La canción de la sirena

Septiembre

La casa encantada

xEdmund Teske

Anónimo. Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.

Pocas semanas más tarde, la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.

__ Espéreme un momento suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.

__ Dígame dijo ella, ¿ se vende esta casa?

__ Sí respondió el hombre , pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!

__ Un fantasma repitió la muchacha . Santo Dios, ¿y quién es?

__ Usted dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

 

Agosto

Dormía como mojada

Edward Weston

Dormía como mojada de amores

Amaba como anegada de sueños

Mas nunca despertó.

Anónimo, Siglo XIV

Julio

Sueño de la cruz

Referiré el mejor de los sueños, el que soñé en la medianoche, cuando habitaban el reposo los hombres capaces de palabra.

Creí ver un árbol prodigioso que ascendía en el aire entrelazado de luz, el más resplandeciente de los árboles.

Todo el prodigio estaba inundado de oro.

Había piedras preciosas a su pie; cinco había también en la cima, en la juntura de los brazos.

Los contemplaban los ángeles del Señor, todos predestinados a la hermosura.

Ciertamente no era la horca de un malhechor: lo adoraban espíritus celestiales, hombres sobre la tierra y toda la gloriosa Creación.

Prodigioso era el Arbol de la Victoria, y yo manchado de culpas, envilecido de impurezas, vi el Arbol de la Gloria cubierto de vestiduras, brillantes de alegría, cercado de oro. Piedras preciosas dignamente cubrían el árbol del Señor. A través de aquel oro pude entrever una antigua discordia de miserables; vi que por el costado derecho sudaba sangre.

Yo estaba todo atravesado de penas, aterrado por la hermosa visión.

Vi que esa viviente señal cambiaba de ropajes y de colores.

A veces el camino de la sangre lo mancillaba; a veces, lo decoraban tesoros.

Mientras tanto yo durante largo tiempo yacía contemplando afligido el Arbol del Redentor.

Este se puso a hablar. El más precioso de los leños dijo con palabras:

«Esto ocurrió hace muchos años; todavía me acuerdo, me talaron en la linde de un bosque.

Me arrancaron de mis raíces.

Se apoderaron de mí fuertes enemigos.

Hicieron de mí un espectáculo.

Me ordenaron alzar a los condenados.

Los hombres me cargaron a cuestas y me fijaron en lo alto de una colina.

Ahí me sujetaron los enemigos.

Vi al Señor de los Hombres apresurarse con la voluntad de escalarme.

No me atreví a desacatar la orden de Dios.

No me atreví a inclinarme o a romperme, cuando tembló la faz de la tierra.

Yo hubiera podido aplastar a todos los enemigos, pero me mantuve alta y firme.

Fuerte y resuelto el joven héroe, que era Dios todopoderoso, ascendió a lo alto de la horca, valeroso ante muchos, para salvar a la humanidad.

Me estremecí cuando el varón me abrazó.

No me atreví a inclinarme sobre la tierra; seguí firme.

Cruz fui erigida.

Elevé al poderoso rey, al Señor de los Cielos.

No me atreví a inclinarme.

Con clavos oscuros me atravesaron; quedan aún las cicatrices de las heridas.

No me atreví a dañar a ninguno.

Todos hicieron burla de nosotros.

Me salpicó la sangre que brotó del costado del hombre, cuando éste dio el espíritu.

He padecido muchos males en la colina.

He visto al Señor de los Ejércitos estirado cruelmente. Tenebrosas nubes habían cubierto el cuerpo del Señor.

De aquel claror surgió una sombra, negra bajo las nubes.

La Creación entera lloró la muerte de su Rey.

Cristo estaba en la Cruz.»

Poema anónimo anglosajón del s. IX.

Mayo

La Creación

Carl Spitzweg

Experimento alquimista. Tomad una buena cantidad, al menos diez galones, de agua de lluvia normal y conservadla en recipientes de vidrio sellados al menos diez días; entonces depositará materia y heces en el fondo. Verted el líquido claro y tomad un recipiente de madera que sea redondo como una bola; cortadlo por la mitad y llenadlo un tercio; después colocadlo al sol a medio día en un lugar secreto o recóndito.

Hecho esto, tomad una gota de vino tinto consagrado y vertedla en el agua; al instante percibiréis niebla y una densa oscuridad en la superficie del agua, como en la primera creación. Después verted dos gotas, vereís que la luz surge de la oscuridad; poco a poco, cada medio cuarto de hora, añadid tres, después cuatro, cinco, seis gotas y no más; con vuestros propios ojos veréis aparecer una cosa detrás de otra en la superficie del agua, cómo Dios creó todas las cosas en seis días y cómo ocurrió todo; tales secretos que no se pueden decir en voz alta y yo no tengo poder para revelarlos. Arrodillaros antes de comenzar esta operación. Que vuestros ojos juzguen, pues así fue creado el mundo. Dejad todo tal y como está y desaparecerá media hora después de haber comenzado.

Con esto veréis claramente los secretos de Dios que ahora se os ocultan como a un niño. Comprenderíes lo que Moisés escribió sobre la creación; veréis cómo eran los cuerpos de Adán y Eva antes y después de la Caída, cómo eran las serpientes, el árbol y qué frutos probaron; dónde está el Paraíso y qué es, y en qué cuerpos resucitarán los justos; no en este cuerpo, que hemos recibido de Adán, sino en el que alcanzamos por medio del Espíritu Santo, es decir, un cuerpo como el que nuestro Salvador trajo del Cielo.


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