El Trampero

Adrian Markis

Dos disparos sonaron haciendo eco en los cerros
que rodeaban la humilde choza aislada del mundo;
ahí, donde la Nada, al parecer, fue a encontrar
refugio perfecto para cultivar su soledad.

Síguelo por ahí y mátalo,” le había dicho
su padre antes de dejar ir su último aliento,
señalando el camino que él debía seguir.

El plomo que se desprendía de aquel sol, laceraba
el vasto suelo por donde él iba caminando
en pos de unas huellas, encajadas en el camino
como evidencias dejadas a la eternidad.
Ya en cíclicas batallas; ya en la inmensidad de su sed,
por ahí habían sucumbido infinidad de almas;
y se dice que las tumbas de cada una de ellas
se encuentran en lo profundo de las duras grietas,
que es de donde salen al caer la oscuridad.

Ya debo estar por ahí; yo sé que estoy cerca.
Éstas son, no cabe duda”, aseguraba el hijo
en su caminar sin tiempo un camino sin orillas.
Intentó exprimirle una gota a su cantimplora,
pero ésta, hueca eterna, se burlaba de su sed.

Síguelo por ahí y mátalo”, se amartillaban
en su cabeza las últimas palabras del padre,
mientras su corazón bombeaba hiel por todo el cuerpo:
bulto que se iba encogiendo poco a poco,
consumido por un espíritu ávido por dejar
ya su envoltorio. “Me las pagará ese asesino”,
convaleciente pensaba, cuando de pronto vibró
al sentir los rayos de sol como gotas de lava
abriendo las ya chorreantes ampollas de su espalda.

Esta vez serás tú; yo viviré para contarlo”,
se juró, al tiempo que intentaba saciar su sed,
bebiendo ya del viscoso líquido amarillo
que brotaba por una de sus múltiples burbujas.
La inclemencia del tiempo derretía sus sentidos.

Ya ni hambre ni dolor sentía. Sus ojos cegados
por el calcinante horizonte cambiaban la noche
y el día en meras texturas; y a pesar de todo,
él no se daba por vencido, sus piernas seguían
por un milagro del espíritu. “Tengo que llegar…
Dios dame fuerzas…tengo que vivir…verlo bien muerto…
vengar a mi padre”, decía apretando los dientes.

Se inclinó para ver lo que arribita de su ijar
había sido un agujero insignificante;
se destapó con la diestra y vio un círculo negro
cuyas orillas granas se habían ido ensanchando,
como también así, su posibilidad de morir.
La tierra lo venía acechando muy pacientemente,
para arrancarle gota por gota toda la sangre;
para beberse, sorbo por sorbo, toda la historia
de la vida sufrida en el andar de un hombre humilde.
Volvió a intentar, en un reflejo inconciente,
sacarle a esa cantimplora una gota perdida.
Esta era ya la quinta vez que lo intentaba.
Sus labios partidos esperaron un largo rato,
encontrando, tan sólo, el vacío infinito.

Una figura a lo lejos
se acercaba lentamente
a ese hombre moribundo.

Entre el polvo bermejo
no podía ver claramente
pero distinguir sí pudo

que la figura flotaba
y una eléctrica corriente
le empezó a hormiguear la espina

y en su cerebro explotaba
la marabunta impaciente
de los átomos de vida.

Pensó que veía visiones
por culpa del sol ardiente
y sin poder evitarlo,

con todas sus ilusiones
se abatió pesadamente;
en su agonía, sin embargo,

juró haber reconocido
y no tener duda alguna
que el que se venía acercando,

era su peor enemigo:
“!Ay, Dios que mi vida cunda,
para que pueda matarlo!”.

¡Ahí estaba! ¡Al alcance de sus manos! “¡Asesino!”,
le gritó. Intentó levantarse y no pudo.
La tierra se le prendía al cuerpo como sanguijuela.
Necesitaba actuar rápido, las fuerzas se le iban.

Trató de poner toda su alma, pero no… no pudo.
Se estaba muriendo…de ansia…de terror…de olvido.
Sus piernas parecían haberse, en el suelo, fundido.

Al fin lo tuvo tan cerca que lo podía oler.
Reconoció ese olor; era el mismo que emanara
de la herida mortal de su padre y el que siempre
en su vida lo había acompañado a todas partes:
en su catre, en su ropa, en la orilla del río.
El olor de lo inerte. “Siempre estuvo ahí”, se dijo.
Trató de hacer un último esfuerzo. Todo fue inútil.
Y, ahora, aunque pudiera. Ahogó su sed de venganza
al ver por fin la cara de su enemigo. ¡Cómo!

Pero si… ¡era el mismísimo rostro de su madre!
De pronto sintió un manto de alivio sedoso y suave.
La sensación contradecía su imagen sangrienta.
Se asombró al verla de cabello largo y dorado;
nunca había visto a una mujer del color de la luz.

Los dos, cómplices de una oculta sabiduría,
se sonreían y él ya no puso más resistencia.
Se dejó llevar por una ráfaga de imágenes.
Treinta años de vida vio en el rostro del verdugo
Su historia pasaba frente a él. No olvidó ni un rostro:

La Nada el empiezo el nacimiento el cumpleaños los castigos de su madre sus valientes osadías e infantiles cobardías los insultos y consejos de su padre la feria los amigos borracheras y mujeres todas ellas desde el amor primero hasta su última pena las que quiso y las que no las que todavía las que lo sabían la que en el momento acariciaba sus mejillas los hombres del umbral de su memoria y los que nunca conoció los buenos y los malos los que encendieron o apagaron sus más puras ilusiones el sermón del señor cura y hasta el mismísimo rival.

Y él lloraba y reía y ansiaba y sufría,
pero sobre todo, amaba. Amaba la cara
de aquél que creyó su enemigo. Amaba lo suyo,
lo que perdió y ahora lo hacía más suyo que nunca;
lo que nunca pudo y lo que nunca más podrá ser.

Todos los ojos del mundo ahora lo miraban
y él se miraba en ellos anunciando su partida.
Apartó la vista de su memoria y la enfocó
en los ojos profundos de aquel espectro flotante.
Ya los miraba claramente. Relajó los nervios.
Dio una mirada final y, en paz, por fin se separó
del mundo.

Una fuerza que provenía del pecho del visitante misterioso recogió los últimos vestigios de vida. El hijo moría abrazado al cuerpo de su padre quien, en el tiempo que hubo entre dos disparos, se le había adelantado a lo inevitable. En una fracción de instante entendió como, al igual que su padre, caía en una trampa en donde sucumbimos todos. Una trampa que existe desde mucho antes del empiezo de los días, más allá de las profundidades de la memoria humana. El trampero sólo cumplía una vez más su predestinada labor: proceso inevitable de un desarrollo infinito.


JCPozo

2 comentarios sobre “El Trampero

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