La canción de la sirena

Noviembre

El tren

Laurent Dequick

Laurent Dequick

El tren era todos los días a la tardecita, pero venía moroso, como sensible al paisaje. Yo iba a comprar algo por encargo de mi madre. Era suave el momento, como si el rodar fuera cariño en los lúbricos rieles. Subí, y me puse a atrapar el recuerdo más antiguo, el primero de mi vida. El tren retardaba tanto que encontré en mi memoria un olor maternal: leche calentada, alcohol encendido. Esto hasta la primera parada: Haedo. Después recordé mis juegos pueriles, y ya iba hacia la adolescencia cuando Ramos Mejía me ofreció una calle sombrosa y romántica, con su niña dispuesta al noviazgo. Allí mismo me casé, después de visitar y conocer a sus padres y el patio de su casa, casi andaluz. Ya salíamos de la iglesia del pueblo, cuando oí tocar la campana; el tren proseguía el viaje. Me despedí, y como soy muy ágil, lo alcancé. Fui a dar a Ciudadela, donde mis esfuerzos querían horadar un pasado quizá imposible de resucitar en el recuerdo. El jefe de estación, que era mi amigo, acudió para decirme que aguardara buenas nuevas, pues mi esposa enviaba un telegrama anunciándolas. Yo pugnaba por encontrar un terror infantil (pues los tuve), que fuera anterior al recuerdo de la leche calentada y del alcohol. En eso llegamos a Liniers. Allí, en esa parada tan abundante en tiempo presente, que ofrece el F. C. O., pude ser alcanzado por mi esposa, que traía los mellizos vestidos con ropas caseras. Bajamos y en una de las resplandecientes tiendas que tiene Liniers, los proveímos de ropas standard pero elegantes, y también de buenas carteras de escolares y libros. En seguida alcanzamos el mismo tren en que íbamos y que se había demorado mucho, porque antes había otro tren descargando leche. Mi mujer se quedó en Liniers, pero yo en el tren, gustaba de ver a mis hijos tan floridos y robustos, hablando de fútbol y haciendo los chistes que la juventud cree inaugurar. Pero en Flores me aguardaba lo inconcebible: una demora por un choque con vagones y un accidente en un paso a nivel. El jefe de la estación de Liniers, que me conocía, se puso en comunicación telegráfica con el de Flores. Me anunciaron malas noticias. Mi mujer había muerto, y el cortejo fúnebre trataría de alcanzar el tren que estaba detenido en esta última estación. Me bajé atribulado, sin poder enterar de nada a mis hijos, a quienes había mandado adelante para que bajaran en Caballito, donde estaba la escuela. En compañía de unos parientes y allegados, enterramos a mi mujer en el cementerio de Flores , y una sencilla cruz de hierro nombra e indica el lugar de su detención invisible. Cuando volvimos a Flores, todavía encontramos el tren que nos acompañara en tan felices y aciagas andanzas. Me despedí en el Once de mis parientes políticos y, pensando en mis pobres chicos huérfanos y en mi esposa difunta, fui como un sonámbulo a la “Compañía de Seguros” donde trabajaba. No encontré el lugar. Preguntando a los más ancianos de las inmediaciones, me enteré que habían demolido hacía tiempo la casa de la “Compañía de Seguros”. En su lugar se erigía un edificio de veinticinco pisos. Me dijeron que era un Ministerio donde todo era inseguridad, desde los empleos hasta los decretos. Me metí en un ascensor, y ya en el piso veinticinco, busqué furioso una ventana y me arrojé a la calle. Fui a dar al follaje de un árbol coposo, de hojas y ramas como de higuera algodonada. Mi carne, que ya se iba a estrellar, se dispersó en recuerdos. La bandada de recuerdos, junto con mi cuerpo, llegó hasta mi madre. “A que no recordaste lo que te encargué”, dijo mi madre, al tiempo que hacía un ademán de amenaza cómica. “Tienes cabeza de pájaro.

Santiago Dabove

Noviembre

Lo que vendrá

David Choe

David Choe

1900 en la Megaciudad Omega. El viejo sol se precipita sobre el horizonte para iluminar por 10 horas más el resto del planeta que sólo está cubierto por agua. En la Edad Contemporánea lo llamaban planeta Tierra. Hoy llamado planeta Agua.

La antigua patagonia argentina aglomera alrededor de mil millones de personas, mientras que unos dos mil millones se acomodan en la Megaciudad norte, o Alfa, antiguamente amazonia brasileña.

El agua potable, la energía y los alimentos frescos escasean, los pocos sembrados y pastoreos son vigilados desde los panópticos agrícolas por la Policía Militar Unida.

Las mareas negras contaminan poco a poco las costas con putrefactos cadáveres y miembros en descomposición que no han podido ser incinerados a tiempo. Cuadrillas clandestinas de infopobres se alimentan de los más recientes y la mafia de la marea comercia en el mercado negro trocando cyberbucks (dinero virtual) por miembros y cuerpos enteros a los necropornógrafos.

Las políticas de control de la natalidad, eugenesia, eutanasia y las bases de datos genómicas son estratégicas y privativas del Consejo del Mundo Unido.

La guerra en todas sus formas está prohibida aunque las lesiones que se ocasionen dos personas con o sin arma blanca están permitidas y desreguladas. Las armas de fuego están prohibidas para los particulares, las religiones no existen y la propiedad privada y la herencia fueron abolidas doscientos años atrás.

Las costumbres y usos sociales han cambiado mucho, o no. Todos practican crash looking desde sus monodepartamentos o desde las afueras de la megaciudad. Los cinturones de ciudades-satélite son la verdadera meca de esta actividad en permanente crecimiento. Los más buscados son los accidentes de los colectivos ya que los monocares solares no desarrollan gran velocidad. A esta misma hora todos los días cientos y cientos de personas se reúnen para presenciar algún espectacular incendio, choque o vuelco. Permanentemente las filmadoras encendidas y los objetivos dirigidos en busca de algún desquiciado crasher tras la fama o muerte instantánea. Los crashers que sobreviven son los ídolos de la excitada turba. Algunos sólo lo disfrutan hasta la guardia del Hospital Central acompañados por los aficionados al crash snuff que no pierden detalle.

En el Hospital también pululan los esbirros del sick snuff llamados en la Megaciudad Omega también “diabetes snuff” porque fue el primer caso conocido un pie diabético que se desprendió literalmente de un hombre al rozar con una pared. Aunque esta historia roza la leyenda. La diabetes tiene cura hace años y también el sida.

Tetas rebanadas, priapismo extremo, lesiones, infecciones, mutilaciones, todo abunda en las colecciones de los amateurs. Nadie ha podido todavía filmar un parto natural.

Los videos de crash snuff y sick snuff no pueden ser comercializados, sólo se permite su uso individual y privado.

La pornoablación fue una práctica que surgió a finales del s. XX y consistía en la manipulación y extracción de órganos internos en vida bajo influencia de drogas. Los que lo experimentaron aseguran haber llegado al umbral de la excitación sexual. Las carnicerías eran seguidas por raros episodios de canibalismo, sacrificios de animales, danzas y rituales brujeriles del medioevo. Aún con consentimiento y sin causar la muerte del extirpado, hoy está prohibida la pornoablación y penada retroactivamente su tentativa y ejecución. Todos saben que algunos miembros del Consejo practican la zooablación, bestialismo y también la pornoablación.

El innerporn surgió como una alternativa comercial del Hospital ante esta prohibición. Cualquier persona puede asistir a una cirugía o intervención médica, ver, tocar y oler órganos internos y tejidos luego de pasar un curso de instrucción básica en centros especializados.

La necrofilia es rara pero legal siempre y cuando haya habido vínculo demostrable y aséptico y se haya tramitado una petición premorten. En las costas se practica clandestinamente.

La gestación, embarazo y parto se realizan en ambientes controlados y cerrados bajo estrictas normas de procreación eugenésica. Los individuos de sexo hormonal masculino pueden optar libremente por la emasculación definitiva, vasectomía, cambio de sexo, eliminación, duplicación o clonación. En los individuos de sexo hormonal femenino está penada cualquier intervención o tratamiento que afecte su conducta o anatomía sexual sin una orden policíaco-judicial.

La heterosexualidad es bien tolerada, los hermafroditas, los crashers o “chocados”, deformes de todo tipo y los extirpados son los más buscados por los cazadores del morbo.

Aunque la pornografía y la prostitución están prohibidas se consiguen cintas de catfighting, spanking y fisting del s. XX en el Hipercentro por dos workbucks (créditos de trabajo). A veces vienen acompañados con un sobre de sales de litio o Prozac de regalo o drogas sexuales de dudoso vencimiento.

