdo Guimarães Rosa contempla la tercera orilla. El bebé flotando dentro de la canasta es Moisés.

¡Estamos en el Rubicón! Qué suciedad, ¿no es cierto? Ustedes notarán que muchos ríos históricos no merecen el nombre que tienen. El Danubio, lo veremos más adelante, no es azul. El Rojo es marron. El Amarillo es gris. El Mekong es rojo de tanta sangre. Río arriba. Estamos en el Tames. Ahora en el Avon. Aquél allí en la orilla, pensativo, es Shakespeare. Miren, en el medio del río, rodeada de flores, manteniéndose a flote por las vestes infladas, la dulce Ofelia. Saluden, saluden. ¿No dije que este tour tenía de todo? Ahora preparen sus cámaras. Ahí viene, en su barca imperial, Cleopatra bajando el Nilo. Río arriba. Estamos en el Reno, en el Poh, en el Yang-tsé, en el San Francisco, en el Tigre, en el Eufrates, en el Volga, en el Jordán. Aquella escena ustedes seguramente querrán fotografiar: Juan Bautista bautizándole a Jesús. Estamos en el Ganges, donde los vivos vierten sus muertos y luego se lavan. El río es siempre el mismo y nunca es el mismo. El agua que purifica es la misma que recibe el desecho ácido. El agua que mata la sed es la misma que ahoga, la que pasa y no pasa.

Río es Portela. A la derecha, Paulinho da Viola. Aquella cabecita de nadador allí es la de Mao.

Ramas, troncos, casas, ganado, canoas volcadas, cuatro con timón y sin timón — ¡y una fábrica entera remolcada del Japón!

Las aguas empiezan a ponerse lodosas. Los grandes árboles se tocan sobre el río. Estamos en el Congo, rumbo al corazón de las tinieblas. De la fuente obscura de todo. Mistah Kurtz, he dead. El olor ácido de limo y fósiles. El horror, el horror. El mar está lejos, llegamos a nuestra vertiente. Y el origen de todo no es el misterio, es un hueco en el suelo. Hay otros ríos por debajo de estos y es allá adonde nos vamos un día. Río abajo. La propina es voluntaria, gracias.

Luis Fernando Veríssimo

Marzo

69

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Sebastiàn Faena

Despiértese, que es tarde, me grita desde la puerta un hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta le hace, le contesto yo. Pero el muy obstinado me sigue soñando.

Ana Maria Shua

Febrero

Muerte de un estilista

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Joan Miró

¡Socorro! —gritó.

¡Auxilio! —volvió a gritar.

¡Ayuda!

Y los que iban a rescatarlo dejaron de correr: no sería tan grave lo suyo, si aún le quedaban ganas de buscar sinónimos.

Miguel Ibáñez de la Cuesta

Febrero

Noche compartida en el recuerdo de una huída

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Federico Bebber


Golpes en la tumba. Al filo de las palabras golpes en la tumba. Quién vive, dije. Yo dije quién vive. Y hasta cuándo esta intromisión de lo externo de lo interno, o de lo menos interno de lo interno, que se va tejiendo como un manto de arpillera sobre mi pobreza indecible. No fue el sueño, no fue la vigilia, no fue el crimen, no fue el nacimiento: solamente el golpear como con un pesado cuchillo sobre la tumba de mi amigo. Y lo absurdo de mi costado derecho, lo absurdo de un sauce inclinado hacia la derecha sobre un río, mi brazo derecho, mi hombro derecho, mi oreja derecha, mi pierna derecha, mi posesión derecha, mi desposesión. Desviarme hacia mi muchacha izquierda -manchas azules en mi palma izquierda, misteriosas manchas azules-, mi zona de silencio virgen, mi lugar de reposo en donde me estoy esperando. No, aún es demasiado desconocida, aún no sé reconocer estos sonidos nuevos que están iniciando un canto de queja diferente del mío que es un canto de quemada, que es un canto de niña perdida en una silenciosa ciudad en ruinas.

¿Y cuántos centenares de años hace que estoy muerta y te amo? Escucho mis voces, los coros de los muertos. Atrapada entre las rocas; empotrada en la hendidura de una roca. No soy yo la hablante: es el viento que me hace aletear para que yo crea que estos cánticos del azar que se formulan por obra del movimiento son palabras venidas de mí.

Y esto fue cuando empecé a morirme, cuando golpearon en los cimientos y me recordé.

Suenan las trompetas de la muerte. El cortejo de muñecas de corazones de espejo con mis ojos azul-verdes reflejados en cada uno de los corazones. Imitas viejos gestos heredados. Las damas de antaño cantaban entre muros leprosos, escuchaban las trompetas de la muerte, miraban desfilar -ellas, las imaginadas- un cortejo imaginario de muñecas con corazones de espejo y en cada corazón mis ojos de pájara de papel dorado embestida por el viento. La imaginada pajarita cree cantar; en verdad sólo murmura como un sauce inclinado sobre el río.

