La niña que nunca tuve
A los ocho años, había sido condenada a muerte. Una extraña enfermedad cuyo nombre no quiero repetir, la disolvería en menos de ciento veinte días, según varios doctores. El médico que me dio las malas nuevas lo hizo cuan humanamente pudo, pero eso no bastó. Tuvo que ser cruel, con la crueldad particular que se desarrolla en esa profesión. Le pedí que describiera las etapas de la enfermedad, y él precisó punto por punto –“con un margen de dos o tres semanas”– la descomposición de mi niña. Como, terminada la descripción, él añadió: “Me temo que no hay nada más que nosotros podamos hacer”, le dije que si lo que aseguraba no era cierto, yo lo maldecía.
Llegué a casa con pensamientos fúnebres mezclados con accesos de esperanza: pero la niña estaba tendida en su camita, pálida y temblorosa, pues era la hora de los ataques.
La niñera salió del cuarto en silencio, y yo me arrodillé al lado de la niña.
–¿Cómo te sientes? –le pregunté, y le besé la frente.
–Mal –dijo, y agregó–: Voy a morirme, ¿verdad?
Por un descuido mío, una semana antes ella había leído una carta del doctor, acerca de la posibilidad de su muerte.
–No creo –le dije–. De niño yo también estuve muy enfermo varias veces y sobreviví.
–Yo también quiero sobrevivir –dijo con una seriedad conmovedora–. Pero papi, si voy a morirme, si los doctores piensan que me voy a morir, dímelo, no me engañes.
Me miraba fija, intensamente, y no pude mentir.
–Según el doctor que ha estado viéndote, podrías morirte dentro de cuatro meses. Pero yo no le creo.
–¿Cuatro meses? –se puso a contar, primero mentalmente y luego, para asegurarse, con los dedos–. Eso sería en febrero.
Asentí con la cabeza. Tomé su mano, sudorosa, y la apreté. Y ella se quedó dormida, o, con su delicadeza de pequeña, fingió que se dormía.
Al día siguiente me levanté temprano, le hice el desayuno y le preparé el baño. Por la mañana, parecía una niña sana, y por un momento olvidé que había sido condenada. Salí de compras. Era una esplendorosa mañana de noviembre, de modo que al volver a casa, le propuse que saliéramos a pasear después de comer.
–¿Adónde quieres ir? –me preguntó.
–A dónde tú quieras.
Dijo inmediatamente:
–A un lugar al que nunca hayamos ido.
Eran tantos los lugares a los que no habíamos ido, pensé. Había sido un error que yo la concibiera, yo, que siempre tuve miedo a la descendencia. Pero no me opuse a los deseos de su madre con suficiente determinación, y la niña nació. Su madre me abandonó hace tres años, y aquí estamos.
Cuando salíamos, al cruzar la doble puerta del vestíbulo, un hombre alto y pálido que aguardaba la ocasión, se introdujo furtivamente en el corredor.
–Un drogadicto –dijo ella, y el hombre pudo oírla.
–Tal vez –dije.
En la calle me recriminó:
–Claro que era un drogadicto. Por qué dices tal vez.
–Tal vez te oyó.
–Y qué, es la verdad.
–A la gente no le gusta oír lo que uno piensa de ella.
Me miró entre decepcionada y comprensiva, y dijo:
–Supongo que no.
En la esquina del Bowery y la octava, me tiró de la mano.
–¿Por qué no vamos a Times Square?
Tomamos el subterráneo en Astor Place, con su telón de fondo kitsch. Abajo, en el andén, una bandada de poetas daba un tono intelectual y hasta elegante a ese agujero del grand gruyère. La cosa sería evacuar la ciudad, demolerla por completo de una sola vez, darle la espalda al sitio y reintegrarse a la realidad.
Subimos al tren, ingresamos en el túnel. El carro dio un bandazo, y los pasajeros que estaban de pie fueron lanzados unos contra otros, pero los cuerpos con caras grises se mantuvieron en pie, con un movimiento pendular, como si colgaran de sus ganchos en un matadero prolongado. Cadáveres de todas las edades.
El cemento era tan duro en la Calle 42 y el aire helado hería de la misma manera que diez años atrás, cuando caminé por primera vez en esta ciudad, pero el lugar había cambiado.
En la antesala de la muerte, hubiera sido de esperar que cada quien buscara el placer del prójimo como el suyo propio, pero suele ocurrir lo contrario. Así, en lugar de un jardín de las delicias de fin de siglo, la ciudad era una morgue suprema.
Dimos una vuelta por Times Square. Y así, entre aquel torbellino de gente muerta y un ejército de criaturas de Walt Disney, perdimos una de las ciento veinte tardes que le quedaban a mi niña.
Volvimos a casa decaídos al atardecer. Llegué al séptimo piso como siempre, sin aliento. Las luces de un pequeño rascacielos entraban, en lugar de la luz de las primeras estrellas, por un ventanastro en el otro extremo de nuestro apartamento. Me acerqué a la ventana. Era como arena erizada al lomo de un imán, aquel paisaje.
Preparamos juntos la comida y cuando nos sentamos a comer ella me dijo:
–Perdimos el tiempo esta tarde. Debí quedarme leyendo o estudiando. No tengo tiempo que perder.
–Pero linda, hacía un día hermoso.
–Sí, lo sé. Sé que tratas de hacerme feliz porque tengo poco tiempo. Pero no trates demasiado, ¿está bien?
Me quedé callado un momento, mientras ella miraba por la ventana el pequeño rascacielos.
–Claro, preciosa –dije después–. Perdona, pero nadie es perfecto. –Me encogí de hombros, y creo que, si hubiera tenido rabo, lo habría escondido entre las piernas.
Ella cerró los ojos, y luego me miró de una manera extraña. Me atemorizó.
