Nereidas, Norberto Luis Romero.

Quienes primero percibieron su llegada fueron los delfines, con sus infalibles y agudos sentidos. Años antes habían existido conatos de tales apariciones: individuos aislados que se acercaban a la costa; pero ésta era la primera vez que, provenientes de las cálidas corrientes submarinas de otros mares lejanos, se adentraron en grupo en las aguas que circundan la isla.

De inmediato las avistaron los pescadores desde sus barcas y, en un principio, las confundieron con peces; pero no tardaron en reconocer su monstruosidad y su intención inmediata fue destruirlas o capturarlas como testimonio de su rareza. Ellas supieron huir a tiempo y cobijarse en las profundidades oscuras y frías de las aguas.

Durante varios días y noches los pescadores aguardaron con sus arpones dispuestos, somnolientos en las barcas de pesca, sacrificando el descanso, el hambre y el sueño. Ellas fueron perdiendo el miedo a los hombres y comenzaron a cantar. Los pescadores ignoraban que sus cantos eran fascinantes y que su poder hipnótico era superior a la penetración mortal de los arpones. Uno a uno fueron sucumbiendo a la armonía de sus voces y pereciendo en las profundidades devorados por los peces. Ellas, que no se atreven a probar carne humana, se limitaron, como de costumbre, a cebarse de los peces que se congregaban hambrientos alrededor de los cuerpos.

Cuando las islas estuvieron vacías de pescadores, se aventuraron en las playas. Al contacto con la tierra firme, perdieron su mitad-pez, su cauda, convirtiéndose en hermosas doncellas de cabellos oscuros como un torrente. Llegaron junto a las casas de los pescadores y llamaron a sus puertas. Unicamente las mujeres quedaban en ellas: la mayoría de los hombres, cegados por su afán de captura, habían perecido. Y fueron bien recibidas. Las mujeres, en su duelo, las acogieron como a hijas, dada su juventud y belleza, sin sospechar su procedencia marina. Ni siquiera desconfiaron al verlas comer pescado crudo -por la enorme aversión que tienen al fuego- sin el menor pudor, con la naturalidad que la costumbre y los instintos les otorgaban.

Muchas eran las características que las diferenciaban enormemente de las demás mujeres, y por las cuales los habitantes las adoraban como a diosas: la delgadez de sus párpados casi transparentes; la belleza perfecta de sus cuerpos; la laxitud de sus movimientos: como si el aire tuviera la densidad del agua; la transpiración de la sal y del yodo; un rumor de olas en sus corazones; la costumbre de mojarlo todo; su devoción por la lluvia y la música.

Sutiles cambios se originaron en las aldeas. Ellas trajeron consigo la humedad que saturaba los muros y muebles de las casas, las algas que crecían en lugar de las rosas, el moho y los líquenes que todo lo cubrían, la inversión del sonido íntimo de las caracolas, que ahora suenan a viento desértico, al ábrego; sus construcciones y su arquitectura antojadiza que recuerdan vagamente a los arrecifes de corales y madréporas; sus extraños instrumentos musicales confeccionados con caracolas y caparazones de tortugas y cangrejos, y sus clepsidras capases de medir el tiempo infinito; su sistema de pesos y medidas incomprensible para los humanos.

A pesar de la ausencia de hombres jóvenes nunca faltó el sustento en las casas, porque ellas eran excelentes pescadoras y, cada atardecer, regresaban al caserío, cargadas de peces recién capturados. Los primitivos habitantes fueron envejeciendo poco a poco y muriendo, quedando ellas como dueñas y señoras de las aldeas, pariendo hijas mujeres sin necesidad de macho alguno. Una vez al año, en recuerdo de aquel día en que salieron a la superficie, instituyeron una fiesta donde el agua era el fundamento del ritual y el fuego su enemigo.

Con el tiempo se cansaron de su soledad y decidieron abandonar la isla internándose en el mar, donde volvieron a crecer sus mitades-peces. Todo el archipiélago quedó desierto de hombres y mujeres, las casas de los pescadores vacías con las puertas abiertas, las barcas a la deriva, con su maderamen rechinando, meciéndose indolentes y solitarias, hasta que la podredumbre las arrastró al fondo, como cadáveres.

Muchas fueron las islas de las que se apropiaron a lo largo del tiempo: su juventud y belleza eran eternas fuera del natural elemento líquido; pero cuando ya no quedaban mujeres ni niños dispuestos a adorarlas, las abandonaban en busca de otras habitadas, y volvían a repetir su táctica.

Los grandes continentes están todavía a salvo de su poder; pero no tardarán en atravesar los océanos, cantando y atrayendo a los hombres crédulos y ambiciosos hacia la muerte. Entonces, el mundo será de ellas.