Sobreviven algunas prostitutas de carísima tarifa que permiten se les corte un dedo de la mano o del pie, a veces una oreja a cambio de ingentes sumas de cyberbucks, tratamiento, drogas y alojamiento bien alejado del contaminado aire y agua de la megalópolis, casi siempre en la zona más exclusiva de todo el planeta Agua: el delta del río Colorado, en donde viven los envidiados inforicos.

Esto es así porque lógicamente su vida útil es muy corta y los injertos y transplantes están muy controlados.

La transpolicía es un nuevo cuerpo de policía que se ocupa de los asuntos policiales y judiciales de travestis, transexuales, tranformistas y duplicados, cada vez más cerca de obtener plenos derechos civiles.

Enamorarse se considera una enfermedad psíquica contagiosa con nefastos resultados. La retracción social, el aumento de la capacidad de ensoñación y fuga, disfunción sensorial y el retardo psicomotriz ante los estímulos externos son algunos de sus síntomas que son considerados peligrosos para el individuo y para los otros. También existe la tentación del intercambio de fluidos, que está prohibido.

En muy pocos casos merece una sanción penal, pero la sanción social se hace sentir con la exclusión del individuo que la padece.

En algunas caras casas de alimentación se consigue probar manjares exclusivos como frutas frescas, leche, miel y quesos. En esos mismos lugares se consiguen esencias osmolágnicas (de olores nauseabundos) a precios más moderados, los olores más solicitados son los carcicomas e infecciones purulentas.

Reina un clima de androginia y violencia en la Megaciudad. Amputados, freaks y lesbotravestis se exhiben sin complejos.

Hoy es un día bastante tranquilo. La transpolicía flanquea un desfile de travestis sadomasoquistas. Un trío se atreve a hacer intercambio de fluidos bucales en un callejón ante la mirada escandalizada de una vieja del tercer clon. Se aleja chillando a quien quiera escucharla: “ adónde vamos a llegar….”

Pero realmente nadie se preocupa demasiado. Todos viven su vida hoy sin importarles el futuro. Nadie se preocupa ni se ocupa por lo que vendrá.

María García

Octubre

La llave del gas

Gino Rubert 1

Gino Rupert

La mujer de poeta está

condenada a leer o a escuchar los

versos del poeta que humean

recién sacados del alma. Y más:

la mujer del poeta está condenada al poeta, a ése

que nunca sabe dónde

está la llave del gas y finge

que pregunta para saber

cuando sólo le importa preguntar

lo que no tiene respuesta.

*

Nota al pie de la llave del gas

La mujer del poeta se enojó

con el poema “La llave del gas”.

No ve por qué la metapalabra de la palabra,

o la ambigüedad de la palabra,

o las heridas que la palabra produce,

puede impedir a cualquiera

saber dónde está la llave del gas y

cómo se cierra y abre. Tiene razón.

El poeta está en error porque

la llave de la palabra, digamos, ni se cierra

ni se abre, y hasta pretende que ni existe,

y menos su metapalabra, ambigüedad heridora o vacío.

La realidad de la cocina tranquiliza,

hay llaves que se cierran, se abren funcionan

cumpliendo la función de demostrar

que hay cosas que se cierran y se abren,

y suenan desde ayer en mi cabeza

que no puedo cerrar.

Juan Gelman

Octubre

Se habla en el Sur del cielo

Yo había protestado cuando me destinaron a Galilea. Pero no hubo caso; un tribuno, Próculo, me tenía entre ojos y se empeñó en que a mí, justo a mí, me necesitaban imperiosamente en Nazaret.

Aquella tarde íbamos de patrulla por las calles de este miserable pueblo, Iulio, Máximo, Marcelo y yo, que como decurión, comandaba el grupo. No sé de qué nos reíamos a las carcajadas, cuando Marcelo, que se había quedado atrás, nos hizo gestos para que nos calláramos.

Estaba asomado sigilosamente a la ventana de una casa e indicaba con la mano que nos apuráramos.

Debe de haber sido gracioso vernos, a nosotros, miembros del ejército más poderoso del mundo, espiando como chicos el interior de aquella vivienda.

Al principio, yo sólo distinguí a la mujer que con ojos muy abiertos miraba hacia una luz intensa. Cuando me fijé bien, entre la luz se acomodaba la forma de un hombre, que le hablaba en un dialecto incomprensible para mí. Eso no tenía nada de asombroso; hay muchos idiomas en el mundo y desconozco la mayoría. Lo especial de este hombre consistía en que desde su espalda le salían dos alas. Las alas, esa extraña lengua que profería y la mujer que lo contemplaba como si estuviera escuchando quién sabe qué noticia, hicieron que mentalmente me reputeara dos veces por no haber dejado la legión cuando me trasladaron a Oriente. En ese momento habría podido estar tranquilo, ayudando a mi hermano en su herrería de Neápolis.

¿Por qué, cuando el ser alado desapareció de nuestras humanas vistas transformándose en una bolita de luz y empezó a rebotar por las paredes de la habitación, por qué, digo, a mí me vino aquel ridículo deseo? La mujer se atajaba con las manos para que la luz no la golpeara, lo mismo que si estuviera defendiéndose de una abeja. Y yo, que sabía lo que iba a hacer antes de pensarlo. Si lo hubiera pensado, me habría dado cuenta de que era algo estúpido y ni siquiera lo habría intentado.

Por Júpiter. ¿Qué demonio me ordenó que me sacara el casco y lo interpusiera en el camino de la luz cuando quiso salir por la ventana? Pegué un grito porque el metal se calentó tanto que tuve que soltarlo. La luz también cayó y empezó a extenderse sobre el suelo como un charco de agua. En pocos instantes se convirtió otra vez en el hombre con alas, sólo que ahora parecía desmayado y había perdido su resplandor.

Sin hablar, como si hubiéramos planeado todo de antemano, lo alzamos, Iulio y Máximo por las piernas; Marcelo y yo por los hombros y lo llevamos fuera del pueblo. El trayecto fue penoso, sobre todo para Marcelo y para mí, porque a cada paso nuestros pies tropezaban con las alas que iban rameando y nos caíamos. Además era pesadísimo, así que cuando nos detuvimos, estábamos completamente bañados por el sudor y con llagas en las piernas y en los brazos.

Lo contemplamos detenidamente, como si en esa contemplación pudiéramos calmar nuestra ansiedad. Todos queríamos hacer algo con él, guardarlo, esconderlo, devorarlo, no sabíamos muy bien qué.

En la legión nos preparaban para combatir, para decidir rápidamente ante situaciones más o menos parecidas. ¿Qué se debía hacer cuando uno cazaba un hombre alado?

Iulio fue hasta una vertiente cercana y recogió un poco de agua para lavarle la frente. Sobre la ceja, junto a la sien, le había salido un gran chichón, como consecuencia del impacto contra mi casco.

Los cuatro nos peleamos por limpiarlo. Estábamos alrededor de él, en cuclillas, como frente a una partida de dados.

Máximo y yo queríamos desertar, pero Iulio y Marcelo tenían miedo de que nos atraparan y nos tiraran a los leones con ser alado y todo.

Marcelo propuso contarle nuestro secreto al tribuno Publio y buscar su complicidad; pero yo lo conocía y no confiaba en él: era demasiado bruto, hasta para un soldado. Probablemente terminaríamos siendo el hazmerreír del campamento.

Anochecía y debíamos volver.

Cargamos al hombre pájaro y fuimos a la casa de Levina, una prostituta romana que visitábamos con frecuencia. Vivía en las afueras del pueblo. Atravesamos las primeras calles en silencio. Por suerte era temprano y aún no había clientes. Le explicamos que nuestro amigo se sentía mal y que sabríamos agradecerle su ayuda.

Después de los primeros insultos, Levina accedió a que lo pusiéramos en una piecita que tenía en el fondo. Pero cambió de idea cuando pasamos frente a la lámpara y lo vio con claridad.

Ustedes no me dijeron que tenía alas —repuso terminantemente—. No quiero cosas raras en mi casa. Las cosas raras atraen a las autoridades.

Argumenté, no muy convencido, que nosotros éramos las autoridades allí y que nadie más sabía nada.

Levina decía cosas como: “Ya mismo se me van de acá”. “Tengo que trabajar, yo; qué tal si se aparece en mi cuarto cuando esté con un cliente.”

Pero yo estaba seguro de que al final iba aflojar a cambio de una compensación por las molestias. Le pagamos el equivalente a dos jornadas de atención corrida, para que no hiciera pasar a nadie (supimos después por Iulio, quien permaneció de guardia, que Levina había trabajado lo mismo; por suerte el ser alado no recobró el conocimiento hasta el día siguiente).

