La Sirena, Javier Perucho

Daido Moriyama

La sirena aparece en todas las civilizaciones primitivas o culturas modernas. En las representaciones simbólicas occidentales, su registro literario se remonta a los cantos de La Odisea (rapsodia xii, el relato madre que sirve de apertura a esta retrospectiva), que tal vez sea la aparición letrada más antigua en la historia cultural de occidente, en los que Ulises fue advertido por Circe de los poderes mágicos y embrujos de las sirenas, por cuyos cantos hechiceros perdería el rumbo la tripulación marinera y su sagaz jefe homérico se lanzaría al mar en pos de los encantos carnales y goces del alma. Naturalmente, para mantenerlo con ella, previamente la diosa había convertido en cerdos a los marineros de aquél. La cera o las hierbas sirvieron a Ulises, el muy ladino, para escapar presuntamente de los hechizos de la voz y de las trampas de la carnalidad hespéride. Después de salvar esas pruebas de iniciación, el hijo pródigo continuó su viaje. Siglos después las náyades siguen retozando entre la sosegada prosa mexicana. Un misterio literario por indagar, ¿por qué Ulises cayó en el ostracismo? Otro más: ¿por qué en la tradición literaria hispánica las sirenas son pisciformes, tal como mandata la tradición bretona de las mermaids, y no emplumadas, con rostro femenino y tridentinas patas de ave, como instruye la mitología helénica?

Los cuentos que recoge este comentario persiguen esa tradición clásica, anglosajona y americana, evolución y transfiguración, con todas las variantes temáticas y simbólicas posibles —por ejemplo, algunos autores taponan con cera los tímpanos de Ulises, cuando Homero el rapsoda los descubre para que el astuto héroe retoce entre las melodías de soprano—, lo que permite una filiación mexicana y fascinación latinoamericana por la sirena, como se documenta más abajo.

El padre fundador del microrrelato mexicano fue Julio Torri —nacido en Coahuila en 1889— por su inicial microrrelato, “Werther”, aparecido en la prensa hace ciento cuatro años: el 1 de febrero de 1904 y publicado en Saltillo en las páginas de una revista local llamada justamente así: La Revista, según documentó en los años ochenta Serge I. Zäitzeff en el estudio liminar de Diálogo de los libros.

En ese microrrelato adelantado, la intertextualidad ya está implícita, como se infiere desde el título, en expósita alusión al libro de Goethe. Por esta condición también fue el primero en las letras latinoamericanas en valerse de la metaficción como estrategia de uso literario corriente.

A esta atribución se debe añadir que fue Torri quien pioneramente transplantó a la sirena como motivo literario a la narrativa mexicana del siglo xx. Según las constancias documentadas con él nace, a partir del episodio homérico, el relato sirenólogo. No podía ser de otra manera, siendo el progenitor del microrrelato, al publicar entre sus textos de juventud “Werther” a la edad de 16 años. Homero y Goethe fueron los paradigmas. Otro puerto de la modernidad había conquistado para la literatura mexicana al despuntar el siglo.

En “A Circe” se puntualiza el perfil psicológico de Ulises, el héroe homérico que, a manera de plegaria, lamenta su escasa fortuna frente a las sirenas, que en pura invención torriana y desapego del texto madre (La Odisea), no cantaron para él, médula de la epifanía. Desde entonces, la escritura palimpséstica es una cualidad de la metaficción, recurso que se repite en muchas ocasiones en esta compilación.

El tiempo verbal utilizado, el narrador protagonista y la súplica a la diosa griega de los que se valió Torri en su creación narrativa, trazan elípticamente unas debilidades psicológicas en la personalidad de Ulises, el hijo pródigo por antonomasia en la civilización occidental, que son algunas de las derivaciones y desviaciones del texto madre que alberga dicho microrrelato.

En retrospectiva, la literatura colonialista no fue ajena a esta fascinación estética por las sirenas. Uno de sus representantes, Mariano Silva y Aceves, la envuelve en símbolos de riqueza, poder y aristocracia en una narración cuya estructura narrativa se sostiene por la brevedad, la condensación y la epifanía. Y por su época, ambiente, perfil psicológico de la protagonista y dominio de las almas ejercido por la Iglesia, remite a los tiempos idos de la Nueva España, momento histórico natural de recreación del relato colonialista. La autonomía, integridad y completud son otras de las características distintivas del cuento “Doña Sofía de Aguayo”, que se rige por oraciones breves, adjetivos sopesados y un proceso de concisión literaria que implica al narrador omnisciente.