–Papi –me dijo–, antes de morirme, quiero saber lo que es el sexo.
Levanté las cejas y tragué saliva y se me cortó la respiración. Habría oído algo en la escuela, pensé, era lo natural. Me pregunté fugazmente si no habría fantasmas pornográficos flotando todavía por la Calle 42. Recordé al ratón Mickey, a Pluto, a Clarabela.
–Sí, mi niña –dije con una sonrisa confundida–, un día de éstos te lo explicaré.
–¿Me lo prometes?
Asentí con la cabeza.
–No –insistió–, quiero que lo digas.
Dije que se lo explicaría. Miré el reloj que estaba sobre el televisor.
–¿Cuándo? –me preguntó.
–Ya son las siete, cómo corre el tiempo –le dije–. Desde luego, hoy no.
Hizo una mueca.
–Sí –dijo–, ya lo sé, comienzo a sentir los temblores.
La acompañé a su cuarto, le puse el pijama y la acosté. Le di a tomar sus medicinas: tantas gotas de esto, tantas de aquello, tantas de lo otro.
–La luz –dijo.
Apague la luz, y nos quedamos juntos en la penumbra esperando los ataques.
Rodrigo Rey Rosa
El regresivo
Dios concedió a aquel ser una infinita gracia: permitir que el tiempo retrocediera en su cuerpo, en sus pensamientos y en sus acciones. A los setenta años, la edad en que debía morir, nació. Después de tener un carácter insoportable, pasó a una edad de sosiego que antecedía a aquella. El Creador lo decidiría así, me imagino, para demostrar que la vida no sólo puede realizarse en forma progresiva, sino alterándola, naciendo en la muerte y pereciendo en lo que nosotros llamamos origen sin dejar de ser en suma la misma existencia. A los cuarenta años el gozo de aquel ser no tuvo límites y se sintió en poder de todas sus facultades físicas y mentales. Las canas volviéronsele obscuras y sus pasos se hicieron más seguros. Después de esta edad, la sonrisa de aquel afortunado fue aclarándose a pesar de que se acercaba más a su inevitable desaparición, proceso que él parecía ignorar.
Llegó a tener treinta años y se sintió apasionado, seguro de sí mismo y lleno de astucia. Luego veinte y se convirtió en un muchacho feroz e irresponsable. Transcurrieron otros cinco años y las lecturas y los juegos ocuparon sus horas, mientras las golosinas lo tentaban desde los escaparates. Durante ese lapso lo llegaba a ruborizar mas la inocente sonrisa de una colegiala, que una caída aparatosa en un parque público, un día domingo. De los diez a los cinco, la vida se le hizo cada vez más rápida y ya era un niño a quien vencía el sueño.
Aunque ese ser hubiera pensado escribir esta historia, no hubiera podido: letras y símbolos se le fueron borrando de la mente. Si hubiera querido contarla, para que el mundo se enterara de tan extraña disposición de nuestro Señor, las palabras hubieran acudido entonces a sus labios en la forma de un balbuceo.
Oscar Acosta.
Isabel
Isabel tiene un par de hermosos
Ojos velozmente parpadeantes
Como nítido tictac de reloj
Isabel anda tan de prisa
Que en los pasillos casi no la alcanzo
Isabel posee rápida y dulce lengua
A Isabel le gusta el Arte,
La Historia Universal, su casa
Y sus clases de cocina
Isabel tiene un novio
Isabel no me ama
El concierto
Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto con lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él el acelerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán–no lo sabré nunca–sus intentos de reproducir la más bella música, según creo, del mundo.
Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a oír que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo. Y a decir que lo son. Particularmente preferiría no encontrarme en tal caso. En lo íntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso.
Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema. Pero soy su padre y sé mi deber y tengo que oírla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte.
La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente. Mis amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una señal de que considera suficiente la ovación, seguirían aplaudiendo toda la noche por el temor que siente cada uno de ser el primero en dejar de hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme en iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí. Pero yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción. Yo no soy un artista. La música es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y me aburre. Mis amigos tampoco son artistas Me gusta mortificarlos, pero no me preocupan.
Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras filas y a cada instante anotan algo en sus libretas. Reciben pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente. También los aborrezco. Son los periodistas. Claro que me temen y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que mi hija es una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias. Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy un artista y ella lo sabe bien.
La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos puede ser el escondido factor de las escasas críticas negativas. No sería extraño que alguno de los que en este momento sonríen, y que dentro de unos instantes aplaudirán, propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella. Me pregunto cuál sería la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia que nunca debió tener pretensiones artísticas. Esto no nos ha traído sino incertidumbre e insomnio Pero nadie iba ni siquiera a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde he llegado. Jamás podremos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridícula, en un hombre como yo, esa preocupación.
Si no fuera porque es mi hija confesaría que la odio. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persistente rencor me hierve en el pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle permitido seguir un camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tenía derecho a hacerme eso.
Mañana aparecerá su nombre en los periódicos y los aplausos se multiplicarán en letras de molde. Ella se llenará de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los últimos, tal vez a aquellos en que el elogio es más admirativo y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose, y cómo su voz se apagará hasta convertirse en un débil rumor, y cómo, finalmente, terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito. Y yo me sentiré, con todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven estarían complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje.
Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más.
Augusto Monterroso
El Centerfielder

El foco pasó sobre las caras de los presos una y otra vez, hasta que se detuvo en un camastro donde dormía de espaldas un hombre con el torso desnudo, reluciente de sudor.
—Ese es, abrí —dijo el guardia asomándose por entre los barrotes.
Se oyó el ruido de la cerradura herrumbrada resistiéndose a la llave que el carcelero usaba amarrada a la punta de un cable eléctrico, con el que rodeaba su cintura para sostener los pantalones. Después dieron con la culata del garand sobre las tablas del camastro, y el hombre se incorporó, una mano sobre los ojos porque le hería la luz del foco.
