Eleodoro

Ansel Adams

Cuando Eleodoro se fue por los refrescos,
a petición de su hermano el mayor,
muy orgulloso de ser el elegido,
salió gustoso a cumplir con la misión.
El de naranja sería para su hermano,
quien, además, era un padre para él;
y en esta primera vez que lo mandaba,
todo tenía que salirle muy bien.

Caía la tarde y por un puerto arbolado,
echando mano de su nave infantil,
partió cantando por los mares de piedra.
“La Isla” se hallaba muy cerca de ahí.
Allá iba el niño corriendo su aventura:
un héroe con una misión que cumplir.
Por el camino se iba imaginando:
“¡Cualquiera! ¡Sí! ¡El que yo quiera, puedo pedir!”

Así que el ánimo se paseaba por los cielos.

Cruzó, desiertos, sierras y llanuras;
luchó con sables, tigres y leopardos;
exploró ruinas, cuevas y espesuras;
navegó aguas profundas y diáfanos lagos.
Y en su intrépida y magna aventura,
llegó Sandokán a la isla del tesoro,
habiendo volado más allá de la luna
y trayendo consigo el bellocino de oro.

Pero el distraído marinero se pasó de largo…

Cuando todo alrededor se le hizo ajeno,
pues nunca había navegado por ahí,
se despertó su instinto más profundo,
y alertó a su vientre a no seguir.
Se dio la vuelta y ahí a unos cuantos pasos
estaba el sitio destinado a su misión.
Frente a la tienda lo asustó un letrero en rojo.
Se resistió a creer lo que en él leyó.
Fijó la vista en “La Isla”, escrito en negro
y en efecto, ahí era, no había error.
Volvió los ojos al infame colorado
y muy despacio leyó:

“C E R R A D O”.

¡No!”

Se le vino a Eleodoro el mundo encima.
Dio vueltas de un lado a otro y sólo vio
el arrogante metal de las cortinas.
Cuando de pronto, una opción cruzó veloz…

En una calle dos cuadras arriba,
él vio pasar otro tipo de animal:
la verdadera y nefasta estampida
de la predadora avenida principal.
Y el buen pequeño, con ansias enormes
de cumplir cabalmente su misión
siguió adelante y en una esquina
de cuatro cabezas al fin se paró.

Ahí el monstruo, como una bestia herida,
por los cuatro cuadrantes se soltó.
El joven y osado aventurero
muy impresionado se paralizó.
De repente poseído por un impulso,
entre el miedo y valor se fue a cruzar;
y ya muy alejado de la orilla iba,
cuando…

“¡Muévete pendejo!”

¡Fíjate animal!”

¡Rrrrruuum! ¡Rrrrraaaam! ¡Zaz!

Volvió Eleodoro a sus seis años de nuevo,
ahí enterraba para siempre a Sandokán;
corre que te corre y entre chillidos de frenos
regresó el chiquillo, sin mirar atrás.
Recién venido del campo y ahora esto…
¡Caramba!, aquí, de plano no hay piedad.
Sin aire llegó, otra vez, a la ”La Isla”
y se le hizo feo y maldito el lugar .

Esperó todavía un buen rato,
yendo y viniendo y de vuelta a esperar.
Viendo a la tarde que se iba perdiendo,
por fin decidió regresar a su hogar.
Que la misión casi le cuesta la vida,
¡ba!, a un guerrero no lo iba a preocupar.
Lo que importaba era lo de los refrescos,
un golpe duro que nunca iba a olvidar.

Se vio sus manos agarradas del vacío
y sintió de pronto por dentro un gran dolor.
En su mano una gota gorda de cariño
con la imagen de su hermano, explotó.
“¿Cómo le voy a decir?” él se culpaba.
“Seguro él cree que ya los traigo aquí.
Y él que quería tanto el de naranja.
¿Cómo… cómo se lo voy a decir?”

¡Splash!

Otra lágrima explotaba.
En su rostro, la mirada se nubló.
Se talló con fuerza para aclararla
y echar el último vistazo a su ilusión.
El regreso fue por un camino distinto:
con calles y casas, bardas y azoteas;
perros ladrándole en las cocheras
y un cielo negro hambriento de estrellas.

Ahí iba el pequeño trotamundos
cargando su pena, aislado del mundo,
deseando que en esta ciudad ajena,
se hundiera la tierra para caer profundo.
Por fin llegó a su casa abatido
y al abrir la puerta de entrada pudo oír
la voz alegre y liviana de su hermano:

¡Ey, Eleodoro! ¡¿Cuál quieres, mi chavo?! ¡Te dejo elegir!”.

Sintió un cariño tan grande por su hermano,
que nunca el tiempo se lo hará olvidar.
Un cariño descuidado por canciones
y olvidado por poetas: un cariño fraternal.
Cualquier cosa hubiera dado con tal
de evitarle a su hermano un malestar;
Además, la confianza que éste le había dado,
lo hacía uno de los grandes, a pesar de su edad.

No los traje” dijo el niño conteniendo el llanto,
“cuando llegué ya habían cerrado”.
Con naturalidad le respondió su hermano:
“Uy, bueno…ni modo, otra vez será”.

En la última bohemia que corrimos juntos, a Eleodoro le dio por recordar:

El suceso fue común y pasa a diario. Son días que olvidamos con facilidad; pero en el corazón de un pequeño, se queda enterrado para perdurar”.

Y seguía:

El amor por tu pareja, procuras, o exige, dejárselo saber; pero aquél que te inspira tu hermano,
te lo aguantas como macho, sin entender, que la antorcha que ese cariño prende, aunque él no lo sospeche, nunca para de prender”.

Eleodoro no ha vuelto a ver a su hermano, pero sin duda siempre lo llevará con él.

JCPozo