La canción de la sirena

Octubre

Cómo la sabiduría se esparció por el mundo

Nyau dancer The Nyau is a secret society, the idea was to use a low key mysterious approach....

Arjen van de Merwe

En Taubilandia vivía en tiempos remotos, remotísimos, un hombre que poseía toda la sabiduría del mundo. Se llamaba este hombre Padre Ananzi, y la fama de su sabiduría se había extendido por todo el país, hasta los más apartados rincones, y así sucedía que de todos los ámbitos acudían a visitarlo las gentes para pedirle consejo y aprender de él.

Pero he aquí que aquellas gentes se comportaron indebidamente y Ananzi se enfadó con ellos. Entonces pensó en la manera de castigarlos.

Tras largas y profundas meditaciones decidió privarles de la sabiduría, escondiéndola en un lugar tan hondo e insospechado que nadie pudiera encontrarla.

Pero él ya había prodigado sus consejos y ellos contenían parte de la sabiduría que, ante todo, debía recuperar. Y lo consiguió; al menos así lo pensaba nuestro Ananzi.

Ahora debía buscar un lugarcito donde esconder el cacharro de la sabiduría; y, sí, también él sabía un lugar. Y se dispuso a llevar hasta allí su preciado tesoro.

Pero… Padre Ananzi tenía un hijo que tampoco tenía un pelo de tonto; se llamaba Kweku Tsjin. Y cuando éste vio a su padre andar tan misteriosamente y con tanta cautela de un lado a otro con su pote, pensó para sus adentros:

-¡Cosa de gran importancia debe ser ésa!

Y como listo que era, se puso ojo avizor, para vigilar lo que Padre Ananzi se proponía.

Como suponía, lo oyó muy temprano por la mañana, cuando se levantaba. Kweku prestó mucha atención a todo cuanto su padre hacía, sin que éste lo advirtiera. Y cuando poco después Ananzi se alejaba rápida y sigilosamente, saltó de un brinco de la cama y se dispuso a seguir a su padre por donde quiera que éste fuese, con la precaución de que no se diera cuenta de ello.

Kweku vio pronto que Ananzi llevaba una gran jarra, y le aguijoneaba la curiosidad de saber lo que en ella había.

Ananzi atravesó el poblado; era tan de mañana que todo el mundo dormía aún; luego se internó profundamente en el bosque.

Cuando llegó a un macizo de palmeras altas como el cielo, buscó la más esbelta de todas y empezó a trepar con la jarra o pote de la sabiduría pendiendo de un cordel que llevaba atado por la parte delantera del cuello.

Indudablemente, quería esconder el Jarro de la Sabiduría en lo más alto de la copa del árbol, donde seguramente ningún mortal había de acudir a buscarlo… Pero era difícil y pesada la ascensión; con todo, seguía trepando y mirando hacia abajo. No obstante la altura, no se asustó, sino que seguía sube que te sube.

El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba de un lado a otro, ya a derecha ya a izquierda, igual que un péndulo, y otras veces entre su pecho y el tronco del árbol. ¡La subida era ardua, pero Ananzi era muy tozudo! No cesó de trepar hasta que Kweku Tsjin, que desde su puesto de observatorio se moría de curiosidad, ya no lo podía distinguir.

-Padre -le gritó- ¿por qué no llevas colgado de la espalda ese jarro preciado? ¡Tal como te lo propones, la ascensión a la más alta copa te será empresa difícil y arriesgada!

Apenas había oído Ananzi estas palabras, se inclinó para mirar a la tierra que tenía a sus pies.

-Escucha -gritó a todo pulmón- yo creía haber metido toda la sabiduría del mundo en este jarro, y ahora descubro, de repente, que mi propio hijo me da lección de sabiduría. Yo no me había percatado de la mejor manera de subir este jarro sin incidente y con relativa comodidad hasta la copa de este árbol. Pero mi hijito ha sabido lo bastante para decírmelo. Su decepción era tan grande que, con todas sus fuerzas, tiró el Jarro de la Sabiduría todo lo lejos que pudo. El jarro chocó contra una piedra y se rompió en mil pedazos.

Y como es de suponer, toda la sabiduría del mundo que allí dentro estaba encerrada se derramó, esparciéndose por todos los ámbitos de la tierra.

Leyenda africana

Agosto

Jacob Lawrence

x

x

x

x

x

x

Jacob Lawrence

Julio

El poder del muerto

Georg Grosz

El poder ejercido por el individuo vivo para el bien, lo ejerce el muerto para el mal, de forma que cuanto mejor fue, peor se convertirá, y cuanto más poderoso fue en vida, mayor debe ser el freno del peso de las ligaduras y piedras sobre su cadáver.