—Arriba, te están esperando.
A tientas comenzó a buscar la camisa; se sentía tiritar de frío aunque toda la noche había hecho un calor insoportable, y los reos estaban durmiendo en calzoncillos, o desnudos. La única hendija en la pared estaba muy alta y el aire se quedaba circulando en el techo. Encontró la camisa y en los pies desnudos se metió los zapatos sin cordones.
—Ligerito —dijo el guardia.
—Ya voy, que no ve.
—Y no me bostiqués palabra, ya sabés.
—Ya sé qué.
—Bueno, vos sabrás.
El guardia lo dejó pasar de primero.
—Caminá —le dijo, y le tocó las costillas con el cañón del rifle. El frío del metal le dio repelos.
Salieron al patio y al fondo, junto a la tapia, las hojas de los almendros brillaban con la luz de la luna. A las doce de la noche estarían degollando las reses en el rastro al otro lado del muro, y el aire traía el olor a sangre y estiércol.
Qué patio más hermoso, para jugar béisbol. Aquí deben armarse partidos entre los presos, o los presos con los guardia francos. La barda será la tapia, unos trescientos cincuenta pies desde el home hasta el centerfield. Un batazo a esas profundidades habría que fildearlo corriendo hacia los almendros, y después de recoger la bola junto al muro el cuadro se vería lejano y la gritería pidiendo el tiro se oiría como apagada, y vería el corredor doblando por segunda cuando de un salto me cogería de una rama y con una flexión me montaría sobre ella y de pie llegaría hasta la otra al mismo nivel del muro erizado de culos de botellas y poniendo con cuidado las manos primero, pasaría el cuerpo asentando los pies y aunque me hiriera al descolgarme al otro lado caería en el montarascal donde botan la basura, huesos y cachos, latas, pedazos de silletas, trapos, periódicos, animales muertos y después correría espiándome en los cardos, caería sobre una corriente de agua de talayo pero me levantaría, sonando atrás duras y secas, como sordas, las estampidas de los garands.
—Páreseme allí. ¿A dónde creés vos que vas?
—Ideay, a mear.
—Te estás meando de miedo, cabrón.
Era casi igual la plaza, con los guarumos junto al atrio de la iglesia y yo con mi manopla patrullando el centerfield, el único de los fielders que tenía una manopla de lona era yo y los demás tenían que coger a mano pelada, y a las seis de la tarde seguía fildeando aunque casi no se veía pero no se me iba ningún batazo, y sólo por su rumor presentía la bola que venía como una paloma a caer en mi mano.
—Aquí está, capitán —dijo el guardia asomando la cabeza por la puerta entreabierta. Desde dentro venía el zumbido del aparato de aire acondicionado.
—Métalo y váyase.
Oyó que la puerta era asegurada detrás de él y se sintió como enjaulado en la habitación desnuda, las paredes encaladas, sólo un retrato en un marco dorado y un calendario de grandes números rojos y azules, una silueta en el centro y al fondo la mesa del capitán. El aparato estaba recién metido en la pared porque aún se veía el repello fresco.
—¿A qué horas lo agarraron? —dijo el capitán sin levantar la cabeza.
Se quedó en silencio, confundido, y quiso con toda el alma que la pregunta fuera para otro, alguien escondido debajo de la mesa.
—Hablo con usted, o es sordo: ¿A qué horas lo capturaron?
—Despuecito de las seis, creo —dijo, tan suave que pensó que el otro no lo había escuchado.
—¿Por qué cree que despuecito de las seis? ¿No me puede dar una hora fija?
—No tengo reloj, señor, pero ya había cenado y yo como a las seis.
Vení cená, me gritaba mi mamá desde la acera. Falta un inning, mamá, le contestaba, ya voy. Pero hijo, no vez que ya está oscuro, qué vas a seguir jugando. Si ya voy, sólo falta una tanda, y en la iglesia comenzaban los violines y el armonio a tocar el rosario, cuando venía la bola a mi manos para sacar el último out y habíamos ganado otra vez el juego.
—¿A qué te dedicás?
—Soy zapatero.
—¿Trabajás en taller?
—No, hago remiendos en mi casa.
—Pero vos fuiste beisbolero, ¿verdad?
—Sí fui.
—Te decían “Matraca” Parrales, ¿verdad?
—Sí, así me decían, era por mi modo de tirar a home, retorciendo el brazo.
—¿Y estuviste en la selección que fue a Cuba?
—Sí, hace veinte años, fui de centerfielder.
—Pero te botaron.
—A la vuelta.
—Eras medio famoso con ese tu tiro a home que tenías. Iba a sonreírse pero el otro lo quedó mirando con ira. La mejor jugada fue una vez que cogí un fly en las gradas del atrio, de espaldas al cuadro metí la manopla y caí de bruces en las gradas con la bola atrapada y me sangró la lengua pero ganamos la partida y me llevaron en peso a mi casa y mi mamá echando las tortillas, dejó la masa y se fue a curarme llena de orgullo y de lástima, vas a quedarte burro pero atleta, hijo.
—¿Y por qué te botaron del equipo?
—Porque se me cayó un fly y perdimos.
—¿En Cuba?
—Jugando contra la selección de Aruba; era una palomita que se me zafó de las manos y entraron dos carreras, perdimos.
—Fueron varios los que botaron.
—La verdad, tomábamos mucho, y en el juego, no se puede.
—Ah.
“Permiso” quería decir, para sentarme, porque sentía que las canillas se le aflojaban, pero se quedó quieto en el mismo lugar, como si le hubieran untado pega en las suelas de los zapatos.
