Amores puercos

Kalle Koponen

El verraco llamado Loco acaba de entrar en la carpa de las chanchillas, las cerdas en edad de ser cruzadas. “¿Hueles?”, me pregunta L***, una veterinaria vegetariana que me acompaña en esta granja y es cerdo según el horóscopo chino. “Así huelen los machos”, me dice.

Siento un olor ofensivo y nauseabundo. Por sus altos niveles de testosterona, Loco tiene la misión de estimular a todas las marranas de los pabellones en sus paseos matutinos por esta pasarela de porcinos. Loco es un cerdo raza Hampshire, blanco y negro, y huele mal. Mientras desfila, las hembras gritan histéricas como si Loco fuese Ricky Martin. El estruendo es increíble. Las locas parecen ellas. “Es el efecto macho”, me dice la veterinaria. Yo sigo de cerca cada uno de sus pasos, como una más reclamando sus favores. Loco se detiene ante la que está en celo –así lo atestigua una V fucsia en su lomo– y junta su hocico mojado con la trompa de la afortunada cerda. Parece que acordaran algo para más tarde.

Loco pesa unos cuatrocientos kilos y se sabe un puerco en la plenitud de la vida. Cabo Blanco, Negromar y Pedrito, otros tres de los veintiún verracos –cerdos padres– que reinan en esta granja de seiscientas marranas, lo miran en silencio y con envidia. Saben adónde lo llevan: al lugar soñado, allí donde los cerdos ven el cielo.

Loco me hará una demostración de su poder de semental: el puerco es el único animal que puede eyacular durante treinta minutos, lo cual hasta le da tiempo para quedarse dormido, y da como resultado un cuarto de litro de semen.

Sabía algo acerca de ese elástico orgasmo, pero ser testigo de él es otra historia. De aquí viene esa máxima de gozar como un cerdo, y de ahí que decirle cerdo a un hombre pasa de ser un insulto a un piropo. Pero aunque tengan el orgasmo más prolongado del mundo, los cerdos de granjas limpias y productivas como ésta jamás tienen sexo de verdad: la venganza urdida por el hombre, acomplejado por la contundencia del placer puerco, es condenarlos a reproducirse por inseminación artificial. Ésa es su desgracia. Así, la simiente de uno solo, el caso de Loco, puede servir para una veintena de marranas. Pero es peor. Los castran después de usarlos como sementales, con el pretexto de que la carne de un macho sexualmente activo tiene mal sabor.

Me recuerda un cuento de José Saramago: unos granjeros mutilan a un cerdo ante la mirada atónita de un adolescente. Mientras sucede, una muchacha descansa en la otra ribera del río. El chico, que antes miraba a la joven con timidez, se lanza al agua, nada a contracorriente, llega hasta ella y la posee frenéticamente. Es un acto rabioso de reivindicación de la virilidad animal. Y es un cuento hermoso. Pero como Loco aún no ha sido castrado, ahora lo llevan hacia el brete, que es un maniquí embadurnado con olor a hembra que hace las veces de las muñecas hinchables para los hombres. En el episodio más desconcertante que he presenciado en mi vida, Loco rodea el brete, lo seduce y lo monta. Se la ha creído, o ha querido creérsela. Al cabo de unos minutos, veo sus espermatozoides removiéndose como desquiciados en el microscopio. Entonces llega el turno de la marrana de la V de la victoria, a la que le inoculan el semen de Loco con ayuda de un vibrador en forma de espiral. “Para que se ponga contenta”, me explica un tipo que se encarga de la felicidad porcina. En esta granja, que pertenece a los hermanos Lock, dicen que lo fundamental es la sexualidad de los animales. El logotipo de esta empresa son dos cerdos apareándose.

No hay oscuridad en el alma de un cerdo, aunque una mala leyenda lo envuelva desde que dejó de ser un jabalí insumiso para ser domesticado con basura. Siempre creí que había algo incomparable en vivir como un cerdo. Nada como andar libre y despreocupado, revolcándose en el fango de la existencia. Quién sabe si cuando los cerdos duermen sueñan alucinantes teorías sobre la inmundicia humana, o si cuando comen nuestros desperdicios en realidad nos están analizando. Ningún animal vive tan al desnudo, con toda su inocente carnosidad al aire. A mí me parece una criatura de belleza renacentista, porque el volumen también puede ser grandeza, y la robustez, sensualidad. Pero sus credenciales de profesional del ocio y esa indolencia tan satisfecha de sí misma lo han hecho objeto de la antipatía por parte de todos los animales, incluyendo al hombre. No tengo otra razón para explicar el destino de los cerdos de granja. Quizá sea un acto masoquista por mi parte haber recorrido tantos kilómetros para llegar a una de estas granjas en la periferia de Lima con el único fin de observar la tortuosa vida de un puerco. Su camino hasta terminar como embutido no tiene nada que ver con las peripecias de Porky ni con las de los tres cerditos victoriosos del imaginario infantil. Debí saberlo. En este cuento de la vida real, los cerdos siempre pierden: se los come el hombre feroz.