Un escritor yucateco que se vale de los valores literarios de la antigüedad clásica, Raúl Renán (Mérida, 1928), para configurar su voz poética, igualmente en “Circe” recurre a la mitología para atender, utilizando oraciones breves, de estricta economía verbal y un gerundio luminoso, ciertas exigencias de una estética, como son la epifanía y la elipsis, presentes en su narración. Aunque ya utilizado por Torri, el narrador en primera persona es un recurso estilístico que no debe soslayarse. Tal vez una de las más hermosas creaciones literarias sea la de Augusto Monterroso, “La Sirena inconforme”. Primero por su apertura, de incipit in media res, por la feliz recreación de un pasaje del referido mito y, sobre todo, por la forma en que cede o toma la voz el personaje menor y circunstancial de la epopeya homérica, la sirena, al que se le adosan valores sociales y políticos, los cuales formaron parte del credo social del escritor guatemalteco, casi siempre enarbolados temprana y maduramente en su obra. Los rasgos de Casanova que posee Ulises en el relato, es otra innovación literaria y, no menor, la revalorización del adjetivo ponderado, los usos magistrales de la conjunción y, además de la utilización sensatísima del punto y coma. En este microrrelato se percibe una dialéctica narrativa, cuyo nodo se encuentra en el párrafo cuarto, que es el punto de transición entre el motivo literario de las sirenas y el héroe, protagonizado por Ulises, el joven Odiseo en otra cultura. Otro narrador norteño, como lo fue Torri, Edmundo Valadés, en “La búsqueda”, uno de los cuentos más breves de los aquí compilados (12 palabras = 67 caracteres), sostiene la innovación literaria y sintáctica más importante. En su modalidad verbal, los microcuentos estudiados hasta aquí están conjugados en pretérito o en copretérito,no así el del escritor sonorense, que lo armoniza en presente de indicativo. Por otra parte, en apariencia engañosa no se sabría quién habla en el relato, dónde se cristaliza el sujeto discursivo; sin embargo, Valadés recurrió al narrador omnisciente. Hábilmente editado por Valadés para que encontrara sitio en su antología El libro de la imaginación, “Circe” del catalán Agustí Bartra, tiene como innovación que la protagonista y la voz narrativa recae en la mismísima diosa seductora, enamorada del héroe clásico, que le ruega al hijo pródigo que permanezca a su lado. El uso singular del punto y coma y los valores explicativos de los dos puntos, dan forma a otras dos de sus cualidades estilísticas. Salvador Elizondo y José de la Colina, pertenecientes a la llamada generación del Medio Siglo, continúan cada uno en su singularidad estética la tradición del relato sirenólogo. La metaficción en su más pura forma se encuentra en la microficción de Salvador Elizondo, quien dedica su cuento a la feliz memoria de Torri y donde se alude explícitamente al cuento madre del coahuilense. En “Aviso”, Ulises expresa su desencanto por ese objeto de deseo tan universalmente anhelado, a pesar de que despida un aroma de pescaderías. Las variaciones contemporáneas al mito, se perciben inmediatamente en la dialéctica narrativa que se anuda en este microcuento, que inicia en el primer párrafo al divisar a la lejanía la isla prodigiosa, continúa en el párrafo donde conocemos la decisión del protagonista de saltar por la borda para correr en pos del “jardín de delicias” y concluye con la franca decepción del héroe, arrepentido de haber abandonado la patria nativa y naufragado en una “isla infame”. Esa mención a los navegantes marinos no es más que una interpelación al atento lector.

Por su parte, De la Colina no sólo rompe en su ficción con la estructura sintáctica y unidad visual de la oración española, también recurre a la estrategia de la metaficción, la ironía y el palimpsesto, además de que en ella se transparenta el influjo borgiano, que proviene tanto de Cuentos breves y extraordinarios como del Manual de zoología fantástica, permite asimismo, por la naturaleza de la obra abierta —otro influjo de época—, una conclusión post lectura anclada a la epifanía. El valor de uso literario de los puntos suspensivos así lo exige.