El capitán comenzó a escribir y duró siglos. Después levantó la cabeza y sobre la frente le vio la roja señal del kepis.
—¿Por qué te trajeron?
Sólo levantó los hombros y lo miró desconcertado.
—Ajá, ¿por qué?
—No —respondió.
—No, qué.
—No, no sé.
—Ah, no sabés.
—No.
—Aquí tengo tu historia —y le mostró un fólder—, puedo leerte algunos pasajes para que sepás de tu vida —dijo poniéndose de pie.
Desde el fondo del campo el golpe de la bola contra el guante del catcher se escucha muy lejanamente, casi sin sentirse. Pero cuando alguien conecta, el golpe seco del bate estalla en el oído y todos los sentidos se aguzan para esperar la bola. Y si el batazo es de aire y viene a mis manos, voy esperándola con amor, con paciencia, bailando debajo de ella hasta que llega a mí y poniendo las manos a la altura de mi pecho la aguardo como para hacerle un nido.
—El viernes 28 de julio a las cinco de la tarde, un Jeep Willys capota de lona, color verde se paró frente a tu casa y de él bajaron los hombres; uno moreno, pantalón kaki, de anteojos oscuros; el otro chele, pantalón bluyín, sombrero de pita; el de anteojos llevaba un valijín de la Panamerican y el otro un salbeque de guardia. Entraron a tu casa y salieron hasta las diez de la noche, ya sin el valijín ni el salbeque.
—El de anteojos —dijo, e iba a seguir pero sintió necesidad de tragar una cantidad infinita de saliva— sucede que era mi hijo, el de anteojos.
—Eso ya lo sé.
Hubo otro silencio y sintió que los pies se le humedecían dentro de los zapatos, como si acabara de cruzar una corriente.
—En el valijín que te dejaron había parque para ametralladora de sitio y el salbeque estaba lleno de fulminantes. Ahora, ¿cuánto tiempo hacía que no veías a tu hijo?
—Meses —susurró.
—Levántame la voz, que no oigo nada.
—Meses, no sé cuánto, pero meses. Desapareció un día de su trabajo en la mecatera y no lo volvimos a ver.
—¿Ni te afligiste por él?
—Claro, un hijo es un hijo. Preguntamos, indagamos, pero nada.
Se ajustó la dentadura postiza, porque sintió que se le estaba zafando.
—¿Pero vos sabías que andaba enmontañado?
—Nos llegaban los rumores.
—Y cuando se apareció en el Jeep, ¿qué pensaste?
—Que volvía. Pero sólo saludó y se fue, cosa de horas. —Y que le guardaran las cosas.
—Sí, que iba a mandar por ellas.
—Ah.
Del fólder sacó más papeles escritos a máquina en una letra morada. Revisó y al fin tomó uno que puso sobre la mesa.
—Aquí dice que durante tres meses estuviste pasando parque, armas cortas, fulminantes, panfletos, y que en tu casa dormían los enemigos del gobierno.
No dijo nada. Sólo sacó un pañuelo para sonarse las narices. Debajo de la lámpara se veía flaco y consumido, como reducido a su esqueleto.
—Y no te dabas cuenta de nada, ¿verdad.
—Ya ve, los hijos —dijo.
—Los hijos de puta, como vos.
Bajó la cabeza a sus zapatos sucios, la lengüeta suelta, las suelas llenas de lodo.
—¿Cuánto hace?
—¿Qué?
—¿Que no ves a tu hijo?
Lo miró al rostro y sacó de nuevo su pañuelo.
—Usted sabe que ya lo mataron. ¿Por qué me pregunta? El último inning del juego con Aruba, 0 a 0, dos outs y la bola blanca venía como flotando a mis manos, fui a su encuentro, la esperé, extendí los brazos e íbamos a encontrarnos para siempre cuando pegó en el dorso de mi mano, quise asirla en la caída pero rebotó y de lejos vi al hombre barriéndose en home y todo estaba perdido, mamá, necesitaba agua tibia en mis heridas porque siempre vos lo supiste, siempre tuve coraje para fildear aunque dejara la vida.
—Uno quiere ser bueno a veces, pero no se puede —dijo el capitán rodeando la mesa. Metió el fólder en la gaveta y se volvió para apagar el aparato de aire acondicionado. El repentino silencio inundó el cuarto. De un clavo descolgó una toalla y se la arrolló al pescuezo.
—Sargento —llamó.
El sargento se cuadró en la puerta y cuando sacaron al preso volvió ante el capitán.
—¿Qué pongo en el parte? —preguntó.
—Era beisbolista, así que inventate cualquier babosada: que estaba jugando con los otros presos, que estaba el centerfielder, que le llegó un batazo contra el muro, que aprovechó para subirse al almendro, que se saltó la tapia, que corriendo en el solar del rastro lo tiramos.
Diez razones para olvidar el dinosaurio de Monterroso

x
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allì
Augusto Monterroso
x
«El dinosaurio» de Augusto Monterroso es uno de los textos más estudiados, citados, glosados y parodiados en la historia de la palabra escrita, a pesar de tener una extensión de exactamente siete palabras.
«El dinosaurio» ha merecido ser incluido en al menos una docena de antologías publicadas en Argentina, Chile, España, Italia y México, y también ha sido traducido a varios idiomas. Este texto ha suscitado una gran diversidad de aproximaciones durante los años recientes, ya sea como motivo literario o bien como motivo de estudio, e incluso como motivo de reflexión política. En este último sentido, la imagen del dinosaurio ha sido identificada en México con ese personaje indiferente y calculador que todos conocemos en la vida cotidiana, que vive del tráfico de influencias y que es una herencia de la cultura política más antigua y primitiva.
