La canción de la sirena

Octubre

Es allí a donde voy

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Evgen Bavcar

Evgen Bavcar

Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espalda magia: es allí a donde voy. En la punta del pie el salto. Parece historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy. ¿ O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy. En la punta de la palabra está la palaba. Quiero usar la palabra “tertulia”, y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a dónde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después de todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien me dirá con amor mi nombre. Es hacia mi pobre nombre adonde voy. Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa. En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamenta . Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo. Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto. Oh, cachorro, ¿dónde esta tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

Clarice Lispector

Agosto

Amor

Barbara Taurua and Roberto Manetta

Barbara Taurua

Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían. Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre. En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, la exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella. El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer. El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego. ¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle. Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír –como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada –el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha. Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho. La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero… El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa. Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca. Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche. Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico. Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo. La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí. De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo. A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los “cipós”. Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció. Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse. En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos. Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada. Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno. Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo* pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada. Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto. Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal –¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?– se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos… –Tengo miedo –dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado. –Mamá –exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó. –No dejes que mamá te olvide –le dijo. El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo. Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza? No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir. Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo –¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah¡, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león. Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena. Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua –estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos. Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos. Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros. Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre. Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico. ¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado. –¿Qué fue? –gritó vibrando toda. Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo: –No fue nada –dijo–, soy un descuidado –parecía cansado, con ojeras. Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia. –¡No quiero que te suceda nada, nunca! –dijo ella. –Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote –respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos. Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste. –Es hora de dormir –dijo él–, es tarde. En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad. Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.

Clarice Lispector

Julio

Ausencia

Ellen_Von_Unwerth

Ellen Von Unwerth

Dejaré que muera en mí el deseo

de amar tus ojos dulces,

porque nada te podré dar sino la pena

de verme eternamente exhausto.

No obstante, tu presencia es algo

como la luz y la vida.

Siento que en mi gesto está tu gesto

y en mi voz tu voz.

No quiero tenerte porque en mi ser

todo estará terminado.

Sólo quiero que surjas en mí

como la fe en los desesperados,

para que yo pueda llevar una gota de rocío

en esta tierra maldita

que se quedó en mi carne

como un estigma del pasado.

Me quedaré… tu te irás,

apoyarás tu rostro en otro rostro,

tus dedos enlazarán otros dedos

y te desplegarás en la madrugada,

pero no sabrás que fui yo quien te logró,

porque yo fui el amigo más íntimo de la noche,

porque apoyé mi rostro en el rostro de la noche

y escuché tus palabras amorosas,

porque mis dedos enlazaron los dedos

en la niebla suspendidos en el espacio

y acerqué a mí la misteriosa esencia

de tu abandono desordenado.

Me quedaré solo como los veleros

en los puertos silenciosos.

Pero te poseeré más que nadie

porque podré irme

y todos los lamentos del mar,

del viento, del cielo, de las aves,

de las estrellas, serán tu voz presente,

tu voz ausente, tu voz sosegada.

Vinicius de Moraes

Julio

Soneto

Janusz Taras.

Janusz Taras

Esa mujer que se arroja fría

y lúbrica en los brazos, y a sus senos.

Me aprieta, me besa y balbucea

versos, rezos a Dios, votos obscenos.

x

Esa mujer, flor de melancolía

que ríe de mis pálidos recelos,

la única entre todas a quien di

caricias que jamás a otra daría.

x

Esa mujer que a cada amor proclama

la miseria y grandeza de quien ama

y feliz de mis dientes guarda huella.

x

¡Un mundo, esa mujer! Es una yegua

quizás, pero en el marco de una cama

nunca mujer alguna fue tan bella.

x

Vinicius de Moraes

Julio

Mejor que arder

In Sook Kim

In Sook Kim

Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin reclamar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.

Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la hostia blanca que se deshacía en la boca.

Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó: -Mortifica el cuerpo.

Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripas, quedaba toda arañada.

Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, pero nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban. No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.

La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido.

Imaginó que sus piernas debían ser fuertes, bien torneadas.

Un día, a la hora de almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.

Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.

Hasta que le dijo al padre en el confesionario:

-¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!

Él le dijo meditativo:

-Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente.

Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara un año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.

Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.

Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora.

Pagaba la pensión con el dinero que su familia le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.

Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser

que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.

Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma

de hombre.

Y sucedió realmente.

Fue a un bar a comprar una botella de agua. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua. Ella se sonrojó.

Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella se rehusó.

Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si iban al cine juntos. Aceptó.

Fueron a ver una película y no pusieron la más mínima atención. Durante la

película estaban tomados de la mano.

Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella con sus cabellos

negros. Él, de traje y corbata.

Entonces una noche él le dijo:

-Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar ¿Quieres?

-Sí -le respondió grave.

Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron la luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.

Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.

Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello

Clarice Lispector

Junio

Tempestad de almas

Tamara de Lempicka

Ah, si lo hubiera sabido, no nacía, ah, si lo hubiera sabido, no nacía. La locura es vecina de la más cruel sensatez. Devoro la locura porque ella me alucina calmosamente. El anillo que tú me diste era de vidrio y se quebró y el amor no terminó, pero en lugar de él, el odio de los que aman. La silla es un objeto. Inútil mientras la miro. Dime, por favor, qué hora es, para que yo sepa que estoy viviendo en esta hora. La creatividad es desencadenada por un germen y yo no tengo hoy ese germen, pero tengo una incipiente locura que en sí misma es creación válida. Nada más tengo que ver con la validez de las cosas. Estoy libre o perdida. Voy a contarles un secreto: la vida es mortal. Mantenemos ese secreto en mutismo cada uno frente a sí mismo porque conviene, si no, sería volver cada instante mortal. El objeto silla siempre me interesó. Miro ésta que es antigua, comprada en un anticuario, y estilo imperio; no se podría imaginar mayor simplicidad de líneas, contrastando con el asiento de fieltro rojo. Amo a los objetos en la medida en que ellos no me aman. Pero si no comprendo lo que escribo no es mi culpa. Tengo que hablar, pues hablar salva. Pero no tengo una sola palabra que decir. Las palabras ya dichas me amordazan la boca. ¿Qué es lo que una persona le dice a otra? Además del “Hola, ¿qué tal?”. Si tuvieran la locura de la franqueza, ¿qué se dirían las personas, unas a otras? Y lo peor sería lo que se diría una persona a sí misma, pero sería la salvación, aunque la franqueza esté determinada por el nivel consciente y el terror de la franqueza venga de la parte que está en el vastísimo inconsciente que me liga al mundo y a la creadora inconsciencia del mundo. Hoy es día de mucha estrella en el cielo, por lo menos así promete esta tarde triste que una palabra humana salvaría.

Abro bien los ojos, y no cambia: sólo veo. Pero el secreto, no lo veo ni lo siento. La victrola está rota y vivir sin música es traicionar la condición humana que está rodeada de música. Además, la música es una abstracción del pensamiento, hablo de Bach, Vivaldi, de Haendel. Sólo puedo escribir si estoy libre, y libre de censura, si no, sucumbo. Miro la silla estilo imperio y entonces es como si ella también me hubiera mirado y visto. El futuro es mío en tanto vivo. En el futuro se va a tener más tiempo de vivir, y de pso, escribir. En el futuro: si lo llego a saber, yo no hubiera nacido. Marli de Oliveira, yo no te escribo cartas porque sólo sé ser íntima. Además, sólo sé ser íntima en todas las circunstancias, por eso, soy muy callada. Todo lo que nunca se hizo, ¿se hará un día? El futuro de la tecnología amenaza destruir todo lo que es humano en el hombre, pero la tecnología no alcanza a la locura, y en ella es donde lo humano del hombre se refugia. Veo las flores en el jarrón: son flores del campo, nacidas sin ser plantadas, son lindas y amarillas. Pero mi cocinera dice: qué flores tan feas. Sólo porque es difícil de comprender y amar lo que es espontáneo y franciscano. Entender lo difícil no es mérito, pero amar lo fácil de amar es un gran paso en la escala humana. Cuántas mentiras estoy obligada a decir. Pero me gustaría no estar obligada a mentir conmigo misma. Si no, ¿qué me queda? La verdad es el residuo final de todas las cosas, y en mi inconsciente está la verdad que es la misma del mundo. La Luna está, como diría Paul Éluard, éclatante de silence. Hoy no sé si vamos a tener Luna visible, pues ya es tarde y no la veo en el cielo. Una vez miré de noche el cielo, con la cabeza echada para atrás, y me quedé tonta de tantas estrellas que se ven el campo, pues el cielo del campo es limpio. No hay lógica, si se piensa un poco, en la ilogicidad perfectamente equilibrada de la naturaleza. De la naturaleza humana también. Qué sería del mundo, del cosmos, si el hombre no existiera. Si yo pudiera escribir siempre así, como estoy escribiendo ahora, estaría en plena tempestad del cerebro que es lo que significa brainstorm. ¿Quién habrá inventado la silla? Alguien con amor a sí mismo. Inventó, entonces una mayor comodida para su cuerpo. Después los siglos se sucedieron y nadie más prestó realmente atención a una silla, pues usarla es casi automático. Es preciso tener valor para hacer un brainstorm: nunca se sabe lo que puede venir a asustarnos. El monstruo sagrado murió: en su lugar nació una niña que estaba sola. Bien sé que tengo que parar, no por causa de falta de palabras, sino porque estas cosas, y sobre todo las que sólo pensé escribir, no suelen publicarse en periódicos.

