El chal de lentejuelas, Ramón Gómez de la Serna

El Chal de lentejuelas

El caballero desconfiado temía en las travesías a las mujeres que tenían algo sirenaico y se resistía siempre a la proposición de asomarse a la pasarela de cubierta acompañando a esas damas en traje de noche que rimaban con la seducción del mar.

Pero durante aquella velada se había visto arrastrado por la belleza del chal de lentejuelas moradas, que mimaba la tentación del oleaje con aquel chal, que era como un mapa de los cielos oscuros a la par que estrellados cómplices de la fatalidad marítima.

Enfrascado en su conversación – botella de naufragio – no se habían dado cuenta del pasar de las horas, cuando ella miró el reloj y salió corriendo hacia los salones siempre encendidos.

El caballero desconfiado, que se quedó pensativo, meditando si aquello debía continuar, vio de pronto, como alucinación reveladora a la rielante luz del barco, el ala desplegada de aquel chal de lentejuelas extendido sobre las olas.