El Remedio

– En todo el pueblo se habla que en la plaza va a estar hoy el merolico, ofreciendo sus remedios que, benditos, lleva en frascos de cristal. Hasta algunos ya le cargan unos cuantos milagritos; que es un mago, un adivino y vaya Dios a saber qué más.
Empezó así hablar con alguien, pero a nadie se dirigió en realidad. Venía de dejar las cinco últimas bolsas de su jornada animal y al llegar a su casa y ver con qué iba armar el almuerzo, la mecha prendió de pronto y la mujer no pudo más…
– ¡Hoy, si voy a salir a verlo!; yo sé que él me podrá a ayudar.
– ¡¿Qué estás diciendo mujer?! – increpó el hombre a su lado.
– ¡Que sólo un milagro ha de sacarme de este calvario! ¡Mira que yo ya no tengo manos de tanto fregar y tú… no tienes para cuando encontrar trabajo!; ¡te, inventas fiebres para no irlo a buscar y las deudas!…no, no puedo… ¡Ya no aguanto!
– ¡¿Y tú crees que un charlatán que se la pasa yendo de feria en feria te va a ayudar a salir de esta miseria con frasquitos de cristal?!
– ¡Pues lo cierto es que del cielo no nos va caer el pan!
– ¿Y qué crees tú que él sí te pueda dar?… ¡¿Milagrosas gotas para tus manos?!, ¡¿la prosperidad en un talismán?!, ¡¿transformar nuestro televisor en pavo?! O dime tú… ¡¿qué crees que él sí te pueda dar?!
– ¡Eso no lo sé, pero peor no me puede dejar! Lo que sí sé es que contigo no puedo contar, y siento que esta ocasión que se presenta es buena. Total si el hombre es un charlatán, quedamos igual… con las mismas penas.
– ¡Ándale, pues, mujer! Que te acompañe el cielo. Ahí me traes un amuleto encantado para protegerme del casero. Je, je, je.
En la plaza…
“Dígame su mal, aquí tengo el remedio.”
Rodeado por un mar de rostros azorados y bajo un gran sauce llorón, estaba parado el mago, totalmente iluminado por la luz de sus remedios. Iba vestido de blanco y su voz era un misterio: suave como la seda, firme como el correr del tiempo y retumbaba muy adentro en el alma de quien la oyera. Desde cualquier lugar que se viera, su voz se escuchaba igual, ¡siempre de la misma manera! Así que cuando ella llegó a la plaza, escuchó su voz por todos lados:
“Acércate”, le dijo el mago.
Ella se acercó, mientras la multitud se abría.
“¿Qué te ha traído hasta mí?”
-No lo sé- respondió, ida.- Acaso mi fe ciega o no tener nada que perder.
“¿Y qué es lo que quieres, mujer?”
– ¡Salir de aquí!.. Irme muy lejos… unirme a ese vuelo de palomas y dejar este pueblo atrás.
No se habló más…
El mago abrió uno de sus frascos, lo elevó al cielo, se lo llevó a los labios, bebió de él y lo volvió a cerrar. Luego, alzó la cara, paró la boca, hinchó el torso y sopló una sola vez. De sus labios salió volando un trino muy dulce que subió rumbo a una nube de palomas. Cruzando el viento, el llamado alcanzó a una que iba atrasada del resto: un ave bella que bajó y bajó hasta posarse en el hombro de ella. Blanca de un lado y del otro morena, el ave abrió su pico rosado y le devolvió el llamado al iluminado poeta.
“¡Llévala contigo! ¡Vuela con ella!,” se oyó la voz suave y firme del asceta.
De pronto, paloma y mujer se alzaron y poco a poco fueron ganando altura. Subieron y subieron hasta que se unieron al resto de la nube, en la mitad de la luna. La gente en la plaza no los perdió de vista hasta que sin remedio se desaparecieron… allá… entre los hilos violetas de la inmensidad del cielo…
“Y usted, ¿qué tiene? Dígame su mal, que aquí tengo el remedio…”

JCPozo

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