Sirena sin mar, Ana Teresa Peralta

Nació y creció siempre cerca del mar. Ella, como sus cinco hermanas, amaba todo lo que se relacionara con el océano; de hecho, no conocía otro lugar tan encantador y maravilloso.

Lola era la más pequeña de aquella singular familia y se caracterizaba por ser la más hermosa de sus hermanas, lo que no quiere decir que ellas no lo fueran, pero Lola las opacaba con su tierno y hermoso rostro.

Como había nacido cerca de la playa, no fue necesario enseñarle a nadar, sólo la mayor le mostró cómo se debía mover dentro del agua. Lola aprendió con gran rapidez, poseía una enorme gracia para nadar como sirena y sus hermanas comenzaron a llamarla así: Sirena. Jugaban a que lo eran y se disfrazaban construyendo con la arena sus largas colas.

Desde pequeña escuchó aquel sustantivo y empezó a creer que era cierto; pasaba las horas nadando y perdiéndose en el océano, de verdad creía ser una sirena y no había nada que mostrara lo contrario. Fue tanta su fantasía que imaginaba tener una aleta brillante y hermosa cada vez que se clavaba en las olas. Sus hermanas comenzaron a preocuparse por su pequeña hermana, no era normal lo que hacía y en su desesperación llamaron a un especialista.

Cuando el médico evaluó a Lola le diagnosticó una enfermedad que le creaba alucinaciones y necesitaba ser internada. La noticia fue muy difícil de aceptar, pero al final su familia cedió.

Lola gritaba, pataleaba, mordía, lloraba, ¡no podían separarla de su hogar! Decía que si la privaban de la sal del océano iba a secarse y convertirse en una mujer fea; gritaba desesperadamente que necesitaba ver el crepúsculo y el ocaso desde la playa, ¡no debían llevársela! Tuvieron que sedarla para poder trasladarla. Sus hermanas lloraban desconsoladas.

No hubo día en que Lola no exigiera que la llevaran a su casa, se mojaba el cabello, salía al patio cuando llovía, deseaba con toda su alma regresar a donde pertenecía.

Nunca regresó.