Dos de nuestros caudillos culturales de Latinoamérica, Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges, también las pescaron en sus navegaciones literarias. El regiomontano escribió sendas reseñas histórico-filológicas sobre la aparición de las sirenas en el pensamiento occidental, además del relato brevísimo aquí recopilado, que él llamó y clasificó genéricamente como “briznas”; el sudamericano, en su afamado y misceláneo El libro de los seres imaginarios recogió sus “Sirenas” para el deleite de un prójimo lector. Los textos de Reyes se encuentran alojados en los tomos xvi y xix de sus Obras Completas, Religión griega. Mitología griega y Los poemas homéricos. La Ilíada. La afición de Grecia.

Las alfonsinas “Deidades menores y forasteras” y “Reseña sobre las sirenas”, así como las “Sirenas” borgeanas prácticamente son contemporáneas, pues aparecieron en el mismo lustro (1953 y 1957, respectivamente), recensiones que fueron publicadas como eruditos artículos literarios en la prensa cultural mexicana de la época, o invenciones narrativas que fueron compendiadas en El libro de los seres imaginarios. Por otra parte, para ilustrar la portada de los tres volúmenes que congregan Sala de Espera, Max Aub, su fundador y único director, recurrió al grabado de una sirena cuyo autor nos es desconocido en la actualidad. Aunque el relato miniado fue una de sus parcelas de cultivo, la sirena no se apareció en el continente narrativo que forman sus obras completas.

A su vez, el tema y tratamiento de la sirena, símbolo universal de uso corriente en el imaginario cultural, no es exclusivo de la lírica, la narrativa o el microrrelato mexicanos, menos aún de la crónica novohispana, maravillosamente documentada su presencia por Jorge Durand en Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes, libro que, causalidades del destino, estuvo bajo los cuidados editoriales de Felipe Garrido, el sirenólogo mayor que bajo el sello de Ediciones de la Sirena publicó un librito de microficciones (Cosas de familia). Garrido es el escritor que más ha hilvanado la temática de las sirenas en la ficción breve, quizá en más de una veintena de oportunidades prosísticas. También fue objeto de escritura en los cuentos de Guadalupe Dueñas (“Al revés”), que tal vez se trate de la primera exploración del tópico escrita por una mujer en la cuentística mexicana. (Dicho sea de paso, por cierto: No es usual entre las narradoras tejer en sus fabulaciones no sólo el tema de la sirena, sino también el del lesbianismo —no recuerdo o localizo algún cuento o novela sobre el particular—, o el de la prostitución —cuya veta narrativa ha sido explotada mayormente por los narradores a partir de Santa, la excepción fue Josefina Estrada en Virgen de medianoche; en cuanto a los géneros, tampoco ha sido frecuente el cultivo del aforismo en las letras practicadas por las escritoras de Hispanoamérica, aunque rompió esa tregua Mariana Frenk-Westheim con Y mil aventuras.)

La misma temática tiene otra representación en un escritor mexicano hoy deplanamente olvidado, Luis Córdoba, cuyo cuento “La sirena precisa” da nombre al libro homónimo, el cual estuvo al cuidado editorial de Augusto Monterroso, sirenólogo también, en el año de 1960 cuando laboraba como editor en la Imprenta Universitaria.