Muñequita de papel, yo la recorté en papel celeste, verde, rojo, y se quedó en el suelo, en el máximo de la carencia de relieves y de dimensiones. En medio del camino te incrustaron, figurita errante, estás en el medio del camino y nadie te distingue pues no te diferencias del suelo aun si a veces gritas, pero hay tantas cosas que gritan en un camino ¿por qué irían a ver qué significa esa mancha verde, celeste, roja?

Si fuertemente, a sangre y fuego, se graban mis imágenes, sin sonidos, sin colores, ni siquiera lo blanco. Si se intensifica el rastro de los animales nocturnos en las inscripciones de mis huesos. Si me afinco en el lugar del recuerdo como una criatura se atiene a la saliente de una montaña y al más pequeño movimiento hecho de olvido cae -hablo de lo irremediable, pido lo irremediable-, el cuerpo desatado y los huesos desparramados en el silencio de la nieve traidora. Proyectada hacia el regreso, cúbreme con una mortaja lila. Y luego cántame una canción de una ternura sin precedentes, una canción que no diga de la vida ni de la muerte sino de gestos levísimos como el más imperceptible ademán de aquiescencia, una canción que sea menos que una canción, una canción como un dibujo que representa una pequeña casa debajo de un sol al que le faltan algunos rayos; allí ha de poder vivir la muñequita de papel verde, celeste y rojo; allí se ha de poder erguir y tal vez andar en su casita dibujada sobre una página en blanco.

Alejandra Pizarnik

Febrero

El museo

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The National Museum of health and medicine

The National Museum of health and medicine

En nuestro museo – al que visitamos los domingos -,

abrieron una nueva sala.

Nuestros niños abortados, pálidos, serios embriones,

están ahí sentados en pulidos jarrones de vidrio

donde se preocupan por el futuro de sus padres.

x

Gunter Grass


Febrero

Silencia

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Ludwig Hoffenreich

Qué pasó con usted. Por qué tan silencia. Tan sin ninguna palabra. Como si la iguana le hubiera comido la voz. Como si le hubieran puesto algodones en el esófago. Como si mis manos le estuvieran apretando el cuello. Como si le pusieran sobre la cara una almohada. Como si la fuéramos a enterrar mañana.

Guillermo Samperio

Enero

La noche boca arriba

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Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones. Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe. Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio. La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento. Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás. Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían. Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante. -Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse. Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose. Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, pensó. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores. Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien. Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco. Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno. Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida. Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

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Julio Cortazar

Enero

Tormentas

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María Latnik

Los pesados nubarrones formando torbellinos alrededor del cielo. El grito de los truenos convocaba entre sus propios ecos al aquelarre de los rayos que desgarraban el cielo, deslizaban sus cuerpos sobre las nubes, enredaban sus colas, sacaban las lenguas esparciendo veneno.

Otra vez se despertó con las manos sobre el vientre. Sintió la ausencia y la añeja incertidumbre salió con el primer suspiro. Los brazos del cielo la atrajeron hasta la ventana. Pegó la mejilla en el cristal, miró hacia afuera. Percibió la humedad mezclada con gotas de lluvia, pesadas y oblicuas como los rayos sobre el cielo; parecían serpientes luminosas, ávidas de nuevas víctimas.

El veneno la cegó por algunos instantes. Retrocedió cubriéndose los ojos con la palma de la mano. Esos segundos de negro silencio la remitieron a una sola imagen; un pequeño gato acurrucado al lado del tubo del desagüe, mojado hasta los huesos.

Abrió la ventana de par en par y sin importarle la lluvia se asomó para cerciorarse de que su visión había sido real. Continuaba ahí, agazapado, temblando de frío.

No pudo hacer más que salir a su encuentro. Los latigazos del granizo golpearon su rostro. Corrió mientras las lágrimas se fundían con la lluvia, hasta llegar al desagüe. Seguía ahí, ojos cerrados, callado, como si la vida se le hubiera ido con el bramido de los truenos. Lo tomó entre sus manos, cabía perfectamente sobre las dos palmas. Lo estrechó contra sus pechos y corrió de regreso.

La tormenta retrocedía su embestida, el gatito hecho ovillo ronroneaba sobre su vientre. La añeja ausencia había desaparecido y el sueño arrulló a los dos. Nadie sabe qué soñaba el gato aquella noche, pero ella se encontró en el desagüe, acuclillada sobre el suelo. El cachorro estaba muerto y las serpientes luminosas mordían su corazón. No había más que hacer, sólo aullar con la voz de los perros callejeros que lamían sus ojos, suplicando piedad. Colas empapadas, metidas entre las patas, el temblor de sus cuerpos, y el prolongado aullido que salía de su propia garganta.

Cadenas de gatos solitarios descendían de las chimeneas, entre la orgía de los rayos. Maullidos desolados, sus ojos clavados en los de ella, una súplica, un quejido. A lo lejos, su madre en vestido de novia dentro de un ataúd, su padre a los pies de éste, con el rostro sin ojos. Alrededor, animales callejeros y sus lamentos; únicos compañeros de esa agonía. Ella en medio, cegada por los rayos, encadenada por la lluvia.