Visitar una granja tecnificada es como llegar hasta un penal de máxima seguridad en un país donde existe la pena de muerte. Sólo que aquí todos los condenados son inocentes y tienen garantía de calidad. “No comen basura, sino granos y alimento equilibrado”, me dice E***, uno de los hermanos Lock, que hace tiempo dejaron de ser porqueros informales para regentar una granja de porcicultura de donde sale la más saludable carne de puerco. Para mí, el cerdo es un pan con chicharrón para el desayuno del domingo. O unas lonchas de tocino ahumado, o un sándwich de jamón del norte, o un lechón al horno amordazado con una manzana, o un adobe, o un cerdo con piña, macerado en zumo de naranja o en crema de ajos a la parrilla. Noticia: la carne de cerdo tiene menos colesterol y más nutrientes que el pollo frito. La novela de la vida debería llamarse La ingesta del marrano, porque de cada cien kilos de carne que come la gente en el mundo, cuarenta y tres son de puerco. Pero todas estas comidas se empozan como charco de culpa en mi mirada cuando ingreso en la maternidad de los cochinos. Al entrar en la carpa donde las marranas dan a luz me siento envuelta por un delicado manto de calor. Todo está tan tibio como una barriga de mamá. Cientos de bebés cerditos maman, para mi remordimiento, en sus respectivas celdas. Acaba de haber un alumbramiento, y los dieciséis pezones de una madre no identificada (son demasiadas para bautizarlas con un nombre) ya tienen sus dueños. Éste es el momento de la lucha por la vida. Ellos no lo tienen tan fácil como nosotros, que gozamos de dos tetas a dedicación exclusiva. Tienen que peleárselas porque no hay pezones para todos y los que no se ganen el suyo morirán. M***, una especie de niñero de la granja, se encarga de reforzar la alimentación de los lechones con leche en polvo en biberón. “Yo quiero”, le pido, entusiasmada. Cargo al puerco como si fuera mi hijo y trato de embutirle el pezón falso de donde brota la leche.

Eres una mala mamá –me increpa entonces M***.

Mi torpe ensayo de nodriza de cerditos ha terminado por atorar al bebé y desatar su grito exasperado y el reproche en sus ojos diminutos y enrojecidos.

Ya aprenderás. –Me da ánimos, pero toma mi lugar.

Le abre la boca suavemente como enseñándome cómo se hace y el cerdito lacta a sus anchas. Hay madres peores que yo, marranas que se acuestan encima de sus bebés y los aplastan hasta matarlos.

Existe una tradición muy maternal en todo esto. Como en el mundo de los humanos, en el de los cerdos también hay buenas y malas madres. O tal vez las buenas sean las que aplastan, aquellas que no quieren que sus hijos sufran lo malo que se les viene encima. Antes de abandonar esta maternidad, les doy una última mirada a las marranas tumbadas en sus jaulas que dan de lactar a sus crías. Parecen resignadas a su suerte. Después de seis partos irán a parar al matadero. ¿Qué tiene el cerdo que desata nuestro lado más cruel? ¿Será esa síntesis de inocencia y voluptuosidad que encontramos en una tonta y rolliza bailarina de cabaret o en un gordo ebrio y bonachón?

EI chillido casi humano del lechón que acaba de tomar su leche tiene la misma nota aguda que nuestros peores tormentos.

La celebridad se la llevó la oveja Dolly, pero desde hace tiempo existen cerdos clonados con fines médicos.

Leo esta noticia: “El primer cerdo con ADN humano donó por unas horas su hígado a un joven de Houston”. El sacrificado se llamaba Sweetie Pie (Tarta Dulce). Sí, debido a la biotecnología, pronto nos cruzaremos en la calle con el dueño de un corazón de cerdo. Dicen que el corazón de puerco tiene el mismo tamaño que el de los humanos.