Como motivo literario, «El dinosaurio» ha sido objeto de variaciones y ensayos en los que el texto es tomado como referencia inicial para la creación de diversos juegos. Estas variaciones incluyen versiones poéticas, continuaciones del texto, metacuentos y otras variantes a partir del tema propuesto por Monterroso, así como argumentaciones para reconocer textos aún más breves, para adaptar el texto a la ópera o para reconocer su carácter de extrema elipsis.
Como motivo de estudio, este texto ha sido analizado para estudiar su dimensión artística.
Pero ¿cuál es, en síntesis, la razón por la que este texto tiene tal persistencia en la memoria colectiva?
Después de leer los trabajos dedicados a su estudio, podríamos señalar al menos diez elementos literarios:
1) la elección de un tiempo gramatical impecable (que crea una fuerte tensión narrativa) y la naturaleza temporal de casi todo el texto (cuatro de siete palabras),
2) una equilibrada estructura sintáctica (alternando tres adverbios y dos verbos),
3) el valor metafórico, subtextual, alegórico, de una especie real pero extinguida (los dinosaurios) y la fuerza evocativa del sueño (elidido),
4) la ambigüedad semántica (¿quién despertó? ¿dónde es allí?),
5) la pertenencia simultánea al género fantástico (uno de los más imaginativos), al género de terror (uno de los más ancestrales) y al género policiaco (a la manera de una adivinanza),
6) la posibilidad de partir de este minitexto para la elaboración de un cuento de extensión convencional (al inicio o al final),
7) la presencia de una cadencia casi poética (contiene un endecasílabo); una estructura gramatical maleable (ante cualquier aforismo),
8) la posibilidad de ser leído indistintamente como minicuento (convencional y cerrado) o como micro-relato (moderno o posmoderno, con más de una interpretación posible),
9) la condensación de varios elementos cinematográficos (elipsis, sueño, terror) y,
10) la riqueza de sus resonancias alegóricas (kafkianas, apocalípticas o políticas).
Estas razones muestran que los lectores tenemos aún la posibilidad de realizar múltiples lecturas de «El dinosaurio» y seguir tomándolo como motivo literario y como motivo de estudio, pues ése es el privilegio y en eso consiste la placentera responsabilidad de la lectura literaria.
El vuelo de la Reina Mab
La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre una rayo de sol, se colocó por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados.
Por aquel tiempo las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros, unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros, unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat y mazas enormes para machacar el hierro encendido, y a quiénes, talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienden las crines en la carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.
La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:
-¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el plafón color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica, y que circule por las venas de las estatuas una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico Klitón, mostrando la esplendidez de la forma en sus cuerpos de rosa y de nieve.
Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe armónico como un verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el bloque me ataraza el desaliento.
Y decía el otro:
-Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris y esta gran paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo con sus magnificencias, con los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah!, pero siempre el terrible desencanto. ¡El porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!
Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración trazar el gran cuadro que tengo aquí dentro!
Y decía el otro:
-Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas.
La luz vibrante se himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia.
Entretanto, no diviso sino la muchedumbre que befa, y la celda del manicomio.
Y el último:
-Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flora en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz suprema es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel, y el que es de oro, y el que es de hierro candente.
Yo soy el ánfora del celeste perfume; tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar el beso, y escribo la estrofa, y entonces, si veis mi alma, conoceréis a mi musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y tomillo, y el santo aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre.
Entonces, la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida del color de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.
Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento manuscrito.
Kalimán el magnífico
Sergio Ramírez. Todo empezó un mediodía de abril cuando oí dentro de mi cabeza aquellas voces extrañas queriendo comunicarme sus mensajes. Entonces yo trabajaba de tipógrafo, el único oficio que había conocido desde niño. Aturdido por el desconcierto me desmayé, arrastrando en mi caída el chibalete. Los tipos de bronce se desparramaron por el suelo y tuve que pasar la tarde entera reponiéndolos en las cajas. – Será de hambre que te desmayaste -me dijo lleno de lástima José de Arimatea, el prensista, que había corrido en mi auxilio al oír el desbarajuste. Y era cierto que no había desayunado esa mañana como tantas otras mañanas en que me presentaba a la tipografía con el estómago vacío. Eran siete bocas las que tenía que alimentar para entonces porque mi mujer quedaba preñada con una sola de mis miradas, aunque fueran miradas inocentes. Por lo menos, era lo que yo creía en aquel tiempo. Traté de explicarle a José de Arimatea que el hambre no era la causa de mi desvanecimiento, sino que aquellas voces habían entrado en tropel tan desenfrenado en mi cabeza que mi mente no había podido soportar la impresión de semejante