La Sirena, Alfonso Reyes

La tradición greco-oriental, según los monumentos y textos conocidos de Grecia y Roma, presenta a las sirenas como seres híbridos, la cabeza de mujer, el cuerpo revestido de plumas, y patas de pájaro.

Este tipo fue conocido por el Occidente durante la Edad Media.

Pero, acaso, entre los siglos vii y viii, aparece un nuevo tipo de sirenas, cabeza y busto de mujer y, del ombligo abajo, cola de pez que desaparece en las aguas. El tipo volátil se ha transformado en tipo acuático. Esta segunda figura prevalece en la imaginación y el arte moderno.

Así, en el Tesoro de Covarrubias, Orozco, 1611: “ Fingieron los poetas ser unas ninphas del mar, el medio cuerpo arriba de mujeres muy hermosas, y del medio abaxo, pezes…” En Autoridades, VI, 1739: “Nympha del mar que fingieron los poetas. Dixeron ser el medio cuerpo arriba de muger mui hermosa, y lo restante de pescado”. En Terreros y Pando III, 1788: “Los gentiles finjieron que las sirenas eran unos monstruos con cara de mujeres, y la extremedidad o cola de peces, partida en dos” Pero ya en la Academia, 1947: “Cualquiera de las ninfas marinas con busto de mujer y cuerpo de ave… Algunos artistas las representan impropiamente con medio cuerpo de mujer y el otro medio de pez”

¿Cuando y cómo acontece la sustitución de un tipo por el otro? … Veamos:

La Biblia ha sido uno de los vehículos para la difusión del nombre “sirena” en Europa. Según los primeros traductores de Isaías y de Job, las sirenas son a veces monstruos cantores sin determinación especial, y otras, crestados dragones voladores: y “sirenas” aparece como tannim o chacal hebreo.

El Physiologus es otro de los caminos por donde el término “sirenas” penetró en Europa. Obra singular, tal vez debida a un cristiano del siglo ii J.C., escrita en griego y traducida al latín hacia el siglo v, se propone dar la interpretación tipológica de los animales bíblicos y otros más. Aquí, las sirenas, comentadas con referencia a Isaías, tienen la forma humana hasta el ombligo y, más abajo, forma volátil. Su funesto canto adormece a los navegantes, a quienes luego las sirenas destrozan.

La tradición pagana, bien conocida entre los cristianos cultos, gira en torno a las aventuras de Ulises-Odiseo. Los oradores y escritores eclesíasticos no temían aludir a esta fábula como a un símbolo: San Ambrosio, San Jerónimo, San Máximo de Turín, quien, en el siglo v, la aplica al misterio de la Cruz salvadora.

Pero ¿cómo eran las sirenas clásicas? Higinio las describe como mujeres por arriba y gallináceas por abajo, suerte de aves infernales. Y Servio dice que eran en parte vírgenes ( en verdad, meretrices ), y en parte, volátiles. San Isidoro añade que tenían alas y garras.

Hasta aquí, pues, seres humanos ( mujeres ) en la parte superior del cuerpo, y aves en la inferior.

El Líber monstrorum, texto de fecha incierta, pero no posterior al siglo x, obra de un autor anglosajón, tal vez Audelinus, nos da al fin las sirenas-peces.

Las Sirenas — célebres en las navegaciones de Ulises, en las menciones de los poetas paganos, en las aplicaciones alegóricas de escritores cristianos — son, para el autor del Líber los monstruos más notables que se hallan en la literatura.

Tomás de Cantimpré explota ya este nuevo tipo de sirenas-peces en su De natura rerum, y recoge, además, una serie de rasgos complementarios en diversas fuentes, sobre los maleficios y costumbres de las sirenas.

La nueva figura de la sirena puede provenir:

  1. De una contaminación hecha por Audelinus entre la sirena clásica y la monstruosa Escila, que Virgilio describe como una mujer que hunde su cola de delfín en el agua;
  2. de la confusión en que incurrió Audelinus tomando por sirena a alguna ninfa marítima o hembra de tritón, vista en algún viejo mosaico o cuadro admirado, y relativo a las tradiciones de Escila y Circe;
  3. o bien puede esta sirena-pez ser una invención de su propia minerva, más o menos provocada por algunas figuraciones encontradas en lecturas o documentos artísticos;
  4. posible es también que de algún modo hayan llegado hasta el Líber especies folklóricas de mitologías bárbaras y septentrionales, en que abundan las mujeres-peces.

Durante la Edad Media, el Physiologus pasa por autoridad suma sobre descripción de seres y cosas naturales, y es fuente de numerosos bestiarios. No satisfacen la curiosidad de los lectores.

Esta general curiosidad de los medievales es fácil de comprender. Desde el siglo viii llegaban a Europa especímenes de la fauna oriental. Cuando, más tarde, la Chanson de Roland habla de osos, leones y camellos ofrecidos a Carlomagno por el sarraceno Marsilo, no todo es invención poética. Estos presentes de los príncipes asiáticos a los emperadores tuvieron su época. Y los monarcas acostumbraban instalar unos como jardines zoológicos para entretenimiento del pueblo. Los viajeros, embajadores, mercaderes, peregrinos, cruzados, aportaban sus descripciones más o menos fantásticas o exageradas, sus telas exóticas y otros objetos con representaciones de animales quiméricos. En los geógrafos y naturalistas de la antiguedad los eruditos encontraban singulares noticias sobre aquella fauna más o menos imaginaria.

El apetito de lo maravilloso aumenta aún, a partir del siglo xi, por la leyenda de Alejandro el Grande. La novela consagrada al capitán macedonio por el Seudo-Calístenes y traducida por Julius Valerius no aplacó del todo aquella sed. Tuvo éxito, sí, y lo prueba la floración de aquellos poemas, los más antiguos en lengua vulgar, sobre asuntos afines. Pero mayor fue el éxito de la novela griega en la traducción del Arcipestre León ( siglo xi). Ésta a su vez se llenó de interpolaciones: ya noticias arrancadas a la Carta de Alejandro a Aristóteles, o a la obra de Orosio, a la de Josefo, etc. Todo lo cual hizo de la India una tierra de prodigios y patria de seres fabulosos. Y añádase todavía la Carta del Preste Juan, que supera en este sentido a los demás textos.

Entre los textos posteriores al Líber donde se menciona a las sirenas, Faral ha analizado, para los siglos IX a XIII, no menos de veinticinco, que pueden agruparse así:

  1. tipo antiguo o clásico de mujer ave;
  2. nuevo tipo de mujer-pez;
  3. empleo indiferente de uno u otro tipo;
  4. combinación de ambos tipos, o mujer a un tiempo pez y ave;
  5. ajustándose a Servio y a Isidoro de Sevilla, que hablan de “tres sirenas”, se supone que dos son mujeres-peces y la tercera, mujer-ave.

Entre nosotros, y ya para los tiempos modernos, son de singular interés los datos de José Durand ( Ocaso de Sirenas: manatíes del siglo xvi, México, Tezontle, 1950 ), donde se aprecian el transporte a Indias y a nuestros primeros cronistas de los temas tradicionales, y la confusión entre sirenas y manatíes o pejemulleres, sin duda favorecida por el busto de la hembra. He aquí, dice el autor, la última aventura de la sirena.


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