Cuanto mejor y más fuerte el vivo, más peligroso su fantasma.

Leo Frobenius

Mayo

La magia de la sangre

En el año 1905, en la jungla entre Kasai y Luebo, en el Congo Belga, encontré algunos representantes de aquellas tribus cazadoras, empujados de las mesetas al refugio de la jungla del Congo, a los que la literatura de Africa conoce como pigmeos. Cuatro de ellos, tres hombres y una mujer, acompañaron a la expedición durante aproximadamente una semana. Un día – fue hacia el atardecer y ya habíamos empezado a tratarnos a las mil maravillas – hubo de nuevo una necesidad apremiante de reponer las provisiones de nuestra cocina de campamento, y pregunté a los tres hombrecitos si podían conseguirnos un antílope, ya que para ellos, como cazadores, sería una tarea fácil. Sin embargo, me mirarron sorprendidos y por fin uno de ellos salió con la respuesta de que con toda seguridad estarían encantados de hacer por nosotros algo tan insignificante, pero que hoy sería imposible porque no habían hecho preparativos. El final de lo que resultó ser una transacción muy larga fue que los cazadores se declararon listos para hacer sus preparativos la mañana siguiente al amanecer. Y continuamos nuestro camino. Entonces los hombres se dedicaron a explorar los alrededores y, finalmente, se colocaron sobre un lugar elevado en una colina cercana.

Como sentía mucha curiosidad por saber en qué podían consistir los preparativos de esa gente, me levanté antes del amanecer y me oculté en agunos matorrales cerca del claro que aquelos hombecitos habían elegido la noche anterior para sus preparativos. Los hombres llegaron cuando aún estaba oscuro, pero no solos. Iban acompañados por la mujer. Los hombres se agacharon y limpiaron la zona de toda vegetación y después la allanaron. Uno de ellos dibujó algo en la tierra con su dedo, mientras los otros hombres y la mujer musitaban fórmulas y plegarias de algun tipo, después de lo cual se hizo el silencio, mientras ellos esperaban algo. El sol apareció en el horizonte. Uno de los hombres se dirigió al terreno alisado, con una flecha en su arco. A los pocos segundos los rayos del sol dieron sobre el dibujo y en el mismo momento ocurrió lo siguiente a la velocidad de la luz: la mujer levantó sus brazos para alcanzar el sol y gritó en alto algunas sílabas ininteligibles; el hombre lanzó una flecha, la mujer gritó otra vez, y entonces los hombres se precipitaron en el bosque con sus armas. La mujer permaneció de pie unos minutos y luego volvió al campamento. Cuando se hubo marchado salí de mi escondite y vi que en el suelo habían dibujado un antílope de unos cuatro pies de largo; y tenía la flecha clavada en el cuello.

Mientras los hombres estuvieron fuera quise volver al lugar y hacer una foto, pero la mujer, que estaba muy cerca de mí, me impidió hacerlo y me suplicó encarecidamente que bandonara mi plan. Y así continuó la expedición. Los cazadores nos alcanzaron por la tarde con un gamo magnífico. Había sido herido en el cuello por una flecha. Los pigmeos dejaron su presa y volvieron al lugar en la colina con unos pocos mechones de su pelo y una calabaza llena de su sangre. Nos volvieron a alcanzar dos días después, y aquella tarde, aprovechando los vapores del vino de palmera, hablé sobre el asunto con el más confiado de mi pequeño trío. Era el más viejo de los tres. Y me dijo sencillamente que él y los otros habían vuelto para pegar el pelo y la sangre sobre su dibujo del antílope, arrancar la flecha y borrar el dibujo. Respecto al sentido de la operación no pude saber nada, excepto que dijo que si ellos no hacían esto, la sangre del antílope sería destruída. Y que el borrado tenía que efectuarse también al amanecer.

Me rogó encarecidamente que no permitiera que la mujer supiera que había hablado conmigo sobre estas cosas. Y parecía muy preocupado sobre las consecuencias de su charla, porque al día siguiente nuestros pigmeos nos abandonaron sin tan siquiera decir adios, sin duda alguna a petición suya, pues era el jefe del pequeño grupo.

Hace falta una magia muy poderosa para derramar sangre y que no nos afecte su venganza.

Leo Frobenius

Blog de WordPress.com.