Clarice Lispector

Marzo

Río arriba

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Jerry Uelsmann

Todos los ríos llevan al misterio. Del Aar al Zwetll. Del Orinoco al Deseado, pasando por el Oyapoque y por el Chuy. Del Negro al Blanco. Del Madera al Plata. Del Grande al Chico, el de las Antas, el de las Viejas, el de los Monos, el de las Muertes. El río de la vida, señoras y señores. Agárrense hasta que pasemos las pororocas. Aquí el Amazonas recibe las aguas del su mayor afluente, el Atlántico. Aquí el Nilo cambia de nombre y pasa a ser Mediterráneo. Por esta boca el Mississipi expelió Cuba, Puerto Rico y todas las islas de las Caraibas. Aquí termina el Tajo y empieza el mundo, una obra de Camões. Aquí empieza nuestro tour.

Río arriba. Observen como, desde donde estamos, vemos pasar las orillas de ambos lados… Una equivocación, somos nosotros los que pasamos. Protejan la cabeza del sol y mediten sobre la finitud humana. Se servirá un refrigerio antes de que pasemos por la fábrica de celulosa, porque después nadie podrá comer. A la izquierda, una usina nuclear. Miren los peces fosforescentes. Miren a los nadadores fosforescentes. No pongan las manos en el agua si no la quieren perder. A la derecha, flotando, algunos mendigos. Prisioneros de manos atadas. Varios fetos. Zapatos. Orinales. Llantas. Señales de civilización.

Una nota personal, señoras y señores. Aquella casa en la orilla derecha es mía. Tenía una palmera al lado que, pobrecita, de nostalgia, se murió. Y el videoshop al otro lado, claro, es nuevo. Aquella es mi familia, y aquél niño con agua hasta la cintura, saludándonos, soy yo. Pero esto también ya pasó.¡Río arriba!

El niño abandonado en aquél barco es Huckleberry Finn. Saluden, saluden. Aquella figura que acaba de lanzarse al río desde un árbol es Tarzán. Miren como se le acerca un cocodrilo. Los dos se atracan. No se preocupen, Tarzán vencerá. Al margen derecho, un lobo y un cordero conversando. Desde el margen izquierdo Guimarães Rosa contempla la tercera orilla. El bebé flotando dentro de la canasta es Moisés.