A la mañana fuimos a verlo temprano. Estaba despierto. Se había incorporado sobre el respaldo del catre y tenía buen semblante, pero aún no brillaba.

Levina trataba de hacerle tomar una tisana de hierbas. A su lado había una pequeña fuente llena de migas de pan.

Se levantó con hambre —dijo ella—. Acabó en pocos instantes con mi provisión de tortillas.

Por el tono de su voz, sospeché que tenía intención de cobrarnos las tortillas aparte.

El hombre alado nos miraba y sonreía. Hablaba largas frases en su idioma, que sonaba como una letanía de gárgaras.

Máximo era el viejo del grupo y había viajado por todo el mundo. Comprendía el griego, el germano, el celta y algo del hebreo.

¿Qué dice? —pregunté.

No tengo idea.

Fue así que aquella misma tarde conocimos a Isacar, un profeta revolucionario que había sido expulsado del templo por sacerdotes conservadores. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, calvo, regordete y de grandes cachetes colorados. Lo trajo Levina; según ella, Isacar era experto en asuntos del más allá y podía interpretar siete dialectos celestiales.

Nos saludó ceremoniosamente y nos preguntó cómo habíamos obtenido al ser alado. Le referí la historia; él atendía entornando los ojos y movía la cabeza de un lado a otro. Cuando terminé, me pidió que lo condujera hasta nuestro huésped.

El hombre pájaro continuaba con la espalda apoyada contra la pared y las piernas extendidas sobre el catre. Una de las alas estaba recogida, pegada a su cuerpo, y la otra caía blandamente al piso. Nos sonrió con amabilidad y comenzó a mascullar sus ruidos incomprensibles. Isacar lo escuchó un rato.

Es barsat —dijo al fin—. Muy frecuente en la zona sur del Cielo. No lo hablo bien, pero lo entiendo.

Para mí era suficiente, así que le pedí que empezara a traducir.

El ser alado charlaba sin cesar y la voz de Isacar se superponía a su discurso:

Dice que debe volver pronto. De lo contrario, Jehová dejará ciegos a quienes lo atraparon y hará que tengan hijos con cuernos y patas de chivo. Y miles de ojos por toda la cabeza.

Nos miramos los cuatro aterrorizados.

Por la noche, cuando se cumplió el segundo día de cautiverio del hombre alado, nos reunimos en el campamento para tomar una decisión.

Unánimemente coincidimos en que había que dejarlo en libertad. Ninguno quería soportar las calamidades con las que nos había amenazado. Además, los gastos en el hospedaje de Levina, en el traductor de barsat y en dos bolsas de tortillas diarias estaban acabando con nuestros pocos ahorros.

Al amanecer, busqué a Isacar y lo llevé a lo de Levina.

Pasamos directamente al cuartito del fondo.

Quiero que trates de decirle algo —le pedí—. Vamos a soltarlo. Enseguida.

Con dificultad, Isacar imitó los sonidos del hombre pájaro.

Éste respondió, e Isacar tradujo:

Dice que está de acuerdo, pero que se siente muy débil para volar, necesita que lo ayuden.

No hay problema —concedí—. Ahora sólo quiero saber una cosa. Preguntale qué hacía en la casa de la mujer donde lo agarramos.

Isacar y el hombre pájaro murmuraron algunas gárgaras más.

Dice que no te importa —contestó Isacar—. Que son asuntos entre Jehová y la mujer.

Recuerdo que el hombre alado nos dirigió unas últimas palabras sobre las colinas que están al este del pueblo. El sol pegaba como un garrote en nuestros cascos y ya empezábamos a sentir la maldición del Señor.

La voz de Isacar se escuchaba apenas. Había mucho viento, pero eso era bueno.

Dice que es un ángel celestial, que no se lo debe confundir con una criatura del infierno, que no proviene tampoco de la Atlántida, ni de las tierras allende los mares. Lo manda Yaveh para advertirnos que el Tiempo está cerca y debemos prepararnos. Acontecerá pronto que Balaam pondrá obstáculos a los hijos amados de Israel. Y estos serán los signos: el toro ya no conocerá a la vaca y buscará a la oveja; por huir, la oveja caerá en las fauces del león. El cielo se teñirá de sangre y todos adorarán a los ídolos y fornicarán. Entre las nubes aparecerá un carro tirado por siete caballos alados; sobre este carro estará el Señor, lanzando rayos por sus ojos y cada rayo matará una serpiente (porque antes habían aparecido tres mil serpientes, que olvidé traducir). Entonces surgirá de las entrañas de la Tierra, Satanás, convertido en el dragón de diez cabezas, con ojos en las patas y uñas en las orejas, vomitando excremento, y se enfrentará a Yaveh, el que vive por los siglos de los siglos.

Creo que los cuatro legionarios presentes nos sentimos felices de ser devotos del bueno y viejo Júpiter.

Esperamos respetuosamente un rato, creyendo que iba a continuar; pero Isacar agachó la cabeza y permaneció en silencio.

Eso es todo —anunció cuando se dio cuenta.

El “ángel” aún hablaba y sonreía con su cara levemente luminosa. Volvía a resplandecer, por primera vez desde que lo atrapamos.

¿Qué dice ahora? —le pregunté.

Isacar parecía agotado.

Repite lo mismo.

Lo miré con desconfianza.

Está bien —suspiró—. Agradece los cuidados y la amabilidad con que lo han distinguido. Te perdona el golpe que le diste con el casco y promete regresar a visitarnos.

Di la señal a Marcelo y a Iulio, quienes amarraron unas sogas a las alas del “ángel” con fuertes nudos. Cuando acabaron, Máximo y yo tomamos los extremos opuestos y tanteamos su firmeza. Entonces nos lanzamos a correr hacia el barranco tirando de ellas, con toda la velocidad que daban nuestras piernas. Después de algunos tumbos, nuestro ángel comenzó a elevarse.

Nos quedamos parados, siguiendo con la mirada el vuelo. Levina se hallaba más atrás, junto a unos chicos que se habían acercado.

Por momentos, el ángel caía unos metros en el aire y volvía a subir. Estaba ya muy lejos de nosotros, parecía un mosquito.

Fue entonces que le dije a Isacar:

La verdad, ¿comprendías su lengua?

Él volvió la cabeza hacia mí.

Lo observé. Escupió contra el tronco de un olivo.

Me di cuenta de lo sencillo que le había resultado engañarnos. Cuatro tontos con un hombre alado entre sus manos son capaces de creer cualquier cosa.

Era una vergüenza que un enviado del cielo bajara a la tierra y nadie pudiera descifrar su mensaje —concluyó Isacar.

Cuando miramos otra vez al frente, ya no lo vimos.

¿Y todo eso del hombre que tira rayos por los ojos y las serpientes y el dragón vomitando excremento? —le pregunté.

Una de las profecías que no me dejaron terminar en el templo, con ligeras modificaciones. Me pareció oportuna para la ocasión.

Llevé mi mano a la espada. Podría haberlo decapitado de un solo golpe; pero no sé por qué, me sentía como aliviado de un enorme peso que había cargado por casi tres días.

Quizá Isacar tuviera razón: a nosotros qué nos importaba.

Sin embargo, ya no éramos los mismos cuatro legionarios de antes. Algo como un gusano de luz emanado de las alas del hombre pájaro nos corroía.

En ese instante, revisando en el fondo de los cielos, tuve el presentimiento de que iban a pasar todavía muchas cosas inexplicables. Ignoro si fue por eso o por el viento de la tarde, que me dio un escalofrío en la espalda.

Y les dije a los muchachos que volviéramos al campamento

Jorge Accame

Octubre

Hola, Spinoza, soy Borges

Jorge Luis Borges quiso escribir un libro sobre Spinoza, para lo cual reunió una profusa bibliografí­a sobre el autor de la Etica, de la que poseí­a versiones en múltiples lenguas, entre ellas castellano, francés, inglés y alemán. “Me he pasado la vida explorando a Spinoza”, confesó Borges. Sin embargo, nunca escribió ese libro, aunque, con el intervalo de diez años, compuso dos sonetos en homenaje al filósofo. ¿Por qué un hombre que dedicó una larga vida productiva a la literatura -Borges empleó más de seis décadas de su vida en escribir- no pudo llevar a cabo ese proyecto? ¿Qué se lo impidió? Existen algunos indicios de que la resistencia de Borges dotado de un gran sentido de la reserva, alguien cuya notoriedad no buscada lo colocó, en las últimas dos décadas de su vida, en la mira de los medios de comunicación, incluso de aquellos más sensacionalistas, y que al enterarse de que padecí­a un cáncer incurable decidió, contra todos los condicionamientos familiares e ideológicos, mudarse, para morir en paz, a una ciudad extranjera -para escribir finalmente el libro que anhelaba sobre Spinoza era la misma que sentí­a para hablar de sí­ mismo. “Junté los materiales”, admitió, “y luego descubrí­ que no podí­a explicar a otros lo que yo mismo no puedo explicarme”.