Mientras me dirijo al pabellón de preengorde de esta granja me pregunto si el nuestro será capaz de amar como un cerdo. Ahora ya estoy donde viven los lechones o niños marranos. Rápidos, ruidosos y repletos de vitalidad. Todos se parecen a Babe, el cerdito valiente de la película. Apenas me ven, trepan sobre la verja como si fueran perros felices por la llegada de sus amos. Sólo les falta mover la cola. De pronto veo a uno más flaco que el resto. Camina un instante y vuelve a acostarse. La veterinaria habla mal de él, dice “qué feo animal”. Si en los próximos días no alcanza el peso de sus hermanos, lo matarán. Aquí es al revés que en el resto del mundo. La belleza es gorda y se discrimina a los flacos. También aprendo que a los cerdos se les demuestra cariño acercando la mano a su curiosa nariz. Pero con prudencia, porque pueden morder de puro nerviosismo. Y entonces le acerco la mía al cerdito flaco. No es extraño este sentimiento de solidaridad con los marranos. Aunque nos hayan vendido el cuento del mono, el cerdo es el animal que más se parece anatómicamente al hombre. Un feto de ocho semanas es casi idéntico a un bebé humano de nueve semanas, y por ello son los favoritos para el transplante de órganos. Son tan benéficos para nosotros que deberíamos rebautizarlos como el nuevo mejor amigo del hombre. En realidad, el cerdo es tan inteligente y sensible como el perro. Esto explica por qué está tan de moda criarlos como mascotas en Estados Unidos, donde muchos matrimonios jóvenes han optado por tener puercos y no tener hijos. La paradoja es que los preferidos por los estadounidenses son los cerdos vietnamitas, porque son enanos, rosados, limpios y felices. Leí que Danielle Steel, esa escritora de mantecosos best-sellers sentimentales, tiene un cerdo de costumbres suizas que duerme en su sala. Igual que el actor George Clooney, quien dice que su cerdo, llamado Max, le ha convertido en “alguien que trabaja como un cerdo para alimentar a un cerdo”. Cosas de marranos.

Pero parecerse a los seres humanos les ha costado caro a los cerdos. Los ha desprestigiado. De máquina de salchichas a cena de Navidad. Es una maldición la cola de puerco de los Buendía en Cien años de soledad. Y el conquistador del Perú fue nada menos que un porquero. Comportarse como un cerdo es sinónimo de actuar como un cretino, un inmundo o un pagano. Yo nunca he visto a uno tan feliz como en un anuncio de jamones, vestido de chef y cocinándose a sí mismo. Ser cerdo es también una regordeta alcancía para quebrar a martillazos justo a la altura de su sonrisa. Sin duda no es el animal que todos quisiéramos llevar dentro.

Ser un puerco es pertenecer al más bajo escalafón del bestiario de valores, la más sebosa encarnación de la glotonería, la suciedad y una vida lasciva. En Rebelión en la granja, George Orwell convierte a los cerdos en tiranos estalinistas. Pero aun si acarrease los pecados que se le atribuyen, el lechón anoréxico que tengo ante mis ojos lo ignora. Por eso llora. Y su candor rayano en la bobería lo protege.

En el último tramo del pabellón de engorde, los lechones comen sin parar. No puedo evitar mirarme, descubrir que he subido de peso y sentirme una cerda. Podría hociquear y dejar escapar un oink. Qué suerte tienen los marranos de no sentirse culpables por comer sin control. Tal vez se arrepienten sólo en ese instante final, cuando ven el destello del machete y se dan cuenta de que han comido sólo para darnos de comer. Pero mi parte más cerda no la conoce nadie, puedo decir que soy fiel como un perro y libre como un pájaro, jactarme de ser memoriosa como un elefante y valiente como un león, presumida como un pavo real y aun venenosa como una serpiente. Pero pocas veces he hablado de mi dicha de ser un poco puerca. En su novela Marranadas, la francesa Marie Darrieussecq hace que una frívola vendedora de perfumes experimente la más impresionante metamorfosis literaria desde Kafka: una mujer sumisa y preocupada por las apariencias encuentra su identidad en unas costumbres de cerdo, y la felicidad en una vida sexual frenética marcada por su doble hilera de pezones. Es cierto. Una le encuentra el gusto a revolcarse feliz en el fango. A veces los hombres son unos cerdos y las mujeres unas apetitosas chuletas. Casi siempre hacen buena pareja. Como Loco y la victoriosa V.

Gabriela Wiener