¡Estamos en el Rubicón! Qué suciedad, ¿no es cierto? Ustedes notarán que muchos ríos históricos no merecen el nombre que tienen. El Danubio, lo veremos más adelante, no es azul. El Rojo es marron. El Amarillo es gris. El Mekong es rojo de tanta sangre. Río arriba. Estamos en el Tames. Ahora en el Avon. Aquél allí en la orilla, pensativo, es Shakespeare. Miren, en el medio del río, rodeada de flores, manteniéndose a flote por las vestes infladas, la dulce Ofelia. Saluden, saluden. ¿No dije que este tour tenía de todo? Ahora preparen sus cámaras. Ahí viene, en su barca imperial, Cleopatra bajando el Nilo. Río arriba. Estamos en el Reno, en el Poh, en el Yang-tsé, en el San Francisco, en el Tigre, en el Eufrates, en el Volga, en el Jordán. Aquella escena ustedes seguramente querrán fotografiar: Juan Bautista bautizándole a Jesús. Estamos en el Ganges, donde los vivos vierten sus muertos y luego se lavan. El río es siempre el mismo y nunca es el mismo. El agua que purifica es la misma que recibe el desecho ácido. El agua que mata la sed es la misma que ahoga, la que pasa y no pasa.

Río es Portela. A la derecha, Paulinho da Viola. Aquella cabecita de nadador allí es la de Mao.

Ramas, troncos, casas, ganado, canoas volcadas, cuatro con timón y sin timón — ¡y una fábrica entera remolcada del Japón!

Las aguas empiezan a ponerse lodosas. Los grandes árboles se tocan sobre el río. Estamos en el Congo, rumbo al corazón de las tinieblas. De la fuente obscura de todo. Mistah Kurtz, he dead. El olor ácido de limo y fósiles. El horror, el horror. El mar está lejos, llegamos a nuestra vertiente. Y el origen de todo no es el misterio, es un hueco en el suelo. Hay otros ríos por debajo de estos y es allá adonde nos vamos un día. Río abajo. La propina es voluntaria, gracias.

Luis Fernando Veríssimo

Octubre

Cualquier semejanza no es mera coincidencia

Jan Saudek

 

En la madrugada del dí­a 3 de mayo, una vaca marrón camina por el puente del rí­o Colorado, en el kilómetro 53, en dirección a Rí­o de Janeiro.

Un turista de la empresa Unica Autocares, matrí­cula RF-80-07-83 y JR-81-1227 circula por el puente del rí­o Coroado en dirección a Sao Paulo.

Cuando ve a la vaca, el conductor Plinio Sergio intenta desviarse. Da contra la vaca, da contra el muro del puente, el autocar se precipita al rí­o.

La vaca está muerta encima del puente.

Debajo del puente, están muertos: una mujer vestida con falda larga y blusa amarilla, de alrededor de 20 años y que nunca será identificada; Ovidia Monteiro, de 34; Manuel dos Santos Pinhal, portugués, de 35 años, que usaba un carné de socio del Sindicato de Empleados de Fábricas de Bebidas; el niño Reinaldo, de 1 año, hijo de Manuel; Eduardo Varela, casado, 43 años.

Fueron testigos del accidente Elí­as Gentil dos Santos y su mujer Lucilia, residentes en las cercaní­as. Elí­as manda a su mujer que traiga un cuchillo de la casa. ¿Un cuchillo?, pregunta Lucilia. Un cuchillo, de prisa, imbécil, dice Elí­as. El está preocupado. í­Ah!, cae en la cuenta Lucilia. Lucilia corre.

Asoma Marcilio. Elí­as lo mira con odio. Aparece también Ivonildo de Moura Júnior. í­Y esa imbécil que no trae el cuchillo!, piensa Elí­as. Le da rabia todo el mundo, sus manos tiemblan. Elí­as escupe en el suelo varias veces, con fuerza, hasta que se le seca la boca.

Buenos dí­as, don Elí­as, dice Marcilio. Buenos dí­as, dice Elí­as entre dientes, mirando a los lados. í­Ese mulato!, piensa Elí­as.

Qué cosa, dice Ivonildo, después de inclinarse sobre el paredón del puente y mirar a los bomberos y los policí­as que están abajo. Enfrente, además del conductor de un coche de la Policí­a de Tráfico, sólo están Elí­as, Marcilio e Ivonildo.

La situación no está nada bien, dice Elí­as mirando a la vaca. No logra despegar los ojos de la vaca.

Es verdad, dice Marcilio.

Los tres miran a la vaca.

A lo lejos se ve la silueta de Lucilia, corriendo.