La despertó un leve ruido, miró su vientre. No había nada ahí, aunque las huellas del calor y las vibraciones del ronroneo le anunciaron que no todo había sido un sueño.

Corrió hacia la ventana, la abrió de par en par y vio la sombra del cachorro sobre la cornisa. Se había ido después de la tormenta, a buscar sus propios caminos.

La noche siguiente las pesadas gotas de lluvia bailaron sobre la ventana. Se levantó adormilada, tocó el vidrio y sintió la humedad que ahora la traspasaba, envolvía su mano. Extrañada, observó durante un largo rato cómo el agua absorbía todo su cuerpo, y de pronto se encontró dentro de una enorme gota; paredes frías, impenetrables.

La lluvia la llevó afuera, hacia arriba. Bajo sus pies yacía la ciudad y miles de gotas encarcelaban a la gente.

Ascendió aún más, se acercó a la luna y vio a una gigante con las manos cruzadas sobre su vientre. Era la Tierra, y de su rostro caían enormes lágrimas que descendían hasta el suelo, aprisionaban en su interior las casas, los árboles, la vida.

Intentó liberarse de su cárcel, mientras las serpientes luminosas la llevaban de regreso. El viento azotó su cúpula de agua hasta estrellarla contra la copa de un árbol. Cayó sobre un arbusto, se llenó de espinas. Una corona de púas cubrió su frente, mientras de los alrededores surgían las sombras de gatos y perros. Sus quejidos le taparon los oídos.

No había más que hacer, sólo morir entre aquel dolor alimentado por la tormenta. Se acurrucó en el primer desagüe que encontró y permitió que las aguas negras inundaran sus pulmones.

Los tímidos rayos del sol acariciaron sus párpados. Despertó exaltada, con las manos sobre su vientre. El llanto ahogaba su garganta. Todo había sido otro sueño.

Buscó ansiosa al gato, pero él no había regresado. Sólo estaba el cielo extendido arriba, fecundado por el azul. El sol levantaba su corona sobre los tejados, le coqueteaba a su propio reflejo en los charcos.

Olía a tierra mojada, a renacer.

Se cubrió con una bata y bajó hasta la calle. Perros callejeros tomaban agua cerca del tubo del desagüe. Un pequeño gato lamía sus patas, haciendo su aseo matutino. Otro, mucho más grande, dormía plácidamente sobre la vieja barda del parque. Avanzó hasta ahí, se adentró en los olores de la hierba. Entre los arbustos llenos de espinas encontró un cadáver. Era una de las víctimas de la tormenta. Cerró los ojos y con un suspiro despidió al cuerpo; no podía hacer más.

Caminó sin rumbo hasta llegar a una banca. Se sentó, miró de frente al sol. Sus rayos la cegaron por un momento provocando una ligera sonrisa sobre sus labios. Sabía que pronto vendría la tormenta. Estaba preparada.

Agnieszka Kawecka



Enero

Suicidio

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alexander_bergstrom

Alexander Bergstrom

xDespués de todo, nada.

Me mandó al demonio; voy.

Max Aub

Diciembre

Un paso más allá

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Durante meses estuvo calculando los pasos justos que había hasta el patíbulo. Cada vez que le dejaban salir a pasear -una vez al día, escoltado y esposado- se dirigía hasta el centro exacto del patio, contaba los pasos que había desde su celda hasta el lugar en donde se iba a erigir el escenario de su muerte, contenía la respiración, y como un buzo que se interna cada día un poco más, aguantaba sin respirar un paso más cada día: no quería darles a sus enemigos el espectáculo de sus jadeos, su angustia, su miedo.

El día anterior al fijado para la ejecución consiguió andar hasta el centro del patio sin respirar. Lo había logrado justo a tiempo.

Aquella noche oyó desde su celda los martillazos y aserraduras: la música de su muerte.

Por la mañana lo sacaron de la celda, dos guardias lo agarraron por los brazos, se echó a a andar: un paso, otro paso, otro paso…, la cuenta se iba cumpliendo y él aguantaría hasta el final sin respirar, impasible como una estatua, sin bajar ni siquiera los ojos, sin dirigir la vista hacia el suplicio que aquellos miserables le habían destinado y que él había aprendido a ignorar.

Cuando llegó a lo que debería ser el primer escalón, cuando ya tenía la pierna derecha levantada, pues también con eso había contado, para subir al cadalso con serenidad y sangre fría, comprobó con una decepcionante sorpresa que allí no había ningún escalón: el tablado se elevaba más allá de donde debería estar, más allá de donde ellos mismos le habían dicho que iba a estar.

Entonces oyó la voz del director de la prisión, a sus espaldas, estudiadamente melosa y cruel, y sin verlo pudo adivinar que sonreía mientras le susurraba:

-¿Qué habías creído? La muerte siempre está un paso más allá.

