La canción de la sirena

Noviembre

Tiempo, huellas

Franz von Stuck

Allí comienza el mundo: simiente

y lava endurecida, lluvia y barro

presagio, perdición, un removerse

de la nada

que la arena desgrana.

Allí comienza el tiempo

en esa hoja asombrada de renacer

lentamente se despliega su designio.

Tiempo, nombre exacto de las estaciones

que yerguen en nosotros su morada

–allí donde todo se detiene, tú pasas

y cada cosa irrigada por tus remolinos

toma su humilde y frágil medida.

Cuando no soplas, soplas

raíces y yemas, engendras una tierra

enseguida disuelta.

Bajo el cielo sombrío e inalcanzable

avanzas sobre tus propias huellas.

¿De qué vértigo colmas mi alma?

¿Con qué fuego alimentas

el impulso mismo que te destruye?

Cuando la luz agota el alba por la que sube

prosigues la incansable tarea

de devolver el mundo a su apacible agonía

y toda verdad incumplida se aloja en ti

como un destino, siembra y polvo.

Primero el aire, la llama herida–

después la dolorosa obstinación

de lo viviente entre el oleaje.

¿Adónde llevas? ¿Hacia qué orilla

sin límite, sin medida

a qué recomienzo

conduces mis pasos uno a uno

abriendo la última brecha

en medio del tránsito?

Mientras en mí, como árboles fríos

las edades se inclinan

miro lo que prometen las mareas

en esos viajes de migrantes

–despojos, deseos, de nuevo el tiempo

que agita cuanto toca.

Resuena el gong.

Ya el tiempo se voltea

y celebra en su movimiento

la imperfección de cada cosa:

arista, fractura, corte.

Pero también el ínfimo temblor

al borde de la noche, –fervor

en que nos reconocemos.

Fervor de la arcilla y de la piedra

–fragmentos del tiempo

que horadan la travesía.

Descendemos, rasando el follaje

sin saber si hemos levantado un poco de tierra

y de ser, en ese impulso, lo más cerca

de nosotros mismos. Descendemos

como desciende el día, o el río.

Lo que nace pide morir.

La flecha irá a unirse a la Diana;

nada habré perdido, nada poseído.

El tiempo, alrededor del eje de la vida

se enrolla. Y al enrollarse, se reanuda

con su misterio.

Sin tregua, sopla yemas y raíces.

Hélène Dorion

Junio

Mi esposo no era mimético


Tamara de Lempicka


Mi esposo no era mimético

Seguro mencionarás los juegos de guerra de los

que me quejaba siempre al ocurrir cada noche

con los tableros extendidos y las alfombras y

las pequeñas lámparas y cigarrillos como

supongo la tienda de campaña de Napoleón,

¿quién podía dormir? De todas formas mi

esposo era un hombre que sabía más de la

Batalla de Borodino

que del cuerpo de su esposa, ¡mucho más!

Las tensiones ahogaban los muros y el techo,

en ocasiones jugaban desde el viernes por

la noche hasta el lunes al amanecer, él y sus

paliduchos resentidos amigos.

Sudaban muchísimo. Se alimentaban de su

propia hambre.

Los celos

jugaron una parte importante en mi relación con la

Batalla de Borodino.

Detesto esto.

¿En verdad?

Por qué jugar toda la noche.

El tiempo es real.

Es un juego.

Es un juego real.

¿Estás citando?

Ven.

No.

Necesito tocarte.

No.

Sí.

Esa noche hicimos el amor “como se debe”,

algo que aún no intentábamos a pesar de

llevar seis meses casados.

Anne Carson

 

Julio

Gregory Colbert

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Ashes and Snow

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