Elí­as se puso a escupir de nuevo. Si pudiese, también yo serí­a rico, dice Elías. Marcilio e Ivonildo menean la cabeza, miran a la vaca y a Lucilia, que se acerca corriendo. A Lucilia tampoco le gusta ver a los dos hombres. Buenos dí­as, doña Lucilia, dice Marcilio. Lucilia responde meneando la cabeza. ¿He tardado mucho?, pregunta, sin aliento, al marido.

Elí­as sujeta el cuchillo con la mano, como si fuese un puñal; mira con odio a Marcilio e Ivonildo. Escupe en el suelo. Corre hacia la vaca.

En el lomo es donde está el solomillo, dice Lucilia. Elí­as corta la vaca.

Marcilio se acerca. ¿Después me presta el cuchillo, don Elí­as?, pregunta Marcilio. No, responde Elí­as.

Marcilio se aleja, andando deprisa. Ivonildo corre a gran velocidad.

Van a buscar cuchillos, dice Elí­as con rabia, ese mulato, ese cornudo. Tiene las manos, la camisa y los pantalones llenos de sangre. Deberí­as haber traí­do una cesta, una bolsa, dos bolsas, idiota. Ve a buscar dos bolsas, ordena Elí­as.

Lucilia corre.

Elí­as ya ha cortado dos trozos grandes de carne cuando asoman, corriendo, Marcilio y su mujer Dalva, Ivonildo y su suegra Aurelia y Erandir Medrado con su hermano Valfrido Medrado. Todos llevan cuchillos y cuchillas. Se arrojan sobre la vaca.

Lucilia llega corriendo. Apenas puede hablar. Está embarazada de ocho meses, tiene lombrices y su casa queda en lo alto de una colina, el puente en lo alto de otra colina. Lucilia ha traí­do un segundo cuchillo. Lucilia corta la vaca.

Que alguien me preste un cuchillo; si no, incauto todo, dice el conductor del coche de la policí­a. Los hermanos Medrano, que han traí­do varios cuchillos, le prestan uno al conductor. Con una sierra, una cuchilla y una hachuela aparece Joao Leitao, el carnicero, acompañado de dos ayudantes.

Usted no puede, grita Elí­as.

Joao Leitao se arrodilla junto a la vaca.

No puede, dice Elí­as dándole un empujón. Joao cae, sentado.

No puede, gritan los hermanos Medrano.

No puede, gritan todos, con excepción del conductor de la policí­a.

Joao se aparta; a diez metros de distancia, se detiene, se queda observando con sus ayudantes.

La vaca está semidescarnada. No fue fácil cortar el rabo. Nadie consiguió cortar la cabeza y las patas. Nadie quiso las tripas.

Elí­as ha llenado las dos bolsas. Los otros tres hombres usan las camisas como si fuesen sacos.

Quien primero se retira es Elí­as con su mujer. Hazme un filete, le dice a Lucilia sonriendo. Voy a pedirle unas patatas a Doña Dalva, te haré también unas patatas fritas, responde Lucilia.

Los despojos de la vaca están desparramados en un charco de sangre. Joao llama con un silbido a sus dos auxiliares. Uno de ellos trae una carretilla. Allí­ disponen los restos de la vaca. En el puente sólo queda el charco de sangre.

Rubem Fonseca

Octubre

Antiguas aeromozas

La bella Otero

La bella Otero


 

La Asociación de Antiguas Aeromozas celebra su convención anual a bordo de un viejo Hércules C-130 donado por una compañía aérea. Son cien, ciento veinte señoras, todas alegres, todas nostálgicas. La reunión en el viejo aeropuerto, hoy fuera de servicio por cuestiones de seguridad, es ya motivo de alegría y emoción. Se saludan, se abrazan, intercambian cumplidos: ¡Cómo está usted bonita! ¡Qué bien conservada!

Se embarcan cantando el Himno de las Antiguas Aeromozas (“Entre las nubes de borde dorado/ reposa un recuerdo, tan atesorado”). Cuando el avión despega, no pueden contener lágrimas nostálgicas. Pero en cuanto la aeronave queda nivelada a una altura conveniente, se disputan con entusiasmo los carritos: quieren servir. “¿Puedo ofrecerle un lunch, señora?” “¿Algo de beber, señora?” Se sigue con la declamación de poemas, la representación de sketches y, al fin, el momento culminante: evocando los tiempos heroicos de la aviación, todas se lanzarán en paracaídas.

