Mi pueblo

Henri Edmond Cross

Yendo de un lugar a otro
me di cuenta que todo lo que tuve,
me tuvo o tendré, está donde sea:
mis padres, hermanos, amigos,
amores y olvidos,
dondequiera que estoy están:
aquí, allá…más allá.

Mi pueblo

El mío era un pueblo donde no pasaba nada: de la casa al trabajo y del trabajo a casa; noticias por la tarde y el programa de la noche; los abrazos y los besos ahí muy de vez en cuando, el partido del domingo y párele de contar.
Su gente conversaba porque así podían hacerlo, pero nunca con afán de tratarse de entender. Decían lo que decían con sonidos de palabras elocuentes como el frío chillar de puertas viejas. Tenían miradas nuevas, de poca profundidad y sin la visión de los espejos que miran a los ojos: lloraran o se rieran no perdían color ni forma; dormían bien y nada el sueño les podía alterar.
Era un pueblo tan joven que aún no criaba a sus muertos. Las noches eran propias de los vivos solamente: vivientes que flotaban en el tiempo trabajando, fabricando sus razones para siempre trabajar: casa (una), carro (dos), querida, prole y un perro; el último, heredero; lo primero, sueño ideal.

Un día tocó a una casa alguien que no era de ahí.
“Yo le arreglo su jardín por un plato de comida”, dijo el buen fuereño al señor que le abrió la puerta. El señor no le entendió porque hablaban diferente; pero al rato, con paciencia se pudieron entender.
Hierbas y marañas se esfumaron de repente y en su sitio, como hechizo, surgió un hermoso jardín. Admirado, aquel señor se lo dijo a sus amigos:
“¡Cómo!, ¿un plato de comida a cambio de un edén?”

Pues verá usted, que al jardinero le llovió el trabajo, tanto que tuvo que traerse amigos y familia. Todos expertos en el arte de crear encantos: videntes milenarios poseedores de secretos; místicos que flotaban entre la vida y la muerte que llegando, llegandito, se dieron a laborar. Claro que ya no sólo por un plato de comida, para entonces ya tenían su bicoca salarial, que entre todos alcanzaba bien que mal para vivir.
El pueblo florecía y se tornaba diferente. Los paisajes no eran ciertos, fantásticos lucían. Esos jardineros se habían traído más que su arte, llegaron de su pueblo con sus dioses y sus muertos: presencias que cultivan trasmutándose entre sí. Por el pueblo se extendieron y lo fueron habitando. Se metieron en los cuerpos, las flores y los libros y el sonido de la noche no volvió a ser igual; fundidos en las vigas, los rincones y las flores, llenaron de murmullos invisibles cada hogar.
De la noche a la mañana el pueblo se hizo antiguo; ya en los ojos de la gente se advertía profundidad. Habían dejado el alma vulnerable al misterio y cruzado el umbral de los de aquí a los de allá. Vueltos artistas fueron creando sus propios jardines y aprendieron a pintar, a cantar y a conversar. Vivos y muertos convivían sin saber quién era quien y pronto de aquella gente quedó sólo un secreto: el pueblo entero entró en los cuentos de nunca acabar.
Ahora vivo aquí, rodeado de mil universos. En un momento me avisa la puerta de mi casa. Es algo que ya casi nunca pasa. ¿Será verdad?
Está entrando una pareja y me parece que son más. Aquí espero y los saludo cuando entren al jardín. “!Eh, aquí! ¡Aquí!” Se han quedado mudos. “¡Aquí, en la flor!”.

JCPozo