Esa sospecha se incrementa leyendo la transcripción del diálogo que Borges sostuvo con el público que asistí­a, la tarde del 16 de enero de 1981, a su conferencia sobre Spinoza en el salón de actos de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Uno de sus oyentes, uno de los psicoanalistas que estaban allí­ aquella tarde, le preguntó por que habí­a dicho Borges que Spinoza nunca podrí­a haber hablado con Quevedo. Debe explicarse que antes, en otro momento de la conferencia, Borges se habí­a maravillado de que en la biblioteca del filósofo de La Haya estuvieran Cervantes y Quevedo. Y Borges, ante la pregunta de su interlocutor, se explayó sobre la desmesura de Quevedo. Pero lo hizo de una manera sorprendente, de una manera que instala la hipótesis en la que se basan estas lí­neas. Es sorprendente, en efecto, la forma que tuvo Borges de aludir a ese triángulo (Spinoza-Borges-Quevedo). En la tarde de ese 16 de enero de 1981, en la casa de los psicoanalistas de Buenos Aires, Borges dijo, textualmente, estas palabras: “Al decir Spinoza creo que pensé en mí­. Yo no podrí­a conversar con Quevedo”.

Cuando Borges, aquel 16 de enero de 1981, habló ante los psicoanalistas de Buenos Aires, aún estaba alineado junto a la dictadura que entonces regí­a el paí­s. Habí­a accedido a comer con Videla, lo elogió, se dejó condecorar por Pinochet, alentaba un golpe de Estado contra James Carter.

Pero las cosas habí­an cambiado cuando Borges volvió a hablar sobre Spinoza, otra tarde, la del 1o. de abril de 1985, en la Sociedad Hebraica Argentina. Entre ambas fechas, en realidad a fines de 1981, antes de la guerra de las Malvinas, en un documental para la BBC, hablando en inglés, habí­a dicho: “Al ser ciego, y no leer los diarios, yo era muy ignorante. Pero la gente vino a mi casa a contarme historias tristes sobre la desaparición de sus hijos, esposos, así­ que ahora estoy bien enterado… Ahora lo sé todo sobre esa miseria y esos crí­menes…”.

Entre una y otra fecha, discretamente, sin alharacas, algunas madres habí­an subido, una y otra vez, al modesto séptimo piso de la calle Maipú, para hablar, en susurros, poco menos que en secreto, con Borges.

Un poco más de tres siglos antes también hubo visitas discretas en la modesta casa de pensión del decorador Van Deer Spick en la Pavilgongracht de La Haya, en uno de cuyos cuartos viví­a el filósofo y pulidor de lentes Baruj Spinoza. Un sombrí­o carruaje negro, con las cortinas echadas y algunos guardias embozados, aguardaba al visitante que habí­a ido a entrevistar, a sostener largas conversaciones con el inquilino de la casa de hospedaje. Era el Gran Pensionario Jan de Witt, jefe de la república holandesa e impulsor del régimen liberal y progresista, el poderoso Jan de Witt, el más grande polí­tico holandés de su tiempo, quien no vacilaba en acudir una y otra vez a la pensión del señor Van Deer Spick porque consideraba indispensable discutir con el filósofo los laberintos de la polí­tica de su tiempo, una polí­tica que se cobrarí­a todas las deudas sobre la persona del Pensionario, a quien las turbas orangistas asesinarí­an, una aciaga jornada de agosto de 1672, mutilándolo atrozmente. Al conocer la tragedia, el hombre quieto de la Pavilgongracht perdió su prudencia proverbial y, desesperado, quiso fijar sobre los muros, en el lugar del crimen, un libelo acusatorio que redactó y tituló Ultimi Barbarorum. Pero el señor Van Deer Spick se lo impidió, salvándole la vida.

Quizá fueran algunos de estos hechos los que rondaban la cabeza de un hombre de 85 años -sólo le quedaba uno de vida- cuando el 1o. de abril de 1985 -el dictador Videla ya no estaba en el poder, sino en la cárcel- hablaba en la sede de la comunidad judí­a bonaerense y confesaba: “Me he pasado la vida explorando a Spinoza”. Y Borges -podemos imaginar, quienes no estuvimos allí­ aquella tarde, en aquel salón de la calle Sarmiento, de Buenos Aires, la voz gangosa y quebrada de Borges, su tono monocorde -explicaba que “Spinoza llevó su voluntad, no diré de engendrar, sino de erigir a Dios, ese cristalino laberinto, hasta el fin”. Y de inmediato Borges pronunció la siguiente invocación: “Pero mientras él se dedicaba a ese propósito estaba creando otra imagen. Esa otra imagen no es menos inmortal que la de Dios. Es la imagen que ha dejado en cada uno de nosotros. La imagen de su propia vida. Recuerdo la expresión latina vida umbratiles (“vida en la sombra”). Es lo que buscó Spinoza y lo que no ha logrado ciertamente, ya que ahora, tantos siglos después, estamos aquí­, en el extremo de un continente que él casi ignoró; estamos aquí­, pensando en él, yo tratando de hablar de él, y todos extrañándolo. Y, curiosamente, queriéndolo”.

Años antes, Borges, en el primero de los dos sonetos que dedicó a Spinoza, lo habí­a nombrado con parecidas palabras: “…el hombre quieto / que está soñando un claro laberinto…”. Y diez años más tarde volvió a evocar el cuarto de pensión de La Haya, allí­ donde “…el asiduo manuscrito / aguarda, ya cargado de infinito. / Alguien construye a Dios en la penumbra”.

En los mismos años en los cuales, en la Argentina del dictador Videla en el poder y luego en la cárcel, Borges evoca e invoca a Spinoza, otro hombre hace lo propio en la cárcel de Rebibbia, en Roma (pero también en otras prisiones esparcidas por toda Italia: las de Rovigo, Fossombrone, Calvi y Trani), donde ha sido encerrado por considerársele el autor intelectual del terrorismo de las Brigadas Rojas.

Es Antonio Negri, o Toni Negri, catedrático de filosofí­a y preso polí­tico que comienza el libro que escribe en la celda con una frase drástica: “Spinoza es la anomalí­a”. Y explicando que si Spinoza, ateo y maldito, no terminó en la cárcel o en la hoguera, a diferencia de otros innovadores revolucionarios de los siglos XVI y XVII, se debe al hecho de que el mercantilismo holandés del XVII “experimenta una tendencia hacia un porvenir de antagonismos”.

Porque, para Toni Negri, la anomalí­a de Spinoza es una “anomalí­a salvaje”, porque “Spinoza muestra que la historia de la metafí­sica comprende alternativas radicales”.

¿Qué tienen que ver el doctrinario rabioso de la ultraizquierda que se revuelve en el ergástulo con el escritor reaccionario que elogia a la dictadura? ¿Cuál es el ví­nculo secreto que une a uno y otro con Spinoza?

Es Pere Gimferrer, en la página de su dietario que escribió el 22 de noviembre de 1981 en El Correo Catalán, quien da una pista, pues, aludiendo a otro revolucionario que por esas fechas se habí­a precipitado en la demencia criminal -Althusser-, encuentra una ligazón con Borges, que es posible extender a Negri: “El rechazo en Borges y en Althusser [y, yo agrego, en Borges y en Negri. A.A.] de cualquier transacción entre lo real y lo utópico”. Señala más adelante Gimferrer que, “desde un polo quizá sólo aparentemente opuesto, el escepticismo absoluto de un Borges tiene un fondo crí­tico no muy distinto y recibe, con la acusación de reaccionarismo, la misma consideración social de hecho delictivo”.

En la sede de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, un psicoanalista le dice a Borges, la tarde del 16 de enero de 1981, que “su lectura (de Spinoza) ayuda a leer al escritor como personaje”.

Y Borges reincide en su idea de la corporización de Spinoza, porque confirma que “un escritor crea (…) no solamente al personaje de sus sueños, sino que deja adherido otro personaje que es él mismo”. Y si bien, para Borges, “Spinoza no se propuso dibujarse, sino convencernos de la verdad de su sistema, sin embargo hoy pensamos en Spinoza y pensamos en él como en un querido amigo que hemos perdido, que no hemos tenido la suerte de conocer”.