Algunos no abrirán. Pero ello está previsto. La vida en las alturas no sería posible sin un mínimo de titilantes incertidumbres.

Septiembre

El caníbal

X

Barry McGee


Luis Fernando Verissimo.   La familia está almorzando. Viene la empleada y dice que hay un mendigo en la puerta pidiendo comida. La señora le dice a la empleada que le dé un pedazo de pan. El marido protesta.

__ Es mejor no dar nada, si no se le acostumbra mal. El vagabundo que vaya a buscar trabajo.

El hijo mayor, un liberal, dice:

__ Por lo menos un pedazo de pan, papá.

La hija algo de izquierda dice que es mejor no dar nada.

Así él se rebela de una vez.

__ Esto es típico de ustedes — dice el hijo liberal.

__ ¡La caridad no sirve de nada! — responde la hija algo de izquierda.

__ Por lo menos un miserable tendrá un pedazo de pan — contesta el hijo liberal.

__ Señora, interrumpe la empleada, creo que pan él no aceptará, ¿eh?

__ ¿Ah, no? — exclama el marido, sarcástico. ¿No querrá a lo mejor mi filete? ¿Papas sautée? ¿Quiere ver la carta de vinos?

La empleada explica que el mendigo había preguntado si había alguien que comer. Silencio en el comedor. ¿Cómo?

__ Preguntó si había alguien que comer. Dijo que hasta podría ser un niño. Alguien que no fueran a echar de menos… Junior, el benjamín, salta de su silla y, lleno de curiosidad, corre hacia la puerta antes de que los demás le puedan detener. Luego de algunos minutos el marido le dice a la empleada que vaya a ver qué pasó. Ella vuelve y dice que no hay vestigios de Junior y que el mendigo todavía sigue allí. El padre dice:

__ Jorgito, anda tú.

__ ¡Mi hijito no!, protesta la señora.

__ Ve, Jorgito. Si te come a ti también, sabremos cuáles son sus verdaderas intenciones.

Jorgito salta con entusiasmo de su silla y corre hacia la puerta. La empleada va a ver y de regreso dice que Jorgito desapareció, pero que el mendigo sigue con hambre.

__ ¡Yo dije que Jorgito estaba muy delgado!, solloza la señora. El hijo liberal toma una decisión. Se levanta y anuncia:

__ Tendré una conversación con él. Él tiene que entender que la violencia no lleva a ningún lado. Debe reivindicar sus derechos a través de la política partidaria, en un diálogo franco y abierto. Regresaré en pocos minutos.

Luego de algunos minutos el marido le dice a la empleada que vaya a ver qué sucedió. Ella regresa diciendo que del hijo liberal sólo quedaron los anteojos. El mendigo sigue allí.

__ ¿Y todavía no está satisfecho?

__ Parece que no.

__ Sólo queda una cosa por hacer — dice el marido, levantándose. Voy a traer mi arma.

__ ¡Yo voy contigo!, dice la señora.

__ De acuerdo. Tú le distraes mientras yo voy por detrás de la casa y lo ataco. Con esa gente sólo a bala.

Los dos salen del comedor, donde sólo quedan la hija algo de izquierda y la empleada. Después de algún tiempo, la hija algo de izquierda le dice a la empleada que vaya a ver qué sucedió. La empleada vuelve y dice que de la pareja sólo quedó el arma y un pendiente de la señora.

__ ¿Y el mendigo?

__ Está con cara de quien comió y no disfrutó.

__ Esto no me sorprende — dice la hija algo de izquierda. Bueno, nadie puede decir que soy una persona insensible. Sé lo que hay que hacer. Ella empieza a levantarse. La empleada le pregunta si ella también se va a ofrecer al caníbal.

__ No seas tonta. Le voy a dar un Alka Seltzer. Yo siempre dije que esta familia era indigesta.

Pero el caníbal se traga a la hija algo de izquierda con el Alka Seltzer.

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