Miguel Ibáñez

Noviembre

Cementerio personal

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Walker Evans Walker Evans

Le tengo horror a los hospitales, los fríos corredores, las salas de espera, antesalas de la muerte, y más aún, a los cementerios donde las flores pierden su vigor; no hay flor bonita en el camposanto. No obstante, poseo un cementerio personal. Yo lo construí e inauguré hace algunos años, cuando la vida maduró mis sentimientos; en él entierro a aquellos que maté, o sea, a aquellos que dejaron de existir para mí, aquellos que murieron: los que un día tuvieron mi estimación y la perdieron.

Cuando un tipo va más allá de todos los límites y de hecho, me ofende, ya no me enojo, no me pongo furioso con él, no me peleo, no corto relaciones, no le niego el saludo. Lo entierro en mi cementerio –en él no hay tumbas familiares o túmulos individuales; los muertos yacen en la fosa común, en su promiscuidad ordinaria, en su grosería. Para mí el fulano murió, fue enterrado, haga lo que haga ya no puede lastimarme.

Raros entierros –menos mal– de un pérfido, de un perjuro, de un desleal, de alguien que faltó a la amistad, traicionó al amor y actuó interesadamente, falso, hipócrita, arrogante; la impostura y la presunción me ofenden fácilmente.

En el pequeño y feo cementerio sin flores, sin lágrimas, sin una pizca de Saudade (apenas traducible por nostalgia), se pudren unos cuantos sujetos, unas pocas mujeres, a unos y a otras barrí de la memoria, los saqué de la vida.

Encuentro en la calle a uno de esos fantasmas, me detengo a platicar, escucho, correspondo a las frases, los saludos, los elogios, acepto el abrazo, el beso fraterno de Judas; sigo adelante, el tipo piensa que me engañó una vez más, no sabe que está muerto y enterrado.

Jorge Amado

 

Octubre

Después de la guerra

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Werner Branz

El último ser humano vivo lanzó la última paletada de tierra sobre el último muerto. En ese instante mismo supo que era inmortal, porque la muerte sólo existe en la mirada del otro.

x

Alejandro Jodorowsky

x

Rosas

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Sondra Kicklighter

Soñabas con rosas envueltas en papel de seda para tus aniversarios de boda, pero él jamás te las dio. Ahora te las lleva todos los domingos al panteón.

x

Alejandra Basualto

Octubre

La cruz de hierro

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Maya Kulenovic

En abril de 1945 en Stargard, Mecklenburgo, un papelero se decidió a pegar un tiro a su mujer, a su hija de catorce años y a sí mismo. A través de unos clientes se había enterado de las nupcias y el suicidio de Hitler.

Como oficial de reserva de la primera guerra mundial conservaba todavía un revólver, así como una carga de diez municiones.

Cuando su esposa salió de la cocina con la cena, él se encontraba de pie junto a la mesa limpiando su arma. A la solapa llevaba prendida la Cruz de Hierro, como solía hacerlo sólo en días festivos.

El Führer eligió la muerte voluntaria, contestó a la pregunta de su mujer. Que él le sería fiel y si ella estaría dispuesta a seguirlo también. En cuanto a su hija no tenía ninguna duda de que preferiría una muerte honrosa a manos de su padre que una vida sin honor. La llamó. No lo decepcionó.

Sin esperar la respuesta de su esposa, las exhortó a ponerse sus abrigos, dado que para no causar escándalo las llevaría a un sitio apropiado afuera de la ciudad. Ellas obedecieron. Él cargó el revólver y dejó que su hija le ayudara a ponerse el abrigo, cerró la casa y echó la llave por la rendija del buzón.

Estaba lloviendo cuando caminaban por las oscuras carreteras afuera de la ciudad; el hombre adelante, sin volverse a mirar a las mujeres que le seguían a distancia. Él percibía sus pasos sobre el asfalto.

Tras haber dejado la carretera y tomar el sendero del bosque de hayas, se volteó a mirarlas por encima del hombro y las hizo apresurar. Con el viento nocturno que empezaba a soplar más fuerte sobre el llano sin arbolado, en el suelo mojado por la lluvia sus pasos no hacían ningún ruido.

Les gritó que se adelantaran. Al seguirlas no sabía si tenía miedo de que ellas huyeran o si él mismo deseaba huir. No tardó mucho para que ellas le sacaran ventaja. Cuando ya no podía verlas supo que tenía demasiado miedo como para huir simplemente, y cuánto deseaba que ellas lo hicieran. Se detuvo a desaguar. Traía el revólver en el bolsillo del pantalón y lo sentía frío a través de la delgada tela. Cuando empezó a andar más aprisa para alcanzar a las mujeres, a cada paso el arma golpeaba su pierna. Caminó despacio. Pero al llevarse la mano al bolsillo para deshacerse del revólver vio a su esposa y a su hija. Estaban paradas en medio del camino, esperándolo.