novedad. – Así es el hambre, hermano -insistió él-. Te hace oír voces y ver visiones. Es lo que le pasaba a los santos ermitaños. Ya repuesto del susto, y mientras me dedicaba a recoger los tipos para devolverlos a las cajas, leyendo con paciencia las ínfimas cabecitas según cada letra, las voces volvieron a dejarse oír, ya más sosegadas. En adelante -me explicaron- ellas iban a concederme la gracia de la adivinación. Pero mis poderes no iban a tener que ver con el número premiado de la lotería, ni con enterramientos de tesoros, sino con las perfidias de amor, las pasiones infieles y los ardides del corazón. Yo debía ir por el mundo desengañando a aquellos que, víctimas inocentes de conspiraciones traidoras, ignoraban las viles tramas que llenaban de sombras malignas sus vidas. Ellas iban a dictarme nombres, escondites de cartas comprometedoras, sitios clandestinos donde se consumaban las traiciones. Identificaría a las mujeres adúlteras, descubriendo en sus rostros las huellas del pecado que nadie más que yo percibiría; y aun antes de enfrentarlas, las voces, convertidos en gemidos de angustia, me advertirían de su odiosa presencia, así como me revelarían el sino de los hombres engañados con sólo verlos levantar la cortina al entrar en mi consultorio. Porque aquella misma tarde decidí abrir mi consultorio de adivino y abandonar el oficio de tipógrafo. Una vez que terminé de reponer en las cajas los tipos como despedida compuse la papeleta que José de Arimatea, incrédulo aún de mis facultades, y burlesco como siempre, imprimió en tinta ciclamen, según mis indicaciones. – Ese oficio de andarte metiendo en las vidas ajenas te va a costar caro -me advirtió. Pero yo no estaba para detenerme a oír consejos que no fueran los de las voces aliadas. Le robamos al propietario de la imprenta media resma de papel celeste, del mismo que servían para imprimir los programas de los circos. El nombre de adivinador que escogí – Kalimán el magnífico- , lo puse en los encabezados, en tipos de fantasía, y debajo, la dirección de mi casa en el barrio de Campo Bruce, el único sitio donde podía abrir mi consultorio pese a todas las inconveniencias del caso. El propietario de la imprenta se dio cuenta del robo a la mañana siguiente, cuando ya decidido a emprender mi nueva vida de adivinador me presenté en el taller a reclamar mi liquidación, confiado además en poder llevarme los paquetes de papeletas que José de Arimatea ya tenía traspuestos en el cajón de los desperdicios de papel. Al propietario, Don Nicomedes, lo llamábamos a sus espaldas Basilisco, dado su carácter sulfuroso, y ya pueden imaginarse el respeto forzado con que José de Arimatea y yo lo tratábamos. Muy receloso en el control de los materiales, contaba las remesas de papel todas las mañanas, y al notar la falta nos puso en confesión. Como no lograba sacarnos nada, se dedicó a registrar todos los rincones, y ya iba directo al cajón de los desperdicios cuando las voces se presentaron en mi auxilio. Urgidas, me aconsejaron que debía revelarle el amargo secreto de que su hija de catorce años iba a fugarse con un hombre casado. En lugar de mostrarse agradecido, como era mi esperanza, más violenta fue su furia. Enardecido por mi atrevimiento abandonó la búsqueda y corrió a su escritorio a sacar de la gaveta una pistola con la que me apuntó, decidido a matarme. Maldije entonces a las voces, y como después va a quedar patente, no iba a ser la única vez que habría de maldecirlas. Pensé que me había quedado para siempre sin habla, mientras esperaba mi fin, pero las voces hicieron el milagro de que me salieran las palabras para decirle, en un balbuceo, que buscara la carta del malhechor en el bulto escolar de la niña, metida entre las páginas del libro de gramática de G.M. Bruño. Mientras tanto, José de Arimatea, acobardado, se había pegado contra la pared. Basilisco me insultó otra vez, pero ya había cierto asomo de duda en su semblante. -Camina -me ordenó. Y poniéndome el cañón de la pistola en las costillas me hizo atravesar la puerta que separaba su vivienda de la tipografía. La niña estaba por irse al colegio, y hoy que me acuerdo de la trampa que le había tendido mi portento a la pobre criatura, aún siento lástima por ella; aunque en aquel momento de angustias ni lástima de mí mismo tuve tiempo de sentir. La niña, de pie junto a la mesa del comedor, ya el bulto a la espalda, donde permanecía escondido el cuerpo del delito, bebía su café soplando a cada sorbo la taza enlozada. Basilisco obligó a la niña a entregarle el bulto y la mandó a encerrarse en el aposento, entre los llantos y reclamos de la esposa y de la criada, a las que también ordenó alejarse, mientras seguía sonando a todo volumen el tocadiscos que la señora ponía desde la hora del desayuno con su canción preferida del Trío Los Panchos, Flor de Azalea. Apuntándome con la pistola me hizo abrir el bulto y desparramar los libros y cuadernos sobre el piso, hasta que de entre las páginas de la gramática salió a volar la carta perfumada. Las voces, mientras tanto, se trocaron en risas chavacanas, celebrando no sé si mi desdicha o mi primer éxito de adivino. Basilisco la leyó, con la cara descompuesta, y ya no fue a mí a quien quiso matar sino a José de Arimatea, porque era él el firmante de la propuesta traicionera, aunque yo no había alcanzado a identificar su nombre en mi profecía. Y demás está decir que Basilisco, blandiendo en alto la pistola, corrió hacia la tipografía en su busca, sin encontrarlo, demás está decirlo también, porque al no más verme desaparecer cautivo por la puerta, manos arriba, José de Arimatea había emprendido la fuga en su ropa de fajina dejando colgada en el clavo del tabique su mudada catrina. José de Arimatea, en la calle, era el catrín entre los catrines, un enamorado empedernido vestido siempre de blanco, la concertina en la bolsa trasera del pantalón, que sacaba siempre en auxilio de sus lances. Y mientras yo me quedaba dentro de la casa, los ojos apretados