Y Borges, que al pensar la incompatibilidad entre Spinoza y Quevedo ha confesado que pensaba en la incompatibilidad entre Borges y Quevedo, es decir, que al pensar en Spinoza pensaba en él mismo, vuelve una y otra vez a Spinoza como personaje: “Lo que ha quedado del nombre de Spinoza no son sus demostraciones, que creo que no convencen a nadie, su método geométrico: todo eso ha desaparecido. Lo único que hay son esas dos imágenes, la del hombre Spinoza, que nació y murió en Holanda, que rehusó favores que le ofrecí­an los grandes, que quiso vivir en humildad; y luego, la idea de un Dios infinito”.

Pero para Borges el sistema no es un atributo de Dios, sino un atributo de Spinoza. Y Borges, en su conferencia del 16 de enero de 1981, vuelve a reiterar la trama a partir de la cual ha construido uno de sus cuentos más célebres la del hombre que quiere dibujar el mundo, y va dibujando un ancla, luego un árbol, luego un laurel, y una espada una balanza, un muro, un cí­rculo, y luego advierte que lo que ha dibujado el sólo su cara.

Y Borges, cuando termina de dibujar su cara, advierte que es la cara de Baruj Spinoza.

Porque Borges, que pensó, escribió y habló de la muerte con asiduidad nunca desechó la reencarnación. Y una vez dijo, con escepticismo, con módica esperanza, con resignación: “Puede ser que haya otra vida, por que no. Que uno, después de lodo lo que tuvo que pasar, en vez de descansar, vuelva a nacer y siga viviendo…”.

Y esto explicarí­a la hipótesis que el lector quizás haya adivinado ya, y que recorre estas lí­neas como una arteria madre, la hipótesis que explicarí­a la obsesión de Borges, sus sonetos, las conferencias que pronunció en sendas tardes, una del verano austral, otra del otoño, en Buenos Aires, la extraña trasposición de identidades a propósito de Quevedo y la fantasí­a sobre el dibujo de un rostro.

A saber: que esa reencarnación se habrí­a producido, y que un filósofo holandés del siglo XVII volvió a vivir en la piel de un escritor argentino del siglo XX.

Alvaro Abós.

Octubre

La mujer tigre

Greg Baker

Greg Baker

No hay nada más espléndido que las manchas color albaricoque de su cuello, que se estira y se pliega cuando atisba los flancos. Hace tiempo que la estudio y, de momento, lo único que he conseguido averiguar es que duerme por la tarde, se pierde por las noches y se asoma de este lado sólo al mediodía, cuando el sol le acentúa las franjas del lomo y enciende sus pupilas piedra pómez. Desde el día en que la encontré, distraída, clavándose un colmillo en el labio con delicadeza, no he dejado de imaginar la cacería. ¿Quién cazaría a quién? Desde luego su boca promete el vértigo, la sangre, el rito de la muerte ágil. Mi arma es esta pluma: suficiente al menos, para sucumbir con dignidad. Ese temblor del costado, de las rayas de su vientre al respirar, me salpica la vista, me obsesiona. Su dulce rugir de pequeña catarata me persigue cuando sueño. Al despertar, en cambio, sueño con perseguirlo. Ella tiene demasiado olfato como para dejarse sorprender en una página. Haría falta una novela, quizá varias, para poder albergar la esperanza de que bajase la guardia por un instante, en mitad de algún párrafo. Pero para hacer eso necesitaría estudiarla durante años. Al fin y al cabo, todo consiste en engañar al tigre. El hambre, algunas veces, la obliga a acercarse con encantador disimulo y relamerse. Si todavía no me ha atacado es porque, de momento, le agrada esto que escribo, o al menos le hace gracia a su coquetería. Por mi parte, estoy dispuesto al sacrificio: la supervivencia es tan mediocre… Sé bien que le importo poco, que para ella soy, básicamente, un curioso trozo de carne. Aunque también sé que, si transcurre un par de días sin que nos veamos, ella busca cualquier pretexto para regresar y rondar mi cuento. Incluso a veces me hace el honor y decide afilarse las uñas delante de mis ojos, frotándolas contra un árbol con una lentitud exquisita. Otras veces he notado cómo se demoraba al marcharse, mientras dibujaba hipnóticas ondas con su cola manchada. Y aún más. Estoy seguro de que en su guarida de fiera inconmovible, en las noches de luna clara, se siente sola. Y de que a veces, también, hace un esfuerzo y me recuerda.

Andres Neuman

Octubre

Ciudad ajena

Lyonel Feininger

Lyonel Feininger

Si quieren llámenlo intuición femenina, o locura, o como quieran llamarlo, porque lo que es yo ni lo pienso calificar y son ustedes los que necesitan una etiqueta para cada cosa. Aquí y ahora no tengo por qué darle un nombre a nada, y menos aún tratar de explicarlo; tan sólo quiero ir tragando el miedo a grandes bocanadas mientras espero que él vuelva.

Todo empezó hace un mes, quizás, aunque a mí ya me parece que nunca ha empezado. Fue por culpa de la intuición femenina o como se hayan decidido a llamarlo los que viven del mal lado de las cosas y sólo conocen las realidades más palpables. Yo, por lo pronto, siempre tuve un mundo propio lleno de emociones y nunca me he fiado de las palabras, menos aún de su significado. Pero cuando lo escuché cantar me dije: tiene una voz como para resucitar a los muertos, y en eso las palabras no me la jugaron sucia y pude saber después que no me había equivocado. Mi mundo nada tiene que ver con la fantasía, ni siquiera con la ciencia ficción: está hecho de pequeñas cosas que los dioses tiene a bien ofrecerme cuando las merezco y que yo sé identificar entre millones de otras casi idénticas. Las piedras, por ejemplo. Sé que las piedras son mis amigas. Un día que estuve especialmente lúcida encontré un canto rodado en forma de gallina; al poco tiempo apareció otro que parecía una fabulosa mujer con un solo pecho y el ombligo que le atravesaba el cuerpo. Cosas muy menores, claro, comparadas con mi ciudad. Primero la encontré en sueños, después la fui a buscar justo donde la había soñado, del otro lado de los Andes y a pico sobre el Pacífico. Es una ciudad de ojivas y duras fortalezas moradas que la montaña, pensé por un tiempo, había fabricado para mí.

Tiene una voz como para resucitar a los muertos, me repetía mientras lo escuchaba cantar. Era ya bastante premonitorio que para llegar hasta él hubiera que bajar tantos escalones, y como la palabra casualidad no existe, la primera vez bajé impulsada por algún oscuro designio, el mismo que me había llevado hasta ese barrio de estibadores y de solapadas prostitutas.

Me molestó haberlo encontrado, saber de su existencia, poder desenmascararlo. Era la voz de otra raza que se arrancaba de sus tripas al tercer vaso de aguardiente y sólo yo lo sabía, aunque los demás que parecían tan pálidos y fantasmales al lado de su negra piel animal también intuían algo y escuchaban en un silencio que era de comunión. Volví dos, tres veces, justo al quinto toque de las doce cuando él empezaba a cantar. Llegaba para asistir al repetido rito de los parroquianos que dejaban los dados y las cartas y hasta se enjugaban los labios para no tomar más mientras él estuviera cantando. Y al tercer día decidí: voy a llevarlo a mi ciudad que cuelga sobre el mar; su voz puede hacer resucitar a los muertos y mi ciudad está llena de espíritus que bailan a mi alrededor y tratan de decirme cosas cada vez que llego hasta allí atravesando las montañas.

Sólo él era capaz de materializar a mis muertos para que yo pudiera descifrar ese pedazo de naturaleza que ayudada por el viento una vez trató de imitar la obra de los hombres. Los que murieron allí tenían que conocer ya el misterio que cuelga de los picos más altos y que nunca me ha dejado dormir en esas noches solitarias entre las rocas. Año tras año, todos los veranos, casi con devoción, dejaba atrás los volcanes para tratar de develar el secreto de mi ciudad, y en aquel momento, sentada a la mesa del rincón escuchándolo cantar, me di cuenta de que no podía hacer nada sin su ayuda y decidí llevarlo.

Pensé que la luz del día no tenía por qué borrar su existencia y volví a la mañana siguiente al boliche para preguntarle al mozo dónde podría encontrarlo. Pero él estaba allí, en la misma posición que la noche anterior. Sólo había cambiado la expresión de su cara y por el piso rodaba su botella vacía. Bajé la escalera con parsimonia, acerqué una silla a su mesa y empecé a explicar. Hablé durante una hora y no logré arrancarle ni siquiera un gesto.