Había querido hacerlo en el bosque pero el peligro de que se oyeran los tiros era menor aquí. Al tomar el revólver con la mano y quitar el seguro, su mujer se le colgó al cuello en medio de sollozos. Pesaba mucho y no sin esfuerzo se la quitó de encima. Se acercó a su hija que lo miraba fijamente, le puso el revólver en la sien y jaló del gatillo con los ojos cerrados. Tuvo la esperanza de que la bala no saliera, pero la oyó y vio cómo la muchacha se balanceaba y se desplomaba.

La mujer temblaba y pegaba de gritos. Tuvo que sujetarla. Sólo después del tercer tiro se quedó quieta.

Estaba solo.

No había nadie que le ordenara llevarse a la propia sien el cañón del revólver. Las muertas no lo veían, nadie lo veía.

Guardó el arma y se inclinó sobre su hija. Luego echó a correr.

Corrió de vuelta por el camino hasta la carretera y recorrió un tramo de ésta sin dirigirse a la ciudad, sino al oeste. Luego se sentó a la orilla de la carretera, apoyando la espalda en un árbol y recapacitó sobre su situación, respirando con dificultad. Encontró que había algo de esperanza. Tenía que continuar hacia el oeste sin pasar por los próximos pueblos. En alguna parte podría esconderse; lo mejor sería una ciudad más grande, con un nombre extranjero, y ser un refugiado desconocido, común y corriente, sin empleo.

Echó el revólver a un hoyo de la carretera y se puso de pie.

Mientras caminaba le vino a la mente que se había olvidado de tirar la Cruz de Hierro. Lo hizo.

Heiner Muller

Septiembre

Despistada

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Horst P. Horst

Mónica Lavín Tardaban en abrir la puerta. Verificó que el número del departamento fuera el correcto. Tantas veces había estado frente a una casa equivocada o acudido a una cita el día después que más le valía confirmar.

Sonrió acordándose de los tropiezos de su mente. De niña olvidaba los suéteres en la banca del colegio, de jovencita las gafas, los nombres de los maestros y los cumpleaños de los novios. El despiste había crecido con la edad. Un día regresó a casa en autobús, su marido sorprendido por la tardanza le preguntó por el auto: lo había dejado estacionado frente al trabajo. Repetidas veces trató de subirse a un coche ajeno y forcejeó con la cerradura hasta que el dueño la sorprendió.

Nadie abría la puerta. Se asomó por las ventanas.

Las persianas cerradas sólo enseñaban la capa de polvo sobre el esmalte.

Se hizo de noche. Las campanadas de la iglesia a los lejos la aclararon. Había olvidado su propia muerte.

Septiembre

Traspaso onírico

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Ritva Voutila

Ramón Gómez de la Serna.    De pronto dejó de tener pesadillas y se sintió aliviado, pues habían llegado a ya a ser una proyección obsedante en las paredes de su alcoba.

Descansado y tranquilo en su sillón de lectura, el criado le anunció que quería verle el señor de arriba.

Como para la visita de un vecino no debe haber dilaciones que valgan, le hizo pasar y escuchó su incumbencia.

__ Vengo porque me ha traspasado usted sus sueños.

__ ¿Y en qué lo ha podido notar?

__ Como vecinos antiguos que somos, se sus costumbres, sus manías y sobre todo se su nombre, el nombre titular de los sueños que me agobian a mí, que no solía soñar… Aparecen paisajes, señoras, niños con los que nunca tuve que ver…

__ ¿Pero cómo ha podido pasar eso?

__ Indudablemente, como los sueños suben hacia arriba como el humo, han ascendido a mi alcoba, que está encima de la suya…

__ ¿Y qué cree usted que podemos hacer?

__ Pues cambiar de piso durante unos días y ver si vuelven a usted sus sueños.

Le pareció justo, cambiaron, y a los pocos días los sueños habían vuelto a su legítimo dueño.

Septiembre

Recreación

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Roberto Longo

Eduardo Osorio. Después de todo, era su obra. Por eso, cuando vio desmoronarse en esquirlas de plata su mundo maravilloso, y miró que las esquirlas alcanzaban otros mundos y la cadena nuclear continuó destruyendo sistemas, estrellas y galaxias, suspiró y meditó tanto tiempo como puede durar un suspiro.

Con paciencia infinita, recomenzó su primigenia jornada de seis días y un séptimo para el descanso. Todo lo hizo igual que antes, porque aun confiaba.