para saber lo que las voces tenían que ordenarme, y cabe decir que se obstinaron en callar, mi ensayo de trance fue roto por los disparos que sonaron desde la calle. Di por muerto a José de Arimatea, equivocación que compartió la esposa de Basilisco, porque corrió como una loca, en camisón, atropellando los muebles. -íMe lo mataste, cobarde, me lo mataste! -gritaba en desafuero mientras alcanzaba la puerta Revelación que tampoco me había sido dictada por las voces, así serían otras veces de veleidosos mis poderes. Armándome de valor yo corrí tras ella. Pero no había matado Basilisco a José de Arimatea sino que furioso, al no encontrar rastros suyos en la calle, se había contentado con descargar su pistola al aire, espantando a los zanates que rondaban los aleros. Por lo visto, la fatalidad perseguía a aquella casa. Las voces aparecieron, otra vez ente risas sofocadas, para recomendarme que mejor me alejara cuanto antes del lugar de los hechos, no sin antes insuflarme el valor suficiente para penetrar en la tipografía. que había quedado desierta, en el afán de recoger los paquetes de papeletas. Así lo hice, aprovechando el momento en que Basilisco, a falta de tiros, forzaba del pelo a la infiel para arrastrarla de vuelta a la casa; y ya adentro todo fue un estrellarse de sillas y quebrar de trastos. La primera víctima de aquel mar de destrozos fue el tocadiscos, mismo que calló para siempre, lanzado violentamente al piso. Mientras tanto, yo me fui, cargando en la cabeza los paquetes. Hasta entonces comprendí, sin que las voces me lo dijeran, el porqué de aquel eterno cantar del Trío Los Panchos, con su flor de azalea, la más amarga desesperación, que empezaba apenas José de Arimatea ponía pie en la tipografía y que no cesaba hasta que la prensa se apagaba al atardecer, cuando, a manera de despedida, él tocaba la misma melodía en su concertina, arrimándose a la puerta medianera. Y comprendí el porqué de aquellas sopas de gallina que le enviaba la enamorada, ya lejos la hora del almuerzo, cuando Basilisco roncaba su siesta. Sopas, que dicho sea de paso, jamás fueron para mí, a pesar de mis respetuosas cortesías para con ella. La muy pérfida, no se dignaba compadecerse de mi hambre. Pero aún no había descendido sobre mí el poder de la adivinación conferido por las voces, acerca de cuya constancia y fidelidad, tengo, de todas maneras, tantas quejas. Y hasta ahora entiendo que si un error cometió la infiel, fue utilizar a su tierna hija como correo de las sopas. La niña, sonriente, se acercaba a la prensa llevando el tazón caliente, con el cuidado de no derramarlo, y esperaba hasta que José de Arimatea se la bebía toda, sin convidarme, mientras cuchicheaban los dos, apartados de mis oídos. Después, como despedida, le regalaba una interpretación de Flor de Azalea con la concertina, ajena la madre a todos aquellos coloquios porque, seguramente, su oficio estaba en vigilar los ronquidos de Basilisco junto a la puerta del dormitorio, temerosa de que no fuera a despertarse antes de tiempo. Kalimán el Magnífico, en poco tiempo se hizo famoso en la ciudad de Managua, capital de la república, y lugares circunvecinos. La dirección de la humilde vivienda de este servidor en el barrio Campo Bruce, pregonada en las papeletas, se convirtió en obligado punto de atracción para todos aquellos que querían saber si eran dichosos o infelices en las suertes del amor, si vivían en la verdad, o en el engaño. Gracias a las voces, atraje sobre mi amistades eternas por los favores concedidos, y por igual, inquinas peligrosas, porque al descifrar los arcanos de la infidelidad alguien salía necesariamente perjudicado. Era difícil entenderme con las voces, entre la algarabía de los críos que berreaban y peleaban, y entre los gritos aguardentosos de mi mujer que dada a la bebida, se comportaba de manera hostil con los clientes, a pesar de que los emolumentos percibidos le reparaban beneficios, pródiga ahora en comprarse vestidos de tafetán, lápices de labio y coloretes, aunque se olvidara de mi almuerzo, enemiga como se volvió de acercarse a la cocina para no arruinar el esmalte de sus uñas, porque pintarse las uñas, que se había dejado crecer como navajas peligrosas, era una de sus ocupaciones favoritas. Si me atrevía a reclamarle, enderezaba sus inquinas contra mi, burlándose a carcajadas del turbante de seda adornado con un broche artístico, que yo había elegido como la pieza principal de mi atuendo. Pero fue mi fama la que vino a rescatarme de aquel infierno. Acepté la oferta de adivinar por la radio, ya que la YNW, la muy escuchada Radio Mundial, me abrió sus puertas, dándome la hora estelar de la noche, después del repris de El derecho de nacer. Las voces, que se mostraban molestas en aquel ambiente, no se opusieron al cambio y, mas bien, me felicitaron. Además, La Mejoral, que patrocinaba el programa, me retribuía con cierta largueza, que superaba en mucho los emolumentos de los clientes. Antes de regresar a mi casa, casi a la medianoche, pasaba comiéndome un sandwich de jamón por el restaurante Munich, me tomaba mi cerveza; ya no padecía de hambre. Como los oyentes llamaban por teléfono o enviaban sus cartas bajo seudónimo, para someter a consulta sus casos, corría menos riesgos de ser víctima de alguna venganza. Y para no tener que verle la cara a mi mujer en el día, ni aguantar berridos y bochinches, me iba a los estudios de la Radio Mundial a preparar las respuestas a las cartas para tenerlas listas a la hora de empezar el programa. A prudente distancia del micrófono, tal como el controlista me había indicado, leía las cartas y respondía a cada llamada que entraba por el parlante de la cabina, con aplomo y parsimonia, como si se tratara de un pastor protestante que predicara casa por casa. A usted su mujer lo engaña, busque la carta en tal sitio, se ven en tal lugar, no está en el cine, está con el otro en la pensión tal, ese hijo que va a tener tiene otro padre, desconfíe de su más íntimo amigo, no le