Usted es el único que puede ayudarme, le dije como despedida. Me voy dentro de quince días. Véngase conmigo…

Tanta imploración de mi parte y él ni levantó la vista, así que me alejé arrastrando los pies y como vencida. Hasta que subí las escaleras y salí a la calle y por fin pensé que quizá no entendiera las palabras cotidianas y que sólo debía ser permeable a alguna oscura señal cabalística. Volví corriendo para ver si todavía se podía hacer algo, y al empujar la puerta vaivén él levantó la vista y sus ojos me mostraron un instantáneo brillo de comprensión que alcanzó para alimentar mi tenacidad. Noche tras noche llegué justo a la hora en que empezaba a cantar. Poco a poco fui abandonando mi rincón hasta ganar la triste claridad que lo rodeaba, pero él parecía no reconocerme.

La noche antes de la partida decidí jugar la última carta. Me senté a la mesa que enfrentaba la suya, dejé mi mochila sobre el piso y esperé. Estaba como dormido y sus ojos brillaron sólo cuando empezó a cantar.

Necesito que reviva a mis muertos para saber, me repetía para darme fuerzas. Por fin decidí sacar de mi bolsillo los boletos para Copahue, primera etapa del viaje. Eran dos y traté de ponerlos justo bajo sus ojos. En ese momento agachó la cabeza y al verlos dejó de cantar dejó de cantar, súbitamente. El silencio rompió la calma. Los parroquianos recuperaron sus sistemas nerviosos y me descubrieron, con sorpresa, y uno de ellos arrimó su silla a la mía y trató de abrazarme. Yo sólo lo miraba a él y noté que sus músculos se iban poniendo tensos hasta que su brazo se distendió como un resorte para golpear la mandíbula del tipo a mi lado que cayó arrastrando la silla. Y antes de que los demás pudieran empezar a asombrarse tomó los boletos y la mochila con una mano mientras con la otra me empujaba a través del salón y escaleras arriba.

En el maldito hotel del Bajo descubrí que su cuerpo tenía la exacta forma que yo deseaba, pero él no quiso saber nada del mío ni de mi agradecimiento. A la mañana siguiente empezó el destartalado viaje por caminos de polvo y pampa, primero, por caminos de montaña después, días y noches con sus interminables paradas. Viajó mudo y erguido, sin ver nada, sin quejarse ni asombrarse. Le falta aguardiente, descubrí. Voy a tener que comprarle unas cuantas botellas para que pueda cantar con toda el alma cuando lleguemos a mi ciudad.

En el preciso instante en que se diluían las horas llegamos a Copahue, el valle de los volcanes con chorros de agua hirviendo que surgen del fondo de la tierra para que la montaña se convierta en el infierno. Llegamos al olor a azufre y a las nieves eternas.

Ya era una costumbre en los hoteles: los dos en la misma cama tratando de no tocarnos. Pero esa noche el termómetro marcaba bajo cero y él empezó a temblar debajo de las mantas. No iba a dejarlo sufrir, ahora que lo tenía, y casi sin pensarlo traté de pasarle un poco de mi propio calor. De golpe sus brazos revivieron, revivió cada célula de su cuerpo y no tuve más que dejarme estar para que los ritos se cumplieran.

Me desperté ya entrada la mañana y quise sentirlo cerca. Estiré la mano sobre las sábanas pero mi mano corrió sin encontrarlo y supe que me había abandonado para siempre. Rotos los designios y las claves por faltar a la pureza, por atender al deseo, justo cuando estábamos tan cerca de mi ciudad. Me vestí como pude y salí corriendo sin hacerle caso al viento que insistía en empujarme y hacerme caer, sin hacerle caso a los diminutos volcanes que nacían a mi paso y me quemaban los pies. A medida que corría me iba olvidando de él, de sus brazos, de su cuerpo negro. Mis muertos, gritaba, estoy perdiendo a mis muertos.

Creí que no iba a encontrarlo más, que se había esfumado con mi aliento, pero por fin apareció frente a la laguna de barro hirviendo: estaba mirando las burbujas gigantes que crecían y reventaban en borbotones ensordecedores. Tiritaba de frío y parecía alucinado.

Lo agarré de la mano como aun chico y lo llevé del otro lado del valle, donde estaba el mercado de los indios. Le compré un poncho bien grueso y empecé a reír al verlo tan solemne y acriollado; él también sonrió y de golpe tuvo esa expresión suave como cuando cantaba. Compramos todas las provisiones, contratamos los caballos para la madrugada siguiente y corrimos de un lado al otro siempre de la mano arreglando los pormenores de la gran aventura. No me olvidé del aguardiente, y cuando tuve que pagar vi que me estaba quedando sin plata para la vuelta, aunque la vuelta era lo que menos importaba.

Con los primeros rayos de sol nos alejamos de las casas de piedra y de las barrosas lagunas enrojecidas. Había que dejarse estar por ese camino de montañas estériles, por los desfiladeros colgando sobre el precipicio, por los troncos angostos que cruzan los torrentes. Sólo el caballo conoce el secreto para no desbarrancarse y hay que dejarlo ir sin un solo tirón de riendas. Las largas horas de marcha se aliviaron en Chanchocó, el pueblito chileno de chozas chatas e indios silenciosos. Pero no podíamos quedarnos a descansar en ese mediodía de miradas hoscas, sólo el tiempo para comer algún bocado caliente, para cambiar de monta y otra vez andando por las montañas hacia mi ciudad, a revivir a mis muertos.

El cansancio no se siente en las alturas donde todo es cansancio y apalstamiento, pero él tenía un frío quemante y desconocido que lo hacía tiritar bajo el poncho. Empezaba a arrepentirme de haber traído a este ser acostumbrado al calor y a la inercia pero la idea de saber que pronto el misterio de mi ciudad me sería develado me volvió cruel y seguí andando sin mirarlo, alcanzándole tan sólo la botella para que bebiera. Después de un trago muy largo pareció reanimarse y pudimos llegar hasta el gran corral de roca donde yo siempre largaba los caballos. Trepamos a pie por la montaña abrupta. El intuyó que ya estábamos cerca porque empezó a cantar en voz baja, jadeante, hasta que por fin aparecieron las cuevas y murallas de vivos colores ocres que formaban mi ciudad colgada sobre el mar. Me ganó la misma extraña paz de siempre y me senté junto a él en el parapeto a pique sobre el abismo, de espaldas a las aguas que se desgarraban abajo. Tuve que contenerme para no correr por entre los laberintos y me quedé muy quieta mientras él contemplaba mi ciudad como queriendo penetrarla.

Su voz surgió de golpe, vibrando entre las rocas. Cantaba como nunca había cantado antes, poniendo todo lo que tenía y acompañado por la percusión de la montaña. Mientras el sol se ocultaba, su canto subía y crecía invadiendo el fondo negro de las cuevas, y yo luchaba para no escuchar su voz sino el mensaje que me vendría de mis muertos. Su canto entraba por los túneles y se arremolinaba y volvía diferente en el eco. Y de golpe la vi justo donde debía estar el remolino: era una claridad fantasmal que parecía surgir de la tierra como un vapor blanco y oscilante. En esa claridad se iba a develar el misterio, sin duda, y contuve la respiración para no ahuyentarla.

No quise ni siquiera dar vuelta la cabeza para mirarlo a él pero como su canto habría de traerme la verdad rogué que no se callara. Siguió cantando más fuerte, más hondo, y la claridad empezó a tomar muchas formas que se arrancaron de las sombras para ir ganando la luz violácea del atardecer. Surgieron nebulosas para irse armando poco a poco, hasta que mi expectativa se convirtió en espanto y quise gritar y no pude y quise retroceder pero no fui capaz de moverme. Ellos estaban allí, delante de mí, acercándose. Esperaba sus espíritus y eran sus cuerpos los que se me aparecían, huesos con pedazos de piel colgando y una siniestra sonrisa sin labios.

-¡Cállese!- grité cuando pude recuperar la voz, pero él no pareció oírme y siguió cantando mientras los muertos se me acercaban, implacables, balanceándose al ritmo distorsionado de su canto.

-¡Cállese! ¡Cállese!

En la desesperación me tapé los ojos, pero nada podía contenerlos y sus imágenes se colaban por entre mis dedos mientras ellos avanzaban. Sólo él podía hacerlos desaparecer dejando de cantar, pero parecía querer seguir cantando eternamente. No me quedaba otro remedio, y me resultó demasiado fácil. Un único empujón me bastó para hacerlo callar también eternamente. Las piedras que lo sostenían se soltaron y sin un grito lo vi precipitarse al abismo; en ese momento sólo supe que los cadáveres se habían apagado con la última nota de su canto. La viscosa sensación de terror y de asco que me dejaron tardó mucho en abandonarme pero después fue peor porque me di cuenta de lo sola que estaba en la noche y en el mundo y empecé a sentir en mí el dolor que antes fue de él, el desgarramiento de su cuerpo oscuro. Ese cuerpo que alguna vez podrá remontarse si alguien como él, con una voz capaz de resucitar a los muertos, llegara hasta mi ciudad.