Julieta Campos en La herencia obstinada (“Juan el Pescador”) analiza esa misma figura acuática en los cuentos de tradición oral de los pueblos nahuas; Agustín Monsreal (“El sueño de la sirena”, Infierno para dos), Ignacio Betancourt (“La sirena”, Ajuste de cuentos), Leo Mendoza (“El ahogado”, Mudanzas), Vicente Alfonso (“Sirena del Báltico”, El síndrome de Esquilo) y Rafael Bullé-Goyri (“Una sirena de laboratorio”, Bodega de Minucias) han pergeñado sendos cuentos con esa heroína del agua que barniza las mitologías universales. Entre las cartas que arman los ocho capítulos de Ballet y mambo, de la escritora tapatía Martha Cerda, la ubicua sirena popular tiene una carta irremplazable en ese juego de la lotería que es su novela. Asimismo tiene presencia en las poéticas de Octavio Paz (“Una mujer de movimientos de río”, Semillas para un himno), Gabriel Zaid (“Circe”, Campo nudista) y José Emilio Pacheco (“La sirena”, Islas a la deriva), entre otros tantos poetas mexicanos, españoles y latinoamericanos. A quien más pueda interesar el rastreo de esta figura como motivo poético, Alejandro García Neria, en Sirenas y toros en la poesía, ha rastreado en la lírica mexicana contemporánea los poemas sirénidos, que forman legión; igualmente ha rastreado y localizado ese motivo propio de los cuerpos de agua en las tradiciones poéticas de otras latitudes, cuyos hallazgos líricos los registra en Sirenas y otros animales fabulosos, así como en los modos de expresión iconográfica en el arte novohispano: Del canto del mar al canto de las piedras: iconología de las sirenas en el arte novohispano. Ofelia Márquez Huitzil, en Iconografía de la sirena mexicana, dio cuenta de su aparición en el arte popular, la literatura y el imaginario mexicanos. Impresa hace cuatro décadas, Zona sagrada, la novela de Carlos Fuentes, en su capítulo de apertura, “Happily ever After”, contraviene el mito:

Las sirenas no le cantaron. La nave perdida pasó en silencio frente a las islas encantadas; la tripulación sorda imaginó esa tentación. El jefe amarrado dijo haber escuchado y resistido. Mintió. Cuestión de prestigio, conciencia de la leyenda. Ulises era su propio agente de relaciones públicas. Las sirenas, esa vez, sólo esa vez, no cantaron: la vez que la historia registró su canto. Nadie lo sabe, porque esas matronas de escama y alga no tuvieron cronistas; tuvieron otros auditores, los fetos y los cadáveres. Ulises pudo pasar sin peligro, Ulises sólo deseaba protagonizar antagonizando: siempre, el pulso de la agonía; nunca, el canto de las sirenas que sólo es escuchado por quienes ya no viajan, ya no se esfuerzan, se han agotado, quieren permanecer transfigurados en un solo lugar que los contiene a todos.

Por otra parte, en la literatura argentina la mujer de agua tiene su representación en Borges (“Sirenas”), en Luisa Valenzuela (“Unas y otras sirenas”), en los cuentos breves de Ana María Shua (“¿Sirenas?”), Marco Denevi (“Silencio de sirenas”) y de Eduardo Gudiño Kieffer (“La sirena en el arca”), por mencionar unos ejemplos ilustres.

El crítico argentino e historiador de la microficción hispánica David Lagmanovich, durante su vena narrativa, también ha compurgado en tres ocasiones el tópico: “La sirena”, “Sirenas emigrantes” y “Otra sirena”, alojadas en Los cuatro elementos; asimismo, en la uruguaya, Mario Benedetti la ha recreado en las narraciones “La sirena viuda” y “Un reloj con números romanos”; Eduardo Galeano hizo lo propio en “Sirenas”. “La Pincoya”, de Juan Armando Epple, es un cuento brevísimo que se basa en una tradición oral de los pescadores chilenos. El narrador peruano Ciro Alegría entre sus Relatos amazónicos incluyó “La sirena del bosque”. De esa misma geografía procede José Durand, el autor de Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes, célebre antropología literaria por sus excavaciones entre los libros de los conquistadores para encontrar las figuras y transformaciones de esos animales endémicos de los cuerpos de agua. A su vez, en el mar de prodigios narrativos que es Cien años de soledad también navega esa figura transvestida de bestia anfibia: “La ciénaga grande se confundía al occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales.”

Pertenece a esas mismas tradiciones sureñas el erudito ensayo de Meri Lao, Las sirenas, historia universal de un símbolo, donde compendia y analiza sistemáticamente las representaciones mitológicas, pictóricas, literarias y musicales con que la imaginación humana ha expresado su fascinación por ese ser dual y acuático, del que en dos mil años ningún ser humano sensible ha escapado al tremendo embrujo de su presencia fantástica.