crea a su esposa que su mamá está enferma y por eso se fue a Jinotega, cuando usted se va al trabajo el otro entra, se acuestan en su propia cama, ese collar no se lo sacó en una rifa, es regalo de su amante, ese disco de Nat King Cole que pone a cada rato, es porque le recuerda los momentos de pasión que ha vivido con él, llévela donde un sacerdote, tal vez se arrepiente, déjela de una vez por todas, ya no hay remedio para sus desvaríos, perdónela por esta vez, quiera a ese niño aunque no sea suyo, la criatura no tiene la culpa, si decide castigarla, no lo haga delante de sus hijos. Sea valiente, que si un amor paga mal, otro vendrá a reponerlo. A veces, las voces se reían de mis consejos, y se permitían comentarios libertinos, pero yo estaba ya acostumbrado a sus mofas, y no me enojaba. Vivía en paz con ellas, porque al fin y al cabo, me procuraban el sustento. Hasta que una noche, entró por el parlante una voz aguardentosa de mujer, que yo conocía – Señor Kalimán, aquí le habla Mesalina. Soy una mujer casada, y con hijos. Desde hace tiempo, por distracción, le he sido infiel a mi esposo con varios hombres. Si los hijos que he tenido son o no son de él, que él mismo lo averigíue, para eso tiene poderes sobrenaturales. Pero ahora ardo de pasión por un caballero muy galante, que dice que me adora, y toca muy lindo la concertina. Cuando mi esposo no está en las noches, y es que nunca está, el caballero y yo nos citamos en una pensión frente a la estación del ferrocarril. Otras veces, me lleva al cine, me lleva a bailes. Acaba de proponerme que me vaya con él para Chinandega, y que allí vamos a vivir felices. Las voces, más divertidas que nunca estallaron en un gran riserío. Yo, como era natural, me quedé helado, sin responder, mientras el controlista me llamaba la atención, golpeando el vidrio de la cabina. – Aló -se oyó en el parlante. – ¿Cuál es entonces su pregunta? -dije al fin yo, con el puñal de la desesperación clavado en el pecho. – No tengo pregunta -contestó ella-. Sólo quiero que mi esposo sepa que ya le acepté la propuesta al caballero, que ya me fui de la casa. Aquí está conmigo el caballero. Buenas noches, se despide, Mesalina. Para colmo de todos los males, en el parlante se escuchó, antes de que ella colgara, una concertina que tocaba flor de azalea la vida en su avalancha te arrastró. -íPuta, mil veces puta! -grité yo, remeciendo el micrófono, que se zafó del pedestal y cayó con un golpe sordo al suelo. Yo lo recogí, y seguí gritando. El controlista, espantado, se lanzó sobre la consola a cerrar el switch del sonido, y a la carrera puso en la tornamesa la cuña de la Mejoral, cualquier dolor, cualquier mal, mejor mejora Mejoral. Me abandonaron para siempre las voces; las muy léperas, desaparecieron de mi cabeza sin despedirse. Volví a encontrar empleo de tipógrafo en el periódico Flecha, otra vez, siempre con el estómago vacío, por tantas bocas que alimentar. Componiendo una vez un artículo, me encontré en el original mecanografiado el nombre de Mesalina. Allí se explicaba que la tal Mesalina fue la esposa del emperador Claudio, una mujer licensiosa que se envanecía de haber llevado a su lecho a todos los centuriones de las legiones romanas, y tenía por gloria superar en la intensidad de sus orgasmos a las hetairas de los lupanares más célebres del imperio. Qué nombre más nefasto, Mesalina. ¿De dónde lo habrá sacado la pérfida para ponérselo de seudónimo, la noche en que me llamó por teléfono para comunicarme que se iba con José de Arimatea? Si jamás leía periódicos, si en su vida había tocado un libro. Las voces lo sabrán. Pero a mi cabeza, que no vuelvan nunca.
La dama frente al espejo
Al entrar al Salón de los Espejos, la bonita señora no pudo resistir el impulso de mirarse. Por lo demás, es un impulso natural, y su comisión no conlleva nada delictivo ni pecaminoso. Había entrado al Salón de los Espejos para esperar a la Marquesa, con quien bebería el té en el coqueto jardín inglés del flanco izquierdo del castillo.
Puso, pues, su carterita sobre una silla, quedándose con la polvera. Al ver su imagen reflejada en el azogue, respingó un poco la nariz para empolvarse. Luego puso en su sitio, con un gesto regañón, a dos o tres cabellos rebeldes, y se ajustó el traje sastre. Fue ése el momento en que percibió el fenómeno: atrás suyo, otra dama se ajustaba el vestido sastre frente a otro espejo de pared. Atrás de esta nueva mujer, otra más, igual también a ella, se ajustaba el traje sastre. Y más atrás, otra, y otra, y otra…
Dio ella un paso, retirándose alarmada del espejo. Simultáneamente, una infinita sucesión de imágenes de mujeres en un todo iguales a ella, dieron también un paso para retirarse de sus espejos. Abrió los ojos desmesuradamente, y aquel millón de mujeres abrieron dos millones de ojos desmesuradamente, formadas en una línea recta en perspectiva que llegaba al infinito.
Palideció. Diez millones de mujeres palidecieron con ella. Entonces dio el grito, llevándose la mano a los ojos. Cien millones de mujeres corearon su grito y repitieron su gesto. Cayó al suelo. Mil millones de mujeres cayeron al suelo gimiendo. Ella se arrastró sobre la gruesa alfombra árabe, y un incontable número de mujeres, como soldados sobre el terreno, calcaron uno a uno sus movimientos felinos. No logró salir del Salón de los Espejos; al acudir los sirvientes, encontraron muerta Media Humanidad…
Álvaro Menén Desleal.
La búsqueda
Adolfo Gannet, famoso médico inglés del siglo pasado, tuvo una revelación maravillosa en su clínica de Londres: un enfermo le comunicó que había averiguado, en un sueño azul, que la muerte era solamente una infinita galería de retratos.
–Quien encuentre el suyo entre los millones de rostros desaparecidos –agregó el confidente–, podrá reencarnar.
Gannet murió en 1895, en Escocia. En su lecho final, el rostro le sonreía con el dulce misterio de quien espera emprender una gratísima búsqueda.
Oscar Acosta
Sally Mann

























1 comentario