Lo estoy esperando.

Luisa Valenzuela

Septiembre

Fin de fiesta

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Marc Riboud

La fiesta había terminado. Él la acompañó en la vereda, hasta que apareció un taxi.

La despidió con un beso casto, sin atreverse a más, como de costumbre. Ella le dio un abrazo tierno y ortodoxo, se tragó una pregunta, la habitual, y subió al auto.

Al cerrar la puerta, el alma de él tomó impulso y saltó hacia el asiento de atrás. El alma de ella hizo un esfuerzo y se lanzó a la vereda.

El taxi se alejó. Él se fue desalmado, pero acompañado.

No hay nada que hacerle; las almas siempre tienen más coraje que sus dueños.

Gabriela Villano

Septiembre

El señor Serrano

Rene Magritte

René Magritte

“Un instante después, Mike sintió la mirada, clavada en su propia nuca. Giró súbitamente y, al encontrar los ojos de ella, más azules que nunca, encendidos como los potentes reflectores de un Lincoln ocho cilindros en medio de una tormenta, esbozó su más irresistible sonrisa. Sheilah se puso de pie, sin dejar de mirarlo, y con ambas manos se alisó el vestido, que crujió como una papa frita en el momento de ser masticadas lo que hizo resaltar sus perfectos senos túrgidos y las líneas que delimitaban su excelente figura, de caderas poderosas y unas esbeltas piernas que terminaban en un par de sandalias doradas, si se podía llamar sandalias a esas tiritas de cuero que de alguna manera se las ingeniaban para dejar a la vista sus uñas carmesí. Caminó hacia él con la contundencia de un destróyer en una bahía del Caribe colmada de colegiales. ‘Es una lástima, nena’, musitó él mientras extraía su 45 de la sobaquera ante la mirada incrédula de ella. Un segundo después, Sheilah parecía un lujoso maniquí maltratado al que le habían pintado un grotesco punto rojo en el medio de la frente”.
–’Tá madre –dijo el señor Serrano, abandonando el libro a un costado de la cama y poniéndose de pie para apagar el calentador que estaba sobre la mesita, junto al ropero. Dio unos golpecitos al mate, para asentar la yerba, y luego empezó a cebar mientras observaba la pieza de paredes descascaradas, con ese almanaque del año pasado que no se había molestado en cambiar, como único adorno, y volvió a sentarse, en el borde de la cama, dejando la pava junto a sus pies y considerando que el frío no era lo más terrible para un viejo; él tenía sesenta y cuatro años y podía soportarlo perfectamente, mucho mejor que a esa pertinaz, intolerable soledad que parecía envolverlo como una telaraña.
Vivía en esa pieza desde hacía veinte años. Cada mes le costaba más pagar el alquiler, no porque le aumentaron la cuota, sino porque su jubilación se tornaba ostensiblemente impotente en su cotidiana lucha contra la carestía. Tenía un gato al que sólo veía cuando dejaba comida en el balcón, dos malvones, un helecho y un gomero nuevo que le habían traído de Misiones el verano pasado y que, seguramente, no sobreviviría al invierno. Tomaba dos pavas de mate por día, como mínimo, leía el Clarín todas las mañanas, dormía poco, se aburría mucho y odiaba a todos sus vecinos del edificio porque todos lo odiaban a él, quizá porque silbaba permanentemente, quizá porque la gente desprecia o teme a los solitarios.
–Basta de leer, me voy a volver loco –se dijo, y se quedó pensando en su vida, que no le parecía otra cosa que una constante pérdida de tiempo. Todo lo que había hecho era igual a cero. Nada de nada. Y ya no podía echarle la culpa a la dichosa retroactividad que no le pagaban desde hacía por lo menos diez años; no era tonto, sabía que sólo a él le correspondían las culpas, quizá por no haber estudiado ni tenido ambiciones. Pero ni siquiera estaba seguro de eso; a veces recapitulaba su vida, como si hubiera sido una película que se pudiera rebobinar, y, ciertamente, se perdía en elucubraciones, detalles intrascendentes, lagunas de su memoria, rostros difusos, momentos de tristeza y siempre se topaba con una sensación de agobiante soledad.
Quizá por todo eso, desde hacía varios meses (desde una tarde en la que se había despertado luego de una breve siesta, lloroso y aterrado porque en su sueño un agresivamente más joven señor Serrano le había gritado que era un pobre tipo), sólo pensaba en hacer algo grande algún día. Soñaba con cambiar su destino, si lo tenía, si acaso el destino se había ocupado de él. Y lentamente fue decidiendo que llegaría el momento de probarse que no era un pusilánime, que su vida sólo había sido un reiterado desencuentro con las oportunidades de hacer algo grande. Entonces dejaría boquiabierto a más de uno, saldría en los diarios, sería famoso y discutido.
Se puso de pie, sacó del ropero la bufanda y los guantes de lana, se los calzó, salió al balcón y se recostó en la baranda, mirando la calle adoquinada, siete pisos más abajo, mientras consideraba la idea que acababa de concebir. Si bajo por la escalera evito un ascensor delator. Espero que la chica abra la puerta, tranquilamente sentado y sin silbar, y así eludo tocar el timbre. Cuando aparezca me asomo y le digo cualquier cosa; ella no va a sospechar de un viejo manso, de modo que podré acercarme y meterme de prepo en su departamento. Adentro la acorralo y antes que grite le tapo la boca y la estrangulo. Todavía tengo fuerzas. Será sencillo, fácil y nadie sospechará de mi. Y yo estaré orgulloso de mi obra. Los voy a sobrar a todos, ya van a ver.
Terminó de sorber el mate, entró a la pieza, se cebó otro y salió nuevamente, imperturbable, sin importarle la baja temperatura de la mañana ni el viento gélido que le cortaba la cara. Tenía la piel curtida, dura, de hombre que ha pasado toda su vida a la intemperie, castigado por soles y fríos.

Desde que se iniciara, a los quince años, como aprendiz en una carpintería de la calle Victoria, había trabajado sin cesar hasta que se jubiló como oficial de la casa Maple, justo cuando lo consideraban un artista de la garlopa y del escoplo pero se interpuso en su camino aquella sierra que le cortó un par de tendones en el muslo derecho y le produjo esa odiosa renguera que le dolía tanto los días de lluvia y a la que jamás se resignó. Entonces, a los cincuenta y dos años, todavía no conocía la dimensión de su propia soledad; todavía se reunía, por las noches, en el almacén de Gurruchaga y Güemes para jugar al dominó, haciendo pareja con el finado Ortiz, aquel viejito que tenía tantos nietos como pelos en la cabeza, una impecable sonrisa permanente y la sólida convicción de que moriría de un síncope mientras estuviera dormido; todavía pasaba los domingos por el Jardín Botánico, se sentaba en un banco a leer el diario, espiaba a los chicos y a los ancianos que confraternizaban jugando al ajedrez bajo los árboles, y después, al mediodía, comía un sánguiche en alguna pizzería frente a Plaza Italia, caviloso, antes de ir a la cancha para ver a Atlanta y comprobar su incapacidad de emocionarse, de festejar un gol, de lamentar las tan reiteradas derrotas.
“Qué tiempos”, solía repetirse, como si el pasado tuviera elementos envidiables , materiales para la nostalgia, alguna mujer –por lo menos– cuyo rostro recordar. Porque en su vida las mujeres no habían ocupado un lugar destacado. Acaso una, Angelita Scorza, la hija del enfermero que vivía en Republiquetas y Superí, lo había embriagado alguna vez hasta tal punto que le juró amor eterno y eterna fidelidad; pero la pasión que en ella despertó un estudiante de medicina de quien ya no se acordaba el nombre denigró sus sentimientos. Angelita se casó, finalmente, con el muchacho, una vez que éste terminó sus estudios, y él se aplicó a las faenas del olvido sin que le costara demasiado, envuelto en sus meditaciones de carpintero hasta que, luego de unos años, el rostro de Angelita se fue convirtiendo en una referencia vaga del viejo barrio, en un simple matiz de su adolescencia. Y ya no hubo mujeres en su vida, salvo alguna que otra prostituta sin cara, de esas que frecuentaban las cercanías de Puente Pacífico y con quienes protagonizaba simulacros de pasión que, después, no hacían otra cosa que ratificar su desamparo, su desarraigo, el inmenso abismo que lo iba separando del mundo.
Al acabarse el agua de la pava, Serrano sintió como una vaharada de calor, una extraña sensación de urgencia que no supo controlar. Nervioso, se alejó de la baranda y penetró en la pieza apenas iluminada por el resplandor de la mañana plomiza, tan típica de julio en Buenos Aires, y contempló, sin conmiseración, esas cuatro paredes sórdidas y húmedas por las que los días pasaban, aterradores, llevándose lo que le quedaba de vida sin que él pudiera resistirse, sin que siquiera lo intentara.
Entonces pensó que, quizá, había llegado el momento. No tenía sentido seguir esperando, y leyendo novelitas policiales de segunda categoría, mientras el tiempo se esfumaba; no podía permitir que sus fuerzas se agotaran ni que se le terminaran de ablandar los músculos que habían desarrollado sus brazos y sus manos después de tantos años de manipular maderas.
Se dirigió al lavatorio y se miró en el espejo, sólo por un segundo, como evitando detenerse en los profundos surcos de la frente, en la palidez de su piel, en la casi tangible vacuidad de su mirada, o acaso simplemente tratando de huir de sus propios ojos, que lo hubieran observado acusadoramente, quizá con sorna también, para indicarle que estaba perdido, que jamás haría algo grande porque sus proyectos, siempre, habían habitado más el campo de los sueños imposibles que los terrenos de la realidad. Se alejó del espejo, disgustado, se encasquetó el viejo y manchado sombrero de fieltro y salió al pasillo, conmovido y asombrado por el odio que sentía.
Luego de comprobar que todas las puertas estaban cerradas, bajó por la escalera sin apuro, luchando por serenarse. En el piso inferior se detuvo, vigilante, pegado a la pared, mirando la puerta de un departamento, dispuesto a esperar. Así estuvo no supo cuánto tiempo, con la mente despejada, tan en blanco como una cucaracha de panadería, hasta que se abrió la puerta y una joven de enormes ojos negros, menuda y perfumada, se asomó al pasillo.
Ella lo miró, extrañada. “Hola, señor Serrano”, le dijo, con una breve sonrisa. “Buen día, señorita Aída”, contestó él, acercándose un paso, alzando una mano enguantada y sin dejar de mirarla a los ojos. La muchacha cerró la puerta y pasó a su lado, deteniéndose junto a las rejas del ascensor. Apretó el botón y una pequeña luz roja se encendió sobre su dedo. Serrano, súbitamente tembloroso, la observó con los ojos fijos en la mano que ahora tomaba la manija de la puerta acordeonada y empezó a silbar un tenue, atónico soplido entrecortado.
“¿Le pasa algo, señor Serrano?”.
“No…, no, m’hija, nada. No pasa nada”, dijo él. Se dio vuelta y subió hasta su piso, por la escalera. Antes de abrir la puerta de su departamento supo que era, definitivamente, un pobre tipo. Su sueño de hacer algo grande, algún día, le parecía lejano, inimaginable como la cara de Dios.

