El concierto

Rufino Tamayo

Hay historias enterradas que salen de su entierro desenterrando sólo lo desenterrable. Lo demás queda enterrado para siempre.

Una linda muchacha, grácil y de maneras delicadas, me abordó en el centro del Coloso para invitarme de lo que traía en un frasquito que colgaba de su esbelto cuello a manera de collar. Me puso una gota en la palma de la mano y me invitó a chuparla, a la gota, claro, no a ella, si hubiera sido a ella no les estaría contando este pormenor.
De pronto, se apagan unas luces; y otras, se encienden.
Quedo sereno en el zumbido de un enjambre de abejas y empiezo a sentir la música antes de haber visto a la banda. La primera canción es una explosión de alegría que arranca, a propios y a extraños, gritos efusivos y deseos enormes por arrebatarse y compartir con el mundo una noche de romance y pasión. En el Día de San Valentín, el Amor es rey.
Apenas me voy moviendo al ritmo de la música y en sincronía con la gran marea humana cuando se acerca Dalila muy perturbada y casi llorando me dice que mi hermano, el amor de su vida, no anda bien, que le ha caído mal la “medicina” y que además no sabe dónde está; se le ha perdido entre la multitud y me implora que la ayude a encontrarlo porque ya no aguanta el sufrimiento de la preocupación.
Su miedo me penetra y me quedo petrificado. De sobra sé de la fragilidad que en esos días acomete a mi hermano.
Inmediatamente me veo en otra dimensión, abrazado por un túnel y en pos de una misión. Del tiempo… qué les digo, ni más lento ni más rápido, sino más vibrante. Todo palpita alrededor. Otra vez me sumerjo en el vuelo del abejorro. Pasan raudos frente a mí, ya lejos, ya cerca, ya dentro, tantos momentos amados que revivo con intensidad; primero, como un relámpago de risas, juegos y frases de siempre; pero luego, como el paso turbulento de sombras aciagas detrás de una cortina llorosa.
De igual manera, también la música de súbito cambia; se torna lúgubre y distante, como si una banda de músicos clarividentes me estuviera musicalizando la película que va pasando en mi interior; además, los rostros de la noche adquirieren semblantes tétricos que exacerban lo grotesco con los movimientos de su danzas agoreras. Y aunque es un gigantesco temascal ahí dentro, yo empiezo a temblar de frío, apretado por crepúsculos de miedo y pensando lo peor: “ya no volveré a verlo vivo”.
Algo me llama la atención. Una entrada iluminada penetra como un cañonazo a un costado del túnel. Yo entro…
Un acorde amarillo y menor se mezcla con mis memorias y me penetra más allá del fondo de donde nace el sentir. Ahí veo a mi hermano desvanecido flotando sobre las notas del solo de guitarra mientras los músicos, cual hechiceros, tratan de reanimarlo con la magia de sus instrumentos. ¡Qué negra es la sensación de muerte que se filtra por los poros del cuerpo!; una condena más pesada que el hambre y mucho más intensa que una obsesión de amor. El manto de ese sentimiento apaga todo por dentro y, ahí, quedo solo en la nada azabache sabiendo que mi visitante merodea a mi alrededor. Y yo… a su merced.
“ De modo que es así como se siente la muerte’, me diría un día después.
Pero tenía que acercarme, tocarlo, que me contestara cualquier pregunta. No había más; aunque la esperanza fuera un cerillo.
Saco en una lágrima el coraje enterrado y decidido prosigo con la búsqueda, torciendo el cuello para todos lados como todo un giro embravecido. A un lado veo a la linda y etérea muchacha que baila a sus anchas en un círculo que se ha abierto para ella. Se acerca a mí y me tranquilizan las alas de su baile. Me sonríe, le sonrío. Me engancho de nuevo en el ritmo. Detrás de mí siento un aire fresco acariciándome la nuca y momentáneamente quedo quieto y en paz. Volteo. Un abanico dulce de mil bocas me sopla suavemente:
Fuu, fuu, fuu…
Todos parecen entender mi sufrimiento; seguro que también lo han vivido antes y por eso el consejo:
Fuu, fuu, fuu…
¡Ah, que aire tan fresco!
Cierro los ojos… los abro…
Veo a Dalila con su gesto contorsionado que me azuza para continuar con la búsqueda. Vuelvo en mí, aunque yo no esté ahí. Me patea en el vientre la muerte para que no me olvide de ella. Siento su cuerpo ajustado dentro de mí; se retuerce de lo apretado que está haciendo presión. Me vuelve a abrazar el túnel. Veo apagarse el cerillo; mi voluntad se mantiene firme. ¡Hermano! ¡No te encuentro! ¿Dónde estás, hijín?
Siento su muerte y la mía. Las notas de la guitarra me lo dicen. El guitarrista se inclina ante él, ante mí, tocando en su honor, en el mío, una canción de despedida, una elegía. Muero con él…morimos los dos. Subo a las estrellas. ¡Caray, qué negra es la muerte!
En un parpadeo… me resigno. Luego bajo al mundo y vuelvo a los demás.
La ola humana, ahora, es un enorme cuerpo desnudo que se contorsiona al ritmo de los tambores y hace el amor en el espacio con los duendes de la noche. Para ellos, las notas son las mieles de una canción de amor; para mí, no son más que letras de un epitafio.
La multitud se ama suave, lenta y apasionadamente en frente de mi pena.
¡Insensatos!, maldigo.
Tum, tum, tum…
Me rodean miles de ojos salvajes.
Tum, tum, tum.
Dementes volando en un viento sudoroso.
Tum, tum, tum…
Jadeo al unísono, sensual, que envuelve a la piel de la noche.
Me impresiona lo relajado que están los dos brujos de los tambores y me quedo en trance, viéndolos. Otra vez me acompaña el enjambre de abejas. Se me olvida un instante la muerte. La música es un rival formidable del dolor y suele borrar lo amargo de las conciencias. Mis zonas más profundas y secretas vuelven momentáneamente a la paz de sus penumbras.
Ahora veo salir a los músicos. Les grito que no lo hagan, que no abandonen a mi hermano en el limbo, que hagan un último intento. Es inútil. Me quedo completamente solo en medio de un orgánico acordeón desbocado por mil botones enardecidos. Me vuelvo a resignar. Lloro hacia dentro irrigando mi corazón deshidratado.
Prenden las luces… Se van las abejas.
A la distancia, ¿será él?… ¡sí, es él! Pero… ¡¿Cómo?!
Ahí va mi hermano, sonriendo, bailando, disfrutando de la noche, ¡feliz de la vida! Mis nervios se colapsan exhaustos y no puedo reflejar la alegría que me da verlo. Además, como un ciclón se me adelanta Dalila… Comprendo.
La noche ya tenía tiempo de haber entrado y ya se disponía a salir.
De regreso a casa, mi hermano iba tarareando una de las canciones de la noche; ella, haciéndole su tan esperada escena de celos, causa de mi reciente aflicción; y yo, profundamente abstraído, digiriendo el poder sensorial del que me había revestido el concierto.


JCPozo