Agosto

Sueño de Federico García Lorca, poeta y antifascista

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Dibujo de Federico García Lorca

Antonio Tabucchi. Una noche de agosto de 1936, en la casa de Granada, Federico García Lorca, poeta y antifascista, tuvo un sueño. Soñó que se encontraba en el escenario de un pequeño teatro itinerante y que, acompañándose al piano, cantaba canciones de gitanos. Estaba vestido de frac, pero en la cabeza traía un mazantini de flecos largos. El público era de ancianas enlutadas, con una mantilla en la espalda, que lo oían extasiadas. Una voz, desde la sala, le pidió una canción, y Federico García Lorca se puso a tocarla . Era una canción que hablaba de duelos y de naranjos, de pasión y de muerte. Al terminar de cantar, Federico García Lorca se puso de pie y saludó al público. Bajó el telón y sólo entonces se dio cuenta que detrás del piano no había bastidores, sino que el teatro estaba enmedio de un campo desierto. Era de noche y había luna. Federico García Lorca se asomó por las cortinas del telón y vio que el teatro se había vaciado como por arte de magia, la sala estaba completamente sola y las luces se iban apagando. En ese instante escuchó un ladrido y a sus espaldas apareció un perrito negro que parecía esperarle. Federico García Lorca creyó que debía seguirlo y dio un paso. El perro, como a una señal convenida, comenzó a corretear poco a poco para indicar el camino. ¿A dónde me llevas perrito negro?, dijo Federico García Lorca. El perro ladró lastimosamente y Federico García Lorca sintió un escalofrío. Volteó la vista y miró hacia atrás y vio que las paredes de tela y madera de su teatro habían desaparecido. Quedaba una platea vacía bajo la luna mientras el piano, como acariciado por invisibles dedos seguía tocando él solo una vieja melodía. Un muro cortaba el campo; un largo e inútil muro blanco detrás del cual se veía otro campo. El perro se detuvo y ladró nuevamente y Federico García Lorca también se detuvo. En ese momento, de la parte de atrás del muro surgieron repentinamente los soldados que dando risas le rodearon. Iban de negro y con tricornios. En una mano traían un fusil y en la otra una botella de vino. El jefe de ellos era un enano monstruoso con la cabeza llena de excrecencias.

__ Eres un traidor – dijo el enano -, y nosotros tus verdugos.

Federico García Lorca le escupió en la cara mientras los soldados le detenían. El enano se rio obscenamente y gritó a los soldados que le bajaran los pantalones.

Eres una hembra – dijo – y las hembras no usan pantalones, deben quedarse encerradas en la casa y cubrirse la cabeza con un velo. A una señal del enano, los soldados le ataron, le bajaron los pantalones y le taparon la cabeza con una manta.

__ Asquerosa mujer que vistes de hombre – dijo el enano -, llegó la hora en que le reces a la Santa Virgen.

Federico García Lorca le escupió en la cara y el enano siguió riendo. Después desenfudó la pistola y le metió el cañón a la boca. Por el campo se oía la melodía de un piano. El perro ladró. Federico García Lorca sintió un golpe y se enderezó en la cama. Llamaban a la puerta de su casa en Granada con las culatas de los fusiles

Agosto

Dormía como mojada

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Edward Weston

Dormía como mojada de amores

Amaba como anegada de sueños

Mas nunca despertó.

Anónimo, Siglo XIV

Agosto

La incrédula

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Edmundo Valadés

Sin mujer a mi costado y con la excitación de deseos acusiosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nora a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara.Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.

__Lo sé__ respondió__, pero quiero estar cierta.

Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizá ya innecesaria.

Agosto

Los peces

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A plate of trilobites from Morocco

A plate of trilobites from Morocco

José Joaquín Blanco. Muerto, como los peces, bogo entre prismas de aguacristal, entre multitud de anhelos fosilizados en su flujo fingido.

¿Solamente un pez, ahora, al final de los tiempos, en la turbiedad profunda de un océano? ¿Sólo un descendiente de la comunidad marina sin mayor función que el movimiento? Sueño diariamente con el pescador y en mi boca hay ansias vivas. Fluyen recuerdos de mis antepasados, la brisa parece milenaria.

¿Parece? Yo mismo, el que soy, recuerdo haberla escuchado desde siempre. ¿Soy? ¿Un ser sin muerte y sin principio y sin creador? Sucede que he querido quedarme solo para identificarme y no basta un espejo para sentirse uno pez. . . Tendré que dejarme conducir por la corriente, ¿No seré yo mismo la corriente?


El

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Matías Candeira. Fue un incordio que se presentara en mitad de la cena, aún respirando pesadamente, dejando esos regueros de tierra por todo el salón. En fín, manchándolo todo. Por lo visto lo habíamos enterrado mal. Venía a quejarse. Antes de golpearle en la cabeza ( y, por supuesto, atarle bien en esta ocasión ) dejamos que se sentara con nosotros y tomara un plato de sopa. La verdad, nos pareció que se lo había ganado.


Agosto

El sueño es vida

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Balla Demeter

Eliseo Díaz. Soñó que el pertinaz dolor en el bajo vientre que ocultó por no importunar a los demás o porque no lo atormentaran, dejaba de acosarlo. Sin resistencia, el dolor desapareció. Soñó que la cocinera Eustolia (oh, la había heredado de su madre,la vieja era maniática) se iba a vivir con una sobrina y que por fin le estaba permitido comer como Dios manda. La casa dejó de apestar a ajo. Soñó el reencuentro con Lavinia, su no olvidada Lavinia, oportunamente libre. El matrimonio se celebró en la intimidad. Soñó que congregaba una vasta antología sobre la inutilidad de la apología literaria.
El elogio de los críticos fue unánime. Soñó el número que saldría premiado en la lotería de Navidad. Le costó encontrarlo, pero su fortuna quedó asegurada. Soñó los ganadores de todas las carreras de la próxima reunión en el hipódromo de Palermo. Pero él odiaba las carreras, un tío suyo se había suicidado, etc. Soñó que despertaba. Pero no despertó. Desde hacía algunos minutos estaba muerto.