Mempo Giardinelli

Septiembre

Desde la oscuridad

André de Dienes

Andre de Dienes


Se acercan.

La frase se propagó como una corriente de electrones.

El primer hombre hubiera tenido ya dos mil años. El segundo, mil. El tercero que la pronunció, apenas si fue escuchado.

Dos puntas galácticas, lechosas, avanzaban. Hacía más de dos mil años que se movían y desaparecían y luego volvían a la oscuridad.

Se acostumbraron. El cosmos era un instrumental pre­ciso, de relojería, un mecanismo perfecto, demoníaco. El choque jamás se produciría. Sobre esta idea el hombre había elaborado toda su ciencia.

A los que veían algo más que dos puntas galácticas se les consideraba enfermos. El planeta era una esfera. Se lo podía recorrer en un instante. Las estrellas no dejarían de brillar desde el otro lado, en esa misma zona oscura en que aparecían y desaparecían las puntas galácticas.

Los hombres se movían. Que unos murieran y otros nacieran, significaba muy poco en la Tierra. Los cementerios tenían menos posibilidades de existencia que las nurserys. Pero de este lado se alzaba el amor, se construían ciudades y nuevos seres poblaban la superficie. Del otro lado, las guerras parían monstruos, proyectaban una gangrena que erosionaba la corteza terrestre. De pronto sentían un temblor, un extraño choque subterrá­neo. Es un terremoto cuyo epicentro está en NN. Los que se atrevían a contradecir esa verificación, pasaban a categoría de alienados.

Un día Sussy se desnudó y esperó a Roberto. Un espejo sobre el lateral izquierdo proyectaba su imagen hacia otro espejo en frente del cual trabajaba tecleando en su máquina de escribir. Roberto miró la desnudez de Sussy y se levantó para cruzar las habitaciones. En ese instante oyó un susurro, una voz cautelosa que se acer­caba al cuerpo de Sussy. Extrañas ideas le sacudieron la sangre. Había llegado el momento de medir su lealtad. Aseguró la puerta y miró detenidamente el espejo para descubrir al invasor. La voz seguía susurrando y el cuer­po de Sussy, en reposo un minuto antes, comenzaba a retorcerse sobre el lecho. Temblando, Roberto corrió a la habitación de su mujer y observó que en ese instante ella comenzaba a recuperar el equilibrio.

La habitación estaba intacta, con sus puertas y ven­tanas cerradas herméticamente. No siendo ellos dos, nadie había llegado al lecho de Sussy. Pero Roberto tam­bién había observado que al aproximarse a Sussy el susu­rro se apagaba lentamente mientras ella se recuperaba.

Sentí como un fuego —dijo Sussy—. Atravesó el vidrio. Fue una mancha que me envolvía.

Roberto abrió la ventana sobre la avenida. La noche estaba oscura, cruzada por las constelaciones. La cerró.

Se acercan —murmuró—.

Mil años después en otra escena similar, con otra Sussy y otro Roberto, se repitieron los mismos hechos. Y Roberto pensó: Los ángeles tuvieron acceso carnal con las mujeres. Y subrayó el versículo 2 del capítulo VI del Génesis: “Viendo los hijos de Dios la hermosura de las hijas de los hombres, tomaron de entre ellas por mujeres a las que más les agradaron”. Lo mismo hizo en el 4: “En aquel tiempo había gigantes sobre la Tierra; porque después que los hijos de Dios se juntaron con las hijas de los hombres y ellas concibieron, salieron a luz esos valientes de la antigüedad que fueron varones de nom­bre”. Luego anotó: “Estoy seguro. Son los Grandes Antiguos de Lovecraft (At The Mountaines of Maaness, VII”).

En otro avatar Roberto abrió la ventana y miró hacia las estrellas. Si los ángeles eran seres asexuados —pensó en voz alta—, no podían tener acceso carnal con las mujeres. Luego, esos ángeles eran seres extraterrestres.

Se acercan.

Transcurrieron siete mil años. Los edificios habían cre­cido como termómetros hacia las galaxias. Los hombres se desplazaban por el espacio con eyectores atómicos, ajustados a la espalda. Las mujeres, desnudas, se con­trolaban mediante píldoras de colores. Cada color sig­nificaba una función distinta. Roja la del amor. Azul la del alimento. Los cementerios también crecían bajo las luces calcinadas. Las ciudades se sumergían y buscaban espacios subterráneos. Nadie leía. Nadie sabía nada. Pero tenían una computadora portátil que les suminis­traba la sabiduría, la inteligencia de los siglos. (Había una limitación: los pobres no podían adquirir su compu­tadora. Se hacinaban en los portones, en frente de los comercios electrónicos, para intercambiar ideas y detec­tar noticias lejanas).

Para escribir, Roberto utilizaba una máquina de microcircuitos. Hablaba y la voz quedaba inscripta, dibujada en el papel. Un día, sobre la lámina del espejo, vio el cuerpo desnudo de Sussy, una imagen que se retorcía. Corrió hacia el dormitorio y abrió la puerta. El susurro no había desaparecido. Se hacía más intenso. Sussy gritaba. Cuando quiso avanzar giraron los objetos y dos puntas lechosas, aceradas, penetraron en el edificio.

¡Se acercan! ¡Se acercan!

Apenas pudo pensarlo. El susurro era tan fuerte como una carcajada. Acaso fuera una carcajada y no un su­surro. Después giró todo, el edificio, las calles, las esta­ciones subterráneas. El mundo comenzó a resquebrajarse y las computadoras enmudecieron. Después se sintió una explosión y el planeta se hizo añicos. Pero un segundo antes, desde ese mismo susurro (posiblemente dentro de esa carcajada), alguien dijo:

Se multiplicaban y se devoraban dentro de una cabecita de alfiler. En siete millonésimas de segundo pusieron piedra sobre piedra, construyeron ciudades microscópicas y juguetes infinitesimales por donde subían y bajaban. Después aprendieron a volar. Cuando tuvieron alas y penetraron los secretos de la materia, se “arrojaron hacia arriba”. Entonces apreté con mis dos uñas la cabecita de alfiler.

Juan-Jacobo Bajarlia

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