Mayo

El río de los sueños

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Gustavo Sainz. Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo, exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.

Mayo

Juego de espejos

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Ernest Hass

Bernardo Ruiz

Al atardecer

en esta costa cantan las sirenas.

Hermosas y disolutas

estas mujeres,

desplobarán las ciudades:

ninguna de ellas

acunará a nuestros hijos:

admíralas

arden fragantes, luminosas y sumisas

en el celo de la noche

se incendian entre ellas

Nos despiden.

Abril

Cortesía

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Soñé que el ciervo ileso pedía perdón al cazador frustrado.

Nemer Ibn el Barud.

Abril

Conversación con lirios

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Sabzy

Los desperdicios se amontonan desmesuradamente por las noches. Durante el sueño, el escriba del rey asirio Asurbanipal conversa con lirios amarillentos, más verosímiles quizás que los lirios vistos en la ahora lejana choza de su padre.

Ajeno por completo a la saga mítica que lo inmortalizará en la historia de los hombres, el habitante de la biblioteca del rey cree sentirse extraviado en aquel jardín de flores monótonas que son, a su vez, curiosas máquinas parlantes.

-Ellos, sin recobrar las fuerzas, morirían con la cabeza hacia abajo- advierte uno que a veces rebuzna-.

-Pero los otros, llegaban a los confines de la tierra -contestó de improviso el de al lado-, olvidando que eran legiones de Su Señor, y a él se debían.

-Como nosotros, en otro orden de cosas- dijo el primero con desgano, remedando el graznido de un pájaro insoportable.

En uno de los ángulos menos visibles del jardín, como desprendiéndose de entre las ortigas y alguna que otra raíz seca, a plena luz de media mañana, un lirio dotado de una presencia singular que iba del sueño a la vigilia y viceversa, le recordó: “No hay diferencias entre el escriba y el rey”, aludiendo con demasiada certeza a los festines anuales en que ambos intercambiaban sus roles por unas pocas horas.

-Jamás encontrarás lo que buscas por destino -le contestó una voz grave que planeaba sobre las flores-, para agregar después como una maldición, la pregunta más desnuda: “¿dónde estás?”

Fue entonces cuando el escriba de Asurbanipal entendió que la duda era también posible en el sueño, ese sumidero de los dioses, y que subía, dentro de la sangre, como una enredadera iluminada hasta asfixiarlo.

Manuel Lozano

Abril

Sueños…

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Goya

El sueño es el grano de trigo que sueña con la espiga, el antropoide que sueña con el hombre, el hombre que sueña con lo que vendrá.

Raymond de Becker.


Marzo

La muerte es un país en donde no se puede vivir

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El 31 de febrero, a las nueve y cuarto de la noche, todos los habitantes de la ciudad se convencieron que la muerte es ineludible.

Enfocada por la atención de cada uno, esta evidencia, que por lo general lleva una vida de araña en los repliegues de nuestras circunvoluciones, tendió su tela en todas las conciencias, se derramó en los cerebros hasta impregnarlos como a una esponja.

Desde ese instante, las similitudes más remotas sugerían, con tal violencia, la idea de la muerte, que bastaba hallarse ante una lata de sardinas —por ejemplo— para recordar el forro de los féretros, o fijarse en las piedras de una vereda, para descubrir su parentesco con las lápidas de los sepulcros. En medio de una enorme consternación, se comprobó que el revoque de las fachadas poseía un color y una composición idéntica a la de los huesos, y que así como resultaba imposible sumergirse en una bañadera, sin ensayar la actitud que se adoptaría en el cajón, nadie dejaba de sepultarse entre las sábanas, sin estudiar el modelado que adquirirían los repliegues de su mortaja.

El corazón, sobre todo, con su ritmo isócrono y entrañable, evocaba las ideas más funerarias, como si el órgano que simboliza y alimenta la vida sólo tuviera fuerzas para irrigar sugestiones de muerte. Al sentir su tic-tac sobre la almohada, quien no llorara la vida que se le iba yendo a cada instante, escuchaba su marcha como si fuese el eco de sus pasos que se encaminaran a la tumba, o lo que es peor aun, como si oyese el latido de un aldabón que llamara a la muerte desde el fondo de sus propias entrañas.

La urgencia de liberarse de esta obsesión por lo mortuorio, hizo que cada cual se refugiara —según su idiosincrasia— ya sea en el misticismo o en la lujuria. Las iglesias, los burdeles, las posadas, las sacristías se llenaron de gente. Se rezaba y se fornicaba en los tranvías, en los paseos públicos, en medio de la calle… Borracha de plegarias o de aguardiente, la multitud abusó de la vida, quiso exprimirla como si fuese un limón, pero una ráfaga de cansancio apagó, para siempre, esa llama rada de piedad y de vicio.

Los excesos del libertinaje y de la devoción habían durado lo suficiente, sin embargo, como para que se demacraran los cuerpos, como para que los esqueletos adquiriesen una importancia cada día mayor. Sin necesidad de aproximar las manos a los focos eléctricos, cualquiera podía instruirse en los detalles más íntimos de su configuración, pues no sólo se usufructuaba de una mirada radiográfica, sino que la misma carne se iba haciendo cada vez más traslúcida, como si los huesos, cansados de yacer en la oscuridad, exigieran salir a tomar sol. Las mujeres más elegantes —por lo demás— implantaron la moda de arrastrar enormes colas de crespón y no contentas con pasearse en coches fúnebres de primera, se ataviaban como un difunto, para recibir sus visitas sobre su propio túmulo, rodeadas de centenares de cirios y coronas de siemprevivas.

Inútilmente se organizaron romerías, kermeses, fiestas populares. Al aspirar el ambiente de la ciudad, los músicos, contratados en las localidades vecinas, tocaban los “charlestons” como si fuesen marchas fúnebres, y las parejas no podían bailar sin que sus movimientos adquiriesen una rigidez siniestra de danza macabra. Hasta los oradores especialistas en exaltar la voluptuosidad de vivir resultaron de una perfecta ineficacia, pues no solo los tópicos más experimentados adquirían, entre sus labios, una frigidez cadavérica, sino que el auditorio sólo abandonaba su indiferencia para gritarles: “¡Muera ese resucitado verborrágico! ¡A la tumba ese bachiller de cadáver!”

Esta propensión hacia lo funerario, hacia lo esqueletoso, ¿podía dejar de provocar, tarde o temprano, una verdadera epidemia de suicidios?

En tal sentido, por lo menos, la población demostró una inventiva y una vitalidad admirables. Hubo suicidios de todas las especies, para todos los gustos; suicidios colectivos, en serie, al por mayor. Se fundaron sociedades anónimas de suicidas y sociedades de suicidas anónimos. Se abrieron escuelas preparatorias al suicidio, facultades que otorgaban título “de perfecto suicida”. Se dieron fiestas, banquetes, bailes de máscaras para morir. La emulación hizo que todo el mundo se ingeniase en hallar un suicidio inédito, original. Una familia perfecta —una familia mejor organizada que un baúl “Innovación”— ordenó que la enterrasen viva, en un cajón donde cabían, con toda comodidad, las cuatro generaciones que la adornaban. Ochocientos suicidas, disfrazados de Lázaro, se zambulleron en el asfalto, desde el veinteavo piso de uno de los edificios más céntricos de la ciudad. Un “dandy”, después de transformar en ataúd la carrocería de su automóvil, entró en el cementerio, a ciento setenta kilómetros por hora, y al llegar ante la tumba de su querida se descerrajó cuatro tiros en la cabeza.

El desaliento público era demasiado intenso, sin embargo, como para que pudiera persistir ese ímpetu de aniquilamiento y exterminio. Bien pronto nadie fue capaz de beber un vasito de estricnina, nadie pudo escarbarse las pupilas con una hoja de “gillette”. Una dejadez incalificable entorpecía las precauciones que reclaman ciertos procesos del organismo. El descuido amontonaba basuras en todas partes, transformaba cada rincón en un paraíso de cucarachas. Sin preocuparse de la dignidad que requiere cualquier cadáver, la gente se dejaba morir en las posturas más denigrantes. Ejércitos de ratas invadían las casas con aliento de tumba. El silencio y la peste se paseaban del brazo, por las calles desiertas, y ante la inercia de sus dueños —ya putrefactos— los papagayos sucumbían con el estómago vacío, con la boca llena de maldiciones y de malas palabras.

Una mañana, los millares y millares de cuervos que revoloteaban sobre la ciudad —oscureciéndola en pleno día— se desbandaron ante la presencia de una escuadrilla de aeroplanos.

Se trataba de una misión con fines sanitarios, cuyo rigor científico implacable se evidenció desde el primer momento.Sin aproximarse demasiado, para evitar cualquier peligro de contagio, los aviones fumigaron las azoteas con toda clase de desinfectantes, arrojaron bombas llenas de vitaminas, confetis afrodisíacos, globitos hinchados de optimismo, hasta que un examen prolijo demostró la inutilidad de toda profilaxis, pues al batir el record mundial de defunciones, la población se había reducido a seis o siete moribundos recalcitrantes. Fue entonces —y sólo después de haber alcanzado esta evidencia— cuando se ordenó la destrucción de la ciudad y cuando un aguacero de granadas, al abrasarla en una sola llama, la redujo a escombros y a cenizas, para lograr que no cundiera el miasma de la certidumbre de la muerte.

Oliverio Girondo

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